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Viernes en la tarde

febrero 15, 2011

Ella extiende un papel sobre la mesa. Él la mira extrañado.  “Fírmalo. Dice que no me harás responsable por nada y que todo esto pasa bajo tu voluntad”. “…Pero…”. “Me gano la vida en esto. Y no te voy a cobrar pero tienes que firmarlo”.

Horas atrás estaban sentados en una cafetería de la universidad, cerca a la vieja facultad de odontología. Ante las incrédulas miradas de las pocas personas que ponían cuidado a su conversación, ella aseguraba que haría todo lo que él, cada vez más y más emocionado, pedía tímidamente. Ella se sentía muy atraída hacia él, quien se portaba como un niño en su presencia. Pero aún conservaba algo de misterioso: no revelaba completamente atracción hacia ella, lo que le hacía desearlo más.

Quince minutos después pasaron al salón de juegos. Él se sentó en un sofá tapizado en terciopelo gastado mientras ella le vendaba los ojos. “No tardo”. Ella pasó detrás de un biombo, donde cambió su atuendo. Él, a tientas, puso su pequeño maletín en el suelo junto al sillón, despacio, sin hacer ruido.

“Párate. Sigue mi voz”. Despacio, se acercó a ella. Se abrazaron y él acercó sus labios a donde creía estaban los de ella, lentamente. Sentía su aliento cada vez más cerca. La textura áspera y fría del cuero en sus labios le detuvo. “Aún no”. Le guió unos pasos más y le desnudó lentamente, sin quitarle la venda de los ojos, y le acostó en una mesa lisa. De nuevo él sentía su aliento acercándose, mientras ella, juguetonamente, ponía lazos alrededor de sus muñecas. Levantó un poco la cabeza en dirección al calor corporal que le empezaba a enloquecer, y en ese instante recibió una bofetada. Ella le retiró la venda de los ojos y volvió a abofetearle.

“¡Dí que me deseas, basura!”. Ligeramente atolondrado por los golpes, le tomó un par de segundos más enfocarla y hallarle sentido a su indumentaria: un corsé, unas botas hasta la rodilla con unos tacones ridículamente altos y delgados y unos guantes de cuero y látex hasta los bíceps. “Te deseo… ¡te deseo!”. Una nueva bofetada. “Demuestra algo de respeto”. “Te deseo, señora…”. Ella se subió a la mesa y posó su pie sobre la boca de él. “Demuéstralo, imbécil”.

Empezaba a sentirse mareado. El traje de látex que ella le había puesto cortaba algo su circulación, y los distintos golpes y bofetones empezaban a pasar factura: empezaba a sentir escozor en los muslos que habían soportado varios correazos y sentía en las costillas los efectos de las pocas patadas que había recibido después de negarse a besar sus pies por tercera vez.

Luego le puso una máscara. Ahora estaba a oscuras, aislado del sonido exterior y sin poder abrir la boca. Sintió cómo le retiraban las amarras de tobillos y muñecas, cómo le ponían en pie y lo guiaban. Fue puesto frente a una pared, donde recibió una serie de golpes, casi como aguijones, en la espalda. Cayó al suelo, pero no podía gritar. Ella le puso en pie bruscamente y gritó una nueva orden, pero la máscara impedía que fuera inteligible. De nuevo colocó amarras en sus muñecas.

Pasaron dos o tres minutos. Ella empezó a quitarle el traje de látex con un cuchillo, lentamente, apoyando ocasionalmente la fría hoja en su piel. La tensión era insoportable pero el placer que él sentía era indescriptible. Siempre había querido saber cómo se sentía ser torturado, ser usado como un juguete, y la excitación que le producía era insuperable. Le extrañaba que esto no fuera la norma. Finalmente ella cortó las amarras de sus muñecas y él cayó pesadamente al suelo, cansado y desnudo. Se quitó la máscara. “Ven aquí, gusano”.

Ella estaba sentada en el sillón. Él se arrastró a sus pies, mientras ella se quitaba los guantes y el corsé. Él se atenazó a sus piernas, cubriendo de besos sus botas. Se puso boca arriba, aún besando sus tacones. Ella notó su erección y le detuvo. “Irrespetuoso. Travieso”. Se agachó junto a sus caderas. “No aprendes”. Separó sus muslos. El la vio acercarse. Un segundo después todo se puso en blanco y el dolor le aturdía: ella había pisado uno de sus testículos con su tacón.

“Descansa, ya hemos terminado”. Él estaba feliz. Le tomó un rato largo recomponerse y tomar las suficientes energías para ponerse en pie. Cuando finalmente lo pudo hacer, ella le abrazó y besó su frente con ternura. Estaban desnudos, de pie uno frente al otro, y él empezó a acariciar sus hombros con ambas manos, subiendo lentamente al cuello, una y otra vez. Ella cerró los ojos. “Ahora es”, pensó él, y apretó su cuello hasta que ella se desmayó. La arrastró a la mesa donde le había amarrado en un principio, amarró sus muñecas y tobillos y fue por su maleta.

Cuando finalmente despertó, él tenía un cincel en la mano izquierda y un martillo en la derecha. “Tu sí sabes hacer doler. Yo también. Hoy me enseñaste cómo se siente. Antes, todas gritaban horrorizadas cuando yo se lo hacía. Espero que tu no lo hagas, porque tu sabes de hacer sufrir a los demás”. Aún así, ella gritó cuando él enterró el cincel en  su clavícula derecha con un martillazo seco.