Archive for 18 agosto 2009

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II. Larghetto

agosto 18, 2009

Decidí llamarla Marigold.

Un par de meses atrás había hecho el comentario de uncanny resemblance, pero esta vez era más cercano el parecido. Y como su nombre no era el de una diosa fenicia ni una princesa monegasca ni una presidenta que todo el continente odia ni una emperatriz rusa ni el de una primera dama, no veía por qué no.

A ella le gustaba el apodo que le había puesto y lo usaba para firmar los correos que me mandaba, las notas que me dejaba en portería cuando me quería sorprender, las tarjetas de los regalos que me daba. Algunas semanas nos veíamos todos los días, otras sólo un par de horas. Lloró abrazada a mí durante dos horas cuando le conté la historia completa de mi enfermedad. En su casa, después del concierto de Austin TV y Babasónicos, pasé toda la noche acariciando su cabeza mientras me contaba la historia de cómo sus padres se separaban y regresaban una y otra vez desde que ella tenía memoria, de los problemas que había tenido viviendo con ellos, juntos y por separado. Algunas tardes yo jugaba fútbol en la PS2 con su hermanito mientras ella dibujaba, otras ella hablaba con mi mamá mientras yo escribía los textos de la universidad.

Nunca hablamos de qué sentíamos por el otro. Nunca hubo un intercambio de palabras “románticas”. Estábamos juntos, pero no había títulos ni protocolos ceremoniosos de por medio. No era necesario. Todo era transparente. Incluso ese lunes en que llegó esa carta desequilibrante de Buenos Aires la comunicación entre ambos se mantuvo igual de abierta y honesta.

Pasaron los meses. Todo apuntaba a que éramos felices.

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Preludio/I. Allegro

agosto 17, 2009

Aún no recuerdo su nombre.

“¿Segura que no nos habíamos visto antes?”, le pregunté por cuarta vez. “Hmm… La verdad, no del todo ya”, dijo. Esa tarde de martes no podía evitar interrumpirla o interrumpirme en medio de una charla inverosímilmente fluida para preguntarle lo mismo una y otra vez. Sí, todo indicaba que era la primera vez que nos veíamos, que en efecto Juan y Natalia acababan de presentarnos, pero la familiaridad era imposible de ignorar.

Cuando por fin abandonamos los cuatro ese café nuevo cerca a la universidad, decidí acompañarla a su casa, en parte porque sabía que allá iba a ser más fácil conseguir transporte a la mía a esa hora. En la puerta de su casa revisé el reloj un poco furtivamente, y comprobé que debía irme o pagar taxi. En ese abrazo largo de despedida respiré profundamente. Empecé a entrar en pánico.

Ya en casa, mientras terminaba de escribir el texto que debía entregar el día siguiente, recibí un correo en el que me pedía que nos volviéramos a ver pronto. La añadí a Gtalk. Su cuenta estaba registrada con un pseudónimo que esa tarde me había explicado. Quedamos en vernos el miércoles, después de clase. Tomaríamos un café y compartiríamos bus, ya que la ruta a su casa también me servía para ir al ensayo con la banda. Volví a  entrar en pánico cuando la abracé para despedirme esa tarde.

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Sleeping on a train

agosto 4, 2009

Lo más difícil de toda la temporada en el instituto era dormir. Los días se pasaban largos, aburridos, grises, todos iguales. Fríos, dolorosamente fríos, si se puede. Días que empezaban a las seis, hora en que el poco mal sueño desaparecía, y en los que las visitas terminaban a las cinco, hora de la cena. Un horario inverosímil, y otra de tantas incomodidades que había que pasar estando allí.

Desde que tengo memoria mi familia ha tenido la pésima maña de hablar de asuntos desagradables en los momentos menos apropiados. Cirugías, enfermedades y similares durante el almuerzo, y horrorosos accidentes de tránsito justo durante los viajes por carretera. Mientras que Lorena desarrolló la capacidad de dormirse de inmediato apenas se subía a cualquier auto como mecanismo de defensa para evitar las nauseas, yo dormía apenas dos horas en los largos viajes Bogotá-Cali y Bogotá-Bucaramanga en altas horas de la noche.

Despegamos del aeropuerto de Lima alrededor de las 9:15 p.m. El Airbus A320 es reconocido por no ser tremendamente cómodo, aunque se pueden soportar dos horas en la misma silla. Pero la emoción del viaje, el hecho mismo de estar entre un avión despejaron toda posibilidad de dormir. Ni siquiera la pésima película ayudó. Ya en tierra eran las tres de la mañana y luego del trámite de inmigración y el recorrido al centro el sol ya había salido.

El amanecer en el Instituto siempre se veía sucio. Las nubes sobre el páramo ocultan la salida del sol y la atmósfera del lugar contribuían a terminar el acabado grisáceo de las mañanas heladas. Siempre tenía música conmigo, especialmente para evitar Melodía Estéreo en el PA. Esa misma música que hubiera servido como una mejor forma de pasar el tiempo en ese avión atravesando suramérica en la madrugada o en esas flotas siguiendo las curvas de las carreteras de la cordillera de los Andes. La compañía para seis horas de innecesaria vigilia, para esperar el atardecer sólo en un edificio que promete salud pero que es capaz de derrumbar cualquier espíritu.

A pesar de que el viaje más largo que haya hecho en tren sólo haya pasado por las 16 estaciones del tren suburbano Retiro-Mitre siempre he querido hacer un viaje largo en el ferrocarril. Amo los aviones sobre cualquier método de transporte, pero también es necesario recorrer la tierra pegado a ella, y en una forma más o menos más tranquila que recorriendo las carreteras. Todo viaje que no sea a pie es, de alguna manera, un movimiento estático. La banca del tren, el asiento del avión, la incomodísima poltrona de la flota, todos son sitios fijos-en-movimiento. El desplazamiento físico sin esfuerzo es muy similar, en esencia, a la ensoñación en la que me sumergía en el instituto para paliar la sensación de estar encerrado en un punto, un lugar en que la caminata no podía ser más que recorrer una y otra vez los 200 pasos con que se atravesaban de ida y vuelta ambas alas del piso de hospitalización. Como caminar pasillo arriba y pasillo abajo mientras la mente -o la máquina- se desplaza por uno. Sin la posibilidad de bajarse en la estación siguiente, en la parada de carretera, en las salas de espera de los aeropuertos en los que se hace escala. I wait at every stop for you to get on.

Conservo la necesidad de oir música mientras camino, mientras recorro la ciudad en bus, mientras consulto itinerarios, mientras trazo rutas en los mapas (volveré a ello después). Pronostico viajes al igual que el convalesciente camina esperando hacerlo fuera de su lugar de retención.