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Sueño (Apéndice)

diciembre 4, 2010

Una de las razones por las que había elegido este camino para mi vida es que el entrenamiento práctico era parte esencial de la formación y éste implicaba acostumbrarse a muchas situaciones fuera de lo cotidiano. Dormir, por ejemplo, era una de esas cosas a las que tenía que reacostumbrarme, tanto en los horarios como en el lugar. Aún así, no lograba aún conciliar tan fácilmente el sueño en este camastro. No eran todos los ruidos afuera del barracón, no era esta sensación de ingravidez, no era el ambiente completamente antiséptico (antinatural pero necesario, dado el lugar). Luego de unas vueltas en el camastro, aún con mi uniforme, logré dormirme.

“Doctor, doctor, avisan de la estación de Triage que hay paciente para nosotros”. La enfermera me tendió una taza de café, aún caliente, que puse en la mesita junto al camastro después de dos sorbos. Lavé mi cara y apuré el café mientras arreglaba un poco mi ropa, sobre la que puse la bata, y fui al consultorio de oftalmología. Madrugada de domingo en la Reina Sofía. Ordené rápidamente el cubículo y empecé a lavarme las manos, de espaldas a la puerta. “Doctor, la paciente”, dijo la enfermera. Aún de espaldas, mientras me secaba las manos con una toalla de papel, le saludé con mi tono tranquilizante: “Cuénteme, qué sucede”. “Hola”.

La toalla de papel se me resbaló de las manos.

Tomé otra toalla.

“Hola”. Di un espacio para respirar. “¿Qué te pasó?”. No la veía hacía tanto tiempo que pensaba que no podría reconocer su voz. Me acerqué y saqué mi linterna de la bata. Su ojo derecho estaba cubierto. Tuve que afincar mi pulso cuando toqué su rostro. “Pueees…”. Descubrí su ojo y lo revisé mientras ella me contaba: De la nada, su novio había intentado golpearla pero ella logró esquivarlo. Esto le enfureció, al punto que le lanzó un líquido a la cara. Ella no tenía las gafas puestas, y el líquido le impactó el ojo derecho, donde hizo el mayor daño. La córnea parecía quemada. La piel de los párpados y la zona alrededor de la nariz también se habían maltratado, pero no era grave. Le puse una crema para quitarle el ardor y disminuir el dolor.

“Tengo que operarte”. Empezaba a temblarme la voz. “Tendré que reemplazarte la córnea, afortunadamente hay donantes y la lista de espera está vacía”. Ella necesitaba sus ojos. “Y tengo que poner a ese cabrón alopécico tras las rejas”. La abracé y besé su frente. “Vine aquí porque sabía que estabas tu”, dijo. “Siempre, para lo que me necesites”. Las lágrimas me nublaron la vista.

Intenté secarme los ojos. Estaba aún acostado en mi camastro del barracón de la Estación Espacial MIR II. Me erguí y fui flotando hacia el telescopio de la estación, donde le escribí una carta que no sabía si lograría hacer llegar a destino. La releí y añadí en la postdata: “Te extraño. Incluso aquí en gravedad cero tu ausencia pesa bastante”. La guardé en una caja de muestras que había a mano, pensando en cómo enviarla.