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анода

abril 18, 2013

El silencio hiere mis oídos. Pocas veces he tenido que enfrentarme a él. Es mi aliado, no mi enemigo. Mi capacidad de estar en silencio -mejor, de hacer el menor ruido posible, de enmascarar mis pasos con los sonidos del ambiente- es esencial en mi negocio y es lo que me ha mantenido con vida. Pero ahora que me encuentro inmerso en él siento una pequeña punzada en los oídos, un escalofrío que me recorre y una sensación de desasosiego. Es como estar en el vacío.

No me muevo. Cada paso que doy en esta bodega vacía retumba como si yo fuera un gigante, aún el más mínimo movimiento lleva consigo una violencia sonora que jamás había percibido. Debe ser porque llevo aquí más de dos días -no tengo sol para tratar de adivinarlo, no tengo reloj para comprobarlo- y el silencio me ha ido engullendo lentamente, sensibilizándome cada vez más al sonido. Solo me queda recorrer el espacio con los ojos y tratar de pensar cómo demonios salir de aquí.

Porque lo que me trajo aquí fue bastante estúpido. Convertí un Bogotá-Ezeiza con escala en Lima común y corriente en un doble trayecto con tiempo extra en Lima solo por seguir una pista medianamente coherente. Mauro llegó  con una carpeta de perfiles de quién podría servir de enlace con los moscovitas y por una coincidencia -el viaje a Cusco con su esposa- insistía en señalar a “Alvarito”. Conocía al desgraciado: más viejo de lo que parecía, más joven de lo que debería; ridículamente calvo, de esa calvicie que por alguna extraña razón denota consumo desmesurado de coca o anfetas; siempre rodeado de extranjeras en busca del lado exótico de la América amazónica; malas amistades, peores conexiones de negocios. Si algo olía mal en los alrededores del Apurímac él estaba metido y probablemente con ambos pies. Un acto que repetía casi mecánicamente: servía de guía a mochileras por la selva, y a un par de días de camino inevitablemente iba a ofrecerles ayahuasca. La que no regresaba a su universidad estatal del midwest con una venérea era un caso de estudio interesante para los médicos. Algunos locales lo llamaban “el terror del yagé” (aunque otros no eran tan diplomáticos y cambiaban “terror” por “violador” o “pichula loca”). Cuando sus víctimas se daban cuenta de lo que había sucedido ya estaban en otro país y quien se atrevía a volver lo único que conseguía era más millas de viajero frecuente. El bastardo tenía protección en altas esferas.

Al salir del Jorge Chavez me crucé con Pedro, quien iba rumbo a Iquitos. No lo veía desde enero. Aun así me ofreció su apartamento en Miraflores; no lo pensé dos veces, desde allí podría organizar un poco mejor la búsqueda de este sujeto ya que el informe de Mauro reducía su campo de acción a los hostales cercanos al malecón Cisneros. Lugar perfecto para cazar mochileras, al parecer. Dormí una siesta corta hasta mediodía (volar antes de las 8 de la mañana para mí siempre significaba no dormir la noche anterior, no tenía sentido dormir a la 1 y despertar a las 2 para estar en el aeropuerto a las 3). Encontré un café cerca a la iglesia de la Asunción y no tuve que esperar mucho para ver al alopécico miserable. El periódico que simulaba leer anunciaba la oleada de turistas de spring break y ahí tenía a quien buscaba, parloteando en un inglés afectado -ese inglés de colegio bilingüe de Bogotá, que por más que hubiera vivido media vida en lugares angloparlantes siempre tenía un acento de “estoy hablando una lengua extranjera”- y enfundado en un saco de lana con motivos incas, aún en este calor. Un ejemplo casi enciclopédico de un brichero, y encima bogotano. Y pensar que tendría que seguir su apestoso rastro para confirmar si tenía algo que ver con los moscovitas.

Apuré el vaso de Inca Kola que tenía en frente. Me aseguré de camuflarme en el café y solo con oírlo me aseguraba de que no se fuera.  Del afectado inglés del zopenco y del acento de Michigan de su acompañante deduje que aún ella iba a permanecer dos o tres días en Lima y que ya tenía planes para esta noche; con suerte podría tomar el vuelo de las 9 a Ezeiza de confirmar que en algo estaba implicado. Una vez salieron les seguí, pero todo el resto del día fue una repetición de la escena del café en la que variaba la mochilera que se sentaba a su mesa. Al día siguiente tampoco hubo mucha suerte y cuando ya me estaba resignando a pasar hasta cinco días lejos de casa por fin cambió la rutina. Recordé cómo mi gato me asustaba maullando en mi oído sin que yo hubiera notado que había llegado a mi lado y caminé de la misma forma sutil. Me convertí en su sombra a tal punto que pude subirme al mismo autobús que él sin que se diera cuenta de que estaba al acecho.

Durante el trayecto pensaba en qué me había traído aquí y cómo este sujeto tenía tanto que ver. Poco después de salir de la policía, en mi época de universitario, había conocido a Emilia del Garzo. Solía verla cada vez que viajaba a Bogotá -y era frecuente dado que había conseguido una forma de ahorrar para ir por tierra por lo menos cada cuatro meses- y me mantenía en contacto a diario con ella por internet. En uno de mis regresos salimos a una porno-rockola del centro un sábado en la noche; ella tenía que regresar a casa en transmilenio y cuando íbamos a salir hacia la estación de Museo del Oro estalló una pelea dentro del lugar. Un sujeto bajito y de gafas (que cuando habíamos llegado discutía con otro cliente del lugar llamándolo “homofóbico” por usar la palabra “maricadas” para refererse a algo baladí) y sus amigos con pinta de estudiantes de humanidades peleaban con unos metaleros mientras una rubia sin gracia y una pelinegra con cara de ser la personificación del mal en la tierra les daban bomba, casi que delatando que eran ellas las causantes de la pelea. Una botella cayó a los pies de Emilia. Algún gracioso puso en la rockola el Penetreitor del Grupo Marrano. Dos metaleros se acercaban al sujeto rutaco con barba, que caminaba hacia mi sin verme. Una vez estuvo al alcance de mi mano, lo empujé diagonalmente y los metaleros se abalanzaron sobre él. Con la otra mano tomé a Emilia y corrí a través del espacio que había quedado libre hacia la salida. Los otros sujetos peleaban en medio de la carrera 4 y bloqueaban el paso hacia la Jiménez, y en la calle al sur del lugar se apostaba una patrulla del CAI cercano. Solo quedaba correr hacia el sur y en la calle 14 logré parar un taxi al que nos subimos.

En el taxi ella me besó varias veces. Durante el resto de mi estadía en la ciudad decidimos tener la relación estable y cerrada, aún a pesar de la distancia. Mis ires y venires entre Bogotá y Buenos Aires se hicieron más frecuentes. En ese entonces empezaba a dudar de la utilidad de mis estudios y luego sobrevino el caos: cuando estaba planeando hacer un semestre de intercambio en Bogotá para preparar una propuesta de matrimonio, descubrí accidentalmente que alguien coqueteaba con ella cuando recibió un sms; su SIM estaba en mi teléfono y cuando llegó lo revisé mecánicamente. Traté de pasarlo por alto y no le dije nada, pero dos semanas después ella me avisaba que la relación terminaba porque veía que tenía futuro con alguien más. En la espiral descendiente que siguió -en la que evité a toda costa volver a beber para evitar una recaída, en la que me refugié con las pocas personas que podía confiar en la ciudad- tomé la decisión de abandonar los estudios y meterme en un trabajo mecánico que me evitara usar el cerebro. Dos meses después de trabajar en un call center se me dio la oportunidad de volver a vincularme con el cuerpo policíaco: el sargento Otálvaro me ofreció un trabajo “no oficial” haciendo pesquisas y seguimientos, rastreos varios. Mi tío Max me cedió el apartamento en Chapinero y allí empecé a montar una serie de contactos a la vez que recuperaba los instintos detectivescos que me habían llevado originalmente a la Policía. En un seguimiento a unos miembros de una ONG que aparentemente tenía a alguien dentro vendiendo información clasificada me crucé con un viejo conocido, Álvaro Arciniegas, “estudiante” de diseño de la llamada cafetería-con-universidad y que había visto en alguna fiesta de los amigos de Emilia; al ver que él abandonaba la reunión con sujetos sospechosos en el auto de Emilia tuve un ataque de pánico. Estos meses evadiendo el pensar en ella me empezaban a pesar. Lo seguí, y cuando terminó llegando al viejo hogar de los del Garzo perdí el aire. No podía creer que el futuro que ella quería tenía que ir de la mano con este imbécil incapaz de tener una opinión propia -cada fiesta en la que nos cruzábamos con él resultaba imitándome cada vez más y cada vez más mediocremente- y adicto a las anfetas.

Y ahora el tarado era sospechoso de estar trabajando con espías. Rusos. No los mismos criminalcetes con los que lo había visto reunirse en esa fatídica noche en que decidí empacar de nuevo y regresar a Buenos Aires, no: gentes con un prontuario más largo que el Gilgamesh, con conexiones escalofriantes y pasados más turbios que el fuselaje de cualquier avión de Aerosucre. Y yo, siguiéndolo  en absoluto silencio, sin siquiera poder usar mi reproductor de audio para hacer más llevadero este viaje en autobús por una ciudad que apenas conocía, sin siquiera saber cuánto más iba a estar camuflado en un autobús que se desocupaba progresivamente. En la Avenida Isabel la Católica, Alvarito se acomodó su apestoso saco de lana, con intención de bajarse. Al llegar al estadio de Alianza Lima timbró y bastante me costó bajarme en la misma parada que él sin que lo notara. Me mantuve a una distancia prudencial para seguirlo por las calles de La Victoria. “La Rica Vicky”, como la había llamado Pedro cuando me había recomendado un huarique frente al estadio. “Un lugar ideal para buscar algo que no huele bien”, me había informado Mauro antes de venir. Y conforme me iba adentrando en el barrio iba entendiendo más a lo que se referían.

Algunas cuadras más adelante el cliché ambulante entró a una cevichería sucia y oscura cuyo letrero bien podría decir “Aquí se reúnen maleantes”. Me quedé unos minutos fuera, esperando a ver si alguien con aspecto eslavo entraba y luego ingresé a buscar al zoquete. Vi cómo le entregaban un sobre de manila a cambio del cual él sacaba un fajo de billetes de su bolsillo. Salí a esperar a que saliera para seguirlo nuevamente (aunque la calle me hacía temer que algún pillastre quisiera robarme y tuviera que darle unos cuantos porrazos, echando el secreto al traste). No mucho después salió y regresó a Isabel la Católica. Nuevamente subí al mismo autobus que él tomaba, con todo el sigilo posible, y unos minutos después estaba dejándolo fuera de combate en una calle vacía. Tomé el sobre de manila, revisé los documentos que tenía y me alejé unas cinco calles antes de tomar un taxi que me llevara de vuelta a Miraflores.

En casa de Pedro, con una lata de cerveza en una mano y el mouse de mi computador en la otra pasé un buen rato escaneando los archivos. Algunas de las ventajas de tener un amigo con trabajo empresarial que te de posada: siempre habrá una cerveza con tu nombre en la nevera y siempre habrá un escáner funcionando; siempre habrá una conexión a internet rápida y estable y siempre tendrás dónde sentarte con toda tranquilidad. Envié  los documentos a Mauro y a Tatiana, a ambos les pedí que se pusieran de acuerdo y le llevaran una copia a Otálvaro a ver qué podía hacer él mientras yo regresaba. Apagué el computador y reí un poco: dejando a Arciniegas fuera de combate también había arruinado su cita de esta noche, y si le había dado lo suficientemente duro, de mañana.

A la mañana siguiente volví al café de siempre y mientras desayunaba decidí tomar el vuelo de la noche a Ezeiza y quedarme a tratar de conocer mejor la ciudad por si tenía que volver, cosa que nunca se debe dar por descartada en este negocio. Como había volado sin equipaje (regresaría por él una vez tuviera más datos, tendría que abusar del computador de la señorita M mientras tanto),  pensé en una forma alternativa de llegar a casa y 20 horas y 1912 millas después estaba tomando un colectivo a la estación de tren de Ezeiza, donde me subí a un tren rumbo a Constitución. Pero qué mala idea. Amanecía y el vagón en el que iba se llenó por completo en Temperley. En Remedios de Escalada me sentí observado. En Gerli cinco sujetos me rodearon y me golpearon; una vez el tren se detuvo me bajaron y me echaron en el maletero de un Toyota Tercel del 94. Media hora después, con el auto andando a alta velocidad, volví a ver la luz del sol por unos pocos segundos antes de que me pusieran un forro de licuadora en la cabeza. Me arrastraron medio minuto, oí un portazo y sentí un dolor increíble en la boca del estómago. Perdí el aire, me desataron las manos sin quitarme el cobertor de la cabeza, oí otro portazo y varios minutos después seguía sin poder moverme en la oscuridad.

Y aquí estoy, tanteando a ciegas en este silencio absoluto en el que me pitan los tímpanos, buscando una forma de salir para evitar pensar en qué parte de la zona sur del Conurbano bonaerense podré estar encerrado. Zanjé el monólogo interno respondiéndome “cualquier lugar entre Avellaneda y La Plata” y seguí en mi búsqueda. No lograba ubicar por dónde me habían entrado. Dí la vuelta al lugar varias veces, calculando las dimensiones del sitio contando los pasos entre esquina y esquina. Finalmente, cansado, con hambre, con los restos de mi paciencia agotándose y sin querer pensar qué me deparaba el destino de seguir allí me senté contra un muro.

El metal frío contra mi espalda me sobresaltó. Por un golpe de suerte había encontrado una portezuela que ni por error habría encontrado tanteando los muros buscando una entrada normal. Como había sido llevado a esa bodega arrastrado tampoco tenía forma de darme cuenta que mi acceso había sido por una pequeña entrada a ras de suelo, a la altura de mis rodillas. Empecé a golpearla con los nudillos, tímidamente, de forma muy queda, a ver si alguien reaccionaba del otro lado. Nada. Fui aumentando el volumen de mis golpes (y mis tímpanos ya cansados de la nada me lo agradecían) hasta que la portezuela cedió sin que nadie reaccionara. Esperé tres minutos más por una reacción de fuera. Finalmente pasé saliva y me arrastré lentamente hacia la libertad.

Sigilosamente asomé la cabezota hacia la parte alta del edificio pero no tenía ninguna ventana. Miré al otro lado de la calle buscando alguna reacción en una ventana cercana. Nada. El Tercel verde en el que me habían traído estaba estacionado cerca, pero vacío. Memoricé la placa (“patente”, en estos lados) y me alejé un par de cuadras antes de buscar el familiar ruido de una avenida transitada. Intenté ubicarme con las estrellas pero era inútil en esta área metropolitana tan luminosa; apenas pude distinguir el movimiento de la Estación Espacial rusa que pasaba sobre nuestras cabezas. Cuando hube encontrado más tránsito humano caí en cuenta que estaba en el Camino General Belgrano, así que corrí hasta que encontré una parada del 33, que tomé hasta Ciudad Universitaria. Me acomodé lo más oculto posible en el bus medio vacío, en la esquina trasera, lejos de las puertas, cubierto por la publicidad de las ventanas, y desde donde podía ver lo que pasara a mi alrededor. En el camino el autobús fue llenándose de estudiantes y a mi derecha  intuía asomarse el sol sobre el río. Cuando el autobús se detuvo me camuflé entre los estudiantes (aún pensaba que me seguían) y busqué un 107 que me llevara a casa. Me bajé en Monroe y Balbín y caminé las tres cuadras que me separaban de casa. Una ducha me esperaba y casi a las 8 am desayuné como si no hubiera visto comida en un par de semanas. Estaba casi intacto. “Calvo hijueputa, voy por ti”, pensé.