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Supernova

octubre 26, 2010

Hace 48 horas desperté de la animación suspendida. Aún tengo problemas para reacostumbrarme a la gravedad artificial y a la falta de días y noches.

Los ingenieros hicieron un gran trabajo para lograr una gravedad similar a la terrestre y para dar la sensación del día que transcurre y los primeros seis meses del viaje, antes de entrar a animación suspendida a velocidad crucero, ya se me complicaban los días y empezaba a mostrar símbolos de agotamiento. Al punto que decidí entrar en animación suspendida mucho antes de lo presupuestado, a la altura de marte. Mi compañero, el comandante Springer, se había encargado de programar el vuelo hasta que nos capturara la gravedad de Júpiter para hacer el efecto honda que nos permitiría pasar a la segunda fase de vuelo, en la que llegaríamos cerca a la velocidad de la luz. No era necesaria mi ayuda para lograr la Asistencia gravitatoria, y no podíamos acelerar hasta alcanzar la velocidad de la luz hasta después de superar el cinturón de asteroides, el cual ciertamente yo no quería ver.

Héme aquí entonces. Han pasado más de cuatro años en casa. En una semana más sacaré de animación suspendida a Springer, reduciremos la velocidad cuando lleguemos a Alpha Centauri y pasaremos tres meses buscando un planeta habitable en el sistema. En caso de encontrarlo, lanzaremos sondas para recopilar datos y una vez terminemos intentaremos la peligrosa maniobra de Asistencia gravitatoria usando a Proxima Centauri para catapultarnos.

Dejamos la Tierra el 2 de julio de 20xx. En casa sería el 30 de noviembre de 20xx. Papá cumpliría 61 años para cuando tenga que despertar a Springer. Los días transcurrieron lentos y medianamente aburridos (me dediqué a leer cuanto pude, ya habría acabado el Gilgamesh para cuando volviéramos a velocidad crucero, ya había repasado una buena parte de la obra de Mozart antes de entrar a animación suspendida).

Nos habían preparado durante meses para la brusca desaceleración. El entrenamiento físico había sido agotador y el superarlo, a duras penas, había supuesto nuestra participación en la misión. Todo estaba listo, y luego del golpe que supuso el disminuir la velocidad tan notoriamente vino uno mucho peor.

Uno para el que no nos habían preparado.

Ante nosotros se presentaba el más hermoso panorama apocalíptico posible. El sistema completo había explotado en una supernova, probablemente hace un año. Era sencillamente indescriptible. Ni siquiera las imágenes de las enciclopedias que devoraba cuando niño, tomadas por el viejo Hubble, podían hacerle justicia al espectáculo que teníamos el privilegio de presenciar en primera fila.

Tanta belleza solo significaba una cosa: Problemas. Catastróficos. Irremediables. Estábamos lo suficientemente lejos del incipiente Pulsar para estar a salvo, pero los exoplanetas que habíamos venido a revisar habían sido consumidos por la explosión de Alpha Centauri. Y ya no teníamos la estrella que íbamos, arriesgadamente, a usar como catapulta para volver a casa. Springer… Ya no podré hablar más con él. Aparentemente estoy solo, donde ningún otro hombre ha ido antes, y no puedo volver. Debería seguir el ejemplo del buen Jacob Springer, los dioses lo guarden. Así que me acuesto en la cabina de animación suspendida y apago las computadoras de soporte vital después de enviar una señal a casa. Para cuando la oigan, la gravedad del sistema nos habrá arrastrado al centro de la explosión.

Así que duermo, sabiendo que haré parte de la muerte de una estrella. Al menos eso.

Despierto.

Estoy en su casa. Ella duerme desnuda a mi lado. En el televisor aún prendido reconozco imágenes de los festejos de campeonato de los Chicago Blackhawks y ante mi está el equipo mismo que ganó esa Stanley Cup en seis juegos contra los Flyers de Philadelphia.

Estoy de vuelta.