Archive for 31 julio 2010

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Three

julio 31, 2010

“¿Será? ¿Será que sí me sale?”, preguntaba Natalia, esperando respuesta a la admisión en el MBA. ¿Qué demonios hacía yo con alguien que podía aplicar a un MBA?

Finalmente me había dejado llevar por la situación, sin hacer nada, esperando que llegara un punto en el que no podría arrepentirme y supiera que, de todas maneras, la cosa estaba suficientemente bien como para que me molestase no arrepentirme. Si  miraba la situación muy por encima Natalia estaba más que bien como pareja, pero la única  razón por la que todo había durado tanto tiempo era que me había decidido a no involucrarme del todo.

Nuestras madres volvieron de Europa, hechas las mejores amigas, entonces les pareció un buen colofón que sus hijos estuvieran juntos. La mamá de Natalia era ligeramente más joven, y era mucho más reservada que yo, así que de inmediato congraciamos. Sin embargo, salvo muy contadas ocasiones, aún yo prefería pasar la noche con el entrepiso separándonos.

Sentí un golpe en la ventana. Un palo de escoba. Me asomé y ahí estaba ella. “¿Vienes, o qué? ¿O vas a manejar por ahí un rato otra vez?”. Esta vez decidí bajar. Una hora más tarde, mientras nos empezábamos a desvestir despacio, preguntó por esa salida nocturna. “Lo que te respondí al SMS: no bajé a tu cuarto porque me entraron ganas de irme lejos por un rato. Fui hasta Zipaquirá, de ahí a Sopó, di la vuelta por La Calera, después de que amaneció recorrí completamente la Circunvalar, luego fui a la cabecera del aeropuerto a ver despegar aviones. Pasé toda la madrugada manejando, pensando en lo que acababa de pasar, en qué podría venir”. “Estás loco, chico”, dijo, mientras me sacaba la camiseta. “Como todos, como todos”, respondí. No había sido muy brillante pero era lo mejor que había podido medio pensar en ese momento en el que su espalda se descubría ante mi.

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Dois

julio 30, 2010

“…Ya fue”, me dije a mi mismo mientras cerraba los ojos y me acercaba a sus labios.

Las semanas posteriores a mi regreso (en realidad había huido por un fin de semana en el que coincidencialmente había encontrado uno de esos conciertos de shoegaze que hacen de Lima un lugar civilizado) nos veíamos con una frecuencia menor, como si mi falta de explicaciones a mi viaje hubieran creado un leve muro entre nosotros. De momento, para mí estaba bien así, pero sabía que no iba a durar mucho antes de empezar a sentirme culpable, así que fui a visitarla con la idea de cocinar una cena de Lunes.

Así que de nuevo estábamos ahí, sentados en el borde de su cama, acercándonos más y más conforme le iba explicando por qué por más que quisiera no me sentía capaz de dejarme ir y que pasara algo entre los dos. Hablé pausadamente, dije lo más vital con la menor cantidad de palabras posibles y respiré despacio para mantenerme en una pieza: nunca será fácil rememorar la situación compleja que me llevó a ese punto de mi vida. “Pon música. La que quieras”, dijo a mi espalda, y así lo hice. En seguida me recosté sobre su regazo. “En realidad tengo miedo, no es más”, concluí. “¿De qué?”. “De… no sé, de que me pase lo mismo una y otra vez, que el ciclo se repita”. “Pero si temes eso no va a pasar nada con tu vida, ¿preferirías que no te pasara nada?”. “Sería más fácil, con un demonio, creo que me merezco paz y estabilidad de una mugre vez”.

El lunes de mi regreso de Lima, cuando me acompañaba al Jorge Chávez, Pedro me había dado tres calvazos, de esos que preceden uno de sus sermones. “Deja de ser tan pendejo. Ve, embárrala, siéntete miserable si quieres, pero si no lo haces no vas a saber si es un error o no, ya tendrás tiempo de procesar el error después. Maldita sea, ya tienes experiencia en echarte culpas y en hacer duelos, Parrinu“. Y ahora estaba ahí, en silencio, mirándola a los ojos (almendra, desde 2006 no veía ojos almendra), sabiendo que este era, definitivamente, uno de esos incomodísimos instantes previos a cualquier primer beso. “Bueno, menos mal tu guitarra está arriba, no te vas a refugiar en ella esta vez”, dijo sonriente mientras se acercaba. Me incorporé, la abracé y cerré los ojos.

Un par de horas después me asomé a mi ventana. Sólo nos separaba el entrepiso y, por más que no hubiera razón para no quedarnos juntos esa noche, había decidido volver a casa, para que esos primeros besos se asentaran. No supe decir si aún estaba despierta (era imposible ver si salía luz de su ventana, fuera ésta de la lámpara o del televisor), pero vi cuán mal había quedado estacionado el auto en el sótano. Me puse mi abrigo sobre la ajada ropa que no me había querido quitar, bajé al parqueadero después de tomar un monto sensato de dinero para peajes y gasolina y arranqué de ahí. En el auto puse un CD con toda la música que debía haber purgado en Julio y salí rumbo norte. Antes de girar hacia la Boyacá recibí un sms de Natalia.

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Uno

julio 29, 2010

“Que no sea, que no sea, que no sea…”, pensé, mientras me guiaba por el pasillo.

El día de la mudanza don Jorge, el conductor del camión, me comentaba en chiste que una vecina había pasado y preguntado si algún muchacho se trasteaba. “Verriondas chinas estas”, dijo como colofón. “Mala suerte para ella”, respondí, “que por acá no va a conseguir nada”.

Meses después me crucé con ella cuando salía a trotar. El insomnio me había obligado a salir a correr a las seis de la mañana por décimo día consecutivo. Los días siguientes volvimos a cruzarnos y rápidamente empezamos a conocernos.

“Demonios, si es”, pensé cuando entraba a su cuarto. Me senté en el borde de su cama y miré al techo: su cabecera quedaba estratégicamente ubicada bajo mi cama. Muy seguramente había oído algo, alguna vez. “¿Por qué te sonrojas?”, me preguntó. “Hm, espero nunca haberte despertado”, dije. “Sólo en semana santa”, respondió, “Pero no te preocupes, que tampoco fue innecesariamente ruidoso”. Me avergoncé más y ella sonreía mientras me abrazaba intentando tranquilizarme.

Semanas después, mientras nuestras madres (que se habían hecho grandes amigas) buscaban tiquetes y planeaban viajes a Europa, compartíamos una taza de café. Natalia era innegablemente atractiva, y hasta yo me daba cuenta de que estaba interesada en mí. No sentía que era el momento apropiado para una relación, así que ni lo había considerado, pero ahí estaba, sentada en la silla del estudio, mirándome ansiosa mientras tocaba distraídamente Son of a Gun de los Vaselines en la guitarra que hacía poco había comprado. Cuando paré, se acercó más a mi y, como mecanismo de defensa, empecé a rasgar las cuerdas frenéticamente, agachándome para sacar feedback del amplificador mientras repasaba los fragmentos de canciones que significaron mucho ese primer semestre y que me sabía de alguna manera aproximada.

“¿Qué pasó ese día en el estudio con la guitarra?” me preguntó una noche posterior, después de cenar en su casa. Estábamos sentados en su cama, con mi cabeza en su regazo. Media semana antes de que nuestras madres viajaran había comprado un tiquete a Lima por mi cuenta para la madrugada siguiente. “Lo que te dije esa noche en el aeropuerto: no estaba listo”. Luego de que ellas pasaran a inmigración fuimos por un café. “Corrígeme si me equivoco, pero creí que me ibas a dar un beso y, aunque quería recibirlo, no hubiera sido buen momento para mi. No estoy listo”. “Si, te iba a dar un beso, y si no te opones, te lo doy aquí y ahora. Me quedaría contigo aquí hasta que pases a embarcar, pero si tu quieres”. “No, no quiero. Compré ese tiquete exacto para tener que pasar la noche aquí, para que no regresáramos juntos a casa solos. Porque…”. “Ok, ok, te entiendo. Creo”. “Aunque en verdad nunca te entendí. ¿Me explicas?”.

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Utopía.

julio 25, 2010

Somos los hijos, incluso los nietos de la guerra fría. El tiempo ha pasado y vemos que los sueños de futuro de esa era no se han cumplido y el imaginario que entonces tenían se ha diluido y perdido.

Seguimos en la tierra, sucia, más caliente que antes. El petróleo aún es nuestra fuente de energía principal, dependemos de los fósiles del pasado, los agotamos y no hacemos nada para encontrar fuentes alternativas en masa.

No volamos, nuestras ciudades son un caos, nada es limpio y ordenado tal como los carteles de propaganda futurista nos lo prometían.

El espacio sigue siendo la frontera, ni siquiera a Selene volvimos. No conquistamos los mundos, no colonizamos Marte, no encontramos un portal interespacial en una luna de Júpiter. Nuestras naves no surcan el cinturón de asteroides intentando llegar a planetas lejanos y, para terminar de distorsionar el espacio que quienes nos escribían desde la guerra fría conocían y con el que nos hacían soñar, incluso convirtieron a Plutón en un planetoide.

No hay biodomos, no hay jetpacks, no hay rascacielos por doquier, nuestros autos aún no vuelan, las superautopistas nunca se construyeron, transportarse sigue siendo un caos en la ciudad y recorrer distancias un padecimiento,  los aviones siguen siendo un lujo. ¡Cuán decepcionados estarían nuestros ancestros!

Cierro los ojos y sueño. Sueño que, por un momento, reencontramos el camino.Vemos nuestros fallos y actuamos para corregirlos, olvidamos la guerra, nos dedicamos a las ciencias y a pasos agigantados nos acercamos a esa utopía que los cuarentas nos prometieron.

Sin embargo, se nubla mi vista: ni la exploración espacial, ni los autos voladores devorando millas entre rascacielos inmaculados, ni un aire puro, libre de los fósiles del pasado, ni los domos en los mares o en la Luna o en Marte que albergan ciudades en donde podríamos vivir, ni siquiera el poder ir de vacaciones al cinturón de asteroides y poder tocar con las manos al 636, ése que lleva tu nombre, como si se tratase de hacer más literal el que acariciarte equivalía a tocar una estrella, ni siquiera eso tendría el más mínimo sentido si no puedo compartirlo contigo. Porque cuando tu no estás el mañana es una completa distopia.

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Flashback

julio 21, 2010

(La canción es vital)

No recuerdo si esto pasó el primer día que nos vimos, o uno posterior. Sé que aún empezábamos a conocernos y que aún me producías esos nervios incontrolables (que aún me produces pero que no he sentido desde que no te veo). Caminábamos rumbo a occidente por la 92 o la 94, el sol brillaba y te escuchaba atentamente.

Porque en ese momento me empezabas a contar de una mañana de invierno en la que, sola, habías ido a la playa. No recuerdo las palabras exactas, pero recuerdo haber sentido cierta sensación de querer haber estado allí, en exactamente la misma situación, así entonces no nos conociéramos. Inmediatamente me empezaste a describir la situación en mi mente empezó a sonar The Sea Is A Good Place… de Los Campesinos!, porque lo que me contabas encajaba perfectamente con el ambiente del mal vídeo que habían hecho para la canción.

Pero eso es secundario. Creo que lo importante es que en ese momento pasó algo nuevo, que fue el saber que empezaba a conocer a alguien cuya forma de ser, cuya forma de contar las cosas, podía lograr encadenarse con mis recuerdos, podía crear situaciones nuevas en las que caminar contigo en un día soleado de diciembre podía empatar perfectamente con imaginarte sola frente al Atlántico sur de Julio. Volví a escuchar la canción: un error tocando otra me la trajo de vuelta, y la canción me trajo de vuelta haber vivido ese momento, y ese flashback me hace entender qué tan importante eres para mi. Te extraño.

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Sueño I

julio 16, 2010

Al principio, pensé que la hora iba a ser benévola. Usualmente no nos reunimos tan temprano pero para los cumpleaños siempre se hace una excepción.

Llevo un largo rato intranquilo: tengo pegado tu olor. Garabateo en mi libreta, tratando al tiempo de seguir el hilo de la charla. Guardo la libreta cuando ella llega. Nos saludamos efusivamente, casi como en chiste. Pronto, la idea del café es abandonada y terminamos en La Deportiva.

En el camino, ella me abraza cada vez que puede. Bromeo con ella, trato de divertirme, me pongo gratuitamente cariñoso, la abrazo de vuelta mientras ella trata de besarme.

La evado, pero en forma que ella no crea que la estoy rechazando, sino que no me he dado cuenta de sus intenciones. Podría besarla, justificar de mil maneras el hacerlo, enfatizar en que es alguien que me gustó tiempo atrás.

Recibo una llamada: alguien que falta y pregunta dónde estamos. Para contestar me he alejado un poco de la mesa y cuando voy a regresar veo que ella se ha parado y está ahí sonriente. Nuevamente evado su beso, la abrazo, miro el reloj: 18:30.

“Tengo que hacer algo, ya vengo”. Recojo mi maleta y salgo corriendo. Tu olor no ha salido de mi mente y corro a buscarte. Casi chocamos (intenté hacer que chocáramos), las palabras se atropellan, te invito a un café.

Hablamos mientras buscamos el lugar dónde tomarlo. No hay reproches de ninguna clase, digo lo menos posible, te escucho después de reafirmarte que mi postura no ha cambiado en este tiempo. Antes de entrar a una panadería me lo dices: quieres acostarte conmigo. Pero el dilema surge porque no sabes qué consecuencias traiga, cómo pueda cambiar todo. Me callo: si intento razonar, concluiremos que es mala idea. Pides dos jugos de naranja (te miro extrañado: sabes que no podré tomármelo) y un cigarrillo. “No lo sé. Esto va a terminar en llanto”, dices, imitándome cuando imito a Marvin. “No sé qué pase, no sé qué opines”.

Hay un hotel cerca. “¿Te vas a arrepentir?”, pregunto.

Antes de que respondas, despierto.

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Taxi

julio 14, 2010

Alonso decide girar al occidente por la Esperanza. El tráfico está tan denso que cree que hay algún evento en Maloka y por eso conseguirá fácilmente clientes. Muchos autos se desvían hacia la calle 25, pero por ahí es más improbable conseguir trabajo. Se arma de paciencia y se enfrenta al pequeño trancón que yace enfrente.

De repente escucha sonidos similares a disparos, pero más secos. Parece que la calle está cerrada y que hay disturbios. Preocupado por su taxi, piensa “giro en Salitre Plaza y me salgo de acá ya mismo”. Cuando llega a la esquina, dos jóvenes lo detienen. No parecen tener más de 23 años y están visiblemente nerviosos.

“Al éxito de la ochenta, por favor, vámonos por la Rojas”, dice el muchacho. Alonso mira por el espejo: los ve abrazarse, él intenta tranquilizarla pero se ve mucho más nervioso que ella. “¿Qué pasa?”, les pregunta. “Pelea de los chinos esos”, dice él. “La policía intervino”, añade ella. Escucha distraídamente su conversación, con ánimos de enterarse de qué sucedió hilando a partir de sus palabras. De nuevo mira al espejo y les ve abrazarse.

La conversación parece morir lentamente. Están pasando el puente de la Rojas con 26 y los nervios del asiento trasero alertan a Alonso. “¿A Transmilenio? ¿Los dejo en el Carrefour, o en el Éxito?”, pregunta. “En el Éxito”, le responde el muchacho, y añade para ella “Así puedo tomar más fácil el bus de vuelta”. El conductor pregunta de nuevo la ruta y sus pasajeros le piden que siga por la Rojas hasta la 80 y luego gire a oriente. En el semáforo de la 53, frente a la Universidad Libre, vuelve a mirarlos en el espejo: sus rostros se acercan asustados y, mientras la luz pasa a verde, Alonso logra captar un torpe y ansioso primer beso.

El resto del trayecto transcurre en silencio.