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Viaje de estudios

marzo 22, 2010

–Creo que la odio.

Lancé la botella casi vacía a través de la calle. Se rompió contra el muro del parqueadero. Seguimos caminando.

–No, chino, total. Hasta yo, y eso que a mí no me hizo nada.

Las últimas 40 horas habían sido una caminata interrumpida por eventos sociales y paradas a comer. No esperaba que me recibieran en el aeropuerto, menos tan temprano. A las siete de la mañana ya había descargado maletas y había empezado esta procesión. Eran las 11 de la noche y había visitado a mis abuelos, a mi hermana y a mis dos amigos del colegio en los últimos dos días. A cada uno de ellos les había contado una versión distinta de lo que no pasó en esos cuatro meses en Portland.

–¿En serio? ¿Ni una mugre llamada?

–Ni eso. Puros correos con excusas chimbas. Al menos la manejada hasta Sacramento no se perdió.

Necesitaba dormir. Duré cuatro minutos mirando una enredadera en la pared de una casa de Quinta Camacho, parpadeando lentamente, con las rodillas temblando. Un par de cuadras más adelante nos subimos a un taxi. No escuché qué dirección daba Francisco, y me quedé con la cara pegada al cristal viendo pasar las luces de la novena, la 72 y la séptima, hasta que no pude más.

–Panita, ¿todobien? Ya llegamos. ¿Si durmió? Tiene los ojos en el culo, chino.

–…

–¿Estaba llorando? ¿A qué putas horas?

El hombro de mi camisa estaba empapado. Cincuenta horas de vigilia, muchas caminatas y la impotencia acumulada durante los dos meses anteriores habían roto la promesa que me hice desde esa primera vez que me dejó botado. Me dolían los ojos y tenía que sonarme para dejar de sorber con cualquier intento de respirar normalmente.

Desperté totalmente vestido y aún sobre las cobijas. Eran las cuatro de la tarde.

Desempaqué los pinceles y los óleos. El lienzo que había dejado sin terminar antes del viaje, ese retrato suyo, me miraba desde el fondo del estudio. Sonreí pensando en cómo vandalizarlo.

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