Archive for 10 febrero 2015

h1

Mutismos

febrero 10, 2015

Subo por unas escaleras lentamente. Todos esperan a alguien, y mientras recorro pasillos y entrepisos noto que yo no. “Tickets, please”. ¿Tiquetes? Sin musitar palabra reviso mis bolsillos y paso un papel arrugado con un código QR al guardia. Supongo que ese es, pero no puedo estar seguro. “Thank you, sir”, me dice mientras me lo devuelve. Paso el detector de metales y recojo mi maleta, de la cual saco mi iPod.

Estoy en un ascensor y mientras los demás miran al techo o ponen cara de pavor por el vértigo yo busco una canción en la pantalla. Al fondo oigo la narración del ascensor hasta que encuentro algo que quiero oír y me pongo los audífonos. La percusión electrónica de la canción va al ritmo de mi respiración agitada y cuando entran las guitarras subo el volumen. La puerta se abre y salgo al mirador.

Pega el viento en la cara. Atravieso un muro de sonido mientras cruzo la terraza. Es extraño: siempre vengo aquí arriba cuando visito la ciudad, la he visto desde más y más arriba, la he sobrevolado a distintas alturas y aún me sobrecoge. O puede ser que la canción me está desgarrando y no me he dado cuenta.

Veo caer el sol lentamente. Me duelen los ojos. Repito un par de veces la canción, luego pongo el álbum completo desde el principio. De buena gana bajaría los 67 pisos a pie, pero…

…camino sin rumbo fijo por la Quinta Avenida. Me quito los audífonos pero se me queda pegada una frase. No se dónde salió todo mal. Por alguna razón que no entiendo sigue siendo de día cuando llego a Washington Square Park, cincuentaytantas cuadras después. ¿Un ocaso de dos horas? No tengo reloj y cuando recuerdo que puedo mirar la hora en la pantalla del iPod veo que son las seis. ¿De nuevo? ¿Todavía? Qué dem… hmmm…

Cruzo el arco y me siento en una banca. Miro al cielo, miro los árboles, busco ardillas con la vista. Creo ver algo digno de dibujar, entonces trato de encontrar un lápiz y un cuaderno hasta que recuerdo que no sé dibujar, así que paso a buscar algo para escribir. Llevar un diario me ha sido útil, aparentemente. En mi maleta encuentro una bitácora, pinceles y acuarelas: ¿acaso sé dibujar?

Abro mi cuadernito negro y busco la última página escrita. Releo un poco y noto que probablemente llevo dos semanas sin hablar con nadie, tal vez más. También que podría haber estado caminando por Upper Wacker Drive y Michigan Avenue hace poco.

El sol se hace más pequeño pero sigue a la misma altura. Sin embargo, todo alrededor oscurece. La ciudad se va desvaneciendo y empiezo a sentir frío. Despierto, y veo que estoy aún en mi barraca oscura y antiséptica y que mi manta se ha caído al suelo; mientras tanto, cada cierto tiempo la ventanilla se aclara un poco y vuelve a oscurecerse. Salgo: el día artificial ya está en pleno y mi reloj indica que son las 9. Floto hacia el centro de mando.

Cuatro meses y sigo sin acostumbrarme a saltar entre gravedad artificial y microgravedad. Nada en el entrenamiento prepara para esos cambios, ni siquiera con todas las modificaciones que hicieron al centro de entrenamiento de la Estación Espacial Internacional. La incomodidad se ha convertido en un zumbido leve en el oído, el cual enmascaro cada vez que puedo con el iPod que traje de contrabando a la nave.

Me siento en mi estación de trabajo. En menos de dos días llegaremos al Cinturón de Asteroides y debo calcular la trayectoria más corta para atravesarlo: debemos gastar la menor cantidad de combustible posible en esta fase ante cualquier eventualidad. Una vez estemos a 0.1 Unidades Astronómicas del Cinturón los sistemas de soporte vital de la nave despertarán al equipo de navegación mientras yo regreso a criogenia hasta que estemos cerca a Calisto. Eso es si tengo suerte: si todo sale mal nunca lo sabré, inconsciente en un instante eterno en mi helada cama.

Odié despertar de criogenia. La mañana de nuestra partida recibimos unos mensajes de casa y pudimos responderlos. Además de la llamada de mis padres, a quienes respondí mecánicamente (“deben sentirse orgullosos, su linaje se proyecta a las estrellas”… y demás frases heróico-robóticas que parecen salidas de un político), recibí una carta escrita a mano, inesperada, críptica. No era una despedida, no era una invitación al regreso, era… era una puerta de entrada  a la nada, al limbo, al silencio, a la estaticidad. No sé dónde se fue todo al carajo y a mano respondí con varias versiones de esa frase entrelazadas a medias con una promesa de volver y una esperanza de regresar.

Y así, intranquilo, me fui a mi cámara criogénica, donde me conectaron a varios monitores vitales mientras un par de anestesiólogos me hacían conversación aún a sabiendas que en mitad de alguna frase trivial todo se iría a negro. Cuando recobré la conciencia segundos después (para mí), habríamos dejado atrás a Marte hace dos semanas y era mi momento de calcular, ajustar y corregir la trayectoria. Mi lugar en el Sol, mientras me alejaba de él a velocidad obscena.

Desde entonces sueño cada noche con recorrer lugares repletos de gente sin abrir la boca, en un momento de un día que no avanza.

Miro por el periscopio hacia los asteroides que se avecinan. Sigo por varios minutos los cuerpos más grandes y envío a la computadora de la nave mis observaciones; juntos recopilamos datos de comportamiento de los asteroides, y una vez hayan suficientes datos determinaremos cuales cuerpos vale la pena seguir investigando. Otras misiones posteriores vendrán y seguirán la tarea. Luego, mis correcciones de trayectoria nos ayudarán a pasar lo más rápido posible el Hueco de Kirkwood al que nos dirigimos. “Próxima escala: Calisto”, dice la placa sobre el centro de mando.

Y una mierda: no quiero regresar al limbo de la criogenia. No quiero volver a ser un fantasma, un tal vez, un recuerdo que se aleja hacia Júpiter. Salí de la Tierra sintiendo que empezaba a transformarme en un silencio. ¿Para qué? La labor que cumplo será útil, espero, pero… ¿Qué haré después en la fría superficie de un satélite de un Gigante de gas cuyo aspecto es, de cerca, suficiente para hacer sentir profundamente la pequeñez de la vida?

Despierto horas después, nuevamente con mi manta en el suelo, luego de soñar que daba vueltas una y otra vez en las sillas voladoras del Navy Pier en unas eternas 8 de la noche de un martes de octubre.

Aún más tarde giro el periscopio hacia casa. Con el máximo zoom puedo ver la forma familiar de las costas de Suramérica y Centroamérica sobre el Mar Caribe. Entonces escribí una carta:

“Nunca te lo conté, pero esa noche regresé a casa en un bus distinto al habitual, repitiendo una y otra vez esa lista de canciones que armamos juntos. Además de ese y otros buses, tomé aviones, trenes, un ferry y dos cohetes. Parece que no he terminado de poner distancia y aún no sé dónde se echó todo a perder. Pronto, lo prometo, volveré. Estoy cansado del silencio autoimpuesto. Sé que debimos hablar hace mucho tiempo, que debí escucharte más, pero temí lo peor. Ya no. Estar congelado, incapaz de pensar o soñar, eso debe ser igual a la muerte y no quiero (aún) pasar por ello. Nada que me digas puede ser peor.

¿Miras hacia el cielo? Porque yo a veces miro hacia la tierra y sé que estás por ahí.

Lamento haberme alejado tanto”.

Rehago de memoria la lista de canciones y mientras lo escucho, cargo una de las cápsulas de escape con provisiones para seis meses. No necesitaré más a esta distancia. Reviso el pequeño reactor de la cápsula, verifico que tenga suficiente combustible, compruebo los sistemas de soporte vital y los paneles solares. Todo funciona.

Envío la carta. Cuando llegue a sus manos ya estaré en camino. Regreso a mi barraca por unas cuantas cosas, me enfundo en mi traje espacial y me arropo con mi vieja manta. Sé que los últimos días ha amanecido en el piso pero significa mucho para mí y no quiero que se pierda en el vacío del espacio. Escribo una carta de renuncia y reprogramo las coordenadas de la cápsula. Regreso a casa.