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Visita, pt. IV

junio 2, 2011

VII

La mañana había empezado bastante bien, aunque tarde. Me desperté casi a mediodía para encontrar un par de correos de la señorita Yu, uno con una foto de su hermano y otro indicando que había hecho un depósito en mi cuenta. Revisé y sonreí al ver que mi saldo había aumentado. Luego miré la foto un largo rato. Es bastante ofensivo ese concepto latinoamericano que dice que todos los orientales son iguales. Repasé la foto a conciencia para saber a quién buscaba. Nunca olvido una cara.

Tomé un bus a Hacienda Santa Bárbara, donde cambié 50 dólares que había tomado de mi escondite en el apartamento. Allí tomé otro bus hasta el Portal Norte, donde me subí a la primera flota a Zipaquirá que encontré. El Darklands y el Automatic de Jesus and Mary Chain me acompañarían en el viaje.

Caminé las tres cuadras que separan la Terminal del parque central de Zipaquirá. Siempre he dicho que todos los pueblos cundinamarqueses son iguales, pero las alcaldías de Zipaquirá y Tenjo sólo cambian en la pintura. Tomé una foto para hacer la comparación de ambas esquinas en casa. Luego subí unas 10 cuadras a la salida occidental del pueblo. Mauro había dejado la dirección del albergue en el buzón en la mañana. Estudié cómo colarme, cómo vigilar el lugar y concluí que iba a tener que pasar la noche fuera.

No tuve que esperar mucho. Apenas anocheció llegó un camión, y del container bajaron unas cincuenta personas. No quería imaginar el hacinamiento en el que estarían en la casa a la que entraban. Estaba demasiado lejos para tratar de reconocer caras, y la oscuridad no ayudaba.

Sentí un golpe en la nuca y todo se fundió a negro.

Desperté con el canto de los pájaros al amanecer. Estaba a la vera del camino y frente a una señal de carretera que indicaba la distancia a Pacho: estaba aún en la salida occidental. En la misma señal, en aerosol estaba garabateado “No se meta, sapo”. Las manos locales estaban bastante metidas en el asunto, por lo visto. Habían logrado dejarme fuera de combate sin que notara que alguien se acercaba, aún teniendo la montaña a mi espalda y estando sobre pasto con hojas y ramas en el suelo.

Caminé en dirección a Pacho esperando que pasara una flota que viniera de Carupa. Una hora después estaba de nuevo camino a Bogotá. Bajé de la flota en Mirandela y caminé hasta Santafé, donde compré un café y llamé a Mauro.

–¿Aló?

–¿Alo, Mauro? Chino, eche mucho ojo al restaurante Emperador, ahí en la Colina, en la 130 con Villas. Y tenga mucho cuidado que esta gente está más avispa de lo que creíamos, anoche me rompieron la cabeza sin que me diera cuenta…

–¿Anoche? Dóctor, pero si usted se fue anteayer… bueno, yo sé cómo moverme, por mi no se preocupe. Voy a decirle a mi señora que se vaya a donde mi suegrita entonces. Lo llamo cualquier cosa.

Así que había durado casi 36 horas inconsciente. Toqué mi nuca y noté que aún  dolía bastante y, bien vistos, mis pantalones estaban hechos un asco en las botas. Los talones de mis zapatos estaban gastadísimos, como si me hubieran arrastrado varios kilómetros. Una red de trata de personas era peligrosa, eso ya lo sabía, pero no me había hecho a la idea de qué tanto. Compré otro café grande y me lo fui tomando en el Germania rumbo a casa.

 

VIII

Un largo baño con agua caliente alivió el dolor bastante, pero aún me retumbaba un poco la cabeza. Tomé de un solo golpe tres ibuprofenos y los rematé con una taza de té, esta vez Moroccan Mint. Mis intestinos me lo reprocharían mañana, pero necesitaba mi cabeza, necesitaba que dejara de retumbar cada vez que sonaba un teléfono…

…el teléfono estaba sonando.

–¿Mauro?

–¿Cómo supo, doc?

–No sea pendejo, Mauro, solo usted sabe que estoy acá y solo usted llama a estas horas.

–Jajajajaja, tan bobo pues. ¿Cómo sigue?

–Mejor, gracias. Pero bueno, a lo que vinimos. ¿Vio algo?

–Me arriesgué a entrar, hice escándalo y me mandaron al administrador. Habla muy poco español, parece recién llegado.

–¿Recién llegado? ¿Y de administrador? No me crea tan aguacate, acá pasa algo.

–Yo no sé, mi doc, el tipo se ve como importantoso.

–Pues tocó dejar la carajada. Yo iré mañana a ver qué pasa, a ver si encuentro al tipo que busco. ¿Vio si llegaron más personas?

–Como cinco más. Dos están mesereando, me imagino que el resto hace entregas o anda en la cocina.

–Ah, listo. Mauro, le dejo un detallito donde Tati mañana, así como para que le de un paseíto a su esposa. Apenas lo reciba, vaya por ella y salgan de acá rápido.

–Bueno pues, señor Vargas.

–¿Señor Vargas? El señor Vargas era mi abuelo, Mauro. Si se va a poner de decente dígame Alberto a secas. Adiós pues.

Escribí nuevamente a mi cliente, diciendo “Lo encontré”. Saqué 2000 dólares del closet de linos del apartamento y los puse en un sobre. Con lo que me había girado la señorita Yu podía darme ese lujo, recuperar el dinero del tiquete de venida y pagar incluso dos más de ida y regreso. Dejé otros 400 a mano y llevé el sobre a donde Tatiana. Pasé por el CAI del parque de los Hippies. Había dejado mi porra en Buenos Aires, necesitaba algo por si las moscas.

–¡Vargas! Milagrazo de tenerlo por acá.

–Sargento, tiempos tiempos.

–¿Y ese milagro? No andará metido en otra pendejada de esas.

–Pues… he de confesar que sí, ando en otra pendejada de estas. Encontrar a una persona. De China. Encargo desde Buenos Aires. La red de Zipaquirá.

–¿Y cómo va a encontrar a un chino si todos esos son iguales?

Pasé saliva. Otálvaro era uno de los pocos policías en que se podía confiar en toda Colombia, no podía darme el lujo de darle una lección sobre prejuicios y racismo. Él siguió inquiriendo.

–Y desde Buenos Aires… me imagino que habrá bastante a su nombre como para que se meta con esa red tan peligrosa y encima encargado desde lejos.

–Pues en teoría yo ya encontré al cliente… tengo que ir mañana a donde puede estar y luego ver qué se hace. Tengo unos papeles que parece que dicen cuándo y en qué barcos van a llegar más personas y cómo las van a enviar a otros países. Le traje una copia, usted sabrá de alguien allá arriba que no esté untado y que pueda recibir esa información y hacer algo.

–Vargas, de verdad, se lo agradezco. Su abuelo Clímaco estaría orgulloso.

–Tal vez, pero yo no lo hago por él, ni por la plata, ni por mi. De hecho ni siquiera sé por qué me meto en estas estupideces. Igual ya sabe, Otálvaro. Si decide poner a andar una investigación con lo que le dejo, el crédito y la gloria son suyos. Mientras me invite a una cerveza cuando sea un héroe me doy por bien servido.

–Hombre, pero claro. Con que me haya traído esto me demuestra que no perdí el tiempo cuidándolo cuando chiquito.

Tomé un bolillo y una macana eléctrica del escritorio de Otálvaro y salí de ahí antes de que la escena se tornara emocional. El dolor de cabeza había desaparecido, así que compré un six pack para dormir temprano.

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