Archive for 19 febrero 2013

h1

Tundra

febrero 19, 2013

I

Abro los ojos para encontrarme una eterna blancura que me hace pensar que me he quedado ciego. Mi cuerpo hormiguea y solo hasta el momento en el que capto un reflejo del visor de mi casco me doy cuenta que aún conservo la vista. El blanco percudido de mi traje contrasta ligeramente con la infinidad alba que me rodea. Estoy sentado.

Hago un esfuerzo para recordar dónde estoy, dónde se supone que debo estar y qué demonios estoy haciendo aquí. Reviso mi traje y un “вечный” cuidadosamente bordado en rojo en el reverso de la manga izquierda pone en movimiento mis recuerdos. Hasta aquí lo que he sacado en limpio:

Mi edad no importa, mi cuerpo y mi mente no han vivido juntas la misma cantidad de tiempo. La criogenia, el tiempo viajando a la velocidad de la luz, el cambio de galaxias hacen que la frase “nací el x de junio de 19xx” sea irrelevante, aquí esa fecha significa menos que nada. Debería (empiezo a verlo claro) estar en una misión exploratoria de este planeta que orbita casi a la misma distancia de su estrella que nuestra Tierra al Sol. Y la estrella tiene mas o menos la misma magnitud y edad que la nuestra. La primera jornada debo pasarla pasando los instrumentos que hay en mi módulo, debo establecer rutas para mi equipo y explorar de la forma más segura la mayor cantidad de terreno posible…

…¿y mi módulo? ¿y mi equipo?

Me paro. No parece que me duela el cuerpo, aunque puede ser que mi cerebro haya decidido darme aviso de dolor más adelante, una vez haya mejorado mi cabezota. Miro alrededor buscando alguna señal de algún otro miembro de mi equipo, de mi módulo, de un accidente (no lo descarto, sobre todo por ese espacio en blanco entre el descenso y este momento)… cuando a lo lejos veo otra figura de percudido blanco, moviéndose de forma tan confusa como creo me muevo yo en este momento. Por el momento podría reportar que la gravedad del lugar y la atmósfera, al menos en densidad y presión, son similares a las de nuestro planeta, ya que el movimiento con el traje se siente similar al movimiento una vez terminados los entrenamientos y presurizadas las cámaras. Camino cada vez mas rápido hacia la figura confusa. Una vez la alcanzo veo que es la comandante G., líder de otra expedición que partió en dirección a otro planeta de manera simultánea a la misión que integro. ¿Cómo es esto posible? Era de suponerse que ella y su equipo estuvieran a por lo menos 12 años luz de distancia, pero aparece frente a mi y aparentemente está pasando por el mismo proceso que yo. Ambos hablamos mientras movemos el dial del comunicador para lograr encontrar la misma frecuencia (ninguno de los dos se atreve a sacarse el traje aún).

Ambos atropelladamente nos preguntamos casi al tiempo por nuestros respectivos equipos y nuestros sitios de aterrizaje. Yo no he tenido tiempo de buscar si hay un sitio en el que pueda encontrar mi cápsula o a los demás miembros, ella parece haber estado alerta desde algo antes que yo y se ha desplazado en un radio de 300 yardas sin hallar rastro de su tripulación ni de su nave. Decidimos seguir la búsqueda juntos.

II

“No hay heroísmo sin algo de estupidez”, me dijo la Comandante G. El que ella se quitara el traje para saber si la atmósfera era tan vivible como parecía y si habría suficiente oxígeno para respirar nos ahorró mucho tiempo y energías al tener que cargar menos cosas encima. luego de caminar unas tres millas hacia lo que yo había deducido (¿o decidido?) era el sureste vi una colina, igualmente nevada pero con algo que prometía refugio en su cima, además de ser un punto en el que parecía menos un despropósito el buscar entre la blanca nieve unos pedazos de metal pintados de blanco y rojo, en caso que hubiéramos chocado en ese planeta.

Pero seguía sin entender por qué habíamos coincidido en el mismo punto si habíamos partido hacia sitios opuestos en la galaxia y la duración de nuestras misiones no sería la misma.

Había sacado las provisiones de reserva de los trajes una vez nos deshicimos de ellos. La ropa térmica que usábamos debajo de ellos estaba funcionando bastante bien, o el clima no era tan cruel como parecía. Luego de rodear el cerro (resultó más alto de lo que había calculado originalmente) para encontrar el camino más fácil para alcanzar la cima, comimos dos paquetes de provisiones para reunir las energías necesarias para el ascenso. Aún así seguía sin sentir ningún dolor, y el cansancio que me había invadido repentinamente desapareció de igual manera.

El punto que la Comandante G. divisó a lo lejos en la cima del cerro en el que pensábamos guarecernos resultó ser una cabaña de madera bastante grande, similar a un refugio de esquiadores. Caía la noche (y al hacerlo comprobaba que mi suposición de los puntos cardinales era correcta) y ya era un despropósito intentar observar desde la cima en busca de más respuestas. La cabaña estaba cerrada pero la Comandante G. encontró la estatua debajo de un gnomo de jardín.

Y ahí debí empezar a fijarme más en todo.

III

El único cuarto abierto tenía dos camarotes y en medio una mesa con una lámpara. Aparte del hogar con leña lista para quemar y esta habitación, todo lo demás parecía vacío, pero no abandonado. Fuera de allá no había mucho para revisar, por lo que la Comandante G. y yo hablamos sobre los planes que podrían sacarnos de allí, al menos a encontrar algún otro sitio poblado antes de que las provisiones se extinguieran. En el cajón de la mesa encontramos un cuaderno en blanco y un esfero y anotamos las direcciones a las que nos dirigiríamos una vez saliera el sol. Un par de horas después cerré los ojos un rato, para descansar de la intensidad del blanco de fuera que había recibido casi todo el día.

Me vi frente a una de las otras habitaciones de la cabaña en medio de la oscuridad. Además del pomo de la puerta podía ver luces pasando, como las luces que se reflejaban en el techo de mi cuarto en Chapinero cuando no podía dormir en las noches. Empezaba a sentir frío pero la puerta emanaba una calidez que no entendía. Sonó un chasquido y tomé la manija de la puerta. Abrió sin problemas y un golpe de aire cálido me llamó al interior del cuarto.

Mi cuarto, el mismo en que viví los últimos meses antes de partir a Moscú con mi amigo J.H. Recorrí el pequeño lugar, revisando que todo estuviera allí, que lo que recordaba de ese año tan lejos en el calendario, tan cerca en mi mente siguiera en su sitio. Salvo los instrumentos musicales y la ropa que llevé conmigo una vez inicié el periplo que me llevara a esa lejana cabaña, todo seguía en su sitio. Intenté salir al corredor de mi viejo apartamento pero me fue imposible, así que tomé algunos sacos del armario y regresé por donde había entrado.

Y al sonar el portazo volví a abrir los ojos y me vi nuevamente en la cama. Ya había amanecido y la comandante G. no estaba en el camarote junto al mío. Salí a buscarla y la vi empujando otra de las puertas y rascándose la cabeza al ver que estaba inamovible. “¿No recuerdas que ayer no abrían?”, pregunté. “Pero si anoche pasé por esta misma puerta a la sala de la casa de mis padres en Belgorod. Me quedé dormida allí, en el sofá, y cuando desperté estaba en el camarote de nuevo. Y ahora la puerta está cerrada”. Señalé la puerta por la que había cruzado y le conté mi historia.

Regresamos a la habitación principal para tomar unas provisiones y al revisar el cuaderno para buscar los planes hechos la noche anterior lo encontramos en blanco. “¿Pero qué putas?”, grité en castellano, mientras la Comandante G. pasaba incrédula las páginas. “Nada”. Tomé el cuaderno y lo revisé desde la primera hoja. La tercera estaba impresa con la palabra “Instrucciones” en varios idiomas, así que pasé más hojas más rápido y ahora todo estaba impreso. “¿Y esto?”, preguntó G. “No lo sé, son unas instrucciones. Pero, ¿no estaba en blanco anoche y hace un rato? ¿Dónde quedaron los apuntes que tomamos?”, dije. “No importa, léelo, préstamelo para leerlo, demonios, necesito saber rápido qué dice”.

Como las instrucciones estaban en varios idiomas, incluyendo ruso y castellano, nos turnamos para leerlo.

IV

Bienvenidos a la zona de reaclimatación planetaria. Si se encuentra en este lugar es porque su especie no tiene la autorización para establecer contacto con otras civilizaciones y ha sido dispuesto que sea devuelto a su planeta de origen. Para la fase inicial de este proceso se encuentra en esta cámara con otro ser de su especie. Con el fin de garantizar un retorno seguro a su hogar le recomendamos tener en cuenta las siguientes instrucciones:

Cuartos

Los cuartos se abrirán ocasionalmente y le llevarán a un sitio que le tranquilice; son solo simulaciones y lo que haya en ellos no podrá salir de ahí. La única forma de salir de estos cuartos es por la puerta que se ingresó; si dura más de 8 horas en él será transportado a su cama automáticamente. No existe un horario fijo para la apertura de esta puerta pero siempre estará frente a ella en el momento adecuado.

Alimentos

Una vez las provisiones que usted y el otro miembro de su especie puedan traer consigo se le darán los alimentos necesarios en la cantidad justa.

Ascensor

El ascensor será la última etapa en el retorno a su hogar. Cada uno deberá entrar por su puerta respectiva. Una vez dentro ingresarán en un vórtice temporal que les llevará al punto en el tiempo que coincida con lo que han transcurrido conscientes mientras hayan abandonado la atmósfera de su planeta. Una vez allí recibirá las últimas instrucciones.

La finalidad de este refugio es crear una mejor comunicación con sus demás coespecímenes. Entre más rápido desarrolle esta habilidad, más pronto podrá regresar a su planeta.

Gracias por su atención y disfrute su estadía.

V

Así que esto era todo: lograr una comunicación con la Comandante G. nos llevaría de vuelta a casa. Fácil en el papel.

Pero siempre fui el más tímido en el programa de exploración interplanetaria. Al ser extranjero siempre tuve un problema de adaptación, de creer que no iba a encajar, a entender completamente la forma de ser común de mis compañeros, y desde que mi gran amigo J.H. se casó con una clarinetista de la orquesta del teatro Mariinsky y abandonó el programa espacial soviético no tuve un compadre entre los cosmonautas; me era bastante difícil crear vínculos con la gente alrededor, en especial por la barrera idiomática que mi mente se encargaba de amplificar. Y encima, mi timidez que se exacerba con alguien que encuentro atractivo.

“¿Te parece complicado?”, me preguntó, “Tengo la impresión que nos quieren retener aquí hasta que sepamos tratar a cualquier persona bien, empezando por quienes están a nuestro alrededor”. “Sí, eso estaba pensando: es una escuela de habilidades sociales para adultos. Increíble”.

Los siguientes dos días tuve acceso al cuarto que simulaba mi habitación bogotana. Entre los objetos que más necesitaba ver estaba una carta de mi madre en la que se despedía de mí y que atesoré durante años hasta que hube superado su muerte, y un diario en el que llevaba anotaciones de sucesos que sabía que nunca podría contar a nadie. Empecé a recorrer sus hojas, reviviendo cada vez más intensamente los recuerdos que allí había dejado. El sopor se apoderaba de mi y sabía que pronto iba a ser regresado a mi habitación.

Entonces me vi parado en la parte baja del puente de la Avenida 68 con Calle 68. Llevaba conmigo una maleta mediana y esperaba el bus hacia el aeropuerto. Pero en lugar de la buseta gris y pequeña de entonces paró un colectivo Italbus como los que rodaban en Buenos Aires. Pude subir con mi maleta sin problemas y encontrar puesto rápido. Revisé mis papeles: iría a Moscú vía París en AirFrance y Aeroflot. Casi 17 horas de vuelo. Suspiré y cerré los ojos.

Luego me vi en una playa de Sochi caminando de la mano con una rubia. Era por lo menos veinte años mayor que yo. Trataba todo el tiempo de acariciarme y besarme y hablaba con acento venezolano. Recordé que se había subido al colectivo en la Avenida ElDorado y me había besado diciendo “tu papá nos va a matar”. Los recuerdos regresaban en flashes, cómo la había conocido en la oficina de mi padre, cómo él había intentado de tener un romance con ella y cómo ella lo había rechazado por mí. Recordaba las dificultades que tuve para mantener una relación con ella, por no herir a mi padre, porque no sabía realmente cómo comportarme, porque muchas veces no teníamos puntos de vista en común. Y ahora estaba allí, despidiéndome de ella en el aeropuerto de Sheremetyevo, luchando por contener las lágrimas y por evitar que ella agarrara mis genitales en público, despidiéndome porque ella regresaría a Venezuela vía La Habana y yo a Bogotá vía Amsterdam y Panamá.

Luego no supe cómo pero desperté con el diario en la mano y subrayando una nota al final del texto que estaba leyendo: “interesante borrador, mejóralo” hecho por mi maestro del taller literario del Centro de la ciudad.

VI

Parte de nuestro atractivo para hacer parte de esta misión era nuestra soledad. Sin familias, sin parejas, sin amigos. Si nos perdíamos en la infinidad del universo nadie iba a lamentarlo, solo seríamos pérdidas de material para la Agencia. Casi desechables. Nuestros grupos de misión eran las personas más cercanas en ese momento en nuestras vidas y aún así no extrañaba -en parte porque no conocía- a ningún miembro de mi tripulación. Rara vez recordaba que alguien más iba conmigo en este viaje.

Pero conforme pasaban los días me preguntaba qué sería de todos y cada uno de quienes partimos esa mañana de abril desde los cosmódromos de Baikonur y Vostochni. Seis lanzamientos casi consecutivos en 3 días desde ambos cosmódromos, seis misiones con 8 tripulantes, 46 personas que no sé dónde puedan estar. ¿Estarán en una cabaña similar a esta? ¿Dónde?

Entre tanto, supe de la Comandante G. cuántas dificultades había pasado para entrar a la Fuerza Aérea y de ahí al Programa Espacial; cómo había perdido su familia en un accidente de navegación en el Seversky Donets; cómo había sobrevivido a la universidad dos años antes de tener un ataque de ansiedad causado por su dificultad para socializar; y cómo el salir al espacio le había generado una confianza en si misma inmediata y profunda. Aún estaba en la Fuerza Aérea cuando J. y yo habíamos hecho el show espacial como primeros cosmonautas civiles; confesó que las canciones le habían gustado y cantó un fragmento que yo ya había olvidado. Años sin recordar mi música.

También comprendí que los cuartos nos estaban llenando de motivos para regresar a casa, al rellenar nuestra mente de recuerdos de personas, situaciones y lugares que extrañábamos, y cuyas ausencias debíamos confrontar y superar o revertir. Empezamos a hablar de las vidas que habíamos dejado atrás, de las ilusiones que igual teníamos. De cómo nuestra soledad no impedía que tuviéramos sueños. Le hablé de los tiempos de la banda, ella de su idea de convertirse en piloto de línea comercial. Las personas que habíamos querido. Los sitios que queríamos ver. La convivencia empezó a hacerse cada día más fácil y la camaradería creció entre nosotros. Tuvimos la oportunidad de entrar juntos a los cuartos de recuerdo del otro y compartimos historias alrededor de nuestros objetos, de nuestras memorias.

Hasta que el ascensor se abrió cuando ya habíamos olvidado que eso sucedería cuando aprendiéramos a comunicarnos.

VII

Instrucciones del ascensor

Los  ascensores espaciotemporales han sido diseñados para llevarle a salvo de vuelta al punto de partida de su viaje, al momento en el tiempo en el que su vida estaría en este instante, tomando en cuenta lo que ha transcurrido desde que inició su viaje. Como usted y su compañero/a de refugio tuvieron trayectorias distintas y recorrieron distancias diferentes el ascensor deberá ajustar los tiempos transcurridos de ambos a un punto común. Para ello cada uno operará los botones de subida y bajada; cuando la puerta de cada uno se abra deberá esperar que transcurra un cierto tiempo de ajuste; éste podrá ir hacia el futuro o hacia el pasado por lo que recomendamos no descender para no acelerar o regresar su edad cronológica y evitar crear una paradoja.  Una vez sus cronologías  sean ajustadas pasarán a través de un agujero de gusano a la  parte más alta de la atmósfera de su planeta; a partir de allí tendrán un suave descenso al lugar  especificado. 

“¿Y tú a dónde quieres ir?”, le pregunté a G. “Melkisarovo. Hay una escuela de Aeroflot. Voy a hacerlo”. “Me alegra”. “¿Y tu?”, preguntó G. luego de un rato, “¿Vas a ir de vuelta a casa? ¿Vas a retomar la música?”.

Mientras pensaba qué responderle la puerta de mi lado se abrió y vi cinco atardeceres en el mar en cuatro minutos mal contados. “Tal vez regrese a Bogotá a resolver el problema con mi padre”. En ese momento la puerta de ella se abrió y ella vio un edificio derrelicto levantarse del suelo a su esplendor en el momento justo antes de ser abandonado. “¿El problema que narras en el cuento? ¿En realidad huiste con esa mujer que a él le gustaba?” “No, por supuesto que no. Pero ella si le rechazó por mi culpa y por eso dejó de hablarme. Por eso terminé en Moscú tratando de vivir de la música, y por ello mismo terminé aquí contigo”.

“¿Y ella? La contactarás?” “Espero. No sé igual cuánto tiempo haya pasado, qué edad tengan, si aún viven”. El silencio se prolongó mientras ambos pensábamos en esa posibilidad y las puertas se abrían con cada vez más frecuencia, mostrando escenas completamente sobrecogedoras, avanzando y retrocediendo en el tiempo, hasta un momento en que parecía un ascensor de edificio de juzgados, parando en cada piso cada 10 segundos y con escenas sucediéndose como en un mal videoclip de electrónica de los lejanos noventas.

“Decidido. Iré a buscarlos. Si tu vas a Melkisarovo yo voy contigo. Veré qué consigo para volver a casa desde Sheremetyevo”. Así que esa fue la instrucción que dimos al ascensor. “De ida y vuelta”, me dijo G. “Por supuesto: una vez haya hablado con ellos regresaré a Moscú y buscaré a J.H., quiero reactivar la banda”. El ascensor se transparentó y las luces blancas fueron estabilizándose, pasando más lentas y volviéndose puntos lejanos. Se abrieron dos compartimentos en los que encontramos ropas nuevas y dinero con una nota: Necesitarán esto para reingresar a la vida civil. Todo está de acuerdo al tiempo al que van a llegar. Afuera, el pequeño globo azul al que nos dirigíamos empezaba a crecer.

Anuncios