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Última misión

julio 23, 2011

Me están sudando las manos otra vez. De nuevo las seco con la toalla que decidí traer a mi estación de trabajo por la recurrencia del sudor. Termino de teclear las despedidas en el ordenador, las encripto para que cuando central las descifre igual ya hayan sido leídas y programo su envío. Me tiemblan las piernas.

Algunos meses atrás la emoción y la adrenalina del trabajo nuevo eran tan fuertes que dejaba pasar, restándoles importancia, aquellas cosas pequeñas que demostraban que estar allí era más una cuestión de conveniencia y no exactamente para mi. No solo hice lo que se esperaba de mí, también conseguí realizar unas cuantas acciones que no pasaron desapercibidas pero que tampoco se me reprendieron, en las que aproveché mi posición como persona conveniente para salirme con la mía y pasar de artista.

Pero mi conveniencia se esfumaba cada vez más rápidamente e inevitablemente veía cómo se me iba relegando a un papel cada vez más mínimo, cada vez más despreciable, cada vez menos gratificante. Ya me estaban demostrando que yo estaba allí de paseo, que esto no era lo mío. Que nada de lo que había hecho bajo su tutela era lo mío.

Floté torpemente al centro de entretenimiento de la Sala de Mando de la estación. Los cosmonautas que no dormían en las barracas en la otra ala de la estación estaban fuera en labores de acondicionamiento de la rampa de despegue interplanetario. Aproveché el momento de silencio para poner a todo volumen la quinta sinfonía de Dmitri Shostakovich mientras leía cómo esa obra había significado su restablecimiento ante las autoridades soviéticas.

Si tan solo yo pudiera darme ese lujo.

Pero no soy un artista, por más que lo quisiera y lo intentara, y tampoco soy un cosmonauta, por más que me hayan entrenado y me hayan puesto varias veces en órbita. Solo soy un aparato de propaganda y encima mi tiempo ya pasó.

Las lágrimas flotan.

El tercer movimiento de la sinfonía resuena quedamente en la estación espacial MIR II. Es insoportablemente melancólico y no quiero enfrentarme al falso optimismo delAllegro non troppo del cuarto movimiento, ese que el gobierno al que ahora sirvo declaró como un triunfo del realismo socialista en la música del compositor en 1937. Yo tampoco soy un triunfo del socialismo, así esa sea la forma en que me han presentado durante los últimos tres años.

Tengo que terminar con esto.

Antes de que el Largo termine me embuto como puedo en mi traje espacial, ese de las caminatas espaciales televisadas en las que no fui sino un payaso para el cada vez más escaso público. Apago la música una vez termina el movimiento y con mi casco en mano me dirijo a la escotilla de despresurización donde tantas veces repasé los libretos que me daba el gobierno.

No soporto este dolor en el pecho, no soporto estas ganas de gritar.

Conecto a medias el cable guía en el punto de contacto de la cámara de vacío y cierro apenas mi casco. No tengo ningún elemento de comunicación. El silbido del aire siendo reemplazado por el vacío me rodea y luego el silencio que mi garganta no logra romper es completo a mi alrededor. La compuerta se abre.

Nunca, nunca intenten correr en gravedad cero, no si no quieren tropezar en el segundo paso y caer y rodar sin freno hasta que el cable de seguridad llegue a su fin. Pero mi cable está mal conectado y no me detiene, y floto dando vueltas en el espacio, alejándome de la estación espacial, hasta que algún objeto me atrape en su gravedad. Veo en medio de mis giros cómo se enciende, cada vez más lejos, la luz de emergencias en el centro de mando en el que estaba apenas hace unos minutos. Trato de gritar pero mi garganta se empeña en impedirlo, entonces me llevo las manos a la cabeza y zafo mi casco. Mientras pierdo la conciencia grito con todas mis fuerzas, pero en el vacío no hay más que silencio.

Adios.

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