Archive for 30 octubre 2009

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Finale: Mässig Langsam

octubre 30, 2009

“…Mi nombre real es…”

“Shhh”, le dije mientras ponía mi dedo en sus labios. “No importa, la verdad”.

Que hubiera elegido esa fecha para explicarse, después de haber desaparecido sin rastro por dos meses, parecía una broma de mal gusto. Ya parecía mucho un mal sueño que se hubiera esfumado, como si jamás hubiera existido.

“No me vas a creer”, dijo, “pero igual, por tonto que te parezca, todo tiene explicación”. Tomó mis manos, suspiró y continuó: “Lo que sabes de mi, lo que te conté, lo que has visto… no existe”.

Sus explicaciones se convirtieron casi en un manifiesto artístico, una cátedra de  vanguardias y un monólogo sobre cómo “arte” y “realidad” se pueden entremezclar hasta hacerse uno, y cómo a partir de esa idea se promulgó una escuela de teatro hiperrealista que buscaba hacer experimentos sociológicos poniendo sus montajes en medio de las vidas normales de personas al azar. Yo.

Mis viajes eran una bendición para el proyecto. Ella nunca estuvo molesta, sólo desaparecía cuando habían jornadas de planeación, reescritura de guiones, creación de transfondos, actualización de situaciones de la trama dependiendo de cómo fluía la vida.

La charla se prolongó por varias horas, en la que el llanto dio paso a una incredulidad silenciosa. Empecé preguntando muchas cosas pero, conforme iba entendiendo qué poco sabía en verdad de la persona que tenía en frente, qué tan poco en común tenía con la persona que había representado, mi silencio se fue prolongando y profundizando.

“La idea es que nunca volviera a contactarte. Se hicieron estudios y creíamos que lo mejor es que eventualmente te hicieras a la idea de mi desaparición y luego te daríamos alguna explicación verosímil que justificara mi ausencia. Sabíamos que te iba a hacer daño, pero yo preferí que supieras la verdad”. “Vete”, fue lo único que atiné a decir. “Por favor”.

Estuve sentado en esa banca hasta que el frío me obligó a volver a casa. Con el tiempo me volví un maestro en evadir las inquisiciones de mi familia sobre todo el asunto. Fue un año terriblemente largo, en el que sólo estar constantemente entre aviones ayudó a distraer un poco mi mente. Supe que lo difícil había pasado cuando empecé a hacer referencias sobre la situación en las letras de Los hijos de Walter y Wendy Carlos. Hasta este momento en el que recopilo todo lo que recuerdo, lo escribo y lo dejo como un muy necesario contexto para este álbum.

Suena el teléfono. Reconozco el número que me bota el identificador de llamadas.

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V. (no tempo indication)

octubre 23, 2009

Doce nombres, ninguno concordaba.

Llegamos juntos a Agosto. Esa quincena en la que desapareció sirvió para que, según ella, replanteáramos qué queríamos de toda esta situación, a dónde queríamos, podíamos y estábamos dispuestos a llegar.

Medio en broma, medio en serio le había propuesto matrimonio en Cuzco. Medio en broma, medio en serio, hicimos intercambio de anillos de juguete/compromiso. Hicimos planes, cálculos, cuentas: jamás me había sentido como un adulto, hasta ese momento, a pesar de todo.

Como siempre, planeé con suficiente anticipación una serie de eventos que, encadenados, llevarían a ese momento ideal en el que medio en broma, medio en serio se volvería en serio. Como fichas de dominó cayendo, los sucesos empezaron a encadenarse hasta ese momento ideal.

Y ella no apareció para ver todo el efecto de los sucesos encadenados. Busqué por todos lados, con todos los datos que tenía sobre ella, todos los datos que pude averiguar, toda la ayuda que pude recibir y más. Se había vuelto un fantasma, como si jamás hubiera existido.

Así hasta Diciembre.

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IV. Scherzo/Adagio Maestoso

octubre 22, 2009

“¿Llamando a Hugo?”, me preguntó, como si quisiese pasar como el tío chistoso que todos tenemos, un sujeto de unos cuarenta años.

Era la primera vez que vomitaba en un baño de bar en mi vida. Era muy temprano para beber. Llevaba una hora esperándola después de no saber nada de ella durante dos semanas y el pánico me llevó a arrodillarme frente a esa taza.

Aún pensaba que había sido un error contarle todo lo que había pasado en esas semanas en Maryland y el DC. No había hecho nada, pero si algo había aprendido los últimos años es que decir la verdad no trae nada bueno.

Enjuagué mi boca y salí por unas pastillas de menta. Creía entender por qué había dejado de contestar pero no el contraste de actitudes entre los días después que hablé con ella luego de mi regreso y su “desaparición”. Llegué a pensar que la forma en que había tomado mi “confesión” era señal inequívoca que todo iba a funcionar a largo plazo. Luego desapareció sin más, y pasaron quince días sin señal alguna de ella, hasta que recibí un sms en el que me citaba en ese bar al que había llegado con innecesaria anticipación. Me asusté al leer las primeras tres palabras del mensaje, esas tres palabras que juntas nunca traen nada bueno. Tenemos que hablar.

Volví a entrar mientras miraba el reloj: 11:15 p.m. exactas.

“¿Quién soy?”, preguntó mientras tapaba mis ojos. La abracé de inmediato.

Treinta y un minutos de conversación después, sus labios se acercaron a los míos.

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III. Allegro Assai

octubre 18, 2009

Me había despertado una llamada de mi hermano a Skype. Mi maleta estaba lista, esperándome junto a la silla en la que estaba mi ropa.

Volví de la cocina con un vaso de agua mientras ella terminaba su café. Mientras entraba, me quedé absorto en su espalda desnuda.

Ya no estaba seguro de qué sentía por nadie.

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Intermezzo

octubre 18, 2009

Avianca flight 287 is now boarding. This is the last call.

Me quité la ushanka y la guardé en el bolsillo interno de mi viejo abrigo. Era un helado lunes de mediados de enero y sabía que en Bogotá iba a estar casi a la misma temperatura para cuando saliera de inmigración y aduanas. Dos semanas en esta ciudad y por primera vez me sentía feliz de regresar a casa. Los hijos de Walter y Wendy Carlos fueron todo un éxito en vivo, en ese par de conciertos conseguidos por azar, mientras la buscaba sin éxito en cada rincón en que sabía podía haberla encontrado.

Unas por otras.

Todo sucedió muy rápido. Cuatro correos electrónicos cruzados, una oferta de pasajes, una charla corta con el resto de la banda y un vuelo zarandeado por inexplicables turbulencias. Una carta que no entregué (la quemé en el baño del muelle internacional de Eldorado), una conversación telefónica en la que lo significativo fueron los silencios y una promesa velada de volver. A pesar de los planes.

La banda había partido un par de horas antes. Quise conocer Dulles como si no fuera a regresar. Chica rutera sonaba una y otra vez en mis audífonos. Giré al sentir una mano sobre mi hombro mientras intentaba conseguir un taxi y sus ojos castaños claros estaban a menos de diez centímetros de los míos.