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Insomnio.

julio 22, 2012

Es horrible dormir en el lugar de trabajo. No puedo decir exactamente “en el mismo sitio donde se trabaja”, porque he trabajado en casa y eso no me parece complicado. Tal vez… tal vez sea que aún jerarquizo y considero que un lugar (primariamente) de vivienda puede ser tener funciones (secundariamente) laborales, pero no al revés.

A mis compañeros de trabajo (y vivienda, en este momento) no parece afectarles en lo más mínimo, en cambio. Todos venimos de husos horarios distintos y la noche permanente (así como el día artificial constante en el área de trabajo) hace posible que todos mantengamos nuestros relojes biológicos en la hora que es en casa. Así podemos trabajar, descansar y dormir en turnos sin que el trabajo se detenga. Un éxito del gobierno central, dicen.

A diferencia de mis compañeros, no logro dormir, no tan bien como quisiera, no tanto como debería. El médico del lugar insiste en darme somníferos y yo insisto en simular que los tomo: no quiero depender de ellos y sé que afectarían negativamente mi rendimiento.

Entonces doy vueltas en mi camastro mientras mi cabeza da vueltas por todo el sistema solar buscando una explicación a esta incapacidad de dormir. Culpé primero a la noche eterna y el día artificial, a que mi crianza en los trópicos se resiste a aprender que no siempre hay doce horas de sol y doce de penumbra, que esta noche eterna también es natural y posible. Posteriormente, creí firmemente que todo era causado por tener que dormir (y vivir, descansar y comer) en el lugar de trabajo en vez de trabajar en el sitio donde se desarrolla la cotidianidad; puede ser que solo sean ideas mías surgidas de la falta de costumbre, de una educación distinta a la de mis compañeros.

Hasta que, finalmente, lo veo claro.

Los pocos sueños que logro recordar de los momentos en los que finalmente logro dormir lo suficiente para poder soñar (me niego a llamar esos momentos “noches”, no cuando siempre es de noche) me dan la respuesta.

En casa, aunque no siempre, mis sueños mayormente están relacionados con volar, con surcar los aires, dejar la tierra y sus amarras y ser libre más allá de ella. Aquí todo es distinto: hace mucho que no sueño con aviones. Sueño con tirarme al agua y nadar, sueño con correr, andar las aceras de mi barrio a distintas horas del día, sueño con recorrer las carreteras a 60 por hora (o incluso menos) para poder ver el paisaje, sus detalles, todo su esplendor. Sueño, definitivamente, con tener un contacto directo con la tierra, y esa necesidad me la causa todo este tiempo en gravedad cero, de noche eterna, y lejos de ella. La veo a lo lejos, pequeña y frágil, alejándose cada vez más, y la extraño.