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Aeropuerto

enero 9, 2014

Me gusta la lluvia que cae sobre Bogotá a esta hora. El cielo gris, la niebla sobre las montañas a lo lejos, al oriente, el asfalto mojado sobre la veintiséis. Reviso el SMS, miro la hora y confirmo en la web del aeropuerto y en el rastreador de vuelos que voy a tiempo.

Parqueo y camino hasta salidas nacionales mordisqueando una chocolatina, apenas para preparar el paladar para los brownies que seguramente vienen en camino. “Salgo para allá en el vuelo xxxx a las xx:xx. ¿Me recogés, porfa?”. Y nada más en el SMS. Reviso la pantalla de llegadas nacionales. Tengo tiempo para ir por un café. Me pongo los audífonos, busco en el celular One Hundred Years de The Cure y hago caso al consejo. It doesn’t matter if we all die. Todosvamosamorir.

Seis minutos, cuarenta segundos, tres sorbos al vaso de papel vino tinto. Apago la música, realmente sigue sin pasar nada nuevo. Regreso a la zona de los vuelos nacionales y en el camino veo el edificio de la vieja terminal; la cantidad de anécdotas asociadas a ese lugar hace bastante peculiar su demolición, seguro que muchos pagarían por bailar sobre sus ruinas. Se siente el peso de las dañadas de veinticuatro que pasaron por sus puertas, como un amigo que dejó a su entonces novia para unas vacaciones y cuando fue a verla se chocó con la noticia de que el tal Marcos que la había recibido en su destino le había hecho el daño. O el amigo de él, que atravesando su zona de migraciones a las 3:45 a.m. recibió un baldado de agua fría: su novia le ponía cuernos con un tal Mateo. O de otro tipo que pasó a sus salas de espera para un viaje de estudios y a su primer regreso encontró a la mujer que amaba embarazada de un metalero llamado Lucas.

Y yo acá, dizque esperando un avión proveniente de la otra cordillera y que carga a la que salió con un chorro de babas y un interés repentino por el otro evangelista…

Bajo a llegadas nacionales. Se acaba el café y van saliendo personas del vuelo que espero. Entonces caigo en cuenta: no entiendo nada. Estoy aquí porque me pidieron el favor y, a quién engaño, está en mi naturaleza ayudar. Pero, ¿tengo un motivo más profundo? Siento que ya ha pasado mucho, no hablo con ella desde julio. Y sí, quiero verla, pero no sé por qué. No-en-tien-do. Igual. Anochece. Igual anochece.

Me abraza como en esa madrugada de abril y no ofrezco resistencia. Noto que no tiene equipaje. Mientras caminamos al auto nos decimos cosas sin importancia. Pienso: El Evangelista está al otro lado del océano, en una romántica capital centroeuropea y el que recibe la visita soy yo. ¿Me irán a dañar el 24 a mí? ¿Vamos a romper el patrón?

Le pregunto dónde va a quedarse. No responde. Luego le pregunto si va a algún lado en particular y me dice que vayamos a donde yo quiera, que siempre hemos hecho sus planes “y a esto nos ha traído”. De nuevo no entiendo pero prefiero no preguntar más. ¿Pero y entonces? Me dice que se regresa mañana en el primer vuelo a su cordillera.

Hago un par de llamadas antes de arrancar y luego enfilo por la Boyacá al norte. Solo hasta el Carulla de Colina me siento a salvo para parar, comer algo y empezar con las preguntas que me han surgido – aparte del constante “¿qué putas?” que se ha repetido como un loop desde que sonó mi celular. Vuelvo a llamar y pregunto qué llevo y si en verdad no hay problema con que vayamos -con que ella vaya después de todo lo que (no) pasó. Problema no hay, pero mala idea no deja de ser, me dicen. Concuerdo. Vino para la dueña de casa, un par de cervezas para sobrellevarla y algo de mecato. A oriente salimos con las provisiones.

Han pasado un par de horas. Aún no pregunto nada, pero nuestros anfitriones la han bombardeado con preguntas que igual no logran rellenar los vacíos de información que tengo: finalmente, las preguntas que ellos le hacen no son las que tengo aunque cada vez me van acercando más a las que realmente quiero (necesito) hacer. Le doy un sorbo largo a la botella de Duvel, la pongo nunto al sofá, miro el reloj bonito de la sala, espero a la próxima pausa de más de cinco segundos, me pongo de pie, yomo su hombro para indicarle que me siga, abro la puerta y salimos al antejardín. Ya fue.

-Bueno, ¿me vas a explicar qué pasa aquí de una buena vez?

Ella mira al piso y hace su ya clásico puchero (marca registrada). Titubea.

-Perdonáme, perdonáme, perdonáme por todo…- Veo que quiere abrazarme y no hago nada. Me besa y no ofrezco resistencia. Variad veces. Si así va a pasar el resto de su visita no me quejo. Calculo que ya ha pasado más de la mitad del tiempo que ella va a pasar aquí y me pregunto si es una estrategia brillante venir por poco tiempo -el menor posible, de hecho- a pedir cacao o si es un plan descabellado y ella es menos calculadora de lo que creí. Pasa u rato largo hasta que ella siente suficiente frío para querer volver bajo techo y no ha parado de besarme. Antes de cruzar el umbral me pide que la lleve a mi casa.

Y con eso me hace sentir por primera vez en esta jornada que no tengo el control de la situación. ¿Me lo sacó a besos? ¿Me irá a embaucar con su tono de voz de “ordenes implacables impartidas con dulzura”? Al entrar de nuevo caigo en cuenta cuánto falta para que ella pase la puerta de Salidas Nacionales y pienso en qué hacer. Le calculo media hora para eliminar la media cerveza que bebí para poder volver a manejar. Veamos.

Unas horas más tarde. Amanece a nuestras espaldas pero no se nota tanto por lo empañados que están los vidrios del auto. Bajo un poco mi ventana y empieza a aparecer abajo la ciudad apenas coloreada con la iluminación tímida del recién salido sol de las seis. Allá al fondo se ve la meta, tendré que atravesar Usaquén, bajar toda la Pepe Sierra, tomar la Boyacá al sur y Dorado al oeste en 20 minutos. Breve. Ella duerme en el asiento del pasajero, cubierta con la cobija que ni en mis más locos sueños presupuesté que iba a usar para esto. La miro por dos minutos y no entiendo las últimas horas. No me la creo. La despierto con un beso en la nariz. Ella se acomoda la ropa y pongo marcha. De La Aguadora a Eldorado.

El camino transcurre en silencio. Siento que ella me mira. Empiezo a preguntarme quién de los dos obtuvo lo que quería. Parqueo. Ella me toma de la mano mientras la acompaño al aparato de Self Check-in. Cuento mentalmente los segundos para evitar hablar. Miro el reloj, miro la pantalla de información de vuelos. Cuando voy en 346 llegamos a la puerta donde habremos de separarnos y aún no me ha soltado. Como en tantos momentos cliché. Y justo en este aeropuerto nuevo y bonito, maldita sea.

This is it.

Llegó la hora.

Ella toma aire.

-Te a…

La interrumpo con un beso.

Y unos minutos más tarde, ya en el auto, sé que no la veré de nuevo.

porque así lo quiero.

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анода

abril 18, 2013

El silencio hiere mis oídos. Pocas veces he tenido que enfrentarme a él. Es mi aliado, no mi enemigo. Mi capacidad de estar en silencio -mejor, de hacer el menor ruido posible, de enmascarar mis pasos con los sonidos del ambiente- es esencial en mi negocio y es lo que me ha mantenido con vida. Pero ahora que me encuentro inmerso en él siento una pequeña punzada en los oídos, un escalofrío que me recorre y una sensación de desasosiego. Es como estar en el vacío.

No me muevo. Cada paso que doy en esta bodega vacía retumba como si yo fuera un gigante, aún el más mínimo movimiento lleva consigo una violencia sonora que jamás había percibido. Debe ser porque llevo aquí más de dos días -no tengo sol para tratar de adivinarlo, no tengo reloj para comprobarlo- y el silencio me ha ido engullendo lentamente, sensibilizándome cada vez más al sonido. Solo me queda recorrer el espacio con los ojos y tratar de pensar cómo demonios salir de aquí.

Porque lo que me trajo aquí fue bastante estúpido. Convertí un Bogotá-Ezeiza con escala en Lima común y corriente en un doble trayecto con tiempo extra en Lima solo por seguir una pista medianamente coherente. Mauro llegó  con una carpeta de perfiles de quién podría servir de enlace con los moscovitas y por una coincidencia -el viaje a Cusco con su esposa- insistía en señalar a “Alvarito”. Conocía al desgraciado: más viejo de lo que parecía, más joven de lo que debería; ridículamente calvo, de esa calvicie que por alguna extraña razón denota consumo desmesurado de coca o anfetas; siempre rodeado de extranjeras en busca del lado exótico de la América amazónica; malas amistades, peores conexiones de negocios. Si algo olía mal en los alrededores del Apurímac él estaba metido y probablemente con ambos pies. Un acto que repetía casi mecánicamente: servía de guía a mochileras por la selva, y a un par de días de camino inevitablemente iba a ofrecerles ayahuasca. La que no regresaba a su universidad estatal del midwest con una venérea era un caso de estudio interesante para los médicos. Algunos locales lo llamaban “el terror del yagé” (aunque otros no eran tan diplomáticos y cambiaban “terror” por “violador” o “pichula loca”). Cuando sus víctimas se daban cuenta de lo que había sucedido ya estaban en otro país y quien se atrevía a volver lo único que conseguía era más millas de viajero frecuente. El bastardo tenía protección en altas esferas.

Al salir del Jorge Chavez me crucé con Pedro, quien iba rumbo a Iquitos. No lo veía desde enero. Aun así me ofreció su apartamento en Miraflores; no lo pensé dos veces, desde allí podría organizar un poco mejor la búsqueda de este sujeto ya que el informe de Mauro reducía su campo de acción a los hostales cercanos al malecón Cisneros. Lugar perfecto para cazar mochileras, al parecer. Dormí una siesta corta hasta mediodía (volar antes de las 8 de la mañana para mí siempre significaba no dormir la noche anterior, no tenía sentido dormir a la 1 y despertar a las 2 para estar en el aeropuerto a las 3). Encontré un café cerca a la iglesia de la Asunción y no tuve que esperar mucho para ver al alopécico miserable. El periódico que simulaba leer anunciaba la oleada de turistas de spring break y ahí tenía a quien buscaba, parloteando en un inglés afectado -ese inglés de colegio bilingüe de Bogotá, que por más que hubiera vivido media vida en lugares angloparlantes siempre tenía un acento de “estoy hablando una lengua extranjera”- y enfundado en un saco de lana con motivos incas, aún en este calor. Un ejemplo casi enciclopédico de un brichero, y encima bogotano. Y pensar que tendría que seguir su apestoso rastro para confirmar si tenía algo que ver con los moscovitas.

Apuré el vaso de Inca Kola que tenía en frente. Me aseguré de camuflarme en el café y solo con oírlo me aseguraba de que no se fuera.  Del afectado inglés del zopenco y del acento de Michigan de su acompañante deduje que aún ella iba a permanecer dos o tres días en Lima y que ya tenía planes para esta noche; con suerte podría tomar el vuelo de las 9 a Ezeiza de confirmar que en algo estaba implicado. Una vez salieron les seguí, pero todo el resto del día fue una repetición de la escena del café en la que variaba la mochilera que se sentaba a su mesa. Al día siguiente tampoco hubo mucha suerte y cuando ya me estaba resignando a pasar hasta cinco días lejos de casa por fin cambió la rutina. Recordé cómo mi gato me asustaba maullando en mi oído sin que yo hubiera notado que había llegado a mi lado y caminé de la misma forma sutil. Me convertí en su sombra a tal punto que pude subirme al mismo autobús que él sin que se diera cuenta de que estaba al acecho.

Durante el trayecto pensaba en qué me había traído aquí y cómo este sujeto tenía tanto que ver. Poco después de salir de la policía, en mi época de universitario, había conocido a Emilia del Garzo. Solía verla cada vez que viajaba a Bogotá -y era frecuente dado que había conseguido una forma de ahorrar para ir por tierra por lo menos cada cuatro meses- y me mantenía en contacto a diario con ella por internet. En uno de mis regresos salimos a una porno-rockola del centro un sábado en la noche; ella tenía que regresar a casa en transmilenio y cuando íbamos a salir hacia la estación de Museo del Oro estalló una pelea dentro del lugar. Un sujeto bajito y de gafas (que cuando habíamos llegado discutía con otro cliente del lugar llamándolo “homofóbico” por usar la palabra “maricadas” para refererse a algo baladí) y sus amigos con pinta de estudiantes de humanidades peleaban con unos metaleros mientras una rubia sin gracia y una pelinegra con cara de ser la personificación del mal en la tierra les daban bomba, casi que delatando que eran ellas las causantes de la pelea. Una botella cayó a los pies de Emilia. Algún gracioso puso en la rockola el Penetreitor del Grupo Marrano. Dos metaleros se acercaban al sujeto rutaco con barba, que caminaba hacia mi sin verme. Una vez estuvo al alcance de mi mano, lo empujé diagonalmente y los metaleros se abalanzaron sobre él. Con la otra mano tomé a Emilia y corrí a través del espacio que había quedado libre hacia la salida. Los otros sujetos peleaban en medio de la carrera 4 y bloqueaban el paso hacia la Jiménez, y en la calle al sur del lugar se apostaba una patrulla del CAI cercano. Solo quedaba correr hacia el sur y en la calle 14 logré parar un taxi al que nos subimos.

En el taxi ella me besó varias veces. Durante el resto de mi estadía en la ciudad decidimos tener la relación estable y cerrada, aún a pesar de la distancia. Mis ires y venires entre Bogotá y Buenos Aires se hicieron más frecuentes. En ese entonces empezaba a dudar de la utilidad de mis estudios y luego sobrevino el caos: cuando estaba planeando hacer un semestre de intercambio en Bogotá para preparar una propuesta de matrimonio, descubrí accidentalmente que alguien coqueteaba con ella cuando recibió un sms; su SIM estaba en mi teléfono y cuando llegó lo revisé mecánicamente. Traté de pasarlo por alto y no le dije nada, pero dos semanas después ella me avisaba que la relación terminaba porque veía que tenía futuro con alguien más. En la espiral descendiente que siguió -en la que evité a toda costa volver a beber para evitar una recaída, en la que me refugié con las pocas personas que podía confiar en la ciudad- tomé la decisión de abandonar los estudios y meterme en un trabajo mecánico que me evitara usar el cerebro. Dos meses después de trabajar en un call center se me dio la oportunidad de volver a vincularme con el cuerpo policíaco: el sargento Otálvaro me ofreció un trabajo “no oficial” haciendo pesquisas y seguimientos, rastreos varios. Mi tío Max me cedió el apartamento en Chapinero y allí empecé a montar una serie de contactos a la vez que recuperaba los instintos detectivescos que me habían llevado originalmente a la Policía. En un seguimiento a unos miembros de una ONG que aparentemente tenía a alguien dentro vendiendo información clasificada me crucé con un viejo conocido, Álvaro Arciniegas, “estudiante” de diseño de la llamada cafetería-con-universidad y que había visto en alguna fiesta de los amigos de Emilia; al ver que él abandonaba la reunión con sujetos sospechosos en el auto de Emilia tuve un ataque de pánico. Estos meses evadiendo el pensar en ella me empezaban a pesar. Lo seguí, y cuando terminó llegando al viejo hogar de los del Garzo perdí el aire. No podía creer que el futuro que ella quería tenía que ir de la mano con este imbécil incapaz de tener una opinión propia -cada fiesta en la que nos cruzábamos con él resultaba imitándome cada vez más y cada vez más mediocremente- y adicto a las anfetas.

Y ahora el tarado era sospechoso de estar trabajando con espías. Rusos. No los mismos criminalcetes con los que lo había visto reunirse en esa fatídica noche en que decidí empacar de nuevo y regresar a Buenos Aires, no: gentes con un prontuario más largo que el Gilgamesh, con conexiones escalofriantes y pasados más turbios que el fuselaje de cualquier avión de Aerosucre. Y yo, siguiéndolo  en absoluto silencio, sin siquiera poder usar mi reproductor de audio para hacer más llevadero este viaje en autobús por una ciudad que apenas conocía, sin siquiera saber cuánto más iba a estar camuflado en un autobús que se desocupaba progresivamente. En la Avenida Isabel la Católica, Alvarito se acomodó su apestoso saco de lana, con intención de bajarse. Al llegar al estadio de Alianza Lima timbró y bastante me costó bajarme en la misma parada que él sin que lo notara. Me mantuve a una distancia prudencial para seguirlo por las calles de La Victoria. “La Rica Vicky”, como la había llamado Pedro cuando me había recomendado un huarique frente al estadio. “Un lugar ideal para buscar algo que no huele bien”, me había informado Mauro antes de venir. Y conforme me iba adentrando en el barrio iba entendiendo más a lo que se referían.

Algunas cuadras más adelante el cliché ambulante entró a una cevichería sucia y oscura cuyo letrero bien podría decir “Aquí se reúnen maleantes”. Me quedé unos minutos fuera, esperando a ver si alguien con aspecto eslavo entraba y luego ingresé a buscar al zoquete. Vi cómo le entregaban un sobre de manila a cambio del cual él sacaba un fajo de billetes de su bolsillo. Salí a esperar a que saliera para seguirlo nuevamente (aunque la calle me hacía temer que algún pillastre quisiera robarme y tuviera que darle unos cuantos porrazos, echando el secreto al traste). No mucho después salió y regresó a Isabel la Católica. Nuevamente subí al mismo autobus que él tomaba, con todo el sigilo posible, y unos minutos después estaba dejándolo fuera de combate en una calle vacía. Tomé el sobre de manila, revisé los documentos que tenía y me alejé unas cinco calles antes de tomar un taxi que me llevara de vuelta a Miraflores.

En casa de Pedro, con una lata de cerveza en una mano y el mouse de mi computador en la otra pasé un buen rato escaneando los archivos. Algunas de las ventajas de tener un amigo con trabajo empresarial que te de posada: siempre habrá una cerveza con tu nombre en la nevera y siempre habrá un escáner funcionando; siempre habrá una conexión a internet rápida y estable y siempre tendrás dónde sentarte con toda tranquilidad. Envié  los documentos a Mauro y a Tatiana, a ambos les pedí que se pusieran de acuerdo y le llevaran una copia a Otálvaro a ver qué podía hacer él mientras yo regresaba. Apagué el computador y reí un poco: dejando a Arciniegas fuera de combate también había arruinado su cita de esta noche, y si le había dado lo suficientemente duro, de mañana.

A la mañana siguiente volví al café de siempre y mientras desayunaba decidí tomar el vuelo de la noche a Ezeiza y quedarme a tratar de conocer mejor la ciudad por si tenía que volver, cosa que nunca se debe dar por descartada en este negocio. Como había volado sin equipaje (regresaría por él una vez tuviera más datos, tendría que abusar del computador de la señorita M mientras tanto),  pensé en una forma alternativa de llegar a casa y 20 horas y 1912 millas después estaba tomando un colectivo a la estación de tren de Ezeiza, donde me subí a un tren rumbo a Constitución. Pero qué mala idea. Amanecía y el vagón en el que iba se llenó por completo en Temperley. En Remedios de Escalada me sentí observado. En Gerli cinco sujetos me rodearon y me golpearon; una vez el tren se detuvo me bajaron y me echaron en el maletero de un Toyota Tercel del 94. Media hora después, con el auto andando a alta velocidad, volví a ver la luz del sol por unos pocos segundos antes de que me pusieran un forro de licuadora en la cabeza. Me arrastraron medio minuto, oí un portazo y sentí un dolor increíble en la boca del estómago. Perdí el aire, me desataron las manos sin quitarme el cobertor de la cabeza, oí otro portazo y varios minutos después seguía sin poder moverme en la oscuridad.

Y aquí estoy, tanteando a ciegas en este silencio absoluto en el que me pitan los tímpanos, buscando una forma de salir para evitar pensar en qué parte de la zona sur del Conurbano bonaerense podré estar encerrado. Zanjé el monólogo interno respondiéndome “cualquier lugar entre Avellaneda y La Plata” y seguí en mi búsqueda. No lograba ubicar por dónde me habían entrado. Dí la vuelta al lugar varias veces, calculando las dimensiones del sitio contando los pasos entre esquina y esquina. Finalmente, cansado, con hambre, con los restos de mi paciencia agotándose y sin querer pensar qué me deparaba el destino de seguir allí me senté contra un muro.

El metal frío contra mi espalda me sobresaltó. Por un golpe de suerte había encontrado una portezuela que ni por error habría encontrado tanteando los muros buscando una entrada normal. Como había sido llevado a esa bodega arrastrado tampoco tenía forma de darme cuenta que mi acceso había sido por una pequeña entrada a ras de suelo, a la altura de mis rodillas. Empecé a golpearla con los nudillos, tímidamente, de forma muy queda, a ver si alguien reaccionaba del otro lado. Nada. Fui aumentando el volumen de mis golpes (y mis tímpanos ya cansados de la nada me lo agradecían) hasta que la portezuela cedió sin que nadie reaccionara. Esperé tres minutos más por una reacción de fuera. Finalmente pasé saliva y me arrastré lentamente hacia la libertad.

Sigilosamente asomé la cabezota hacia la parte alta del edificio pero no tenía ninguna ventana. Miré al otro lado de la calle buscando alguna reacción en una ventana cercana. Nada. El Tercel verde en el que me habían traído estaba estacionado cerca, pero vacío. Memoricé la placa (“patente”, en estos lados) y me alejé un par de cuadras antes de buscar el familiar ruido de una avenida transitada. Intenté ubicarme con las estrellas pero era inútil en esta área metropolitana tan luminosa; apenas pude distinguir el movimiento de la Estación Espacial rusa que pasaba sobre nuestras cabezas. Cuando hube encontrado más tránsito humano caí en cuenta que estaba en el Camino General Belgrano, así que corrí hasta que encontré una parada del 33, que tomé hasta Ciudad Universitaria. Me acomodé lo más oculto posible en el bus medio vacío, en la esquina trasera, lejos de las puertas, cubierto por la publicidad de las ventanas, y desde donde podía ver lo que pasara a mi alrededor. En el camino el autobús fue llenándose de estudiantes y a mi derecha  intuía asomarse el sol sobre el río. Cuando el autobús se detuvo me camuflé entre los estudiantes (aún pensaba que me seguían) y busqué un 107 que me llevara a casa. Me bajé en Monroe y Balbín y caminé las tres cuadras que me separaban de casa. Una ducha me esperaba y casi a las 8 am desayuné como si no hubiera visto comida en un par de semanas. Estaba casi intacto. “Calvo hijueputa, voy por ti”, pensé.

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Tundra

febrero 19, 2013

I

Abro los ojos para encontrarme una eterna blancura que me hace pensar que me he quedado ciego. Mi cuerpo hormiguea y solo hasta el momento en el que capto un reflejo del visor de mi casco me doy cuenta que aún conservo la vista. El blanco percudido de mi traje contrasta ligeramente con la infinidad alba que me rodea. Estoy sentado.

Hago un esfuerzo para recordar dónde estoy, dónde se supone que debo estar y qué demonios estoy haciendo aquí. Reviso mi traje y un “вечный” cuidadosamente bordado en rojo en el reverso de la manga izquierda pone en movimiento mis recuerdos. Hasta aquí lo que he sacado en limpio:

Mi edad no importa, mi cuerpo y mi mente no han vivido juntas la misma cantidad de tiempo. La criogenia, el tiempo viajando a la velocidad de la luz, el cambio de galaxias hacen que la frase “nací el x de junio de 19xx” sea irrelevante, aquí esa fecha significa menos que nada. Debería (empiezo a verlo claro) estar en una misión exploratoria de este planeta que orbita casi a la misma distancia de su estrella que nuestra Tierra al Sol. Y la estrella tiene mas o menos la misma magnitud y edad que la nuestra. La primera jornada debo pasarla pasando los instrumentos que hay en mi módulo, debo establecer rutas para mi equipo y explorar de la forma más segura la mayor cantidad de terreno posible…

…¿y mi módulo? ¿y mi equipo?

Me paro. No parece que me duela el cuerpo, aunque puede ser que mi cerebro haya decidido darme aviso de dolor más adelante, una vez haya mejorado mi cabezota. Miro alrededor buscando alguna señal de algún otro miembro de mi equipo, de mi módulo, de un accidente (no lo descarto, sobre todo por ese espacio en blanco entre el descenso y este momento)… cuando a lo lejos veo otra figura de percudido blanco, moviéndose de forma tan confusa como creo me muevo yo en este momento. Por el momento podría reportar que la gravedad del lugar y la atmósfera, al menos en densidad y presión, son similares a las de nuestro planeta, ya que el movimiento con el traje se siente similar al movimiento una vez terminados los entrenamientos y presurizadas las cámaras. Camino cada vez mas rápido hacia la figura confusa. Una vez la alcanzo veo que es la comandante G., líder de otra expedición que partió en dirección a otro planeta de manera simultánea a la misión que integro. ¿Cómo es esto posible? Era de suponerse que ella y su equipo estuvieran a por lo menos 12 años luz de distancia, pero aparece frente a mi y aparentemente está pasando por el mismo proceso que yo. Ambos hablamos mientras movemos el dial del comunicador para lograr encontrar la misma frecuencia (ninguno de los dos se atreve a sacarse el traje aún).

Ambos atropelladamente nos preguntamos casi al tiempo por nuestros respectivos equipos y nuestros sitios de aterrizaje. Yo no he tenido tiempo de buscar si hay un sitio en el que pueda encontrar mi cápsula o a los demás miembros, ella parece haber estado alerta desde algo antes que yo y se ha desplazado en un radio de 300 yardas sin hallar rastro de su tripulación ni de su nave. Decidimos seguir la búsqueda juntos.

II

“No hay heroísmo sin algo de estupidez”, me dijo la Comandante G. El que ella se quitara el traje para saber si la atmósfera era tan vivible como parecía y si habría suficiente oxígeno para respirar nos ahorró mucho tiempo y energías al tener que cargar menos cosas encima. luego de caminar unas tres millas hacia lo que yo había deducido (¿o decidido?) era el sureste vi una colina, igualmente nevada pero con algo que prometía refugio en su cima, además de ser un punto en el que parecía menos un despropósito el buscar entre la blanca nieve unos pedazos de metal pintados de blanco y rojo, en caso que hubiéramos chocado en ese planeta.

Pero seguía sin entender por qué habíamos coincidido en el mismo punto si habíamos partido hacia sitios opuestos en la galaxia y la duración de nuestras misiones no sería la misma.

Había sacado las provisiones de reserva de los trajes una vez nos deshicimos de ellos. La ropa térmica que usábamos debajo de ellos estaba funcionando bastante bien, o el clima no era tan cruel como parecía. Luego de rodear el cerro (resultó más alto de lo que había calculado originalmente) para encontrar el camino más fácil para alcanzar la cima, comimos dos paquetes de provisiones para reunir las energías necesarias para el ascenso. Aún así seguía sin sentir ningún dolor, y el cansancio que me había invadido repentinamente desapareció de igual manera.

El punto que la Comandante G. divisó a lo lejos en la cima del cerro en el que pensábamos guarecernos resultó ser una cabaña de madera bastante grande, similar a un refugio de esquiadores. Caía la noche (y al hacerlo comprobaba que mi suposición de los puntos cardinales era correcta) y ya era un despropósito intentar observar desde la cima en busca de más respuestas. La cabaña estaba cerrada pero la Comandante G. encontró la estatua debajo de un gnomo de jardín.

Y ahí debí empezar a fijarme más en todo.

III

El único cuarto abierto tenía dos camarotes y en medio una mesa con una lámpara. Aparte del hogar con leña lista para quemar y esta habitación, todo lo demás parecía vacío, pero no abandonado. Fuera de allá no había mucho para revisar, por lo que la Comandante G. y yo hablamos sobre los planes que podrían sacarnos de allí, al menos a encontrar algún otro sitio poblado antes de que las provisiones se extinguieran. En el cajón de la mesa encontramos un cuaderno en blanco y un esfero y anotamos las direcciones a las que nos dirigiríamos una vez saliera el sol. Un par de horas después cerré los ojos un rato, para descansar de la intensidad del blanco de fuera que había recibido casi todo el día.

Me vi frente a una de las otras habitaciones de la cabaña en medio de la oscuridad. Además del pomo de la puerta podía ver luces pasando, como las luces que se reflejaban en el techo de mi cuarto en Chapinero cuando no podía dormir en las noches. Empezaba a sentir frío pero la puerta emanaba una calidez que no entendía. Sonó un chasquido y tomé la manija de la puerta. Abrió sin problemas y un golpe de aire cálido me llamó al interior del cuarto.

Mi cuarto, el mismo en que viví los últimos meses antes de partir a Moscú con mi amigo J.H. Recorrí el pequeño lugar, revisando que todo estuviera allí, que lo que recordaba de ese año tan lejos en el calendario, tan cerca en mi mente siguiera en su sitio. Salvo los instrumentos musicales y la ropa que llevé conmigo una vez inicié el periplo que me llevara a esa lejana cabaña, todo seguía en su sitio. Intenté salir al corredor de mi viejo apartamento pero me fue imposible, así que tomé algunos sacos del armario y regresé por donde había entrado.

Y al sonar el portazo volví a abrir los ojos y me vi nuevamente en la cama. Ya había amanecido y la comandante G. no estaba en el camarote junto al mío. Salí a buscarla y la vi empujando otra de las puertas y rascándose la cabeza al ver que estaba inamovible. “¿No recuerdas que ayer no abrían?”, pregunté. “Pero si anoche pasé por esta misma puerta a la sala de la casa de mis padres en Belgorod. Me quedé dormida allí, en el sofá, y cuando desperté estaba en el camarote de nuevo. Y ahora la puerta está cerrada”. Señalé la puerta por la que había cruzado y le conté mi historia.

Regresamos a la habitación principal para tomar unas provisiones y al revisar el cuaderno para buscar los planes hechos la noche anterior lo encontramos en blanco. “¿Pero qué putas?”, grité en castellano, mientras la Comandante G. pasaba incrédula las páginas. “Nada”. Tomé el cuaderno y lo revisé desde la primera hoja. La tercera estaba impresa con la palabra “Instrucciones” en varios idiomas, así que pasé más hojas más rápido y ahora todo estaba impreso. “¿Y esto?”, preguntó G. “No lo sé, son unas instrucciones. Pero, ¿no estaba en blanco anoche y hace un rato? ¿Dónde quedaron los apuntes que tomamos?”, dije. “No importa, léelo, préstamelo para leerlo, demonios, necesito saber rápido qué dice”.

Como las instrucciones estaban en varios idiomas, incluyendo ruso y castellano, nos turnamos para leerlo.

IV

Bienvenidos a la zona de reaclimatación planetaria. Si se encuentra en este lugar es porque su especie no tiene la autorización para establecer contacto con otras civilizaciones y ha sido dispuesto que sea devuelto a su planeta de origen. Para la fase inicial de este proceso se encuentra en esta cámara con otro ser de su especie. Con el fin de garantizar un retorno seguro a su hogar le recomendamos tener en cuenta las siguientes instrucciones:

Cuartos

Los cuartos se abrirán ocasionalmente y le llevarán a un sitio que le tranquilice; son solo simulaciones y lo que haya en ellos no podrá salir de ahí. La única forma de salir de estos cuartos es por la puerta que se ingresó; si dura más de 8 horas en él será transportado a su cama automáticamente. No existe un horario fijo para la apertura de esta puerta pero siempre estará frente a ella en el momento adecuado.

Alimentos

Una vez las provisiones que usted y el otro miembro de su especie puedan traer consigo se le darán los alimentos necesarios en la cantidad justa.

Ascensor

El ascensor será la última etapa en el retorno a su hogar. Cada uno deberá entrar por su puerta respectiva. Una vez dentro ingresarán en un vórtice temporal que les llevará al punto en el tiempo que coincida con lo que han transcurrido conscientes mientras hayan abandonado la atmósfera de su planeta. Una vez allí recibirá las últimas instrucciones.

La finalidad de este refugio es crear una mejor comunicación con sus demás coespecímenes. Entre más rápido desarrolle esta habilidad, más pronto podrá regresar a su planeta.

Gracias por su atención y disfrute su estadía.

V

Así que esto era todo: lograr una comunicación con la Comandante G. nos llevaría de vuelta a casa. Fácil en el papel.

Pero siempre fui el más tímido en el programa de exploración interplanetaria. Al ser extranjero siempre tuve un problema de adaptación, de creer que no iba a encajar, a entender completamente la forma de ser común de mis compañeros, y desde que mi gran amigo J.H. se casó con una clarinetista de la orquesta del teatro Mariinsky y abandonó el programa espacial soviético no tuve un compadre entre los cosmonautas; me era bastante difícil crear vínculos con la gente alrededor, en especial por la barrera idiomática que mi mente se encargaba de amplificar. Y encima, mi timidez que se exacerba con alguien que encuentro atractivo.

“¿Te parece complicado?”, me preguntó, “Tengo la impresión que nos quieren retener aquí hasta que sepamos tratar a cualquier persona bien, empezando por quienes están a nuestro alrededor”. “Sí, eso estaba pensando: es una escuela de habilidades sociales para adultos. Increíble”.

Los siguientes dos días tuve acceso al cuarto que simulaba mi habitación bogotana. Entre los objetos que más necesitaba ver estaba una carta de mi madre en la que se despedía de mí y que atesoré durante años hasta que hube superado su muerte, y un diario en el que llevaba anotaciones de sucesos que sabía que nunca podría contar a nadie. Empecé a recorrer sus hojas, reviviendo cada vez más intensamente los recuerdos que allí había dejado. El sopor se apoderaba de mi y sabía que pronto iba a ser regresado a mi habitación.

Entonces me vi parado en la parte baja del puente de la Avenida 68 con Calle 68. Llevaba conmigo una maleta mediana y esperaba el bus hacia el aeropuerto. Pero en lugar de la buseta gris y pequeña de entonces paró un colectivo Italbus como los que rodaban en Buenos Aires. Pude subir con mi maleta sin problemas y encontrar puesto rápido. Revisé mis papeles: iría a Moscú vía París en AirFrance y Aeroflot. Casi 17 horas de vuelo. Suspiré y cerré los ojos.

Luego me vi en una playa de Sochi caminando de la mano con una rubia. Era por lo menos veinte años mayor que yo. Trataba todo el tiempo de acariciarme y besarme y hablaba con acento venezolano. Recordé que se había subido al colectivo en la Avenida ElDorado y me había besado diciendo “tu papá nos va a matar”. Los recuerdos regresaban en flashes, cómo la había conocido en la oficina de mi padre, cómo él había intentado de tener un romance con ella y cómo ella lo había rechazado por mí. Recordaba las dificultades que tuve para mantener una relación con ella, por no herir a mi padre, porque no sabía realmente cómo comportarme, porque muchas veces no teníamos puntos de vista en común. Y ahora estaba allí, despidiéndome de ella en el aeropuerto de Sheremetyevo, luchando por contener las lágrimas y por evitar que ella agarrara mis genitales en público, despidiéndome porque ella regresaría a Venezuela vía La Habana y yo a Bogotá vía Amsterdam y Panamá.

Luego no supe cómo pero desperté con el diario en la mano y subrayando una nota al final del texto que estaba leyendo: “interesante borrador, mejóralo” hecho por mi maestro del taller literario del Centro de la ciudad.

VI

Parte de nuestro atractivo para hacer parte de esta misión era nuestra soledad. Sin familias, sin parejas, sin amigos. Si nos perdíamos en la infinidad del universo nadie iba a lamentarlo, solo seríamos pérdidas de material para la Agencia. Casi desechables. Nuestros grupos de misión eran las personas más cercanas en ese momento en nuestras vidas y aún así no extrañaba -en parte porque no conocía- a ningún miembro de mi tripulación. Rara vez recordaba que alguien más iba conmigo en este viaje.

Pero conforme pasaban los días me preguntaba qué sería de todos y cada uno de quienes partimos esa mañana de abril desde los cosmódromos de Baikonur y Vostochni. Seis lanzamientos casi consecutivos en 3 días desde ambos cosmódromos, seis misiones con 8 tripulantes, 46 personas que no sé dónde puedan estar. ¿Estarán en una cabaña similar a esta? ¿Dónde?

Entre tanto, supe de la Comandante G. cuántas dificultades había pasado para entrar a la Fuerza Aérea y de ahí al Programa Espacial; cómo había perdido su familia en un accidente de navegación en el Seversky Donets; cómo había sobrevivido a la universidad dos años antes de tener un ataque de ansiedad causado por su dificultad para socializar; y cómo el salir al espacio le había generado una confianza en si misma inmediata y profunda. Aún estaba en la Fuerza Aérea cuando J. y yo habíamos hecho el show espacial como primeros cosmonautas civiles; confesó que las canciones le habían gustado y cantó un fragmento que yo ya había olvidado. Años sin recordar mi música.

También comprendí que los cuartos nos estaban llenando de motivos para regresar a casa, al rellenar nuestra mente de recuerdos de personas, situaciones y lugares que extrañábamos, y cuyas ausencias debíamos confrontar y superar o revertir. Empezamos a hablar de las vidas que habíamos dejado atrás, de las ilusiones que igual teníamos. De cómo nuestra soledad no impedía que tuviéramos sueños. Le hablé de los tiempos de la banda, ella de su idea de convertirse en piloto de línea comercial. Las personas que habíamos querido. Los sitios que queríamos ver. La convivencia empezó a hacerse cada día más fácil y la camaradería creció entre nosotros. Tuvimos la oportunidad de entrar juntos a los cuartos de recuerdo del otro y compartimos historias alrededor de nuestros objetos, de nuestras memorias.

Hasta que el ascensor se abrió cuando ya habíamos olvidado que eso sucedería cuando aprendiéramos a comunicarnos.

VII

Instrucciones del ascensor

Los  ascensores espaciotemporales han sido diseñados para llevarle a salvo de vuelta al punto de partida de su viaje, al momento en el tiempo en el que su vida estaría en este instante, tomando en cuenta lo que ha transcurrido desde que inició su viaje. Como usted y su compañero/a de refugio tuvieron trayectorias distintas y recorrieron distancias diferentes el ascensor deberá ajustar los tiempos transcurridos de ambos a un punto común. Para ello cada uno operará los botones de subida y bajada; cuando la puerta de cada uno se abra deberá esperar que transcurra un cierto tiempo de ajuste; éste podrá ir hacia el futuro o hacia el pasado por lo que recomendamos no descender para no acelerar o regresar su edad cronológica y evitar crear una paradoja.  Una vez sus cronologías  sean ajustadas pasarán a través de un agujero de gusano a la  parte más alta de la atmósfera de su planeta; a partir de allí tendrán un suave descenso al lugar  especificado. 

“¿Y tú a dónde quieres ir?”, le pregunté a G. “Melkisarovo. Hay una escuela de Aeroflot. Voy a hacerlo”. “Me alegra”. “¿Y tu?”, preguntó G. luego de un rato, “¿Vas a ir de vuelta a casa? ¿Vas a retomar la música?”.

Mientras pensaba qué responderle la puerta de mi lado se abrió y vi cinco atardeceres en el mar en cuatro minutos mal contados. “Tal vez regrese a Bogotá a resolver el problema con mi padre”. En ese momento la puerta de ella se abrió y ella vio un edificio derrelicto levantarse del suelo a su esplendor en el momento justo antes de ser abandonado. “¿El problema que narras en el cuento? ¿En realidad huiste con esa mujer que a él le gustaba?” “No, por supuesto que no. Pero ella si le rechazó por mi culpa y por eso dejó de hablarme. Por eso terminé en Moscú tratando de vivir de la música, y por ello mismo terminé aquí contigo”.

“¿Y ella? La contactarás?” “Espero. No sé igual cuánto tiempo haya pasado, qué edad tengan, si aún viven”. El silencio se prolongó mientras ambos pensábamos en esa posibilidad y las puertas se abrían con cada vez más frecuencia, mostrando escenas completamente sobrecogedoras, avanzando y retrocediendo en el tiempo, hasta un momento en que parecía un ascensor de edificio de juzgados, parando en cada piso cada 10 segundos y con escenas sucediéndose como en un mal videoclip de electrónica de los lejanos noventas.

“Decidido. Iré a buscarlos. Si tu vas a Melkisarovo yo voy contigo. Veré qué consigo para volver a casa desde Sheremetyevo”. Así que esa fue la instrucción que dimos al ascensor. “De ida y vuelta”, me dijo G. “Por supuesto: una vez haya hablado con ellos regresaré a Moscú y buscaré a J.H., quiero reactivar la banda”. El ascensor se transparentó y las luces blancas fueron estabilizándose, pasando más lentas y volviéndose puntos lejanos. Se abrieron dos compartimentos en los que encontramos ropas nuevas y dinero con una nota: Necesitarán esto para reingresar a la vida civil. Todo está de acuerdo al tiempo al que van a llegar. Afuera, el pequeño globo azul al que nos dirigíamos empezaba a crecer.

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Insomnio.

julio 22, 2012

Es horrible dormir en el lugar de trabajo. No puedo decir exactamente “en el mismo sitio donde se trabaja”, porque he trabajado en casa y eso no me parece complicado. Tal vez… tal vez sea que aún jerarquizo y considero que un lugar (primariamente) de vivienda puede ser tener funciones (secundariamente) laborales, pero no al revés.

A mis compañeros de trabajo (y vivienda, en este momento) no parece afectarles en lo más mínimo, en cambio. Todos venimos de husos horarios distintos y la noche permanente (así como el día artificial constante en el área de trabajo) hace posible que todos mantengamos nuestros relojes biológicos en la hora que es en casa. Así podemos trabajar, descansar y dormir en turnos sin que el trabajo se detenga. Un éxito del gobierno central, dicen.

A diferencia de mis compañeros, no logro dormir, no tan bien como quisiera, no tanto como debería. El médico del lugar insiste en darme somníferos y yo insisto en simular que los tomo: no quiero depender de ellos y sé que afectarían negativamente mi rendimiento.

Entonces doy vueltas en mi camastro mientras mi cabeza da vueltas por todo el sistema solar buscando una explicación a esta incapacidad de dormir. Culpé primero a la noche eterna y el día artificial, a que mi crianza en los trópicos se resiste a aprender que no siempre hay doce horas de sol y doce de penumbra, que esta noche eterna también es natural y posible. Posteriormente, creí firmemente que todo era causado por tener que dormir (y vivir, descansar y comer) en el lugar de trabajo en vez de trabajar en el sitio donde se desarrolla la cotidianidad; puede ser que solo sean ideas mías surgidas de la falta de costumbre, de una educación distinta a la de mis compañeros.

Hasta que, finalmente, lo veo claro.

Los pocos sueños que logro recordar de los momentos en los que finalmente logro dormir lo suficiente para poder soñar (me niego a llamar esos momentos “noches”, no cuando siempre es de noche) me dan la respuesta.

En casa, aunque no siempre, mis sueños mayormente están relacionados con volar, con surcar los aires, dejar la tierra y sus amarras y ser libre más allá de ella. Aquí todo es distinto: hace mucho que no sueño con aviones. Sueño con tirarme al agua y nadar, sueño con correr, andar las aceras de mi barrio a distintas horas del día, sueño con recorrer las carreteras a 60 por hora (o incluso menos) para poder ver el paisaje, sus detalles, todo su esplendor. Sueño, definitivamente, con tener un contacto directo con la tierra, y esa necesidad me la causa todo este tiempo en gravedad cero, de noche eterna, y lejos de ella. La veo a lo lejos, pequeña y frágil, alejándose cada vez más, y la extraño.

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Condiciones favorables para el despegue.

junio 18, 2012

“Siempre recuerda, hijo, que detrás de las creaciones más macabras hay un acto de ingenio tan grande que se puede revertir y aprovechar en favor de la vida, no de la muerte”. Esas palabras que mi padre me había repetido desde que tengo memoria, y que incluso estuvieron cerca de ser las últimas que me dirigió en su lecho de muerte (afortunadamente tuvo tiempo de despedirse de forma menos solemne) han guiado mi vida. Por ejemplo, cuando descubrí el mundo de los modelos a escala siempre huí de los aviones y barcos militares y me concentré en los de pasajeros, consciente que del desarrollo militar había surgido el progreso civil, lo que demostraba las palabras de mi padre.

Y heme aquí, en la viejísima  torre de control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, preparando uno de los vuelos civiles más importantes de las últimas décadas. Pronto abordaría la aeronave junto a un selecto grupo de pasajeros, no sin antes dar el discurso tan propio de los grandes eventos. Había dedicado los últimos años de mi vida a un proyecto para volver a traer el gran lujo y confort asociado a los primeros vuelos aéreos al servicio del público. Tal vez no fuera asequible para todos, pero mi esperanza es que quienes tomaran mi antorcha lo masificaran y lo hicieran aún más barato y efectivo de lo que en este momento era.

Lo que había empezado como un espectáculo y como una prueba de ingenio para vencer las limitaciones impuestas por nuestro torpe y frágil cuerpo humano, que una vez empezó a avanzar el siglo XX se convirtió en una máquina de guerra y por eso mismo se desarrolló aparatosamente, hasta ese momento en el que su progreso se vio truncado por la tragedia, se disponía a volver a la escena mundial por todo lo alto (valga el chiste) como la cima del lujo, el confort, la elegancia, el estilo y todo lo demás que hizo de los pioneros de la aviación civil unos héroes a los ojos del público. Saqué de mi abrigo la vieja carta que me había escrito mi abuelo en 1984 y que le había prometido solo leería hasta diez años después. La letra alargada y elegante del viejo, en tinta morada sobre un papel cada vez más amarillento, me recordó las tardes que pasaba con él en su taller, en los hangares del aeropuerto, en los bancos de pruebas, tardes que moldearon mi amor por la industria aeronáutica y por la historia de nuestra familia. La leí por centésima vez:

“Si algo nos enseñó la tragedia del Hindenburg fue a buscar una alternativa mucho más segura para los combustibles de los dirigibles. El hidrógeno, nos había quedado ya demostrado, era mortalmente volátil e inseguro. Luego, la inevitable segunda guerra, nos detuvo en nuestro propósito de restablecer el prestigio a la compañía de zeppelines: los que habían sobrevivido al inicio de las hostilidades habían sido confiscados por el gobierno estadounidense una vez se firmó la rendición alemana. 

 

Los cuarenta y cinco años anteriores habían sido una desastrosa sucesión de eventos políticos y económicos que habían alcanzado sus picos de horror en las muertes por millones que atravesaban a Europa. La primera gran guerra nos había podrido el alma al enseñarnos que la muerte en batalla había dejado de ser algo honroso, que el combate se había deshumanizado y que la muerte del enemigo en masa era algo más posible, más sencillo y al mismo tiempo más grotesco, cruento, cruel y miserable. Con nuestras podridas almas nos arrastramos por la tercera década del siglo, tan anestesiados que vimos las raíces del horror totalitarista y no hicimos nada.

 

Y la segunda gran guerra, tan inevitable y tan motivada por el revanchismo como la primera, con mentes podridas por esos primeros años del siglo XX en el poder, nos llevó al punto más bajo de nuestra humanidad. La muerte en masa en cuestión de segundos, el horror del exterminio, la demencia de la búsqueda de la aniquilación total del otro, todo de tal forma que hizo parecer como algo digno esas escenas de trincheras de 1917, el gas mostaza, los campos minados que aún hoy persisten…

 

…y la masa culpándonos a nosotros, los inventores, los hombres de ciencia, de todo el horror. Y nuestras conciencias que no nos dejan dormir, pensando que tal vez la gran masa tenga razón, que nuestros cerebros solo trabajan para el mal, que estamos destinados a crear cosas que solo van a destruirnos. Nuestras naciones en ruina, sin capacidad económica para financiar una investigación que pueda generar una creación que repercuta en el progreso de todos y nosotros lamentando que nuestras mentes solo son útiles en tiempos en los que se necesita exterminar pronto y en cantidad a alguien más.

 

Algunos de nosotros decidimos dejar de ser parias. Abandonamos nuestros derrotados y arruinados países y buscamos refugio en cualquier nación que nos abriera sus puertas y perdonara nuestro pecado original de haber nacido en una tierra que trataría de dominar primero a Europa y después al mundo (ambas veces infructuosamente) y nos permitiera acceder a recursos para crear cosas para la vida a cambio de ciertos conocimientos que igual conseguimos cuando el esfuerzo bélico nos obligó a ello.

 

Nunca, nunca lo olvides, hijo. Nuestros antepasados olvidaron todos esos episodios escabrosos de la historia del país y por eso repitieron tantas veces los mismos errores. La vida me dio otra oportunidad de devolver algo a la humanidad y siento que tu padre y tu han sido mi mayor logro en ese respecto: él te enseñó el amor por la ingeniería que yo le inculqué, e hizo una gran labor en criarte. No quiero que creas que tienes que cargar con mi legado como una obligación, sino como un privilegio y como el honor que es llevar a cabo proyectos que benefician a muchos en lugar de a unos pocos.

 

Nunca lo olvides, mi querido nieto.

 

H.S.R”

Mi abuelo y sus colegas, una vez establecidos en este país, lograron recuperar los zeppelines que habían sobrevivido a la guerra y que estaban en poder del gobierno estadounidense, a cambio de algunos secretos científicos que de cualquier manera iban a conseguir prontamente. La labor de su vida, y la de mi padre, fue lograr crear un gas combustible que fuera más ligero que la atmósfera, infinitamente menos peligroso y volátil que el hidrógeno, económico de producir y fácil de almacenar y transportar. Para ello tomaron casi cuarenta años, y los vuelos de prueba, en los viejos zeppelines alemanes restaurados y readecuados una y otra vez, parecían ser exitosos. Pero no eran viables comercialmente aún, y una vez me gradué de la universidad y tomé mi puesto en la empresa familiar disfrazada de empresa estatal dediqué mis esfuerzos en crear una aeronave que pudiera ser producida en masa, a una fracción del costo de los cada vez más modernos, eficientes y efectivos aviones de pasajeros.

El estado nos subsidió conforme pudimos demostrar que el proyecto seguiría siendo viable por años. Finalmente contamos con una flotilla adecuada para iniciar una línea aérea propia, pero decidimos recuperar costos vendiéndolas a las aerolíneas ya existentes. Mi parte favorita de supervisar las aeronaves en proceso de finalización era ver cómo las pintaban. Cuando tuve la oportunidad de visitar la planta de Boeing en el estado de Washington, y la de Airbus en Tolouse, me quedaba bastante tiempo mirando cómo aplicaban las capas de pintura, cómo le iban dando forma a los diseños que tanto me gustaban; recordaba también cómo era mi parte favorita al armar los modelos a escala, convertir los trozos grisáceos de plástico en versiones en miniatura cuidadosamente detalladas de los aviones que tenía el privilegio de ver cuando visitaba los hangares en que trabajaban mi abuelo y mi padre.

Las aerolíneas en un principio nos recibían con bastante escepticismo, y los fabricantes de aeronaves comerciales trataban de minar nuestra credibilidad pensando que un competidor más no sería beneficioso para nadie. Varios países habían afrontado crisis económicas fuertes luego de la guerra del Golfo y de la caída de la Unión Soviética y el negocio aeronáutico parecía hasta ahora resurgir tímidamente. Nuestra salvación fue el precio mínimo de los dirigibles comparados con los aviones, los bajos costes de mantenimiento y combustible, y el porcentaje de ganancias que dejaría el costo proyectado de cada tiquete. Los grandes fabricantes decidieron apoyarnos cuando nos comprometimos a no desarrollar este combustible para otro tipo de aplicaciones y las petroleras dejaron de presionarnos por lo mismo. El costo de adecuación de aeropuertos para recibir estas aeronaves era mínimo (únicamente dos torres suficientemente altas con zonas de amarre y escaleras desplegables que dieran a una sala de espera de alto lujo, que incluso cualquier rascacielos con helipuerto podía reemplazar en caso que las ciudades no quisieran embarcarse en un proyecto de construcción tan sencillo) y por su naturaleza de lujo podría traer bastantes beneficios económicos.

Pero por más que lo intentáramos, nunca pudimos lograr que nuestros zeppelines desarrollaran una velocidad crucero suficiente para competir siquiera con los aviones regionales. Me enfrentaba a un problema bastante serio, hasta que tuve una idea salvadora.

Los zeppelines no tenían por qué ser rápidos, en absoluto. Parte del lujo y del confort radicaría en su lenta velocidad de crucero, que permitiría un mayor aprecio del paisaje, menores turbulencias, más escalas en los viajes largos para poder estirar las piernas, bajar al aeropuerto a tomar algo y volver a abordar. El equipo de marketing se encargó de recalcarlo y de convertirlo en la parte más positiva de la experiencia. Los precios proyectados por las aerolíneas subieron en consecuencia y los zeppelines se convirtieron en algo mucho más de lujo que la clase ejecutiva. Así que las cabinas de pasajeros se reacondicionaron de tal forma que nunca un aparato que surcara los aires cargara con tanta distinción en su decorado, elementos e interiores. Estaba seguro que ni siquiera los trasatlánticos más lujosos de la historia podían competir con mis dirigibles.

Hoy, 17 años después de que mi abuelo me entregara esa carta, nueve de septiembre de 2001, me dispongo a abordar con un selecto grupo de pasajeros el primer vuelo comercial de un zeppelin en más de 60 años. Las aerolíneas ya han recibido los suyos y han aceptado que sus vuelos inaugurales se realicen una vez el nuestro finalice en Manhattan. Porque hemos decidido que el vuelo inaugural llegue al centro financiero del mundo, y que en lugar de las 14 horas habituales que toma un vuelo Ezeiza-JFK, lleguemos a las 36 horas de haber partido, luego de cinco escalas a lo largo de América, la mañana del once. Sé que viene algo que cambiará la historia.

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Transit, transit

septiembre 12, 2011

Tantas sillas y todas incómodas. Haber pasado tanto tiempo sentado se me ha hecho insoportable; no he parado de viajar en las últimas dieciséis horas y aún así siento que me he estado más quieto de lo que debería, que no he avanzado nada, que no he podido despegarme de los asientos.

Una vez supe que saldría de Zvyozdny Godorov decidí no seguir el proceso habitual para los viajes en licencias. Usualmente me habrían llevado a la base de Chkalovsky y de allí despegaría en el Antonov AN-72 que más estuviera a mano. Después de tantas semanas de entrenamiento duro lo que menos quería era compartir tiempo en el aire con otro miembro del programa espacial o la fuerza aérea, así que logré convencer a mis superiores que me dejaran viajar solo, tal vez de incógnito, en un vuelo civil.

Me bajé del autobús del centro de entrenamiento frente a la base de Chkalovsky y me despedí de los demás miembros del programa, que irían a Sochi a pasar la quincena de descanso en un clima más vivible. Aunque la idea de tener playa y algo más cálido a mitad de noviembre era tentadora no estaba del todo convencido; aún así caminé hasta la estación de trenes de Shchyolkovo, donde tomé el elektrichka a la estación Yaroslavsky en Moscú.

En el lentísimo tren suburbano tuve bastante tiempo para pensar. El último mes y medio había estado a marcha doble gracias a un retraso en el entrenamiento y necesitaba el tiempo lejos de la Ciudadela de las estrellas. ¿Era buena idea ir a compartir más tiempo con mis compañeros de misión cerca al mar? No es que sea muy aficionado a las playas (aunque reconozco que el mar tibio de Sochi me parecía menos grave que el Caribe al que iba en mi infancia) y tal vez no sea lo que mi cuerpo cansado necesita. En Yaroslavsky podría tomar el ramal del Sibiryak a Sochi… pero una vez que llegué a la terminal moscovita ya había descartado seguir sobre rieles.

Mi celebridad como cosmonauta civil estaba casi totalmente desvanecida para entonces y en ningún momento en el recorrido del elektrichka me reconocieron, aún cuando llevaba una ushanka con la insignia de la fuerza aérea soviética y parches de ROSCOSMOS en mi chaqueta. Así de rápido se había ido la poca emoción que tuvo el país por el nuevo programa espacial. El gasto presupuestal en propaganda para poner en órbita estaciones espaciales que servirían de plataforma de lanzamiento de viajes interplanetarios, el efectismo que se buscaba con enviar civiles (y extranjeros, “reclamados” por gobierno, “rescatados” de la “decadencia de occidente”) al espacio exterior… todo había sido un gasto vano, al menos para el ciudadano común.

Caminé desde la estación de Yaroslavsky hasta la de Paveletsky. Podía haberme ido en metro pero necesitaba estirar las piernas, entumecidas por haber pasado tanto tiempo en un tren tan lento y por las últimas jornadas en el tanque de simulación de gravedad cero del centro de entrenamiento Yuri Gagarin. No había vuelto a caminar por Moscú desde los primeros días en el país, cuando recién había llegado junto a J. a recorrer el país, tocando en cuanta ciudad pudiéramos, trabajando en lo que consiguiéramos para poder seguir moviéndonos de un lugar a otro. Poco había cambiado la ciudad desde entonces, salvo unos tímidos recordatorios del estallido de la segunda revolución un par de años atrás.

Para entonces el personal de entrenamiento con el que había pasado tantísimo tiempo recientemente ya debería haber aterrizado en Sochi. Si de Paveletsky tomaba el expreso al aeropuerto de Domodedovo podría alcanzarles en unas cuatro horas. Durante la caminata entre terminales férreas pensé que tal vez el Mar Negro no sería el paisaje que quisiera tener en frente para descansar de haber pasado tantas horas sumergido en la piscina que contenía la cabina de simulación de la estación espacial. Compré un café cerca a Paveletsky y al rebuscar efectivo en los bolsillos de mi chaqueta encontré mi viejo pasaporte y mi reproductor de audio, aunque sin audífonos. Mientras llegaba al aeropuerto armé una lista de reproducción para el vuelo, como solía hacerlo en casa, como hubiera querido poder hacerlo cada vez que dejaba la tierra rumbo a mi trabajo como obrero fuera de órbita. Tenía que comprar audífonos en algún lado.

Con otro café en mano duré una hora más sentado en la zona de carga eléctrica gratis del aeropuerto. Desde allí podía ver los aviones pasar rumbo a las pistas paralelas. Tal como en casa. Revisé mi pasaporte: Aún tenía vigente la visa Schengen con la que había llegado. ¿Cómo podría volver sin que se dieran cuenta? Estaba totalmente descartado partir en un vuelo internacional, no cuando los controles aeroportuarios informarían inmediatamente a mis superiores que abandonaría el país. Si todo seguía estando como antes, podría dejar el país en un ferry o por tren con mi pasaporte viejo. No quería volver al ferrocarril, así que tendría que salir desde algún puerto. En el ataque de nostalgia en el que me encontraba empecé a tararear una vieja canción de mi banda de punk de diez años atrás: Yo nunca salí de Könisberg. Así empecé a trazar mi ruta.

Una vez el reproductor estuvo cargado me proveí de dinero, suficiente para pagar el tiquete a donde fuese en efectivo y para comprar euros para financiar el regreso a casa. Sabía que los movimientos de mi cuenta de ese día iban a despertar sospechas pero dado el lugar del retiro del dinero y el que me encontrara en permiso no les indicaría definitivamente que mi plan incluía no pasar mi quincena de descanso en la Unión. En la oficina de tiquetes de Sibir me reconocieron por primera vez. La vendedora se había hecho fan de la banda una vez nos dimos a conocer con nuestro concierto espacial y mientras verificaba disponibilidad de asientos para uno de los dos vuelos que podría abordar me mostró un artículo de Pravda sobre nosotros autografiado por J. y se ofreció a comprar unos audífonos en el Duty Free de la terminal internacional, a la que tenía acceso, para que yo no tuviera que exponerme a los agentes de migraciones. Como muestra de agradecimiento le regalé mi ushanka (no la necesitaría a donde iba y al regreso podría conseguir otra) y firmé el periódico.

Vi caer la noche a bordo del Boeing 737 verde en el que volé a Kaliningrado. En mis audífonos nuevos sonaba Autolux, después de mucho tiempo. Extraño hacer música. Una vez aterrizamos en Khrabrovo busqué una forma de ir a la salida de ferrys de Baltiysk. No conocería la ciudad, pero podría hacerlo a la vuelta.

Ahora estoy a bordo de un ferry rumbo a Copenhague. Mi viaje aún está empezando, pero mientras atravieso el Báltico siento por primera vez en el día que me estoy moviendo. Aún me esperan por lo menos dos despegues y aterrizajes antes de volver a pisar mi tierra natal. Veo caer una estrella fugaz. He visto el mismo espectáculo cientos de veces, con otra perspectiva, desde la estación espacial, pero aún me maravillo. El vacío del espacio cansa, tanto como para impulsarme a arriesgar la vida que tengo por alejarme de él tanto como me sea posible.

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Última misión

julio 23, 2011

Me están sudando las manos otra vez. De nuevo las seco con la toalla que decidí traer a mi estación de trabajo por la recurrencia del sudor. Termino de teclear las despedidas en el ordenador, las encripto para que cuando central las descifre igual ya hayan sido leídas y programo su envío. Me tiemblan las piernas.

Algunos meses atrás la emoción y la adrenalina del trabajo nuevo eran tan fuertes que dejaba pasar, restándoles importancia, aquellas cosas pequeñas que demostraban que estar allí era más una cuestión de conveniencia y no exactamente para mi. No solo hice lo que se esperaba de mí, también conseguí realizar unas cuantas acciones que no pasaron desapercibidas pero que tampoco se me reprendieron, en las que aproveché mi posición como persona conveniente para salirme con la mía y pasar de artista.

Pero mi conveniencia se esfumaba cada vez más rápidamente e inevitablemente veía cómo se me iba relegando a un papel cada vez más mínimo, cada vez más despreciable, cada vez menos gratificante. Ya me estaban demostrando que yo estaba allí de paseo, que esto no era lo mío. Que nada de lo que había hecho bajo su tutela era lo mío.

Floté torpemente al centro de entretenimiento de la Sala de Mando de la estación. Los cosmonautas que no dormían en las barracas en la otra ala de la estación estaban fuera en labores de acondicionamiento de la rampa de despegue interplanetario. Aproveché el momento de silencio para poner a todo volumen la quinta sinfonía de Dmitri Shostakovich mientras leía cómo esa obra había significado su restablecimiento ante las autoridades soviéticas.

Si tan solo yo pudiera darme ese lujo.

Pero no soy un artista, por más que lo quisiera y lo intentara, y tampoco soy un cosmonauta, por más que me hayan entrenado y me hayan puesto varias veces en órbita. Solo soy un aparato de propaganda y encima mi tiempo ya pasó.

Las lágrimas flotan.

El tercer movimiento de la sinfonía resuena quedamente en la estación espacial MIR II. Es insoportablemente melancólico y no quiero enfrentarme al falso optimismo delAllegro non troppo del cuarto movimiento, ese que el gobierno al que ahora sirvo declaró como un triunfo del realismo socialista en la música del compositor en 1937. Yo tampoco soy un triunfo del socialismo, así esa sea la forma en que me han presentado durante los últimos tres años.

Tengo que terminar con esto.

Antes de que el Largo termine me embuto como puedo en mi traje espacial, ese de las caminatas espaciales televisadas en las que no fui sino un payaso para el cada vez más escaso público. Apago la música una vez termina el movimiento y con mi casco en mano me dirijo a la escotilla de despresurización donde tantas veces repasé los libretos que me daba el gobierno.

No soporto este dolor en el pecho, no soporto estas ganas de gritar.

Conecto a medias el cable guía en el punto de contacto de la cámara de vacío y cierro apenas mi casco. No tengo ningún elemento de comunicación. El silbido del aire siendo reemplazado por el vacío me rodea y luego el silencio que mi garganta no logra romper es completo a mi alrededor. La compuerta se abre.

Nunca, nunca intenten correr en gravedad cero, no si no quieren tropezar en el segundo paso y caer y rodar sin freno hasta que el cable de seguridad llegue a su fin. Pero mi cable está mal conectado y no me detiene, y floto dando vueltas en el espacio, alejándome de la estación espacial, hasta que algún objeto me atrape en su gravedad. Veo en medio de mis giros cómo se enciende, cada vez más lejos, la luz de emergencias en el centro de mando en el que estaba apenas hace unos minutos. Trato de gritar pero mi garganta se empeña en impedirlo, entonces me llevo las manos a la cabeza y zafo mi casco. Mientras pierdo la conciencia grito con todas mis fuerzas, pero en el vacío no hay más que silencio.

Adios.