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Aeropuerto

enero 9, 2014

Me gusta la lluvia que cae sobre Bogotá a esta hora. El cielo gris, la niebla sobre las montañas a lo lejos, al oriente, el asfalto mojado sobre la veintiséis. Reviso el SMS, miro la hora y confirmo en la web del aeropuerto y en el rastreador de vuelos que voy a tiempo.

Parqueo y camino hasta salidas nacionales mordisqueando una chocolatina, apenas para preparar el paladar para los brownies que seguramente vienen en camino. “Salgo para allá en el vuelo xxxx a las xx:xx. ¿Me recogés, porfa?”. Y nada más en el SMS. Reviso la pantalla de llegadas nacionales. Tengo tiempo para ir por un café. Me pongo los audífonos, busco en el celular One Hundred Years de The Cure y hago caso al consejo. It doesn’t matter if we all die. Todosvamosamorir.

Seis minutos, cuarenta segundos, tres sorbos al vaso de papel vino tinto. Apago la música, realmente sigue sin pasar nada nuevo. Regreso a la zona de los vuelos nacionales y en el camino veo el edificio de la vieja terminal; la cantidad de anécdotas asociadas a ese lugar hace bastante peculiar su demolición, seguro que muchos pagarían por bailar sobre sus ruinas. Se siente el peso de las dañadas de veinticuatro que pasaron por sus puertas, como un amigo que dejó a su entonces novia para unas vacaciones y cuando fue a verla se chocó con la noticia de que el tal Marcos que la había recibido en su destino le había hecho el daño. O el amigo de él, que atravesando su zona de migraciones a las 3:45 a.m. recibió un baldado de agua fría: su novia le ponía cuernos con un tal Mateo. O de otro tipo que pasó a sus salas de espera para un viaje de estudios y a su primer regreso encontró a la mujer que amaba embarazada de un metalero llamado Lucas.

Y yo acá, dizque esperando un avión proveniente de la otra cordillera y que carga a la que salió con un chorro de babas y un interés repentino por el otro evangelista…

Bajo a llegadas nacionales. Se acaba el café y van saliendo personas del vuelo que espero. Entonces caigo en cuenta: no entiendo nada. Estoy aquí porque me pidieron el favor y, a quién engaño, está en mi naturaleza ayudar. Pero, ¿tengo un motivo más profundo? Siento que ya ha pasado mucho, no hablo con ella desde julio. Y sí, quiero verla, pero no sé por qué. No-en-tien-do. Igual. Anochece. Igual anochece.

Me abraza como en esa madrugada de abril y no ofrezco resistencia. Noto que no tiene equipaje. Mientras caminamos al auto nos decimos cosas sin importancia. Pienso: El Evangelista está al otro lado del océano, en una romántica capital centroeuropea y el que recibe la visita soy yo. ¿Me irán a dañar el 24 a mí? ¿Vamos a romper el patrón?

Le pregunto dónde va a quedarse. No responde. Luego le pregunto si va a algún lado en particular y me dice que vayamos a donde yo quiera, que siempre hemos hecho sus planes “y a esto nos ha traído”. De nuevo no entiendo pero prefiero no preguntar más. ¿Pero y entonces? Me dice que se regresa mañana en el primer vuelo a su cordillera.

Hago un par de llamadas antes de arrancar y luego enfilo por la Boyacá al norte. Solo hasta el Carulla de Colina me siento a salvo para parar, comer algo y empezar con las preguntas que me han surgido – aparte del constante “¿qué putas?” que se ha repetido como un loop desde que sonó mi celular. Vuelvo a llamar y pregunto qué llevo y si en verdad no hay problema con que vayamos -con que ella vaya después de todo lo que (no) pasó. Problema no hay, pero mala idea no deja de ser, me dicen. Concuerdo. Vino para la dueña de casa, un par de cervezas para sobrellevarla y algo de mecato. A oriente salimos con las provisiones.

Han pasado un par de horas. Aún no pregunto nada, pero nuestros anfitriones la han bombardeado con preguntas que igual no logran rellenar los vacíos de información que tengo: finalmente, las preguntas que ellos le hacen no son las que tengo aunque cada vez me van acercando más a las que realmente quiero (necesito) hacer. Le doy un sorbo largo a la botella de Duvel, la pongo nunto al sofá, miro el reloj bonito de la sala, espero a la próxima pausa de más de cinco segundos, me pongo de pie, yomo su hombro para indicarle que me siga, abro la puerta y salimos al antejardín. Ya fue.

-Bueno, ¿me vas a explicar qué pasa aquí de una buena vez?

Ella mira al piso y hace su ya clásico puchero (marca registrada). Titubea.

-Perdonáme, perdonáme, perdonáme por todo…- Veo que quiere abrazarme y no hago nada. Me besa y no ofrezco resistencia. Variad veces. Si así va a pasar el resto de su visita no me quejo. Calculo que ya ha pasado más de la mitad del tiempo que ella va a pasar aquí y me pregunto si es una estrategia brillante venir por poco tiempo -el menor posible, de hecho- a pedir cacao o si es un plan descabellado y ella es menos calculadora de lo que creí. Pasa u rato largo hasta que ella siente suficiente frío para querer volver bajo techo y no ha parado de besarme. Antes de cruzar el umbral me pide que la lleve a mi casa.

Y con eso me hace sentir por primera vez en esta jornada que no tengo el control de la situación. ¿Me lo sacó a besos? ¿Me irá a embaucar con su tono de voz de “ordenes implacables impartidas con dulzura”? Al entrar de nuevo caigo en cuenta cuánto falta para que ella pase la puerta de Salidas Nacionales y pienso en qué hacer. Le calculo media hora para eliminar la media cerveza que bebí para poder volver a manejar. Veamos.

Unas horas más tarde. Amanece a nuestras espaldas pero no se nota tanto por lo empañados que están los vidrios del auto. Bajo un poco mi ventana y empieza a aparecer abajo la ciudad apenas coloreada con la iluminación tímida del recién salido sol de las seis. Allá al fondo se ve la meta, tendré que atravesar Usaquén, bajar toda la Pepe Sierra, tomar la Boyacá al sur y Dorado al oeste en 20 minutos. Breve. Ella duerme en el asiento del pasajero, cubierta con la cobija que ni en mis más locos sueños presupuesté que iba a usar para esto. La miro por dos minutos y no entiendo las últimas horas. No me la creo. La despierto con un beso en la nariz. Ella se acomoda la ropa y pongo marcha. De La Aguadora a Eldorado.

El camino transcurre en silencio. Siento que ella me mira. Empiezo a preguntarme quién de los dos obtuvo lo que quería. Parqueo. Ella me toma de la mano mientras la acompaño al aparato de Self Check-in. Cuento mentalmente los segundos para evitar hablar. Miro el reloj, miro la pantalla de información de vuelos. Cuando voy en 346 llegamos a la puerta donde habremos de separarnos y aún no me ha soltado. Como en tantos momentos cliché. Y justo en este aeropuerto nuevo y bonito, maldita sea.

This is it.

Llegó la hora.

Ella toma aire.

-Te a…

La interrumpo con un beso.

Y unos minutos más tarde, ya en el auto, sé que no la veré de nuevo.

porque así lo quiero.