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Volviendo del puente de Einstein-Rosen

junio 18, 2010

Un remezón en el edificio me despertó. Abrí los ojos, y mientras me incorporaba un segundo remezón sacudió el edificio. Tomo mi reloj de la mesa de noche: las siete de la mañana. Seguramente dos buses cubriendo la misma ruta iban compitiendo por pasajeros y al pasar sobre la alcantarilla ponían a temblar el edificio.

¿Yo por qué estoy aún con la ropa de ayer?

Ella está a mi derecha, con la cara hacia la pared, aún durmiendo. Vuelvo a recostarme, pasando lista: Anoche estuvimos viendo películas hasta tarde, suficientemente tarde como para ofrecerle posada en lugar de intentar llevarla a casa. En mi mesa de noche hay un tubo destapado de m&m’s mini, el dispensador, y otro tubo cerrado. Las cortinas, azules oscuras y pesadas, están cerradas, lo que evita que el sol de la mañana entre. La puerta del cuarto está cerrada.

Yo nunca cierro la puerta del cuarto para dormir.

Me paro y entreabro la puerta. A los pies de la cama están mis medias y sus leggings. Vuelvo a recostarme, y ella gira y me abraza. Me extraña que lo haga. Aún así, acaricio su cabeza y jugueteo con su pelo. Cabeceo: cuanto mucho, he dormido tres horas. A las tres y media terminó la última película y al ver la hora le ofrecí quedarse en mi cama. Cuando salía del cuarto rumbo al sofá, me pidió que regresara, que le daba pena confinarme al sofá cuando había suficiente espacio para ambos. Insistió tanto, y tenía tanto sueño, que accedí. Me acosté junto a ella y cerré los ojos.

La última semana y media habíamos pasado muchas tardes juntos, aprovechando que vivíamos a cuatro calles. Algunas veces veíamos películas o tele, otros días jugábamos cartas o Risk con mis amigos, o íbamos por café con ellos a los alrededores, pero siempre el plan terminaba de modo que la podía llevar a casa o volver a mi hogar sin que fuera peligroso. La noche anterior ella había llegado a mi casa un poco más tarde de lo acostumbrado, casi que de sorpresa, ya que había ido a comprar cosas -incluyendo los tubos de m&m’s y yo había comprado un par de películas aparte de la que teníamos pendiente de ver. Para mí era bueno tener su compañía, ya que era un cambio agradable respecto a ver a mis amigos todo el tiempo, y ella aprovechaba nuestra vecindad para no estar muy sola mientras su novio estaba fuera del país y mientras pasaba unos días de vacaciones en esta ciudad antes de volver a su sitio de origen para las festividades.

Entre sueños me preguntó la hora.

Suelo tener sueño intermitente y ligero. Poco después de haber dormido volví a abrir los ojos. Estaba abrazado a ella, y sus manos sostenían mi mano izquierda, que reposaba sobre su seno izquierdo. Lentamente la retiré, para no despertarla, pero sus manos volvieron a dirigir la mía al mismo lugar. Dejé pasar unos cuantos minutos y volví a intentar retirar la mano con el mismo efecto, solo que esta vez una de sus manos hizo presión sobre la mía, dándome permiso de acariciar. Dudé un instante y, mientras resolvía qué hacer, ella giró hacia mi y me estampó un beso.

Ella abrió los ojos, buscó los míos y, al encontrarlos, vi cómo su expresión denotaba pánico.

Nos incorporamos a la vez. Ella se llevó las manos al estómago, haciendo el gesto de ardor causado por gastritis que tantas veces le había visto esos últimos días. Al beso inicial le siguieron muchos más, pasando de la boca a las orejas a los cuellos a los hombros mientras nos desnudábamos rápidamente, como si no quisiéramos darle tiempo al pensamiento de intervenir. Su mirada denotaba pánico, pero no arrepentimiento, y en su rostro se empezaba a notar el dolor producido por la gastritis. Cuando todo hubo terminado nos vestimos tan rápido como nos habíamos desnudado y cada uno giró hacia un lado de la cama para dormir de inmediato, para que el sueño dejara los remordimientos para el día siguiente.

Pero ya era el día siguiente.

Hasta ese primer beso no me atrevía a aceptar que me gustaba, ni siquiera a mi mismo. En los días anteriores hubo un par de ocasiones en las que habíamos estado cerca a besarnos, pero de tal forma que ambos lo tomábamos como un accidente. Y ahí estaba frente a mí, asustada, sabiendo que su novio la llamaría pronto y que no iba a poder evitar contarle. Habían tenido muchísimas peleas por causas nimias los últimos meses, peleas que se habían intensificado cuando ella me conoció y él se puso celoso sin fundamento.

Hasta anoche.

La llamada llegaría en cualquier momento. Yo no tenía voz ni voto, así que me paré al baño, de donde le traje un omeprazol y un vaso de agua. Era lo más que podía hacer en ese momento.