Archive for 3 junio 2011

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Visita, pt. V

junio 3, 2011

IX

“Vuelo ya mismo a Bogotá”

Me extrañó un poco la respuesta de la señorita Yu pero se me hizo lógico que quisiera ver a su hermano. Ella, como ciudadana, tendría más opciones de hacer algún trámite ante su embajada para evitar que deportaran a su hermano, y por la familia hasta yo haría lo que fuera. Claro está, si tuviera más familia que un abuelo que cedió mi educación a extraños para  dedicarse tranquilamente a sus asuntos en Santa Rosa de Viterbo.

A las 2 de la tarde entré al Restaurante Emperador. Directamente fui a la caja y pedí hablar con el administrador. Dos sujetos, con pocas intenciones de ocultar ser guardaespaldas de mafioso, se acercaron por la espalda. Uno de ellos tocó mi hombro

–Sapo sapito sapo, sapo sapito azul, dichosos los ojos. Qué pena no haberle avisado antes de darle el guamazo pero no sabía que no llevaba tote. ¿Qué busca? Acá no hay moscas, sapito.

–Vengo a hablar con el gerente. Me enviaron a encontrar a alguien y sé que está aquí.

–Ay, tan bonita la almita de Dios. Más bien despéguela que acá no se le perdió nada.

Hice un movimiento brusco para que soltara mi hombro y le di un toque con la macana eléctrica. Paré al otro matón de un golpe de palma en el pecho.

–Llame al administrador, por favor.

Éste salió de la oficina junto a la caja.

–¿Qué quiere?

–Vengo por el hermano de Tian Yu.

En la cocina sonó un plato roto.

–Soy yo– dijo el administrador–.  ¿Por qué mi hermana le envía?

El administrador no era el mismo de la foto.

–Su hermana… su hermana me dijo que usted venía como ilegal, me pidió expresamente que lo encontrara, me dijo que el dueño del mercado de Barrancas de Belgrano era parte de la red de tráfico y quería no deberles nada.

–El dueño del mercado es mi padre.

Eso aclaraba muchas cosas. La ausencia de caja fuerte, los papeles incriminatorios tan a la mano, el pago exorbitante recibido, el vuelo inmediato apenas le escribí que ya lo había encontrado…

–Pero, ¿y entonces? ¿Para qué carajos su hermana me da un cojonal de plata para venir a encontrarlo, si fácilmente podía haberlo hecho ella? ¿Y por qué usted no es el sujeto de la foto que ella envió?

–¿Perdón?

–Lo siento. Preguntaba por qué razón su hermana me ha dado tanto dinero para encontrar a alguien que no está perdido.

–Eso lo entendí, señor…

–Vargas.

–Vargas. ¿Qué foto?

–Présteme un computador con Internet y le muestro.

–Pase a mi oficina.

Entré a mi cuenta de correo. Abrí el archivo adjunto.

–Ese… Ese es el novio de mi hermana… por eso el repartidor nuevo me parecía conocido…

–¿Y por qué su hermana me puso en todo este trote?

–Nuestro padre lo odia. Él decidió venirse como polizón. Supongo que ella querrá legalizar su situación acá para poder llevarlo a Buenos Aires.

–Exacto– dijo la señorita Yu, y entró a la oficina. Miré el reloj: 2:45 p.m. El vuelo de Avianca entre Ezeiza y El Dorado llegaba a mediodía.

 

X

Salí del restaurante pocos minutos después, cuando los hermanos Yu empezaron a discutir en su lengua nativa. Di otro toque con la macana eléctrica al gorila que me había noqueado en Zipaquirá y pateé su cabeza, mientras mascullaba un “unas por otras”. Vi que venía el bus que sube por la plaza de toros, entonces atravesé la Avenida Las Villas corriendo y lo cogí, listo para una hora larga de recorrido por la calle 127, las carreras 15 y 11, la Avenida Chile y la Séptima. En casa, tomé los 400 dólares que había dejado a mano, empaqué mi computador y mi disco duro y salí. Bajé a la carrera 13 por la calle 59, para preguntarle a Tatiana si Mauro había recogido el sobre. Compré un par de cascabeles y medio metro de cinta en Botonia y me subí al primer Fontibón-San Pablo que pasó.

Luego de un recorrido rápido que pasó por Galerías, Pablo VI y el parque el Salitre, me bajé en la esquina de la Esperanza con 68 A y caminé hasta los triciclos de Ramo que se hacían ahí cada tarde. Compré dos combos Ramo y luego seguí hasta el centro comercial, donde compré un tiquete para esa misma noche rumbo a Ezeiza. Directo. No me iba a perder la oportunidad de viajar en un Airbus A330 casi nuevo después de este viaje sinsentido.

De ahí salí a la Esperanza, a esperar el bus que me llevaría a El Dorado, aunque se demoró un poco más de la cuenta y decidí entonces caminar por la carrera 69 hacia la calle 26, donde tendría más opciones de transporte. Antes de cruzar el puente peatonal entré a la tienda de té del edificio de oficinas de Davivienda, para gastar los últimos pesos que me habían sobrado en una tetera de acero colado, un elemento que me sería útil en mi hogar.

Ya en el aeropuerto estaba haciendo fila para el check-in, cuando alguien me tocó el hombro. Giré esperando lo peor, pero era Mauro.

–¡Doooooooctor! No me diga que también se va de vacaciones.

–No, Mauro, estas fueron mis vacaciones. Vuelvo a casa, a la rutina. Y usted, ¿a dónde viaja?

–Perú, doc. Mi señora quiere ir a Machu Picchu. Por cierto, doc: Milena, mi esposa. Mile, él es el doctor Alberto Vargas.

–Encantado. Espero que se queden un par de días en Cuzco. Dicen que es maravilloso.

–Eso haremos.

Después de hacer el registro subí a hacer la última compra del día: dos libras de café. Le había dicho a Ana María que iba a comprar café y chocoramos y eso mismo llevaba en mano. Antes de pasar a emigración, entré al Telecom y llamé a casa de la señorita M.

–¡Corazón! Cambio de planes. Estoy en Bogotá. Viajo ya mismo para allá. Llego a las seis y cuarto de la mañana.

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Visita, pt. IV

junio 2, 2011

VII

La mañana había empezado bastante bien, aunque tarde. Me desperté casi a mediodía para encontrar un par de correos de la señorita Yu, uno con una foto de su hermano y otro indicando que había hecho un depósito en mi cuenta. Revisé y sonreí al ver que mi saldo había aumentado. Luego miré la foto un largo rato. Es bastante ofensivo ese concepto latinoamericano que dice que todos los orientales son iguales. Repasé la foto a conciencia para saber a quién buscaba. Nunca olvido una cara.

Tomé un bus a Hacienda Santa Bárbara, donde cambié 50 dólares que había tomado de mi escondite en el apartamento. Allí tomé otro bus hasta el Portal Norte, donde me subí a la primera flota a Zipaquirá que encontré. El Darklands y el Automatic de Jesus and Mary Chain me acompañarían en el viaje.

Caminé las tres cuadras que separan la Terminal del parque central de Zipaquirá. Siempre he dicho que todos los pueblos cundinamarqueses son iguales, pero las alcaldías de Zipaquirá y Tenjo sólo cambian en la pintura. Tomé una foto para hacer la comparación de ambas esquinas en casa. Luego subí unas 10 cuadras a la salida occidental del pueblo. Mauro había dejado la dirección del albergue en el buzón en la mañana. Estudié cómo colarme, cómo vigilar el lugar y concluí que iba a tener que pasar la noche fuera.

No tuve que esperar mucho. Apenas anocheció llegó un camión, y del container bajaron unas cincuenta personas. No quería imaginar el hacinamiento en el que estarían en la casa a la que entraban. Estaba demasiado lejos para tratar de reconocer caras, y la oscuridad no ayudaba.

Sentí un golpe en la nuca y todo se fundió a negro.

Desperté con el canto de los pájaros al amanecer. Estaba a la vera del camino y frente a una señal de carretera que indicaba la distancia a Pacho: estaba aún en la salida occidental. En la misma señal, en aerosol estaba garabateado “No se meta, sapo”. Las manos locales estaban bastante metidas en el asunto, por lo visto. Habían logrado dejarme fuera de combate sin que notara que alguien se acercaba, aún teniendo la montaña a mi espalda y estando sobre pasto con hojas y ramas en el suelo.

Caminé en dirección a Pacho esperando que pasara una flota que viniera de Carupa. Una hora después estaba de nuevo camino a Bogotá. Bajé de la flota en Mirandela y caminé hasta Santafé, donde compré un café y llamé a Mauro.

–¿Aló?

–¿Alo, Mauro? Chino, eche mucho ojo al restaurante Emperador, ahí en la Colina, en la 130 con Villas. Y tenga mucho cuidado que esta gente está más avispa de lo que creíamos, anoche me rompieron la cabeza sin que me diera cuenta…

–¿Anoche? Dóctor, pero si usted se fue anteayer… bueno, yo sé cómo moverme, por mi no se preocupe. Voy a decirle a mi señora que se vaya a donde mi suegrita entonces. Lo llamo cualquier cosa.

Así que había durado casi 36 horas inconsciente. Toqué mi nuca y noté que aún  dolía bastante y, bien vistos, mis pantalones estaban hechos un asco en las botas. Los talones de mis zapatos estaban gastadísimos, como si me hubieran arrastrado varios kilómetros. Una red de trata de personas era peligrosa, eso ya lo sabía, pero no me había hecho a la idea de qué tanto. Compré otro café grande y me lo fui tomando en el Germania rumbo a casa.

 

VIII

Un largo baño con agua caliente alivió el dolor bastante, pero aún me retumbaba un poco la cabeza. Tomé de un solo golpe tres ibuprofenos y los rematé con una taza de té, esta vez Moroccan Mint. Mis intestinos me lo reprocharían mañana, pero necesitaba mi cabeza, necesitaba que dejara de retumbar cada vez que sonaba un teléfono…

…el teléfono estaba sonando.

–¿Mauro?

–¿Cómo supo, doc?

–No sea pendejo, Mauro, solo usted sabe que estoy acá y solo usted llama a estas horas.

–Jajajajaja, tan bobo pues. ¿Cómo sigue?

–Mejor, gracias. Pero bueno, a lo que vinimos. ¿Vio algo?

–Me arriesgué a entrar, hice escándalo y me mandaron al administrador. Habla muy poco español, parece recién llegado.

–¿Recién llegado? ¿Y de administrador? No me crea tan aguacate, acá pasa algo.

–Yo no sé, mi doc, el tipo se ve como importantoso.

–Pues tocó dejar la carajada. Yo iré mañana a ver qué pasa, a ver si encuentro al tipo que busco. ¿Vio si llegaron más personas?

–Como cinco más. Dos están mesereando, me imagino que el resto hace entregas o anda en la cocina.

–Ah, listo. Mauro, le dejo un detallito donde Tati mañana, así como para que le de un paseíto a su esposa. Apenas lo reciba, vaya por ella y salgan de acá rápido.

–Bueno pues, señor Vargas.

–¿Señor Vargas? El señor Vargas era mi abuelo, Mauro. Si se va a poner de decente dígame Alberto a secas. Adiós pues.

Escribí nuevamente a mi cliente, diciendo “Lo encontré”. Saqué 2000 dólares del closet de linos del apartamento y los puse en un sobre. Con lo que me había girado la señorita Yu podía darme ese lujo, recuperar el dinero del tiquete de venida y pagar incluso dos más de ida y regreso. Dejé otros 400 a mano y llevé el sobre a donde Tatiana. Pasé por el CAI del parque de los Hippies. Había dejado mi porra en Buenos Aires, necesitaba algo por si las moscas.

–¡Vargas! Milagrazo de tenerlo por acá.

–Sargento, tiempos tiempos.

–¿Y ese milagro? No andará metido en otra pendejada de esas.

–Pues… he de confesar que sí, ando en otra pendejada de estas. Encontrar a una persona. De China. Encargo desde Buenos Aires. La red de Zipaquirá.

–¿Y cómo va a encontrar a un chino si todos esos son iguales?

Pasé saliva. Otálvaro era uno de los pocos policías en que se podía confiar en toda Colombia, no podía darme el lujo de darle una lección sobre prejuicios y racismo. Él siguió inquiriendo.

–Y desde Buenos Aires… me imagino que habrá bastante a su nombre como para que se meta con esa red tan peligrosa y encima encargado desde lejos.

–Pues en teoría yo ya encontré al cliente… tengo que ir mañana a donde puede estar y luego ver qué se hace. Tengo unos papeles que parece que dicen cuándo y en qué barcos van a llegar más personas y cómo las van a enviar a otros países. Le traje una copia, usted sabrá de alguien allá arriba que no esté untado y que pueda recibir esa información y hacer algo.

–Vargas, de verdad, se lo agradezco. Su abuelo Clímaco estaría orgulloso.

–Tal vez, pero yo no lo hago por él, ni por la plata, ni por mi. De hecho ni siquiera sé por qué me meto en estas estupideces. Igual ya sabe, Otálvaro. Si decide poner a andar una investigación con lo que le dejo, el crédito y la gloria son suyos. Mientras me invite a una cerveza cuando sea un héroe me doy por bien servido.

–Hombre, pero claro. Con que me haya traído esto me demuestra que no perdí el tiempo cuidándolo cuando chiquito.

Tomé un bolillo y una macana eléctrica del escritorio de Otálvaro y salí de ahí antes de que la escena se tornara emocional. El dolor de cabeza había desaparecido, así que compré un six pack para dormir temprano.

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Visita, pt. III

junio 1, 2011

V

Bogotá estaba soleada, en contraste con el clima invernal al que estaba acostumbrado en ese mes de mayo en el sur. Como había tenido la precaución de hacer el check-in desde antes, había logrado conseguir asiento en la primera fila, pasillo, de clase turista, así que salí en carrera apenas abrieron la puerta del avión hacia inmigración. un par de minutos antes había aterrizado el vuelo de AEROGAL y los cubículos del DAS estaban bastante vacíos cuando llegué a ellos. Eran las 11:20 a.m. cuando salí a buscar la ruta circular. Unos minutos después caminé desde el hotel Habitel hasta la carrera 100, donde tomé el bus a Chapinero.

Subí a mi viejo apartamento con calma, conecté el computador, organicé mejor las hojas en chino y puse a hervir agua. Mientras la tetera sonaba me di una ducha rápida con agua bien fría, que me despejó. Aún hacía falta algo para terminar de despertarme, que llevaba ya 28 horas en blanco, así que tomé un par de sobres de Irish Breakfast de mi maleta (siempre llevaba varias provisiones de té conmigo) con dos sobres de azúcar del avión que había guardado en un bolsillo y dejé la infusión unos cinco minutos para que quedara bien cargado.

El ruido de la séptima era más fuerte de lo que recordaba, en pocos meses me había desacostumbrado a oír el tráfico. Estuve un rato en la ventana, mirando a la calle, sorbiendo despacio de la taza y maldiciendo no haber tenido la prevención de comprar leche para tomar este té como si, en efecto, estuviera desayunando. Acabé la bebida y me senté en el computador.

“Señorita Yu:

En tres días iré a Zipaquirá. Revisé los papeles después que usted se fue y anoche, en camino. Estará en Colombia un par de meses, mientras le fabrican los papeles con los que lo enviarán a Argentina. Averiguaré dónde estará mientras tanto y le escribo”.

Tenía mucha hambre. Fui en una carrera a comprar Kebabs y paré en el autoservicio de la bomba de gasolina por gaseosa y leche para un chai eventual. Desde el teléfono público de la estación llamé a un viejo conocido.

–Alo, ¿Mauro?

–Si, ¿quién habla?

–Alberto Vargas.

–¡Doctor Albeeeer! Milagrazo ome.

–El trabajo que no da tregua, Mauro… Hablando, ¿se quiere ganar unos buenos pesitos haciendo una pendejada?

–Dígame nomás, mi dóctor.

–Averígüese ahí en las tiendas chinas de Galerías cómo los chinos consiguen trabajo en Bogotá apenas llegan, o a dónde llegan cuando los mandan de Buenaventura a Zipa, lo que sea que consiga le reconoceré.

–Llamó al propio, mi doc, usted sabe que conmigo ese maní le sale brevas.

–Gracias, Mauro. Cualquier datico me lo bota a la casa, y si no estoy deje lo que consiga con Tatiana en los Kebab.

Terminé de almorzar en casa, tomé un vaso de gaseosa y me fui a dormir.

 

VI

Me despertó el citófono.

–¿Quién?– pregunté aún somnoliento.

–Yo, mi dóctor.

Abrí la puerta y alisé un poco mi ropa mientras Mauro subía.

–¿Qué me averiguó, Mauro?

–Bobaditas, doc. Lo usual es que los mandan a meserear o a cocina en restaurantes, y usted sabe cuántos de esos chuzos hay acá en Bogotá.

–Hmm.. veo…

–Y lo otro es que están re avispas porque la policía ya los ha pescado par veces. Los dejan ahí en lo que llaman salida occidental en Zipa, en una casa.

–Bueno, Mauro, gracias. Ahí le dejo una bobadita– dije mientras le daba un billete de 20 dólares–. Cualquier cosa me avisa.

Restaurantes.

–Mauro.

–¿Si?

Le pasé un billete de 50 dólares.

–¿Y esto, doc?

–Le dije que le iba a reconocer lo que me consiguiera. Su ayuda fue enorme.

La parte que menos sentido tenía de la lista era una columna que tenía palabras sueltas, repetidas a lo largo, que había creído que eran los nombres en clave de los envíos de personas.

Emperador.

2007. Agosto. Probablemente, la peor época de mi vida. Los errores que aún me persiguen. Colina Campestre. Restaurante Chino Emperador, sobre la Avenida Las Villas, una cuadra antes del Pan y Ponké (siempre odié ese lugar). Fui por una cerveza a la bomba de gasolina. Al regreso volví a escribirle a la señorita Yu

“Sta. Yu:

Necesito una foto de su hermano. Puedo encontrarlo esta semana”.

Me bebí la cerveza, una Brown Ale holandesa, en dos sorbos. Lancé la botella por la ventana y me acosté.