Archive for 12 septiembre 2011

h1

Transit, transit

septiembre 12, 2011

Tantas sillas y todas incómodas. Haber pasado tanto tiempo sentado se me ha hecho insoportable; no he parado de viajar en las últimas dieciséis horas y aún así siento que me he estado más quieto de lo que debería, que no he avanzado nada, que no he podido despegarme de los asientos.

Una vez supe que saldría de Zvyozdny Godorov decidí no seguir el proceso habitual para los viajes en licencias. Usualmente me habrían llevado a la base de Chkalovsky y de allí despegaría en el Antonov AN-72 que más estuviera a mano. Después de tantas semanas de entrenamiento duro lo que menos quería era compartir tiempo en el aire con otro miembro del programa espacial o la fuerza aérea, así que logré convencer a mis superiores que me dejaran viajar solo, tal vez de incógnito, en un vuelo civil.

Me bajé del autobús del centro de entrenamiento frente a la base de Chkalovsky y me despedí de los demás miembros del programa, que irían a Sochi a pasar la quincena de descanso en un clima más vivible. Aunque la idea de tener playa y algo más cálido a mitad de noviembre era tentadora no estaba del todo convencido; aún así caminé hasta la estación de trenes de Shchyolkovo, donde tomé el elektrichka a la estación Yaroslavsky en Moscú.

En el lentísimo tren suburbano tuve bastante tiempo para pensar. El último mes y medio había estado a marcha doble gracias a un retraso en el entrenamiento y necesitaba el tiempo lejos de la Ciudadela de las estrellas. ¿Era buena idea ir a compartir más tiempo con mis compañeros de misión cerca al mar? No es que sea muy aficionado a las playas (aunque reconozco que el mar tibio de Sochi me parecía menos grave que el Caribe al que iba en mi infancia) y tal vez no sea lo que mi cuerpo cansado necesita. En Yaroslavsky podría tomar el ramal del Sibiryak a Sochi… pero una vez que llegué a la terminal moscovita ya había descartado seguir sobre rieles.

Mi celebridad como cosmonauta civil estaba casi totalmente desvanecida para entonces y en ningún momento en el recorrido del elektrichka me reconocieron, aún cuando llevaba una ushanka con la insignia de la fuerza aérea soviética y parches de ROSCOSMOS en mi chaqueta. Así de rápido se había ido la poca emoción que tuvo el país por el nuevo programa espacial. El gasto presupuestal en propaganda para poner en órbita estaciones espaciales que servirían de plataforma de lanzamiento de viajes interplanetarios, el efectismo que se buscaba con enviar civiles (y extranjeros, “reclamados” por gobierno, “rescatados” de la “decadencia de occidente”) al espacio exterior… todo había sido un gasto vano, al menos para el ciudadano común.

Caminé desde la estación de Yaroslavsky hasta la de Paveletsky. Podía haberme ido en metro pero necesitaba estirar las piernas, entumecidas por haber pasado tanto tiempo en un tren tan lento y por las últimas jornadas en el tanque de simulación de gravedad cero del centro de entrenamiento Yuri Gagarin. No había vuelto a caminar por Moscú desde los primeros días en el país, cuando recién había llegado junto a J. a recorrer el país, tocando en cuanta ciudad pudiéramos, trabajando en lo que consiguiéramos para poder seguir moviéndonos de un lugar a otro. Poco había cambiado la ciudad desde entonces, salvo unos tímidos recordatorios del estallido de la segunda revolución un par de años atrás.

Para entonces el personal de entrenamiento con el que había pasado tantísimo tiempo recientemente ya debería haber aterrizado en Sochi. Si de Paveletsky tomaba el expreso al aeropuerto de Domodedovo podría alcanzarles en unas cuatro horas. Durante la caminata entre terminales férreas pensé que tal vez el Mar Negro no sería el paisaje que quisiera tener en frente para descansar de haber pasado tantas horas sumergido en la piscina que contenía la cabina de simulación de la estación espacial. Compré un café cerca a Paveletsky y al rebuscar efectivo en los bolsillos de mi chaqueta encontré mi viejo pasaporte y mi reproductor de audio, aunque sin audífonos. Mientras llegaba al aeropuerto armé una lista de reproducción para el vuelo, como solía hacerlo en casa, como hubiera querido poder hacerlo cada vez que dejaba la tierra rumbo a mi trabajo como obrero fuera de órbita. Tenía que comprar audífonos en algún lado.

Con otro café en mano duré una hora más sentado en la zona de carga eléctrica gratis del aeropuerto. Desde allí podía ver los aviones pasar rumbo a las pistas paralelas. Tal como en casa. Revisé mi pasaporte: Aún tenía vigente la visa Schengen con la que había llegado. ¿Cómo podría volver sin que se dieran cuenta? Estaba totalmente descartado partir en un vuelo internacional, no cuando los controles aeroportuarios informarían inmediatamente a mis superiores que abandonaría el país. Si todo seguía estando como antes, podría dejar el país en un ferry o por tren con mi pasaporte viejo. No quería volver al ferrocarril, así que tendría que salir desde algún puerto. En el ataque de nostalgia en el que me encontraba empecé a tararear una vieja canción de mi banda de punk de diez años atrás: Yo nunca salí de Könisberg. Así empecé a trazar mi ruta.

Una vez el reproductor estuvo cargado me proveí de dinero, suficiente para pagar el tiquete a donde fuese en efectivo y para comprar euros para financiar el regreso a casa. Sabía que los movimientos de mi cuenta de ese día iban a despertar sospechas pero dado el lugar del retiro del dinero y el que me encontrara en permiso no les indicaría definitivamente que mi plan incluía no pasar mi quincena de descanso en la Unión. En la oficina de tiquetes de Sibir me reconocieron por primera vez. La vendedora se había hecho fan de la banda una vez nos dimos a conocer con nuestro concierto espacial y mientras verificaba disponibilidad de asientos para uno de los dos vuelos que podría abordar me mostró un artículo de Pravda sobre nosotros autografiado por J. y se ofreció a comprar unos audífonos en el Duty Free de la terminal internacional, a la que tenía acceso, para que yo no tuviera que exponerme a los agentes de migraciones. Como muestra de agradecimiento le regalé mi ushanka (no la necesitaría a donde iba y al regreso podría conseguir otra) y firmé el periódico.

Vi caer la noche a bordo del Boeing 737 verde en el que volé a Kaliningrado. En mis audífonos nuevos sonaba Autolux, después de mucho tiempo. Extraño hacer música. Una vez aterrizamos en Khrabrovo busqué una forma de ir a la salida de ferrys de Baltiysk. No conocería la ciudad, pero podría hacerlo a la vuelta.

Ahora estoy a bordo de un ferry rumbo a Copenhague. Mi viaje aún está empezando, pero mientras atravieso el Báltico siento por primera vez en el día que me estoy moviendo. Aún me esperan por lo menos dos despegues y aterrizajes antes de volver a pisar mi tierra natal. Veo caer una estrella fugaz. He visto el mismo espectáculo cientos de veces, con otra perspectiva, desde la estación espacial, pero aún me maravillo. El vacío del espacio cansa, tanto como para impulsarme a arriesgar la vida que tengo por alejarme de él tanto como me sea posible.