Archive for 22 agosto 2010

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Sueño 8271 (aprox.)

agosto 22, 2010

Для тебя, Эрика Д.

“Sin mirar, sin miraar”.

“Pero sabes que hace rato me perdí”.

“Y guarda el iPhone, ni GPS, ni triangulación, ni nada de eso, no hagas trampa”.

“Son coordenadas, ¿qué haría con ellas?…”

Finalmente cerraste los ojos. “Podrías mirar en un mapa” dije, “aunque me daría un poco cuenta”. Sonreíste. En la siguiente recta suficientemente larga y vacía te miré unos pocos segundos. El naranja del atardecer le daba un color especial a tu piel que hacía que quedara mejor enmarcada en tu vestido azul. Después de cinco horas de manejo (una de ellas en desvíos para despistar) nos acercábamos a nuestro destino.

El tramo final del camino era un poco más difícil para un auto familiar pequeño pero, sorprendentemente, nunca se quedó. Llegamos a un punto en el que todo se podía ver mejor y detuve el auto en la orilla del camino. “¿Quieres ver? Acá estamos en el mejor lugar para eso”. Abriste los ojos, sorprendida por los árboles que nos rodeaban, y te bajaste. “¿Hacia dónde miro?” preguntaste mientras caminabas hacia donde me había parado. Cuando llegaste a mi lado te respondí: “Mira, allí nomasito… ¡Sorpresa!”.

Desde la cima de la colina podíamos ver la casita rodeada de arbustos, los silos, el pequeño granero y el taller. Detrás, conectados por un surco que los juntaba con los que rodeaban la casa, estaban los demás arbustos del cultivo. Sonreí, entre satisfecho y emocionado, mientras te veía recorrer el campo con la vista, entre sorprendida y emocionada. “¿Tuyo?”. “Nuestro”. “¿Mío? ¿Por qué?”. “Porque puedes venir cuando quieras”. La brisa empezó a  traernos los aromas de los arbustos de té que conformaban el cultivo que rodeaba la casa. Nos fundimos en un abrazo.

Desperté más tarde. Me abrazabas en sueños. La luz de luna que se filtraba por la cortina hacía brillar tu pelo negro y le daba una apariencia mágica a tu espalda.

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Blown a wish

agosto 4, 2010

Miro hacia el suroeste, a 250º del norte. Tengo en mis manos un diente de león, cierro los ojos y lo soplo mientras pido un deseo:

Las canciones que te cantaría si estuviera frente a ti en este momento: deseo que pueda cantarlas desde aquí, mirando hacia ese mismo suroeste, y que las escuches. Que te alegren el corazón y que te den el abrazo que quisiera darte.

El beso de “vuelve pronto”: deseo que se convierta en un beso de “feliz regreso”.

Nuevamente abro los ojos. Las últimas cipselas son llevadas por el viento. Sonrío.

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Fünf

agosto 2, 2010

“Es extraño”, dijo Natalia, “hace cuatro días no quería irme, en este momento me da igual”. “Lo dices para hacerme sentir culpable. Me mantengo firme: no quiero irme contigo. Adonde vas no tengo cabida, y no quiero que abandones esto por mi. Ya pronto dejaremos de sentirnos mal, y si nos seguimos extrañando nos reuniremos. O no. Aún no te has ido, como para ver qué nos depara”. “Pero, ¿me amas? Entiendo que nunca me lo dijeras por miedo, por eso mismo nunca te lo dije yo a ti”. “No sé, no sé, créeme que quisiera saberlo”.

Nos levantamos de la mesa; yo aún no había terminado mi café y me lo llevé mientras íbamos a la puerta de inmigración. Aún no había empezado el tumulto de los vuelos a Madrid y París. Di un último sorbo largo al café y boté el vaso de papel en la caneca junto a la ventana de la librería. “Quisiera entenderte”, me dijo. “Fácil. Temo confrontar las cosas. Me dejé llevar por lo que dictara la situación. Me atrajiste, dejé que progresara, no podré negar jamás que te quiero. No entiendo, no quiero entender qué sientes por mi, sé que no te conozco suficiente, se que no te dejé conocerme”. “¿Mentiste?”. “Nunca. Omití muchas cosas. No intenté profundizar en conocerte. No hice duelo de lo anterior. No quise, de hecho”. “¿Por qué?”. “Te lo dije: miedo a confrontar las cosas. Desde el principio”.

Ambos empezamos a llorar. La abracé. “No me odies. Créeme que es difícil, me siento culpable de no haberte dado lo que mereces”. “Yo era feliz con las cosas como fueron”.

Todo tuvo más sentido. Ella era lo que había necesitado en ese momento. Yo había sido la persona perfecta para ella en ese momento. Hasta ese día, en el que teníamos que decidir un siguiente paso. Las cosas podían ponerse serias o terminar y lo último me daba menos miedo.

“Me tengo que ir”.

La besé en la frente, la abracé de nuevo. Se soltó. “Adiós”. Cruzó la puerta.

Almorcé cuialquier cosa mientras caminaba hacia el parqueadero. En el trancón de salida de la Avenida Eldorado tuve mucho tiempo para pensar. ¿Era necesario quedarme? Podía haberme ido. Pero haber tenido que trabajar con Ella me había desequilibrado. ¿Pero aún sentía algo por Ella, o tenía un ideal de lo que quería que pasara? ¿O era que, definitivamente, me asustaba darme cuenta de que amaba a Natalia y que por eso acababa de pasar esa escena ante inmigración? ¿Era tan terco como para asegurarme de que no hubiera vuelta atrás con Natalia? Llevaba desde el día en que ella me había preguntado si me iba con ella pensando en esto, y me había dado mil y un respuestas (todas ellas debatibles) para justificar lo que estaba decidiendo. Y sí: estaba evitándola: la amaba.

Enfilé por la Boyacá al norte, con una resolución: lo antes posible iría tras ella, antes de que fuera a Grand Central para tomar el tren a Filadelfia. Sabía que había cometido un error desmesurado pero creía ser capaz de restablecer el equilibrio.

La Boyacá estaba con tráfico fluido, lo cual era una bendición después de haber pasado más de una hora y media en el trancón de la 26. Iba a buen ritmo a casa, tendría tiempo para comprar un tiquete para el vuelo de madrugada a Newark o el de esa misma noche, a las 11, al JFK. Después de pasar la calle 68 pasó sobre mí el Airbus A319 que la llevaba. Sonreí y aceleré la marcha para seguirlo un rato. Pero, dos segundos después, mi sonrisa se esfumó.

Cuando tenía seis años, en el colegio, había visto un avionazo. Un bimotor había fallado en vuelo, minutos después de haber decolado, y se había desplomado ante mis ojos a dos cuadras de donde yo estaba.

Ese sonido característico del motor jet fallando estaba sonando en ese preciso instante y ante mis ojos se precipitó a tierra el avión donde iba Natalia y arrasó un par de edificios en Pontevedra, quince cuadras al norte de donde estaba en este momento. Ya no podía hacer nada para resarcirme con ella.

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четыре

agosto 1, 2010

“Ese era el momento en el que decías ‘sí’, tonto”, dijo una segunda vez.

Pánico. El momento feliz que acabábamos de compartir se empezaba a ir al carajo por algo que también podía ser un momento feliz. O que, por lo menos, yo lo creía así. Más exactamente, porque aún no había podido empezar a compartirlo con ella. Es difícil cuando dos buenas noticias se superponen, si involucran a dos personas lo más probable es que se cancelen. Como en este caso.

Natalia llegó a casa timbrando frenéticamente. Tenía en sus manos un sobre de Wharton y de inmediato me contagió sus nervios: Era un momento definitivo. Yo, por mi parte, estaba a punto de salir a su casa a darle grandes noticias. Algo grande estaba a punto de suceder pero no quise quitarle este momento y dejé que abriera el sobre; si eran buenas noticias, genial. Si eran malas noticias, mis noticias podían compensar.

Rasgó el sobre y sacó la carta. Empezó a leerla mentalmente, se abrían sus ojos, “¡¡¡And we are pleased to inform you that you have been admitted to our MBA Program, starting next January!!!”. Me abrazó, nos besamos, destapé un vino para festejar, nos reímos un rato, nos abrazábamos celebrando, volaban los besos, minutos después pasamos a mi cuarto.

“Pues yo también tengo grandes noticias”, dije mientras acariciaba su cabeza apoyada en mi pecho, “me salió el contrato con el Ministerio. Sólo tengo que estar acá los primeros seis meses obligatoriamente, y de irme podría venir cada cuatro semanas los siguientes seis, el resto del tiempo si mucho vendría una vez cada dos meses, claro, los segundos seis meses podría verme obligado a quedarme aquí si surgen inconvenientes en la primera fase de la ejecución, pero no creo”. “¿Y entonces?”. “Pues, que los primeros meses estaremos aquí juntos, y en tu primer semestre en Filadelfia podemos vernos a menudo y ver qué pasa, ¿no?”. Se puso mi camisa y fue al comedor por la botella de vino, que procedimos a terminar festivamente mientras caía la noche.

Mientras llegaba su fecha de viaje la ayudé con un itinerario divertido para llegar a Filadelfia: iba a irse via New York/JFK en el vuelo de la tarde de Avianca, pasaría unos días en Manhattan y completaría el viaje en tren. Si el contrato me lo permitía, podría acompañarla unos días o más. Empecé a cumplir mi contrato como asesor externo de varios programas del Ministerio. Se acercaba su fecha de viaje, se acercaba el momento en el que podría saber si podía rendir informes y seguir los proyectos desde lejos.

Hasta ese viernes en que ella se cruzó de nuevo conmigo. Mi trabajo y su trabajo lo habían hecho inevitable. Mi mundo se desequilibró e hice todo mi mayor esfuerzo para ocultárselo a Natalia. Finalmente llegó la pregunta: “Quiero que me acompañes desde el principio. ¿Quieres irte conmigo?”.

“Creo que no voy a poder hacerlo en las primeras fechas”, dije, sabiendo que iba a retrasar mi trabajo porque podía cruzarme con ella, para intentar saber por qué se me había movido todo. Bajó los ojos. “Es el momento en el que decías ‘sí’, tonto”.