Archive for 27 septiembre 2010

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Reboot

septiembre 27, 2010

Miércoles. Mediodía. Vuelvo a ponerme los guantes y ajusto más la bufanda esperando inútilmente que me de más calor si lo hago. Pago la llamada a Doris, salgo del locutorio y subo las escaleras de la universidad. Llueve un poco sobre Zavala y calculo distancias mentalmente. Me siento en una banca cercana, elijo la música de esta parte del día y me pongo los audífonos, esperando que actúen como orejeras. Tengo que saltar dos canciones para no recordar tanto el chasco de anoche.

Caminaba por Libertador hacia Monroe, y en la primera caneca que encontré boté los papeles que recibí para darle credibilidad a mi coartada de ir allí a buscarle (más exactamente, a no encontrarle).

Ella salió del edificio y se despidió muy efusivamente. En el instante que me abrazó y me dijo “nos vemos en marzo”, olvidé su nombre. Volví a ponerme los audífonos y, luego de asegurarme que no iba a parecer que la seguía, caminé hacia Luis María Campos. Encontré otro locutorio desde el que llamé a Jhonny, a quien cité en la estación Pueyrredón. Volví a llamar a Doris y la cité en el mismo punto, cinco minutos después. Tenía suficiente tiempo para caminar antes de tomar de nuevo el subte, así que seguí por L. M. Campos hasta Federico Lacroze; allí regresé hacia Cabildo.

En el camino encontré una librería con muchos títulos en francés en la vitrina. En una esquina de ésta estaba la colección de cuentos de Woody Allen en una edición más pequeña de la que había leído hacía unos años. Entré a quemar tiempo.

En el 107 de vuelta a casa de M. estuve un rato largo atrapado en un trancón, pero no quería caminar en ese momento. Garabateé un poco en la libreta de borradores mientras saltaba canciones. Buscando mi borrador encontré el Chai que ya no iba a cumplir la misión para la que le tenía.

Me iba en dos días. Hice cuentas y no me alcanzaba para el libro, no si me tocaba pagar el impuesto de salida en el aeropuerto. Empezaba a darme hambre. Comí cualquier cosa antes de entrar al subte. Tuve que cambiar de tren en Palermo, y con eso “a tiempo” se convirtió en “ligeramente tarde”.

Ni una miserable palabra de Ms. K. Estaba seguro que me iba a responder el correo que le escribí mientras tomaba chai con M. cuando ya estuviera a 4700 km de allí. Porque las obras de arte andantes también se ven mejor de lejos.

Después de una caminata divertida pero innecesariamente larga con Doris y Jhonny nos sentamos a ver fútbol. Cuando me quité el saco percibí el perfume de… no, ya no recuerdo su nombre. Reí un poco, sabiendo que ese perfume no tenía forma de grabarse en mi memoria, pero entendiendo que mi memoria olfativa estaba completamente libre.

Aún no te conocía, no sabía que iba a enamorarme de ti, no imaginaba que toda esa odisea iba a ser, en palabras ajenas, un poroto, comparada con lo que venía. De haber sabido, probablemente me habría asustado y habría perdido el tiquete de vuelta. Pero ese día, viendo el partido, dos días antes de regresar y liberar todo en un escenario, había dado vuelta a la hoja y me paraba frente a un capítulo en blanco, que podía escribir a mi antojo.

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Grafito

septiembre 19, 2010

I: [Fragmento de una carta no enviada]

[…] Al final, toda la alharaca que hacía respecto a mis principios se fue al demonio. Y por más que quiera (y pueda) justificarme, asumo mi culpa. Sé que no entiendes, y mi versión de los hechos no añadirá mucho a la historia que ya conoces […]

II: Una Introducción

Les conocí en poco tiempo, y aún menos les tomó estar juntos. En ese entonces era el único que no tenía por qué envidiarte. Tiempo después si, pero no por ella, sino por la estabilidad que lograron y que yo nunca tuve, por más que lo intentara.

Estabilidad, claro, si pasamos por alto muchos detalles de la historia, y que son necesarios para que entiendas mejor. O eso creo: los frecuentes altibajos entre ustedes me hicieron conocerlos mejor. Pasé tanto tiempo escuchándolos que llegué a un punto en el que los conocía más de lo necesario. Y ambos me acompañaron tanto en mis propios puntos bajos que se convirtieron en mis mejores amigos.

Pero sigue sin explicarse nada, ¿cierto?

III: Planteamiento

Es un miércoles nublado en la tarde. El asfalto de las pistas está aún mojado por la lluvia de la mañana. En una mesa del café junto a la puerta de muelle internacional hay cinco mesas juntas: un grupo despide a dos de sus miembros, una pareja. Es una despedida, pero todo luce como una reunión habitual de este grupo, como si lo único que hubiera cambiado es el lugar de reunión, y el que a ésta se le haya añadido un motivo.

Finalmente, la pareja pasa a inmigración. El más bajo de los que se quedan los abraza de último, al tiempo.

– Cuídala. Cuídalo.

Un par de horas después ellos dos estaban en vuelo, y el resto del grupo se dirigía al apartamento del último en despedirlos. Ellos regresarían un par de meses después y encontrarían que lo único que cambiaría pronto respecto a lo que dejaron, eran ellos.

IV: Hipótesis

– ¿Qué hago?

– Ay, carajo, sabes que no quiero darte un consejo tan específico.

– Yo sé, yo sé que te quieres mantener neutral.

– De verdad que no te mereces esta situación, es lo único que puedo decir. Pero sé qué sientes, y sé que no puedo decirte más porque dejaría de ser neutral.

[horas más tarde]

– Parce, en serio. Me preocupas, me preocupa ella, y no sé qué decirles sin que pueda hacerle daño al otro.

– ¿Sabes? De todos mis amigos, eres el único que no me preocupa que hable con ella. No le vas a caer.

– Ni en chiste.

– Gracias, loquito, gracias.

Créeme, en ese momento quise decirte “mándalo al carajo. No te merece”. Y quise decirle “No te la mereces. Si la quieres, tienes que recuperarla”. No me atreví. De cualquier manera ya sabía que iban a volver, eventualmente.

Lo que no sabía era cómo iban a cambiar las cosas mientras eso pasaba.

V

Cae una llovizna ridícula, de esas que hacen dar ganas de gritarle al cielo “¡Decídete de una mugre vez!”. El frío me está haciendo mella pero igual sigo ahí, parado junto a la ventana bajo el alero, mirando al valle que se extiende frente a nosotros. Ellos dos están sentados en un abrazo cuatro metros a mi izquierda. Me acerco. Me alejo. Quiero abrazarlos. Quiero sentarme en medio y separarlos. Quiero irme. Quiero reír con ellos. Quiero saber qué demonios me está pasando. Quiero dejar de sentir este zumbido de las preguntas que me hago en mi cabeza.

Grito.

El grito es una mezcla de desesperación (13%), felicidad (41%), miedo (27%), duda (11%) y rabia (8%). Me sobrecoge el paisaje, me sobrecoge la belleza que me rodea, me abruma la situación.

Ellos se paran y me abrazan. Los abrazo de vuelta mientras dos lágrimas se escurren por mis mejillas en silencio.

VI

“¿Puedes subir?”, le puse en un sms. Yo acababa de salir del bar, al que había entrado con el propósito de saludar e irme. Ella estaba ahí, sola, sentada sin saber cómo despedirse, con miedo de que él llegara y hubieran problemas. Mi mensaje le dio una excusa y unos quince minutos después íbamos en un bus rumbo a su casa.

– Me voy en quince días. Conseguí el tiquete baratísimo.

–  ¡Que hermoso! ¡Vas a ver que se pondrá feliz de verte y van a ser felices!

– Ojalá, ojalá… ¿Te conté de lo que escribió?

– No…

– Me dijo que la ciudad la tenía encantada. Que muchas cosas le hacen acordarse de mi. Curioso, ¿no te parece?

– Ah, que bonito… Me parece fabuloso que vayas a verla. En serio.

En el resto del trayecto hablamos bastante, pero nada digno de rescatar. Me hacía muy feliz compartir este tipo de cosas con ella. Parecía mucho más animada, y mucho menos afectada por la situación en la que estaba. No quise preguntarle más.

VII [misma carta, distinto destinatario]

[…] ¿Ves? No tiene sentido que nada de esto haya pasado, a mi me tomó por sorpresa también, y el detonante… […]

VIII

Sigo en el escenario, mientras él ya se ha bajado y la besa. Suspiro. Bajo por el otro lado del escenario, siguiendo la ruta de saludos que inevitablemente me llevará a ellos.

– Chicos, tengo que decirles algo.

IX

Esa mañana te abracé como jamás lo había hecho. No te veía desde esa tarde en que habíamos tomado café en el centro, cuando compré un libro mientras te esperaba. Habíamos hablado en ese tiempo, si, pero verte era distinto. Sobre todo ahora que notaba (confirmaba) que las cosas habían cambiado.

Y aunque sabía que estaba siendo más efusivo que de costumbre, no me contuve, aún sabiendo por qué estabas ahí.

Tuve suerte de ser quien te abriera la puerta. Si no te hubiera saludado antes que nadie, quién sabe cómo me habría tomado verle besarte sin poder hacer nada, sin haberte dado ese abrazo antes… Los demás también se sorprendieron de verte y tu aparición le dio un aire festivo al lugar: nos hacía felices verles de nuevo juntos.

Y de ahí partía mi ambivalencia.

–¿Y mi bufanda?– pregunté, bromeando

– ¡Ay! Se me ha olvidado.

– No te preocupes.

X: Antítesis

Me siento como si mi chaqueta estuviera hecha de C4 y las suelas de mis zapatos, de nitroglicerina. Como si debajo de mi ropa a punto de estallar llevara una cubierta de Kevlar y estuviera bañado en cortafuego. Iba a verlos y a explotar cuando eso sucediera, demoliendo todo.

Por unos zapatos de trabilla rojos.


Miraba sus dibujos para pasar el tiempo, distraídamente, hasta que vi esa franja roja en medio de los grises. Me puse las gafas y observé lenta, minuciosamente ese dibujo de ella. Era impactante. Él es un gran dibujante y no solo hacía justicia a la belleza de ella: también lograba plasmar el amor que le tiene.

Gracias a ese dibujo la vi a través de sus ojos. Y me abrumó lo que vi.

Por eso te abracé de tal manera esa mañana de sábado.

XI

Tengo dos cartas en mi mesa. Ambas dicen lo mismo, pero enfocadas según el destinatario. La tinta termina de secarse sobre el papel añejado.

Miro de nuevo la escena. Cartas escritas a mano, con pluma, sobre papel añejado. ¿Por qué le estoy dando tanto dramatismo, tanta teatralidad al asunto? ¿Pienso acaso que disfrazar todo con un empaque bonito va a cambiar que la situación en la que estoy es una mierda?

Sobres de correo aéreo. Doblo las cartas, pero procedo a romperlas. Mis manos quedan oliendo a té, pero no me molesta y no sé si lavarlas. Finalmente lo hago, para no manchar nada.

Cambio el nudo de la corbata y me dirijo a verles. Después de todo el acto, hablaré.

XII: Tesis

Hay más de cincuenta personas festejando alrededor nuestro pero nos rodea una cúpula de silencio. Tengo la cabeza baja y ellos no saben qué decir.

– Iba a entregarles una carta a cada uno y luego desaparecer. Luego me di cuenta de lo gratuitamente dramático y lo estúpidamente cobarde que era el plan. Pero ya saben qué pasa. Me siento horrible con ambos.

El silencio continúa. Él apura un trago de whiskey que alguien le pasa, ella aprieta sus manos una contra otra y creo notar una lágrima formándose en su ojo izquierdo. Yo doy un primer sorbo a la cerveza que había pedido justo después de bajar del escenario, sin saber cómo hablar. Dos minutos después no había forma de callarme, y hasta que no desahogué todo lo que sentía por ella y cuánto remordimiento me causaba por la hermandad que me unía a él.

Se miran incómodos, y comprendo que no voy a recibir una respuesta a lo que acabo de decirles. Tomo mis cosas y salgo a la lluvia a esperar un taxi.