h1

Encallamiento

julio 23, 2015

A mí la surrealidad me persigue. O tal vez, como teoriza mi esposa, me fijo en ella y la veo más fácil. El episodio de hoy, ocurrido en septiembre del año pasado, sucedió en Duluth, MN. Sí, yo sé, empezamos bien: ¿Qué putas hacíamos en Duluth?

Esa misma jeta de “dafuq?” que algunos de ustedes estarán haciendo la hizo el agente migratorio que nos atendió en O’Hare cuando le explicamos que íbamos a Duluth y que íbamos a un festival de globos aerostáticos. “Duuluuuth? Shouldn’t you be at school?“, preguntó mientras revisaba nuestros pasaportes. “Yup. We’re photographers”, fue mi explicación. El sujeto se encogió de hombros y nos miró con cara de “pobres loquitos” y nos selló el ingreso.

Unos días más tarde, después de haber recorrido la I-94 desde Chicago hasta Minneapolis en un bus con niños gritando durante casi doce horas y luego la I-35 desde Minneapolis hasta Duluth mientras anochecía sobre los diez mil lagos, estábamos ahí. La primera noche nos instalamos en la buhardilla de la casa de nuestros anfitriones, una pareja de afrikaners. El día siguiente fuimos hasta el parque donde iba a realizarse el festival y estuvimos allí todo el día. Solo inflaron un globo y no voló por las condiciones meteorológicas.

A la mañana siguiente regresamos tempranísimo al parque. Recorrimos la zona del parque, encontramos un café hermoso en el sótano de un edificio viejo devenido “centro comercial”, volamos cometas y vimos cómo lanzaban un globo metereológico. Nuevamente inflaron un globo y nuevamente el clima pintaba para que no hubiera lanzamientos. Fuimos entonces a almorzar.

En este momento es pertinente anotar que Duluth, junto a Superior, Michigan, hacen parte de un complejo portuario que, gracias a los canales de los Grandes Lagos, se considera como el puerto marítimo más al oeste del Atlántico. El parque queda frente al lago, cerca al puerto. Esto es importante porque, al volver de almorzar, nos topamos con esto:

Barco

Barco

Por alguna razón que aún no comprendo, el capitán del barco “se pasó” del giro que del puerto va hacia el Aerial Lift Bridge y siguió derecho hasta que las rocas de junto al parque lo detuvieron. Este barco, el Paul R. Tregurtha, es el más grande de la Interlake Shipping Company, supuestamente la mejor y más segura de las empresas de carga marítima de la zona. Tiene capacidad para 71.000 Toneladas de carbón (probablemente llevaba eso encima: Duluth es un pueblo carbonero) y un largo de 1.013,5 pies.

IMG_8126-Edit-gentle-punch

De frente

El festival no se detuvo -en parte porque realmente nunca comenzó- y los visitantes alternaban entre ver los helicópteros que despegaban, tratar de averiguar si iba a haber vuelos de globo, comer y chismear cómo trataban de desencallar el barco. Fue pasando la tarde y mientras esperábamos a ver qué pasaba nos dedicamos a volar cometas. Para entonces ya nos habíamos hecho a la idea que no iba a haber globos pero, por alguna razón mágica que atribuyo a la tranquilidad que sentimos en Duluth, no nos importó. Estábamos ahí, estábamos felices y no importaba más.

Horas más tarde nos encontramos con nuestros anfitriones. Nuestro plan les había causado curiosidad y habían decidido ir a ver el festival, y se sorprendieron que no nos hubiera importado que no hubiera habido globos. Para “compensar”, nos llevaron a recorrer las montañas al oeste del pueblo, los bosques y un montón de paisajes hermosos, apenas para completar la imagen bucólica que nos habíamos creado del pueblo. En un momento nos detuvimos en un mirador desde el que se veía la majestuosidad del lago Superior, gran parte de Duluth y el Aerial Lift Bridge. Hoy estuve revisando fotos de ese viaje y cuando me fijé en esta, note que aún se veía en Paul R. Tregurtha.

IMG_8143-Edit-gentle-color

Duluth y el lago

h1

Stargazing

mayo 18, 2015

Mayo ha sido un mes horrendamente frío y nublado. Quienes me conocen sabrán que soy de esas personas que vive con la cabeza apuntando hacia arriba, mirando aves, nubes, aviones… estrellas. Sobre todo estrellas. Este mes nublado, estar en clases nocturnas y estar tan “dentro” de la “civilización” (comparado con el lugar en el que vivíamos antes) me han mandado al carajo el hábito de mirar al cielo a perderme entre las luces lejanas, esas luces de otros tiempos.

Nunca tuve un telescopio. Primero, me parecía complicado (luego vine a saber que viviendo en Chapinero era básicamente un desperdicio de plata porque no iba a ver nada) y después, difícil de manejar: Alguna vez en casa de mi tío en Villavicencio tuve una larga noche tratando de ver algo, lo que fuera, pero ni siquiera logré enfocar la Luna. Un fracaso total. De buena gana me iría a un sitio alejado con un telescopio, pero con mi cochina suerte se nublaría hasta el desierto de Atacama. La astrofotografía también queda descartada porque el equipo es bien caro. Algunas veces trato de tomarle fotos a la Luna, y he conseguido unas buenas, pero entre el frío y el exceso de nube de estos últimos meses lo hacen difícil. Solo un día hubo clima adecuado y justo estaba fuera de casa.

Un primo trabaja en un proyecto en el Observatorio Pierre Auger. La última vez que lo vi trató de explicarle a la familia en qué proyecto estaba y lo único que se me quedó grabado fue “rayos cósmicos”. Es algo intrigante eso de estar en medio de la nada mirando al cielo buscando partículas subatómicas. No sé por qué recordé esto. Igual me interesan las estrellas. No solo como puntos brillantes: saber de qué están (estaban) hechas, sus tamaños, la posibilidad de albergar planetas alrededor, sus ciclos de vida, el envideante concepto de que algunas de las que vemos ya no están allí… he tratado de plasmar algunas de las inquietudes que me causa todo el asunto en algunos de los cuentos de ciencia ficción que escribí hace unos años pero creo que todo es tan autista que nunca podría ponerlo en palabras, no tan claras.

Parte de ello trato también de plasmarlo en música. Aunque estamos en una suerte de hiato provocado porque el puerco día no tiene 36 horas (entre otras cosas), cuando iniciamos la Sociedad de Cosmonautas Imaginarios con Jhonny escribimos varios borradores de letras (que deben estar refundidos en un Google Drive) en los que tratábamos de volver canciones la costumbre de levantar la cabeza y mirar hacia arriba hasta que la tortícolis dejara. Una especie de shoegazing espacial, o Stargazing, que se me hacía un conceptazo hasta que me di cuenta que había sido acuñado antes por Michael Freerick de Amusement Parks on Fire para describir a su banda. Sí: todas las ideas buenas ya las tuvo alguien más antes. Por cierto, APOF es una gran banda sonora para vuelos nocturnos o que incluyan amaneceres o anocheceres. También para manejar de noche por carretera. Espero que en algún vuelo próximo pueda tener la suerte de volar de noche y sin nubes.

h1

Deerhunter y la miseria.

mayo 3, 2015

Esta mañana tuve que ir al Carulla de la 140 a hacer una pequeña compra para el almuerzo y ese trayecto siempre resulta más llevadero en bus; como tenía la tarjeta del SITP en saldo rojo la única opción fue irme en el Trans-Cedritos Express. Se me ha vuelto costumbre cuando tengo que hacer estos desplazamientos en bus solo poner a Deerhunter, bien sea en transmilenio, sitp and destroy o bus de a peso.

El Trans-Cedritos Express

Cuando vivía en Colina y trabajaba en la 140 años ha, el Trans-Cedritos Express era la respuesta a todos los problemas (de transporte) de la vida: pasaba a cualquier hora, si uno venía muy lleno atrás iría otro más vacío, iba rápido (por no decir desmierdado) y no tenía que caminar más de una cuadra en total. El remoquete se lo puse una mañana que iba oyendo el Trans-Europe Express de Kraftwerk y me pareció apropiadísimo para el recorrido (av. Villas, Calle 134, Carrera 19, Calle 140, Carrera Séptima, Calle 134 y Av. Villas de vuelta) y para lo mecánico del trayecto a trabajar de cada mañana. Cuando hay que ir al Cedritos Profundo es la respuesta, sobre todo porque el 270 (que es el del SITP que sube por ahí) pasa aproximadamente cada ciclo lunar.

Deerhunter y la miseria

Conocí a Deerhunter en 2010 cuando Jhonny aún estaba en Buenos Aires, él fue quien me los rotó en una de esas tandas de dropboxing. Empecé por el Microcastle y algo me encajó perfectamente. Meses después se convirtió en una suerte de bálsamo para momentos pésimos: muchas veces la música miserable parece contrarrestar la miseria propia.

Never Stops, del álbum Microcastle/Weird Era Continued de 2009

Ayer, haciendo el recorrido oriental del Trans-Cedritos Express me di cuenta que cuando el desplazamiento en bus (que ya de por si es una experiencia miserable en Bogotá) implica tráfico jarto, aburrimiento, un evento mamón a realizar o que esté acompañado por un mal estado de ánimo y voy solo suelo poner a Deerhunter; recordé también que cuando había que hacer distintas vueltas en Buenos Aires (que ya hacían parte de una situación compleja aunque increíble) la banda me acompañaba cuando tenía que agarrar buses.

¡Y es bastante efectivo para sacarse la mala leche del desplazamiento jarto!

h1

Silence

marzo 18, 2015

I walk up a flight of stairs slowly. Everybody is waiting for somebody, and while I cross aisles and mezzanines I realize I am not. “Tickets, please”. Tickets? Without a word, I check my pockets and I pass a wrinkled piece of paper with a QR code to the guard. I guess that’s my ticket, but I cannot be sure. “Thank you, sir”, he says and returns the piece of paper to me. I cross the metal detector and pick up my backpack, from which I procure my iPod.

I’m in an elevator and while everybody else looks at its ceiling or make a terrified face due to vertigo I look for a song in my screen. I faintly hear the elevator’s narration in the background until I find something I want to hear and put my headphones on. The song’s electronic drums pound in sync with my agitated breath and when the guitars come in I turn the volume up.

The wind hits my face. I go through a wall of sound while I cross the rooftop terrace. It’s weird: every time I’m in town I come here, always; I have seen the city from higher above, I’ve overflown it at different heights and still I’m overwhelmed by it. Or maybe the song is tearing me inside and I haven’t noticed it.

I see the sun setting slowly. My eyes hurt. I repeat the song a couple times, then I play the album from the beginning. I could walk down the 67 floors, but…

… I wander aimlessly on Fifth Avenue. I take my headphones off but a line from the song is stuck in my brain. I don’t know where it all went wrong. For some reason I cannot understand the sun is still up when I arrive to Washington Square Park, fifty-something blocks later. A two-hour sunset? I don’t have a watch and when I remember I can check the time on my iPod I notice it’s six o’ clock. Still? Again? What the… hmmmm…

I cross under the arch and I sit in a bench. I look at the sky, look at the trees, look for squirrels. I think I see something worth drawing so I reach for my backpack and look for a pencil and a notepad in it, then I remember I don’t know how to draw, so then I look for something to write on. Apparently, keeping a diary has helped me a lot. I find a sketchpad, brushes and watercolors in my bag. Do I know how to draw, then?

I open my little black notebook and I search for the last written page. I read a bit and notice it might have been two weeks since I last spoke to anybody, maybe even more. Also, that I could have been walking down Upper Wacker Drive and Michigan Avenue half an hour ago.

The sun becomes smaller but it is still on the same height. However, everything around me fades to black. The city is disappearing and I feel cold. I wake up and I see that I’m still on my dark and antiseptic barrack and that my blanket has fallen on the floor. Every now and then the window shows a bit of light and then gets dark quickly. I go outside: artificial daylight is on and my watch reads it’s 9 in the morning. I float to the control center.

It’s been four months and I still cannot get myself used to jumping between microgravity and artificial gravity. Nothing in training really prepares you for those changes, not even with all the mods performed on the Training Center of the International Space Station. That discomfort has developed into a mild buzzing in my ears which I try to cover with the iPod I smuggled aboard the spaceship whenever I can.

I sit in my work station. In less than two days from now we will reach the Asteroid Belt and I must calculate the shortest trajectory to cross it: we must consume the least amount of fuel possible in case there is something unexpected. Once we are within 0.1 Astronomical units from the Belt the life-supporting systems will wake the Navigation crew up while I return to cryogenic state until we are in the vicinity of Callisto. That, if I’m lucky: if everything goes wrong I will never know, unconscious in an eternal instant in my frozen bed.

I hated waking up from cryogenics. The morning of our departure we received some messages from home and we had time to reply to them. Aside from a call from my parents, which I answered in auto pilot (“you guys must feel proud, your lineage is projected to the stars” and all those heroic-robotic phrases that anyone could expect from a politician,) I received a hand-written letter, unexpected, cryptic. It wasn’t a farewell, it wasn’t an invitation to return it was… it was a gate to Nothing, to limbo, to silence, to stasis. I don’t know where did it all go to hell and I answered, by hand, with several versions of that line and a promise of coming back and a hope of returning.

And just like that, feeling uneasy, I went to my cryogenic bed, where I was connected to a vital signs monitor while two anaesthesiologists made small talk knowing that in the middle of any meaningless phrase I would black out. When I came back a few seconds later (as far as I could tell),  we had left Mars behind two weeks ago and it was my time to calculate, adjust and correct our trajectory.  My place in the sun, while I was getting away from it with an obscene speed.

Since then, every night I dream that I walk through places filled with people without opening my mouth, in a blink of time that stays still.

I look through the periscope at the asteroids that get closer every moment. I follow the larger ones for a few minutes and send my observations to the ship’s computer: together, we compile behaviour patterns of them and once there is enough data we will determine which particular ones are worth studying deeply. Further missions will come and continue this task. Afterwards, the corrections I made to the trajectory will help us traverse the Kirkwood Gap the quickest. “Next Stop: Callisto” is written on a plaque above the Command Centre.

Fuck it: I don’t want to go back to the cryogenic limbo. I don’t wanna return to being a ghost, a perhaps, a memory that is veering fast towards Jupiter. I left Earth feeling that I was becoming Silence. What for? The task I’m doing right now might be useful later, but… What will I do later, standing in the frozen surface of a satellite of a Gas Giant that, close enough, looks like the stuff nightmares are made of and is enough to make anybody feel deeply how insignificant their life is?

I wake up hours later, again with my blanket on the floor, after dreaming I was going round and round and round in the chain swing of the Navy Pier, at an eternal 8 o’clock of a Tuesday night in October.

Even later, I point the periscope Home. At maximum zoom level I can see the familiar shape of the coasts of South America and Central America in the Caribbean Sea. So I wrote a letter:

I never told you this, but that night I returned home in a bus that was not the usual one, playing that song list we made together over and over. Apart from that bus and some others, I rode planes, trains, a ferry boat and two rockets. Seems like I haven’t finished putting distance between us and I still don’t know where it all went wrong. Soon, I promise, I will return. I’m tired of this self-imposed silence. I know we should have talked a long ago, that I should have listened to you more, but I was expecting the worst. Not anymore. Being frozen, unable of dreaming or thinking, that must be just like death and I don’t want to go through it (yet). Nothing you tell me can be worse than that.

Do you look at the sky? Because I do look at the Earth from here and I know you’re there somewhere.

I’m sorry I went so far away.

I make the song list back from memory and while I listen to it, I load one of the escape capsules with provisions for six months. I will need nothing more from this distance. I check the little nuclear engine from the capsule, I check that it has enough fuel for the voyage, I inspect the life support systems and the solar panels. Everything is working perfectly.

I send the letter. When it reaches her hands I will be on my way. I go back to my barrack for a few things, I get inside my space suit and I wrap myself with my old blanket. I know that it has ended up on the floor the last couple nights but it means too much for me and I don’t want to lose it in the vast emptiness of space. I write a resignation letter and I program new coordinates for the capsule. I’m returning back home.

h1

Mutismos

febrero 10, 2015

Subo por unas escaleras lentamente. Todos esperan a alguien, y mientras recorro pasillos y entrepisos noto que yo no. “Tickets, please”. ¿Tiquetes? Sin musitar palabra reviso mis bolsillos y paso un papel arrugado con un código QR al guardia. Supongo que ese es, pero no puedo estar seguro. “Thank you, sir”, me dice mientras me lo devuelve. Paso el detector de metales y recojo mi maleta, de la cual saco mi iPod.

Estoy en un ascensor y mientras los demás miran al techo o ponen cara de pavor por el vértigo yo busco una canción en la pantalla. Al fondo oigo la narración del ascensor hasta que encuentro algo que quiero oír y me pongo los audífonos. La percusión electrónica de la canción va al ritmo de mi respiración agitada y cuando entran las guitarras subo el volumen. La puerta se abre y salgo al mirador.

Pega el viento en la cara. Atravieso un muro de sonido mientras cruzo la terraza. Es extraño: siempre vengo aquí arriba cuando visito la ciudad, la he visto desde más y más arriba, la he sobrevolado a distintas alturas y aún me sobrecoge. O puede ser que la canción me está desgarrando y no me he dado cuenta.

Veo caer el sol lentamente. Me duelen los ojos. Repito un par de veces la canción, luego pongo el álbum completo desde el principio. De buena gana bajaría los 67 pisos a pie, pero…

…camino sin rumbo fijo por la Quinta Avenida. Me quito los audífonos pero se me queda pegada una frase. No se dónde salió todo mal. Por alguna razón que no entiendo sigue siendo de día cuando llego a Washington Square Park, cincuentaytantas cuadras después. ¿Un ocaso de dos horas? No tengo reloj y cuando recuerdo que puedo mirar la hora en la pantalla del iPod veo que son las seis. ¿De nuevo? ¿Todavía? Qué dem… hmmm…

Cruzo el arco y me siento en una banca. Miro al cielo, miro los árboles, busco ardillas con la vista. Creo ver algo digno de dibujar, entonces trato de encontrar un lápiz y un cuaderno hasta que recuerdo que no sé dibujar, así que paso a buscar algo para escribir. Llevar un diario me ha sido útil, aparentemente. En mi maleta encuentro una bitácora, pinceles y acuarelas: ¿acaso sé dibujar?

Abro mi cuadernito negro y busco la última página escrita. Releo un poco y noto que probablemente llevo dos semanas sin hablar con nadie, tal vez más. También que podría haber estado caminando por Upper Wacker Drive y Michigan Avenue hace poco.

El sol se hace más pequeño pero sigue a la misma altura. Sin embargo, todo alrededor oscurece. La ciudad se va desvaneciendo y empiezo a sentir frío. Despierto, y veo que estoy aún en mi barraca oscura y antiséptica y que mi manta se ha caído al suelo; mientras tanto, cada cierto tiempo la ventanilla se aclara un poco y vuelve a oscurecerse. Salgo: el día artificial ya está en pleno y mi reloj indica que son las 9. Floto hacia el centro de mando.

Cuatro meses y sigo sin acostumbrarme a saltar entre gravedad artificial y microgravedad. Nada en el entrenamiento prepara para esos cambios, ni siquiera con todas las modificaciones que hicieron al centro de entrenamiento de la Estación Espacial Internacional. La incomodidad se ha convertido en un zumbido leve en el oído, el cual enmascaro cada vez que puedo con el iPod que traje de contrabando a la nave.

Me siento en mi estación de trabajo. En menos de dos días llegaremos al Cinturón de Asteroides y debo calcular la trayectoria más corta para atravesarlo: debemos gastar la menor cantidad de combustible posible en esta fase ante cualquier eventualidad. Una vez estemos a 0.1 Unidades Astronómicas del Cinturón los sistemas de soporte vital de la nave despertarán al equipo de navegación mientras yo regreso a criogenia hasta que estemos cerca a Calisto. Eso es si tengo suerte: si todo sale mal nunca lo sabré, inconsciente en un instante eterno en mi helada cama.

Odié despertar de criogenia. La mañana de nuestra partida recibimos unos mensajes de casa y pudimos responderlos. Además de la llamada de mis padres, a quienes respondí mecánicamente (“deben sentirse orgullosos, su linaje se proyecta a las estrellas”… y demás frases heróico-robóticas que parecen salidas de un político), recibí una carta escrita a mano, inesperada, críptica. No era una despedida, no era una invitación al regreso, era… era una puerta de entrada  a la nada, al limbo, al silencio, a la estaticidad. No sé dónde se fue todo al carajo y a mano respondí con varias versiones de esa frase entrelazadas a medias con una promesa de volver y una esperanza de regresar.

Y así, intranquilo, me fui a mi cámara criogénica, donde me conectaron a varios monitores vitales mientras un par de anestesiólogos me hacían conversación aún a sabiendas que en mitad de alguna frase trivial todo se iría a negro. Cuando recobré la conciencia segundos después (para mí), habríamos dejado atrás a Marte hace dos semanas y era mi momento de calcular, ajustar y corregir la trayectoria. Mi lugar en el Sol, mientras me alejaba de él a velocidad obscena.

Desde entonces sueño cada noche con recorrer lugares repletos de gente sin abrir la boca, en un momento de un día que no avanza.

Miro por el periscopio hacia los asteroides que se avecinan. Sigo por varios minutos los cuerpos más grandes y envío a la computadora de la nave mis observaciones; juntos recopilamos datos de comportamiento de los asteroides, y una vez hayan suficientes datos determinaremos cuales cuerpos vale la pena seguir investigando. Otras misiones posteriores vendrán y seguirán la tarea. Luego, mis correcciones de trayectoria nos ayudarán a pasar lo más rápido posible el Hueco de Kirkwood al que nos dirigimos. “Próxima escala: Calisto”, dice la placa sobre el centro de mando.

Y una mierda: no quiero regresar al limbo de la criogenia. No quiero volver a ser un fantasma, un tal vez, un recuerdo que se aleja hacia Júpiter. Salí de la Tierra sintiendo que empezaba a transformarme en un silencio. ¿Para qué? La labor que cumplo será útil, espero, pero… ¿Qué haré después en la fría superficie de un satélite de un Gigante de gas cuyo aspecto es, de cerca, suficiente para hacer sentir profundamente la pequeñez de la vida?

Despierto horas después, nuevamente con mi manta en el suelo, luego de soñar que daba vueltas una y otra vez en las sillas voladoras del Navy Pier en unas eternas 8 de la noche de un martes de octubre.

Aún más tarde giro el periscopio hacia casa. Con el máximo zoom puedo ver la forma familiar de las costas de Suramérica y Centroamérica sobre el Mar Caribe. Entonces escribí una carta:

“Nunca te lo conté, pero esa noche regresé a casa en un bus distinto al habitual, repitiendo una y otra vez esa lista de canciones que armamos juntos. Además de ese y otros buses, tomé aviones, trenes, un ferry y dos cohetes. Parece que no he terminado de poner distancia y aún no sé dónde se echó todo a perder. Pronto, lo prometo, volveré. Estoy cansado del silencio autoimpuesto. Sé que debimos hablar hace mucho tiempo, que debí escucharte más, pero temí lo peor. Ya no. Estar congelado, incapaz de pensar o soñar, eso debe ser igual a la muerte y no quiero (aún) pasar por ello. Nada que me digas puede ser peor.

¿Miras hacia el cielo? Porque yo a veces miro hacia la tierra y sé que estás por ahí.

Lamento haberme alejado tanto”.

Rehago de memoria la lista de canciones y mientras lo escucho, cargo una de las cápsulas de escape con provisiones para seis meses. No necesitaré más a esta distancia. Reviso el pequeño reactor de la cápsula, verifico que tenga suficiente combustible, compruebo los sistemas de soporte vital y los paneles solares. Todo funciona.

Envío la carta. Cuando llegue a sus manos ya estaré en camino. Regreso a mi barraca por unas cuantas cosas, me enfundo en mi traje espacial y me arropo con mi vieja manta. Sé que los últimos días ha amanecido en el piso pero significa mucho para mí y no quiero que se pierda en el vacío del espacio. Escribo una carta de renuncia y reprogramo las coordenadas de la cápsula. Regreso a casa.

h1

Aeropuerto

enero 9, 2014

Me gusta la lluvia que cae sobre Bogotá a esta hora. El cielo gris, la niebla sobre las montañas a lo lejos, al oriente, el asfalto mojado sobre la veintiséis. Reviso el SMS, miro la hora y confirmo en la web del aeropuerto y en el rastreador de vuelos que voy a tiempo.

Parqueo y camino hasta salidas nacionales mordisqueando una chocolatina, apenas para preparar el paladar para los brownies que seguramente vienen en camino. “Salgo para allá en el vuelo xxxx a las xx:xx. ¿Me recogés, porfa?”. Y nada más en el SMS. Reviso la pantalla de llegadas nacionales. Tengo tiempo para ir por un café. Me pongo los audífonos, busco en el celular One Hundred Years de The Cure y hago caso al consejo. It doesn’t matter if we all die. Todosvamosamorir.

Seis minutos, cuarenta segundos, tres sorbos al vaso de papel vino tinto. Apago la música, realmente sigue sin pasar nada nuevo. Regreso a la zona de los vuelos nacionales y en el camino veo el edificio de la vieja terminal; la cantidad de anécdotas asociadas a ese lugar hace bastante peculiar su demolición, seguro que muchos pagarían por bailar sobre sus ruinas. Se siente el peso de las dañadas de veinticuatro que pasaron por sus puertas, como un amigo que dejó a su entonces novia para unas vacaciones y cuando fue a verla se chocó con la noticia de que el tal Marcos que la había recibido en su destino le había hecho el daño. O el amigo de él, que atravesando su zona de migraciones a las 3:45 a.m. recibió un baldado de agua fría: su novia le ponía cuernos con un tal Mateo. O de otro tipo que pasó a sus salas de espera para un viaje de estudios y a su primer regreso encontró a la mujer que amaba embarazada de un metalero llamado Lucas.

Y yo acá, dizque esperando un avión proveniente de la otra cordillera y que carga a la que salió con un chorro de babas y un interés repentino por el otro evangelista…

Bajo a llegadas nacionales. Se acaba el café y van saliendo personas del vuelo que espero. Entonces caigo en cuenta: no entiendo nada. Estoy aquí porque me pidieron el favor y, a quién engaño, está en mi naturaleza ayudar. Pero, ¿tengo un motivo más profundo? Siento que ya ha pasado mucho, no hablo con ella desde julio. Y sí, quiero verla, pero no sé por qué. No-en-tien-do. Igual. Anochece. Igual anochece.

Me abraza como en esa madrugada de abril y no ofrezco resistencia. Noto que no tiene equipaje. Mientras caminamos al auto nos decimos cosas sin importancia. Pienso: El Evangelista está al otro lado del océano, en una romántica capital centroeuropea y el que recibe la visita soy yo. ¿Me irán a dañar el 24 a mí? ¿Vamos a romper el patrón?

Le pregunto dónde va a quedarse. No responde. Luego le pregunto si va a algún lado en particular y me dice que vayamos a donde yo quiera, que siempre hemos hecho sus planes “y a esto nos ha traído”. De nuevo no entiendo pero prefiero no preguntar más. ¿Pero y entonces? Me dice que se regresa mañana en el primer vuelo a su cordillera.

Hago un par de llamadas antes de arrancar y luego enfilo por la Boyacá al norte. Solo hasta el Carulla de Colina me siento a salvo para parar, comer algo y empezar con las preguntas que me han surgido – aparte del constante “¿qué putas?” que se ha repetido como un loop desde que sonó mi celular. Vuelvo a llamar y pregunto qué llevo y si en verdad no hay problema con que vayamos -con que ella vaya después de todo lo que (no) pasó. Problema no hay, pero mala idea no deja de ser, me dicen. Concuerdo. Vino para la dueña de casa, un par de cervezas para sobrellevarla y algo de mecato. A oriente salimos con las provisiones.

Han pasado un par de horas. Aún no pregunto nada, pero nuestros anfitriones la han bombardeado con preguntas que igual no logran rellenar los vacíos de información que tengo: finalmente, las preguntas que ellos le hacen no son las que tengo aunque cada vez me van acercando más a las que realmente quiero (necesito) hacer. Le doy un sorbo largo a la botella de Duvel, la pongo nunto al sofá, miro el reloj bonito de la sala, espero a la próxima pausa de más de cinco segundos, me pongo de pie, yomo su hombro para indicarle que me siga, abro la puerta y salimos al antejardín. Ya fue.

-Bueno, ¿me vas a explicar qué pasa aquí de una buena vez?

Ella mira al piso y hace su ya clásico puchero (marca registrada). Titubea.

-Perdonáme, perdonáme, perdonáme por todo…- Veo que quiere abrazarme y no hago nada. Me besa y no ofrezco resistencia. Variad veces. Si así va a pasar el resto de su visita no me quejo. Calculo que ya ha pasado más de la mitad del tiempo que ella va a pasar aquí y me pregunto si es una estrategia brillante venir por poco tiempo -el menor posible, de hecho- a pedir cacao o si es un plan descabellado y ella es menos calculadora de lo que creí. Pasa u rato largo hasta que ella siente suficiente frío para querer volver bajo techo y no ha parado de besarme. Antes de cruzar el umbral me pide que la lleve a mi casa.

Y con eso me hace sentir por primera vez en esta jornada que no tengo el control de la situación. ¿Me lo sacó a besos? ¿Me irá a embaucar con su tono de voz de “ordenes implacables impartidas con dulzura”? Al entrar de nuevo caigo en cuenta cuánto falta para que ella pase la puerta de Salidas Nacionales y pienso en qué hacer. Le calculo media hora para eliminar la media cerveza que bebí para poder volver a manejar. Veamos.

Unas horas más tarde. Amanece a nuestras espaldas pero no se nota tanto por lo empañados que están los vidrios del auto. Bajo un poco mi ventana y empieza a aparecer abajo la ciudad apenas coloreada con la iluminación tímida del recién salido sol de las seis. Allá al fondo se ve la meta, tendré que atravesar Usaquén, bajar toda la Pepe Sierra, tomar la Boyacá al sur y Dorado al oeste en 20 minutos. Breve. Ella duerme en el asiento del pasajero, cubierta con la cobija que ni en mis más locos sueños presupuesté que iba a usar para esto. La miro por dos minutos y no entiendo las últimas horas. No me la creo. La despierto con un beso en la nariz. Ella se acomoda la ropa y pongo marcha. De La Aguadora a Eldorado.

El camino transcurre en silencio. Siento que ella me mira. Empiezo a preguntarme quién de los dos obtuvo lo que quería. Parqueo. Ella me toma de la mano mientras la acompaño al aparato de Self Check-in. Cuento mentalmente los segundos para evitar hablar. Miro el reloj, miro la pantalla de información de vuelos. Cuando voy en 346 llegamos a la puerta donde habremos de separarnos y aún no me ha soltado. Como en tantos momentos cliché. Y justo en este aeropuerto nuevo y bonito, maldita sea.

This is it.

Llegó la hora.

Ella toma aire.

-Te a…

La interrumpo con un beso.

Y unos minutos más tarde, ya en el auto, sé que no la veré de nuevo.

porque así lo quiero.

h1

анода

abril 18, 2013

El silencio hiere mis oídos. Pocas veces he tenido que enfrentarme a él. Es mi aliado, no mi enemigo. Mi capacidad de estar en silencio -mejor, de hacer el menor ruido posible, de enmascarar mis pasos con los sonidos del ambiente- es esencial en mi negocio y es lo que me ha mantenido con vida. Pero ahora que me encuentro inmerso en él siento una pequeña punzada en los oídos, un escalofrío que me recorre y una sensación de desasosiego. Es como estar en el vacío.

No me muevo. Cada paso que doy en esta bodega vacía retumba como si yo fuera un gigante, aún el más mínimo movimiento lleva consigo una violencia sonora que jamás había percibido. Debe ser porque llevo aquí más de dos días -no tengo sol para tratar de adivinarlo, no tengo reloj para comprobarlo- y el silencio me ha ido engullendo lentamente, sensibilizándome cada vez más al sonido. Solo me queda recorrer el espacio con los ojos y tratar de pensar cómo demonios salir de aquí.

Porque lo que me trajo aquí fue bastante estúpido. Convertí un Bogotá-Ezeiza con escala en Lima común y corriente en un doble trayecto con tiempo extra en Lima solo por seguir una pista medianamente coherente. Mauro llegó  con una carpeta de perfiles de quién podría servir de enlace con los moscovitas y por una coincidencia -el viaje a Cusco con su esposa- insistía en señalar a “Alvarito”. Conocía al desgraciado: más viejo de lo que parecía, más joven de lo que debería; ridículamente calvo, de esa calvicie que por alguna extraña razón denota consumo desmesurado de coca o anfetas; siempre rodeado de extranjeras en busca del lado exótico de la América amazónica; malas amistades, peores conexiones de negocios. Si algo olía mal en los alrededores del Apurímac él estaba metido y probablemente con ambos pies. Un acto que repetía casi mecánicamente: servía de guía a mochileras por la selva, y a un par de días de camino inevitablemente iba a ofrecerles ayahuasca. La que no regresaba a su universidad estatal del midwest con una venérea era un caso de estudio interesante para los médicos. Algunos locales lo llamaban “el terror del yagé” (aunque otros no eran tan diplomáticos y cambiaban “terror” por “violador” o “pichula loca”). Cuando sus víctimas se daban cuenta de lo que había sucedido ya estaban en otro país y quien se atrevía a volver lo único que conseguía era más millas de viajero frecuente. El bastardo tenía protección en altas esferas.

Al salir del Jorge Chavez me crucé con Pedro, quien iba rumbo a Iquitos. No lo veía desde enero. Aun así me ofreció su apartamento en Miraflores; no lo pensé dos veces, desde allí podría organizar un poco mejor la búsqueda de este sujeto ya que el informe de Mauro reducía su campo de acción a los hostales cercanos al malecón Cisneros. Lugar perfecto para cazar mochileras, al parecer. Dormí una siesta corta hasta mediodía (volar antes de las 8 de la mañana para mí siempre significaba no dormir la noche anterior, no tenía sentido dormir a la 1 y despertar a las 2 para estar en el aeropuerto a las 3). Encontré un café cerca a la iglesia de la Asunción y no tuve que esperar mucho para ver al alopécico miserable. El periódico que simulaba leer anunciaba la oleada de turistas de spring break y ahí tenía a quien buscaba, parloteando en un inglés afectado -ese inglés de colegio bilingüe de Bogotá, que por más que hubiera vivido media vida en lugares angloparlantes siempre tenía un acento de “estoy hablando una lengua extranjera”- y enfundado en un saco de lana con motivos incas, aún en este calor. Un ejemplo casi enciclopédico de un brichero, y encima bogotano. Y pensar que tendría que seguir su apestoso rastro para confirmar si tenía algo que ver con los moscovitas.

Apuré el vaso de Inca Kola que tenía en frente. Me aseguré de camuflarme en el café y solo con oírlo me aseguraba de que no se fuera.  Del afectado inglés del zopenco y del acento de Michigan de su acompañante deduje que aún ella iba a permanecer dos o tres días en Lima y que ya tenía planes para esta noche; con suerte podría tomar el vuelo de las 9 a Ezeiza de confirmar que en algo estaba implicado. Una vez salieron les seguí, pero todo el resto del día fue una repetición de la escena del café en la que variaba la mochilera que se sentaba a su mesa. Al día siguiente tampoco hubo mucha suerte y cuando ya me estaba resignando a pasar hasta cinco días lejos de casa por fin cambió la rutina. Recordé cómo mi gato me asustaba maullando en mi oído sin que yo hubiera notado que había llegado a mi lado y caminé de la misma forma sutil. Me convertí en su sombra a tal punto que pude subirme al mismo autobús que él sin que se diera cuenta de que estaba al acecho.

Durante el trayecto pensaba en qué me había traído aquí y cómo este sujeto tenía tanto que ver. Poco después de salir de la policía, en mi época de universitario, había conocido a Emilia del Garzo. Solía verla cada vez que viajaba a Bogotá -y era frecuente dado que había conseguido una forma de ahorrar para ir por tierra por lo menos cada cuatro meses- y me mantenía en contacto a diario con ella por internet. En uno de mis regresos salimos a una porno-rockola del centro un sábado en la noche; ella tenía que regresar a casa en transmilenio y cuando íbamos a salir hacia la estación de Museo del Oro estalló una pelea dentro del lugar. Un sujeto bajito y de gafas (que cuando habíamos llegado discutía con otro cliente del lugar llamándolo “homofóbico” por usar la palabra “maricadas” para refererse a algo baladí) y sus amigos con pinta de estudiantes de humanidades peleaban con unos metaleros mientras una rubia sin gracia y una pelinegra con cara de ser la personificación del mal en la tierra les daban bomba, casi que delatando que eran ellas las causantes de la pelea. Una botella cayó a los pies de Emilia. Algún gracioso puso en la rockola el Penetreitor del Grupo Marrano. Dos metaleros se acercaban al sujeto rutaco con barba, que caminaba hacia mi sin verme. Una vez estuvo al alcance de mi mano, lo empujé diagonalmente y los metaleros se abalanzaron sobre él. Con la otra mano tomé a Emilia y corrí a través del espacio que había quedado libre hacia la salida. Los otros sujetos peleaban en medio de la carrera 4 y bloqueaban el paso hacia la Jiménez, y en la calle al sur del lugar se apostaba una patrulla del CAI cercano. Solo quedaba correr hacia el sur y en la calle 14 logré parar un taxi al que nos subimos.

En el taxi ella me besó varias veces. Durante el resto de mi estadía en la ciudad decidimos tener la relación estable y cerrada, aún a pesar de la distancia. Mis ires y venires entre Bogotá y Buenos Aires se hicieron más frecuentes. En ese entonces empezaba a dudar de la utilidad de mis estudios y luego sobrevino el caos: cuando estaba planeando hacer un semestre de intercambio en Bogotá para preparar una propuesta de matrimonio, descubrí accidentalmente que alguien coqueteaba con ella cuando recibió un sms; su SIM estaba en mi teléfono y cuando llegó lo revisé mecánicamente. Traté de pasarlo por alto y no le dije nada, pero dos semanas después ella me avisaba que la relación terminaba porque veía que tenía futuro con alguien más. En la espiral descendiente que siguió -en la que evité a toda costa volver a beber para evitar una recaída, en la que me refugié con las pocas personas que podía confiar en la ciudad- tomé la decisión de abandonar los estudios y meterme en un trabajo mecánico que me evitara usar el cerebro. Dos meses después de trabajar en un call center se me dio la oportunidad de volver a vincularme con el cuerpo policíaco: el sargento Otálvaro me ofreció un trabajo “no oficial” haciendo pesquisas y seguimientos, rastreos varios. Mi tío Max me cedió el apartamento en Chapinero y allí empecé a montar una serie de contactos a la vez que recuperaba los instintos detectivescos que me habían llevado originalmente a la Policía. En un seguimiento a unos miembros de una ONG que aparentemente tenía a alguien dentro vendiendo información clasificada me crucé con un viejo conocido, Álvaro Arciniegas, “estudiante” de diseño de la llamada cafetería-con-universidad y que había visto en alguna fiesta de los amigos de Emilia; al ver que él abandonaba la reunión con sujetos sospechosos en el auto de Emilia tuve un ataque de pánico. Estos meses evadiendo el pensar en ella me empezaban a pesar. Lo seguí, y cuando terminó llegando al viejo hogar de los del Garzo perdí el aire. No podía creer que el futuro que ella quería tenía que ir de la mano con este imbécil incapaz de tener una opinión propia -cada fiesta en la que nos cruzábamos con él resultaba imitándome cada vez más y cada vez más mediocremente- y adicto a las anfetas.

Y ahora el tarado era sospechoso de estar trabajando con espías. Rusos. No los mismos criminalcetes con los que lo había visto reunirse en esa fatídica noche en que decidí empacar de nuevo y regresar a Buenos Aires, no: gentes con un prontuario más largo que el Gilgamesh, con conexiones escalofriantes y pasados más turbios que el fuselaje de cualquier avión de Aerosucre. Y yo, siguiéndolo  en absoluto silencio, sin siquiera poder usar mi reproductor de audio para hacer más llevadero este viaje en autobús por una ciudad que apenas conocía, sin siquiera saber cuánto más iba a estar camuflado en un autobús que se desocupaba progresivamente. En la Avenida Isabel la Católica, Alvarito se acomodó su apestoso saco de lana, con intención de bajarse. Al llegar al estadio de Alianza Lima timbró y bastante me costó bajarme en la misma parada que él sin que lo notara. Me mantuve a una distancia prudencial para seguirlo por las calles de La Victoria. “La Rica Vicky”, como la había llamado Pedro cuando me había recomendado un huarique frente al estadio. “Un lugar ideal para buscar algo que no huele bien”, me había informado Mauro antes de venir. Y conforme me iba adentrando en el barrio iba entendiendo más a lo que se referían.

Algunas cuadras más adelante el cliché ambulante entró a una cevichería sucia y oscura cuyo letrero bien podría decir “Aquí se reúnen maleantes”. Me quedé unos minutos fuera, esperando a ver si alguien con aspecto eslavo entraba y luego ingresé a buscar al zoquete. Vi cómo le entregaban un sobre de manila a cambio del cual él sacaba un fajo de billetes de su bolsillo. Salí a esperar a que saliera para seguirlo nuevamente (aunque la calle me hacía temer que algún pillastre quisiera robarme y tuviera que darle unos cuantos porrazos, echando el secreto al traste). No mucho después salió y regresó a Isabel la Católica. Nuevamente subí al mismo autobus que él tomaba, con todo el sigilo posible, y unos minutos después estaba dejándolo fuera de combate en una calle vacía. Tomé el sobre de manila, revisé los documentos que tenía y me alejé unas cinco calles antes de tomar un taxi que me llevara de vuelta a Miraflores.

En casa de Pedro, con una lata de cerveza en una mano y el mouse de mi computador en la otra pasé un buen rato escaneando los archivos. Algunas de las ventajas de tener un amigo con trabajo empresarial que te de posada: siempre habrá una cerveza con tu nombre en la nevera y siempre habrá un escáner funcionando; siempre habrá una conexión a internet rápida y estable y siempre tendrás dónde sentarte con toda tranquilidad. Envié  los documentos a Mauro y a Tatiana, a ambos les pedí que se pusieran de acuerdo y le llevaran una copia a Otálvaro a ver qué podía hacer él mientras yo regresaba. Apagué el computador y reí un poco: dejando a Arciniegas fuera de combate también había arruinado su cita de esta noche, y si le había dado lo suficientemente duro, de mañana.

A la mañana siguiente volví al café de siempre y mientras desayunaba decidí tomar el vuelo de la noche a Ezeiza y quedarme a tratar de conocer mejor la ciudad por si tenía que volver, cosa que nunca se debe dar por descartada en este negocio. Como había volado sin equipaje (regresaría por él una vez tuviera más datos, tendría que abusar del computador de la señorita M mientras tanto),  pensé en una forma alternativa de llegar a casa y 20 horas y 1912 millas después estaba tomando un colectivo a la estación de tren de Ezeiza, donde me subí a un tren rumbo a Constitución. Pero qué mala idea. Amanecía y el vagón en el que iba se llenó por completo en Temperley. En Remedios de Escalada me sentí observado. En Gerli cinco sujetos me rodearon y me golpearon; una vez el tren se detuvo me bajaron y me echaron en el maletero de un Toyota Tercel del 94. Media hora después, con el auto andando a alta velocidad, volví a ver la luz del sol por unos pocos segundos antes de que me pusieran un forro de licuadora en la cabeza. Me arrastraron medio minuto, oí un portazo y sentí un dolor increíble en la boca del estómago. Perdí el aire, me desataron las manos sin quitarme el cobertor de la cabeza, oí otro portazo y varios minutos después seguía sin poder moverme en la oscuridad.

Y aquí estoy, tanteando a ciegas en este silencio absoluto en el que me pitan los tímpanos, buscando una forma de salir para evitar pensar en qué parte de la zona sur del Conurbano bonaerense podré estar encerrado. Zanjé el monólogo interno respondiéndome “cualquier lugar entre Avellaneda y La Plata” y seguí en mi búsqueda. No lograba ubicar por dónde me habían entrado. Dí la vuelta al lugar varias veces, calculando las dimensiones del sitio contando los pasos entre esquina y esquina. Finalmente, cansado, con hambre, con los restos de mi paciencia agotándose y sin querer pensar qué me deparaba el destino de seguir allí me senté contra un muro.

El metal frío contra mi espalda me sobresaltó. Por un golpe de suerte había encontrado una portezuela que ni por error habría encontrado tanteando los muros buscando una entrada normal. Como había sido llevado a esa bodega arrastrado tampoco tenía forma de darme cuenta que mi acceso había sido por una pequeña entrada a ras de suelo, a la altura de mis rodillas. Empecé a golpearla con los nudillos, tímidamente, de forma muy queda, a ver si alguien reaccionaba del otro lado. Nada. Fui aumentando el volumen de mis golpes (y mis tímpanos ya cansados de la nada me lo agradecían) hasta que la portezuela cedió sin que nadie reaccionara. Esperé tres minutos más por una reacción de fuera. Finalmente pasé saliva y me arrastré lentamente hacia la libertad.

Sigilosamente asomé la cabezota hacia la parte alta del edificio pero no tenía ninguna ventana. Miré al otro lado de la calle buscando alguna reacción en una ventana cercana. Nada. El Tercel verde en el que me habían traído estaba estacionado cerca, pero vacío. Memoricé la placa (“patente”, en estos lados) y me alejé un par de cuadras antes de buscar el familiar ruido de una avenida transitada. Intenté ubicarme con las estrellas pero era inútil en esta área metropolitana tan luminosa; apenas pude distinguir el movimiento de la Estación Espacial rusa que pasaba sobre nuestras cabezas. Cuando hube encontrado más tránsito humano caí en cuenta que estaba en el Camino General Belgrano, así que corrí hasta que encontré una parada del 33, que tomé hasta Ciudad Universitaria. Me acomodé lo más oculto posible en el bus medio vacío, en la esquina trasera, lejos de las puertas, cubierto por la publicidad de las ventanas, y desde donde podía ver lo que pasara a mi alrededor. En el camino el autobús fue llenándose de estudiantes y a mi derecha  intuía asomarse el sol sobre el río. Cuando el autobús se detuvo me camuflé entre los estudiantes (aún pensaba que me seguían) y busqué un 107 que me llevara a casa. Me bajé en Monroe y Balbín y caminé las tres cuadras que me separaban de casa. Una ducha me esperaba y casi a las 8 am desayuné como si no hubiera visto comida en un par de semanas. Estaba casi intacto. “Calvo hijueputa, voy por ti”, pensé.