Archive for the ‘Borradores’ Category

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Aeropuerto

enero 9, 2014

Me gusta la lluvia que cae sobre Bogotá a esta hora. El cielo gris, la niebla sobre las montañas a lo lejos, al oriente, el asfalto mojado sobre la veintiséis. Reviso el SMS, miro la hora y confirmo en la web del aeropuerto y en el rastreador de vuelos que voy a tiempo.

Parqueo y camino hasta salidas nacionales mordisqueando una chocolatina, apenas para preparar el paladar para los brownies que seguramente vienen en camino. “Salgo para allá en el vuelo xxxx a las xx:xx. ¿Me recogés, porfa?”. Y nada más en el SMS. Reviso la pantalla de llegadas nacionales. Tengo tiempo para ir por un café. Me pongo los audífonos, busco en el celular One Hundred Years de The Cure y hago caso al consejo. It doesn’t matter if we all die. Todosvamosamorir.

Seis minutos, cuarenta segundos, tres sorbos al vaso de papel vino tinto. Apago la música, realmente sigue sin pasar nada nuevo. Regreso a la zona de los vuelos nacionales y en el camino veo el edificio de la vieja terminal; la cantidad de anécdotas asociadas a ese lugar hace bastante peculiar su demolición, seguro que muchos pagarían por bailar sobre sus ruinas. Se siente el peso de las dañadas de veinticuatro que pasaron por sus puertas, como un amigo que dejó a su entonces novia para unas vacaciones y cuando fue a verla se chocó con la noticia de que el tal Marcos que la había recibido en su destino le había hecho el daño. O el amigo de él, que atravesando su zona de migraciones a las 3:45 a.m. recibió un baldado de agua fría: su novia le ponía cuernos con un tal Mateo. O de otro tipo que pasó a sus salas de espera para un viaje de estudios y a su primer regreso encontró a la mujer que amaba embarazada de un metalero llamado Lucas.

Y yo acá, dizque esperando un avión proveniente de la otra cordillera y que carga a la que salió con un chorro de babas y un interés repentino por el otro evangelista…

Bajo a llegadas nacionales. Se acaba el café y van saliendo personas del vuelo que espero. Entonces caigo en cuenta: no entiendo nada. Estoy aquí porque me pidieron el favor y, a quién engaño, está en mi naturaleza ayudar. Pero, ¿tengo un motivo más profundo? Siento que ya ha pasado mucho, no hablo con ella desde julio. Y sí, quiero verla, pero no sé por qué. No-en-tien-do. Igual. Anochece. Igual anochece.

Me abraza como en esa madrugada de abril y no ofrezco resistencia. Noto que no tiene equipaje. Mientras caminamos al auto nos decimos cosas sin importancia. Pienso: El Evangelista está al otro lado del océano, en una romántica capital centroeuropea y el que recibe la visita soy yo. ¿Me irán a dañar el 24 a mí? ¿Vamos a romper el patrón?

Le pregunto dónde va a quedarse. No responde. Luego le pregunto si va a algún lado en particular y me dice que vayamos a donde yo quiera, que siempre hemos hecho sus planes “y a esto nos ha traído”. De nuevo no entiendo pero prefiero no preguntar más. ¿Pero y entonces? Me dice que se regresa mañana en el primer vuelo a su cordillera.

Hago un par de llamadas antes de arrancar y luego enfilo por la Boyacá al norte. Solo hasta el Carulla de Colina me siento a salvo para parar, comer algo y empezar con las preguntas que me han surgido – aparte del constante “¿qué putas?” que se ha repetido como un loop desde que sonó mi celular. Vuelvo a llamar y pregunto qué llevo y si en verdad no hay problema con que vayamos -con que ella vaya después de todo lo que (no) pasó. Problema no hay, pero mala idea no deja de ser, me dicen. Concuerdo. Vino para la dueña de casa, un par de cervezas para sobrellevarla y algo de mecato. A oriente salimos con las provisiones.

Han pasado un par de horas. Aún no pregunto nada, pero nuestros anfitriones la han bombardeado con preguntas que igual no logran rellenar los vacíos de información que tengo: finalmente, las preguntas que ellos le hacen no son las que tengo aunque cada vez me van acercando más a las que realmente quiero (necesito) hacer. Le doy un sorbo largo a la botella de Duvel, la pongo nunto al sofá, miro el reloj bonito de la sala, espero a la próxima pausa de más de cinco segundos, me pongo de pie, yomo su hombro para indicarle que me siga, abro la puerta y salimos al antejardín. Ya fue.

-Bueno, ¿me vas a explicar qué pasa aquí de una buena vez?

Ella mira al piso y hace su ya clásico puchero (marca registrada). Titubea.

-Perdonáme, perdonáme, perdonáme por todo…- Veo que quiere abrazarme y no hago nada. Me besa y no ofrezco resistencia. Variad veces. Si así va a pasar el resto de su visita no me quejo. Calculo que ya ha pasado más de la mitad del tiempo que ella va a pasar aquí y me pregunto si es una estrategia brillante venir por poco tiempo -el menor posible, de hecho- a pedir cacao o si es un plan descabellado y ella es menos calculadora de lo que creí. Pasa u rato largo hasta que ella siente suficiente frío para querer volver bajo techo y no ha parado de besarme. Antes de cruzar el umbral me pide que la lleve a mi casa.

Y con eso me hace sentir por primera vez en esta jornada que no tengo el control de la situación. ¿Me lo sacó a besos? ¿Me irá a embaucar con su tono de voz de “ordenes implacables impartidas con dulzura”? Al entrar de nuevo caigo en cuenta cuánto falta para que ella pase la puerta de Salidas Nacionales y pienso en qué hacer. Le calculo media hora para eliminar la media cerveza que bebí para poder volver a manejar. Veamos.

Unas horas más tarde. Amanece a nuestras espaldas pero no se nota tanto por lo empañados que están los vidrios del auto. Bajo un poco mi ventana y empieza a aparecer abajo la ciudad apenas coloreada con la iluminación tímida del recién salido sol de las seis. Allá al fondo se ve la meta, tendré que atravesar Usaquén, bajar toda la Pepe Sierra, tomar la Boyacá al sur y Dorado al oeste en 20 minutos. Breve. Ella duerme en el asiento del pasajero, cubierta con la cobija que ni en mis más locos sueños presupuesté que iba a usar para esto. La miro por dos minutos y no entiendo las últimas horas. No me la creo. La despierto con un beso en la nariz. Ella se acomoda la ropa y pongo marcha. De La Aguadora a Eldorado.

El camino transcurre en silencio. Siento que ella me mira. Empiezo a preguntarme quién de los dos obtuvo lo que quería. Parqueo. Ella me toma de la mano mientras la acompaño al aparato de Self Check-in. Cuento mentalmente los segundos para evitar hablar. Miro el reloj, miro la pantalla de información de vuelos. Cuando voy en 346 llegamos a la puerta donde habremos de separarnos y aún no me ha soltado. Como en tantos momentos cliché. Y justo en este aeropuerto nuevo y bonito, maldita sea.

This is it.

Llegó la hora.

Ella toma aire.

-Te a…

La interrumpo con un beso.

Y unos minutos más tarde, ya en el auto, sé que no la veré de nuevo.

porque así lo quiero.

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анода

abril 18, 2013

El silencio hiere mis oídos. Pocas veces he tenido que enfrentarme a él. Es mi aliado, no mi enemigo. Mi capacidad de estar en silencio -mejor, de hacer el menor ruido posible, de enmascarar mis pasos con los sonidos del ambiente- es esencial en mi negocio y es lo que me ha mantenido con vida. Pero ahora que me encuentro inmerso en él siento una pequeña punzada en los oídos, un escalofrío que me recorre y una sensación de desasosiego. Es como estar en el vacío.

No me muevo. Cada paso que doy en esta bodega vacía retumba como si yo fuera un gigante, aún el más mínimo movimiento lleva consigo una violencia sonora que jamás había percibido. Debe ser porque llevo aquí más de dos días -no tengo sol para tratar de adivinarlo, no tengo reloj para comprobarlo- y el silencio me ha ido engullendo lentamente, sensibilizándome cada vez más al sonido. Solo me queda recorrer el espacio con los ojos y tratar de pensar cómo demonios salir de aquí.

Porque lo que me trajo aquí fue bastante estúpido. Convertí un Bogotá-Ezeiza con escala en Lima común y corriente en un doble trayecto con tiempo extra en Lima solo por seguir una pista medianamente coherente. Mauro llegó  con una carpeta de perfiles de quién podría servir de enlace con los moscovitas y por una coincidencia -el viaje a Cusco con su esposa- insistía en señalar a “Alvarito”. Conocía al desgraciado: más viejo de lo que parecía, más joven de lo que debería; ridículamente calvo, de esa calvicie que por alguna extraña razón denota consumo desmesurado de coca o anfetas; siempre rodeado de extranjeras en busca del lado exótico de la América amazónica; malas amistades, peores conexiones de negocios. Si algo olía mal en los alrededores del Apurímac él estaba metido y probablemente con ambos pies. Un acto que repetía casi mecánicamente: servía de guía a mochileras por la selva, y a un par de días de camino inevitablemente iba a ofrecerles ayahuasca. La que no regresaba a su universidad estatal del midwest con una venérea era un caso de estudio interesante para los médicos. Algunos locales lo llamaban “el terror del yagé” (aunque otros no eran tan diplomáticos y cambiaban “terror” por “violador” o “pichula loca”). Cuando sus víctimas se daban cuenta de lo que había sucedido ya estaban en otro país y quien se atrevía a volver lo único que conseguía era más millas de viajero frecuente. El bastardo tenía protección en altas esferas.

Al salir del Jorge Chavez me crucé con Pedro, quien iba rumbo a Iquitos. No lo veía desde enero. Aun así me ofreció su apartamento en Miraflores; no lo pensé dos veces, desde allí podría organizar un poco mejor la búsqueda de este sujeto ya que el informe de Mauro reducía su campo de acción a los hostales cercanos al malecón Cisneros. Lugar perfecto para cazar mochileras, al parecer. Dormí una siesta corta hasta mediodía (volar antes de las 8 de la mañana para mí siempre significaba no dormir la noche anterior, no tenía sentido dormir a la 1 y despertar a las 2 para estar en el aeropuerto a las 3). Encontré un café cerca a la iglesia de la Asunción y no tuve que esperar mucho para ver al alopécico miserable. El periódico que simulaba leer anunciaba la oleada de turistas de spring break y ahí tenía a quien buscaba, parloteando en un inglés afectado -ese inglés de colegio bilingüe de Bogotá, que por más que hubiera vivido media vida en lugares angloparlantes siempre tenía un acento de “estoy hablando una lengua extranjera”- y enfundado en un saco de lana con motivos incas, aún en este calor. Un ejemplo casi enciclopédico de un brichero, y encima bogotano. Y pensar que tendría que seguir su apestoso rastro para confirmar si tenía algo que ver con los moscovitas.

Apuré el vaso de Inca Kola que tenía en frente. Me aseguré de camuflarme en el café y solo con oírlo me aseguraba de que no se fuera.  Del afectado inglés del zopenco y del acento de Michigan de su acompañante deduje que aún ella iba a permanecer dos o tres días en Lima y que ya tenía planes para esta noche; con suerte podría tomar el vuelo de las 9 a Ezeiza de confirmar que en algo estaba implicado. Una vez salieron les seguí, pero todo el resto del día fue una repetición de la escena del café en la que variaba la mochilera que se sentaba a su mesa. Al día siguiente tampoco hubo mucha suerte y cuando ya me estaba resignando a pasar hasta cinco días lejos de casa por fin cambió la rutina. Recordé cómo mi gato me asustaba maullando en mi oído sin que yo hubiera notado que había llegado a mi lado y caminé de la misma forma sutil. Me convertí en su sombra a tal punto que pude subirme al mismo autobús que él sin que se diera cuenta de que estaba al acecho.

Durante el trayecto pensaba en qué me había traído aquí y cómo este sujeto tenía tanto que ver. Poco después de salir de la policía, en mi época de universitario, había conocido a Emilia del Garzo. Solía verla cada vez que viajaba a Bogotá -y era frecuente dado que había conseguido una forma de ahorrar para ir por tierra por lo menos cada cuatro meses- y me mantenía en contacto a diario con ella por internet. En uno de mis regresos salimos a una porno-rockola del centro un sábado en la noche; ella tenía que regresar a casa en transmilenio y cuando íbamos a salir hacia la estación de Museo del Oro estalló una pelea dentro del lugar. Un sujeto bajito y de gafas (que cuando habíamos llegado discutía con otro cliente del lugar llamándolo “homofóbico” por usar la palabra “maricadas” para refererse a algo baladí) y sus amigos con pinta de estudiantes de humanidades peleaban con unos metaleros mientras una rubia sin gracia y una pelinegra con cara de ser la personificación del mal en la tierra les daban bomba, casi que delatando que eran ellas las causantes de la pelea. Una botella cayó a los pies de Emilia. Algún gracioso puso en la rockola el Penetreitor del Grupo Marrano. Dos metaleros se acercaban al sujeto rutaco con barba, que caminaba hacia mi sin verme. Una vez estuvo al alcance de mi mano, lo empujé diagonalmente y los metaleros se abalanzaron sobre él. Con la otra mano tomé a Emilia y corrí a través del espacio que había quedado libre hacia la salida. Los otros sujetos peleaban en medio de la carrera 4 y bloqueaban el paso hacia la Jiménez, y en la calle al sur del lugar se apostaba una patrulla del CAI cercano. Solo quedaba correr hacia el sur y en la calle 14 logré parar un taxi al que nos subimos.

En el taxi ella me besó varias veces. Durante el resto de mi estadía en la ciudad decidimos tener la relación estable y cerrada, aún a pesar de la distancia. Mis ires y venires entre Bogotá y Buenos Aires se hicieron más frecuentes. En ese entonces empezaba a dudar de la utilidad de mis estudios y luego sobrevino el caos: cuando estaba planeando hacer un semestre de intercambio en Bogotá para preparar una propuesta de matrimonio, descubrí accidentalmente que alguien coqueteaba con ella cuando recibió un sms; su SIM estaba en mi teléfono y cuando llegó lo revisé mecánicamente. Traté de pasarlo por alto y no le dije nada, pero dos semanas después ella me avisaba que la relación terminaba porque veía que tenía futuro con alguien más. En la espiral descendiente que siguió -en la que evité a toda costa volver a beber para evitar una recaída, en la que me refugié con las pocas personas que podía confiar en la ciudad- tomé la decisión de abandonar los estudios y meterme en un trabajo mecánico que me evitara usar el cerebro. Dos meses después de trabajar en un call center se me dio la oportunidad de volver a vincularme con el cuerpo policíaco: el sargento Otálvaro me ofreció un trabajo “no oficial” haciendo pesquisas y seguimientos, rastreos varios. Mi tío Max me cedió el apartamento en Chapinero y allí empecé a montar una serie de contactos a la vez que recuperaba los instintos detectivescos que me habían llevado originalmente a la Policía. En un seguimiento a unos miembros de una ONG que aparentemente tenía a alguien dentro vendiendo información clasificada me crucé con un viejo conocido, Álvaro Arciniegas, “estudiante” de diseño de la llamada cafetería-con-universidad y que había visto en alguna fiesta de los amigos de Emilia; al ver que él abandonaba la reunión con sujetos sospechosos en el auto de Emilia tuve un ataque de pánico. Estos meses evadiendo el pensar en ella me empezaban a pesar. Lo seguí, y cuando terminó llegando al viejo hogar de los del Garzo perdí el aire. No podía creer que el futuro que ella quería tenía que ir de la mano con este imbécil incapaz de tener una opinión propia -cada fiesta en la que nos cruzábamos con él resultaba imitándome cada vez más y cada vez más mediocremente- y adicto a las anfetas.

Y ahora el tarado era sospechoso de estar trabajando con espías. Rusos. No los mismos criminalcetes con los que lo había visto reunirse en esa fatídica noche en que decidí empacar de nuevo y regresar a Buenos Aires, no: gentes con un prontuario más largo que el Gilgamesh, con conexiones escalofriantes y pasados más turbios que el fuselaje de cualquier avión de Aerosucre. Y yo, siguiéndolo  en absoluto silencio, sin siquiera poder usar mi reproductor de audio para hacer más llevadero este viaje en autobús por una ciudad que apenas conocía, sin siquiera saber cuánto más iba a estar camuflado en un autobús que se desocupaba progresivamente. En la Avenida Isabel la Católica, Alvarito se acomodó su apestoso saco de lana, con intención de bajarse. Al llegar al estadio de Alianza Lima timbró y bastante me costó bajarme en la misma parada que él sin que lo notara. Me mantuve a una distancia prudencial para seguirlo por las calles de La Victoria. “La Rica Vicky”, como la había llamado Pedro cuando me había recomendado un huarique frente al estadio. “Un lugar ideal para buscar algo que no huele bien”, me había informado Mauro antes de venir. Y conforme me iba adentrando en el barrio iba entendiendo más a lo que se referían.

Algunas cuadras más adelante el cliché ambulante entró a una cevichería sucia y oscura cuyo letrero bien podría decir “Aquí se reúnen maleantes”. Me quedé unos minutos fuera, esperando a ver si alguien con aspecto eslavo entraba y luego ingresé a buscar al zoquete. Vi cómo le entregaban un sobre de manila a cambio del cual él sacaba un fajo de billetes de su bolsillo. Salí a esperar a que saliera para seguirlo nuevamente (aunque la calle me hacía temer que algún pillastre quisiera robarme y tuviera que darle unos cuantos porrazos, echando el secreto al traste). No mucho después salió y regresó a Isabel la Católica. Nuevamente subí al mismo autobus que él tomaba, con todo el sigilo posible, y unos minutos después estaba dejándolo fuera de combate en una calle vacía. Tomé el sobre de manila, revisé los documentos que tenía y me alejé unas cinco calles antes de tomar un taxi que me llevara de vuelta a Miraflores.

En casa de Pedro, con una lata de cerveza en una mano y el mouse de mi computador en la otra pasé un buen rato escaneando los archivos. Algunas de las ventajas de tener un amigo con trabajo empresarial que te de posada: siempre habrá una cerveza con tu nombre en la nevera y siempre habrá un escáner funcionando; siempre habrá una conexión a internet rápida y estable y siempre tendrás dónde sentarte con toda tranquilidad. Envié  los documentos a Mauro y a Tatiana, a ambos les pedí que se pusieran de acuerdo y le llevaran una copia a Otálvaro a ver qué podía hacer él mientras yo regresaba. Apagué el computador y reí un poco: dejando a Arciniegas fuera de combate también había arruinado su cita de esta noche, y si le había dado lo suficientemente duro, de mañana.

A la mañana siguiente volví al café de siempre y mientras desayunaba decidí tomar el vuelo de la noche a Ezeiza y quedarme a tratar de conocer mejor la ciudad por si tenía que volver, cosa que nunca se debe dar por descartada en este negocio. Como había volado sin equipaje (regresaría por él una vez tuviera más datos, tendría que abusar del computador de la señorita M mientras tanto),  pensé en una forma alternativa de llegar a casa y 20 horas y 1912 millas después estaba tomando un colectivo a la estación de tren de Ezeiza, donde me subí a un tren rumbo a Constitución. Pero qué mala idea. Amanecía y el vagón en el que iba se llenó por completo en Temperley. En Remedios de Escalada me sentí observado. En Gerli cinco sujetos me rodearon y me golpearon; una vez el tren se detuvo me bajaron y me echaron en el maletero de un Toyota Tercel del 94. Media hora después, con el auto andando a alta velocidad, volví a ver la luz del sol por unos pocos segundos antes de que me pusieran un forro de licuadora en la cabeza. Me arrastraron medio minuto, oí un portazo y sentí un dolor increíble en la boca del estómago. Perdí el aire, me desataron las manos sin quitarme el cobertor de la cabeza, oí otro portazo y varios minutos después seguía sin poder moverme en la oscuridad.

Y aquí estoy, tanteando a ciegas en este silencio absoluto en el que me pitan los tímpanos, buscando una forma de salir para evitar pensar en qué parte de la zona sur del Conurbano bonaerense podré estar encerrado. Zanjé el monólogo interno respondiéndome “cualquier lugar entre Avellaneda y La Plata” y seguí en mi búsqueda. No lograba ubicar por dónde me habían entrado. Dí la vuelta al lugar varias veces, calculando las dimensiones del sitio contando los pasos entre esquina y esquina. Finalmente, cansado, con hambre, con los restos de mi paciencia agotándose y sin querer pensar qué me deparaba el destino de seguir allí me senté contra un muro.

El metal frío contra mi espalda me sobresaltó. Por un golpe de suerte había encontrado una portezuela que ni por error habría encontrado tanteando los muros buscando una entrada normal. Como había sido llevado a esa bodega arrastrado tampoco tenía forma de darme cuenta que mi acceso había sido por una pequeña entrada a ras de suelo, a la altura de mis rodillas. Empecé a golpearla con los nudillos, tímidamente, de forma muy queda, a ver si alguien reaccionaba del otro lado. Nada. Fui aumentando el volumen de mis golpes (y mis tímpanos ya cansados de la nada me lo agradecían) hasta que la portezuela cedió sin que nadie reaccionara. Esperé tres minutos más por una reacción de fuera. Finalmente pasé saliva y me arrastré lentamente hacia la libertad.

Sigilosamente asomé la cabezota hacia la parte alta del edificio pero no tenía ninguna ventana. Miré al otro lado de la calle buscando alguna reacción en una ventana cercana. Nada. El Tercel verde en el que me habían traído estaba estacionado cerca, pero vacío. Memoricé la placa (“patente”, en estos lados) y me alejé un par de cuadras antes de buscar el familiar ruido de una avenida transitada. Intenté ubicarme con las estrellas pero era inútil en esta área metropolitana tan luminosa; apenas pude distinguir el movimiento de la Estación Espacial rusa que pasaba sobre nuestras cabezas. Cuando hube encontrado más tránsito humano caí en cuenta que estaba en el Camino General Belgrano, así que corrí hasta que encontré una parada del 33, que tomé hasta Ciudad Universitaria. Me acomodé lo más oculto posible en el bus medio vacío, en la esquina trasera, lejos de las puertas, cubierto por la publicidad de las ventanas, y desde donde podía ver lo que pasara a mi alrededor. En el camino el autobús fue llenándose de estudiantes y a mi derecha  intuía asomarse el sol sobre el río. Cuando el autobús se detuvo me camuflé entre los estudiantes (aún pensaba que me seguían) y busqué un 107 que me llevara a casa. Me bajé en Monroe y Balbín y caminé las tres cuadras que me separaban de casa. Una ducha me esperaba y casi a las 8 am desayuné como si no hubiera visto comida en un par de semanas. Estaba casi intacto. “Calvo hijueputa, voy por ti”, pensé.

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Búmeran

mayo 23, 2011

Atto primo

Interior, madrugada. José Joaquín está durmiendo profundamente, mientras afuera cae un aguacero torrencial. En este momento es cuando empezaría a sonar el preludio, dramático y sombrío para acompañar el clima de fuera, pero José Joaquín no tiene una orquesta en su casa. Suena en cambio el repique del timbre de la puerta, insistente y desesperado, hasta que José Joaquín despierta y se arrastra a la puerta principal de su apartamento.

– Julia, Julia, Julia –, canturrea él al verla frente a sí.

Julia lleva el pelo sobre la cara, aplastado por la lluvia al igual que su ropa monocromática y a José Joaquín le toma medio minuto más para darse cuenta que sus ojos parecen competir con las nubes de afuera, de tal manera está llorando. Sigue allí, callada sobre el  tapete del corredor, con la cabeza gacha y estremeciéndose constantemente por el frío y el llanto.

–¡Carajo! Sigue, por favor.

Ella le sigue en silencio hasta la cocina, donde él la abraza y acaricia su pelo. “Dame dos segundos”, le dice, y se dirige a su cuarto, donde rápidamente saca un pantalón de pijama cálido, un saco de sudadera y unas babuchas que él tiene pero nunca usa. Arregla un poco su cama y las pone ahí, toma una toalla y se la lleva a la cocina.

– Sécate un poquito, y ve al cuarto, para que te pongas algo seco. Ahí te dejé sobre la cama. Mientras, te voy a hacer algo caliente.

– Gracias.

José Joaquín llenó dos pocillos de agua, los metió en el microondas y, cuando estuvieron calientes, les puso un sobre de té hindú a cada uno. Dos cucharadas de azúcar y un poquito de leche para el suyo, nada más para el de ella. Colocó los pocillos y un plato con galletas alemanas en una bandeja y se dirigió a su cuarto, calculando que Julia ya habría terminado de cambiarse. Ella estaba sentada en el borde de la cama y sonrió al verle entrar con la bandeja. “Te acordaste de cómo me tomo el té”.

Veinte minutos después ella dormitaba a su derecha. José Joaquín prendió el televisor, bajó el volumen al mínimo audible y sintonizó la carrera de Fórmula 1. Julia le abrazó y puso su cabeza sobre el pecho de José Joaquín. Él acariciaba su cabeza, lentamente. La carrera se puso aburrida. José Joaquín se acomodó y abrazó a Julia. Ella le acercó a su cuello. Así estuvieron, sin cruzar palabra, hasta que ella pidió que almorzaran.

Caía la noche. Él la consentía ocasionalmente mientras veían una película y ella usaba constantemente su Blackberry. Julia se paró de la cama y fue a la cocina. “Mi ropa ya debe estar seca”. Regresó unos minutos después, ya vestida. “¿Me acompañas al bus?”. José Joaquín se vistió tan rápido como pudo y salieron a la calle. El bus que ella tomó le dejaba lejos de su casa.

José Joaquín regresó a su casa y se bañó, visiblemente aburrido. “Domingo de mierda”.

Atto secondo

En su ronda de revisar facebook en la mañana, José Joaquín lee un status de Julia que interpreta como una muestra más de que lo que le llevó esa madrugada de domingo, bañada en lágrimas, a su casa. Es martes, y en su oficina aprovecha el bajo flujo de trabajo para escribirle un correo de ánimo; durante el día también le manda un par de sms con buena onda. No recibe respuesta alguna. En la noche el status de facebook de Julia sigue en la misma tónica de la mañana. Finalmente, la llama y la invita a tomar un café cerca a su oficina el jueves o el viernes en la tarde. “Yo te aviso”.

El aviso llegó hasta un mes después.

Después de un café de tarde convertido en cena rápida cortesía de la lluvia, Julia y José Joaquín están en el cuarto de él, viendo un dvd de episodios de El Auto Fantástico. Luego de tres episodios en silencio, Julia pasa un rato escribiendo en su Blackberry. Cuando lo guarda, se acerca a José Joaquín. “¿Puedo quedarme hoy?”. Él accede. Se abrazan, y luego de un rato de inmovilidad en esa posición, ella acerca su rostro a los labios de él, repetidamente, acercando sus bocas cada vez más pero evitando cuidadosamente un beso más firme. Él se suelta una hora después.

José Joaquín despierta al sentir caricias en su abdomen. Está de espaldas a Julia, quien le abraza y le acaricia. Él gira hacia ella, ella acerca la cabeza de él hacia su cuello y lo abraza, apretándolo contra su piel. José Joaquín duda y se queda inmóvil un segundo, hasta que Julia acaricia sus orejas, entonces empieza a besar su cuello. Julia vuelve a dirigir la cabeza de José Joaquín hacia abajo cada vez que él empieza a subir con sus besos hacia la cara de ella.

Hasta ese momento y desde que se encontraron no han dicho más aparte de los saludos cuando se encontraron, cuando decidieron qué cenar y cuando ella le pidió posada. Suena el aviso de mensajería en el blackberry de Julia y ella suelta a José Joaquín para atender su teléfono. Él la abraza y besa su nuca, pero ella no se inmuta en el resto de la noche, que él pasa en vela.

Ya en la mañana, después de un desayuno pequeño (de nuevo té, esta vez con tostadas con mantequilla), nuevamente ella le pide que le acompañe a tomar el bus y nuevamente toma uno que le deja lejos de casa, el mismo de semanas atrás. Al despedirse, Julia besa la frente de él y le susurra “te quiero” al oído. José Joaquín, nuevamente molesto, empieza a pensar cómo enfrentar el gris sábado que empieza.

Atto terzo

José Joaquín está en una discoteca de la Zona rosa. Es una fiesta de integración, para dar la bienvenida a los nuevos practicantes del área comercial y recursos humanos de su empresa. Es víspera de viernes festivo, por lo que el lugar está inusualmente lleno. No hay más eventos corporativos pero la clientela es nutrida. Son casi las diez de la noche y, después de bailar una tanda de merengue con una de las coordinadoras de su área, José Joaquín sale al balconcito de la discoteca a fumar, acompañado de Luisa, la estudiante de ingeniería industrial que hará la práctica bajo su tutela, y de Enrique, su vecino de cubículo y mejor amigo.

Enrique y José Joaquín pasan el tiempo del cigarrillo contando a Luisa anécdotas sobre la oficina y sus jefes y compañeros de trabajo, debidamente condimentadas y exageradas para entretener y asustar a la practicante, a quien han decidido convertir en su “protegida”, por lo menos este semestre, ya que les ha caído bien y de alguna manera sienten que podría continuar en la empresa después de graduarse. Camino al balcón han pedido unos Jell-o-shots que toman para apuntalar el sabor del tabaco. José Joaquín se siente un poco embotado y decide quedarse un rato más en el balcón para tomar algo de aire y para dar un poco de espacio a Enrique, ya que se ha dado cuenta que su amigo empieza a mostrar más abiertamente una atracción hacia Luisa.

“¡Hola!”. Julia se ha puesto frente a él, sin que lo notara (gracias al efecto del vodka) y ahora le abraza. “¿Qué haces aquí?”, pregunta él, sin lograr aún digerir que ella esté allí, frente a él, como si nada, a sabiendas que ella nunca iría a un sitio así. “De paso”, responde, “de hecho te vi hace un rato pero hasta ahora que te veo solo te puedo saludar”. La conversación sigue en trivialidades y formalismos, y José Joaquín decide que necesita algo más de alcohol para soportar la charada. “Voy por algo de beber. ¿Quieres que te traiga algo?”, pregunta con la cortesía desmesurada que le caracteriza. “Lo mismo que te estés tomando”.

Él decide tomar el camino más largo entre el balcón y la barra. Arrastra los pies, como un condenado, mientras se debate entre pedir dos jell-o-shots más y tratar de hablar con Julia (tarea difícil, en ocho años que la conoce muy pocas veces ha podido pasar del small talk con ella, aún habiendo estado en una relación), dejarla en el balcón y dedicarse a evadirla el resto de la noche o poner pies en polvorosa y huir de ahí. Con los dos tragos en la mano, caminando sin rumbo mientras se decide, se encuentra con Enrique, quien espera a Luisa cerca del baño. “¿Qué pasa, huevón? ¿Qué se hizo? ¿Y esa cara?”. “Julia. Ahí, en el balcón”. Enrique toma una de las copas de la mano de José Joaquín, y le hace señal de que brinden. Chocan las copitas de plástico y tragan las gelatinas alicoradas tan rápido como la densidad del cóctel lo permite.

Enrique le toma de los hombros. “¡Despieeerta, José Joaquín! ¿Que vas a perder el año así nomás?”, le dice, con un acento levemente costeño, mientras le sacude un poco. “Ahí está la pendeja esa, con Martínez, el mechudo de Sistemas. Quién sabe qué le ven a ese huevón, que las trama a punta de palabras dizque bonitas”. Luisa ha salido del baño y se les une. “¿Qué pasó?”, pregunta al ver la cara de consternación de José Joaquín y al sentir la molestia patente de Enrique, quien le apunta con la cabeza hacia el rincón donde Julia y Martínez se besan. “Ese imbécil se coló esta mañana en el baño de mujeres del sexto piso con una cámara”. José Joaquín mira a Luisa. “¿Puedes poner una queja el lunes?”. Luego, dirigiéndose a Enrique, añade “no, no voy a perder el año así nomás”. “¿Qué va a hacer?”, pregunta Enrique. “Pues dudo que el cabrón pueda sostener sus palabras bonitas si lo despiden de una empresa por fisgón, y quién sabe, hasta puede terminar en la cárcel”, responde José Joaquín. Sabe que Julia le odiará por lo que va a pasar, pero se da cuenta que es lo más apropiado. Respira tranquilo, sonríe algo maliciosamente, y abraza a sus amigos. “Bueno, ¿vamos a seguir bailando, o qué? Está tempranísimo y mañana es festivo”.

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Sin título (32)

febrero 19, 2011

Hace bastante sol. Trato de encontrar algo para escuchar en mi reproductor, algo que me permita evadir responderme qué carajos hago aquí. Es una tarde tibia en la sabana de Bogotá y sé que faltan pocos minutos para que me empiece a incomodar el cuero que tapiza este asiento.

Pero la pregunta es inevitable. ¿Qué carajos hago aquí? Desisto de encontrar algo para obnubilar mis pensamientos con música y me quito los audífonos. No he abierto la boca desde que me subí a este Chevy Nova verde perlado, convertible. Un auto hermoso, pero que no esperaba ver manejado por alguien que se llenaba la jeta pregonando su amor a las bicicletas y su aversión a los autos.

El cuero se ha hecho insoportable y empiezo a moverme, irritado. El idiota al volante y el idiota en el puesto de copiloto me miran, uno por el espejo, el otro de reojo. El auto se detiene y ella se sube. Se sienta a mi lado, en el asiento trasero. La saludo, tratando de no mostrarme tan incómodo como me siento. Idiota-al-volante intenta dejarme fuera de base haciendo un chiste estúpido, pero en mitad de su frase no aguanto y suelto un tajante “Hable puta, calle coime”. Los tres me miran, incrédulos.

“Bueno, ahora sí dime”, le digo a ella mientras rodamos por la Avenida Pradilla. “¿Sabes? Me ha hecho falta hablar contigo…”, me dice. Se sienta en mis rodillas. Tiene una falda azul. “Y quería verte, hace mucho no te veo…”. Me sorprendo con una mano en su muslo derecho. “Pues mira, preciosa, si quieres verme no hagas estas estupideces de poner de público a tu noviecito y a tus amigos y, sobre todo, no hagas estas cosas tan crueles de sentarte en mis piernas como si intentaras hacerme confesar que siento algo aún por ti”. A lo lejos veo una flota en dirección contraria. “Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer”. La beso en la boca, la pongo suavemente de vuelta en el asiento y tomo el estuche de mi guitarra. “Adiós, par de imbéciles”, digo mientras doy un calvazo al conductor y salto del auto en movimiento.

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Estudio para Violoncello en Mi Bemol mayor

enero 7, 2011

Trato de respirar despacio, intentando calmarme. Siento en los brazos, el pecho y la cabeza cómo me retumba el corazón, totalmente desbocado, e intento disimularlo, detenerlo, suavizar su ritmo un poco para que no lo notes. Iluso de mi.

Me hago pequeño entre tus brazos. Recorro despacio tu espalda con mis dedos, luego paso a tus hombros, tu cuello y tu cara. Aprieto mi cabeza contra tu pecho y siento cómo tu pulso tampoco está normal. Abro los ojos, intentando infructuosamente enfocar la inverosímil palidez de tu piel tan suave.

Beso tu clavícula, tu cuello, bajo lentamente hacia tu escote, besando suavemente. Pongo una de mis manos entre las tuyas, para que la guíes, mientras con la otra tomo un pequeño bucle de tu pelo con el que te consiento. Respiro profundamente de nuevo para calmarme, y me lleno de tu olor, que me deja la mente en blanco. Noto además que tu piel huele a cáscara de mandarina.

Siento que he perdido la partitura y necesito que me ayudes a terminar la pieza.

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Sueño (Apéndice)

diciembre 4, 2010

Una de las razones por las que había elegido este camino para mi vida es que el entrenamiento práctico era parte esencial de la formación y éste implicaba acostumbrarse a muchas situaciones fuera de lo cotidiano. Dormir, por ejemplo, era una de esas cosas a las que tenía que reacostumbrarme, tanto en los horarios como en el lugar. Aún así, no lograba aún conciliar tan fácilmente el sueño en este camastro. No eran todos los ruidos afuera del barracón, no era esta sensación de ingravidez, no era el ambiente completamente antiséptico (antinatural pero necesario, dado el lugar). Luego de unas vueltas en el camastro, aún con mi uniforme, logré dormirme.

“Doctor, doctor, avisan de la estación de Triage que hay paciente para nosotros”. La enfermera me tendió una taza de café, aún caliente, que puse en la mesita junto al camastro después de dos sorbos. Lavé mi cara y apuré el café mientras arreglaba un poco mi ropa, sobre la que puse la bata, y fui al consultorio de oftalmología. Madrugada de domingo en la Reina Sofía. Ordené rápidamente el cubículo y empecé a lavarme las manos, de espaldas a la puerta. “Doctor, la paciente”, dijo la enfermera. Aún de espaldas, mientras me secaba las manos con una toalla de papel, le saludé con mi tono tranquilizante: “Cuénteme, qué sucede”. “Hola”.

La toalla de papel se me resbaló de las manos.

Tomé otra toalla.

“Hola”. Di un espacio para respirar. “¿Qué te pasó?”. No la veía hacía tanto tiempo que pensaba que no podría reconocer su voz. Me acerqué y saqué mi linterna de la bata. Su ojo derecho estaba cubierto. Tuve que afincar mi pulso cuando toqué su rostro. “Pueees…”. Descubrí su ojo y lo revisé mientras ella me contaba: De la nada, su novio había intentado golpearla pero ella logró esquivarlo. Esto le enfureció, al punto que le lanzó un líquido a la cara. Ella no tenía las gafas puestas, y el líquido le impactó el ojo derecho, donde hizo el mayor daño. La córnea parecía quemada. La piel de los párpados y la zona alrededor de la nariz también se habían maltratado, pero no era grave. Le puse una crema para quitarle el ardor y disminuir el dolor.

“Tengo que operarte”. Empezaba a temblarme la voz. “Tendré que reemplazarte la córnea, afortunadamente hay donantes y la lista de espera está vacía”. Ella necesitaba sus ojos. “Y tengo que poner a ese cabrón alopécico tras las rejas”. La abracé y besé su frente. “Vine aquí porque sabía que estabas tu”, dijo. “Siempre, para lo que me necesites”. Las lágrimas me nublaron la vista.

Intenté secarme los ojos. Estaba aún acostado en mi camastro del barracón de la Estación Espacial MIR II. Me erguí y fui flotando hacia el telescopio de la estación, donde le escribí una carta que no sabía si lograría hacer llegar a destino. La releí y añadí en la postdata: “Te extraño. Incluso aquí en gravedad cero tu ausencia pesa bastante”. La guardé en una caja de muestras que había a mano, pensando en cómo enviarla.

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Supernova

octubre 26, 2010

Hace 48 horas desperté de la animación suspendida. Aún tengo problemas para reacostumbrarme a la gravedad artificial y a la falta de días y noches.

Los ingenieros hicieron un gran trabajo para lograr una gravedad similar a la terrestre y para dar la sensación del día que transcurre y los primeros seis meses del viaje, antes de entrar a animación suspendida a velocidad crucero, ya se me complicaban los días y empezaba a mostrar símbolos de agotamiento. Al punto que decidí entrar en animación suspendida mucho antes de lo presupuestado, a la altura de marte. Mi compañero, el comandante Springer, se había encargado de programar el vuelo hasta que nos capturara la gravedad de Júpiter para hacer el efecto honda que nos permitiría pasar a la segunda fase de vuelo, en la que llegaríamos cerca a la velocidad de la luz. No era necesaria mi ayuda para lograr la Asistencia gravitatoria, y no podíamos acelerar hasta alcanzar la velocidad de la luz hasta después de superar el cinturón de asteroides, el cual ciertamente yo no quería ver.

Héme aquí entonces. Han pasado más de cuatro años en casa. En una semana más sacaré de animación suspendida a Springer, reduciremos la velocidad cuando lleguemos a Alpha Centauri y pasaremos tres meses buscando un planeta habitable en el sistema. En caso de encontrarlo, lanzaremos sondas para recopilar datos y una vez terminemos intentaremos la peligrosa maniobra de Asistencia gravitatoria usando a Proxima Centauri para catapultarnos.

Dejamos la Tierra el 2 de julio de 20xx. En casa sería el 30 de noviembre de 20xx. Papá cumpliría 61 años para cuando tenga que despertar a Springer. Los días transcurrieron lentos y medianamente aburridos (me dediqué a leer cuanto pude, ya habría acabado el Gilgamesh para cuando volviéramos a velocidad crucero, ya había repasado una buena parte de la obra de Mozart antes de entrar a animación suspendida).

Nos habían preparado durante meses para la brusca desaceleración. El entrenamiento físico había sido agotador y el superarlo, a duras penas, había supuesto nuestra participación en la misión. Todo estaba listo, y luego del golpe que supuso el disminuir la velocidad tan notoriamente vino uno mucho peor.

Uno para el que no nos habían preparado.

Ante nosotros se presentaba el más hermoso panorama apocalíptico posible. El sistema completo había explotado en una supernova, probablemente hace un año. Era sencillamente indescriptible. Ni siquiera las imágenes de las enciclopedias que devoraba cuando niño, tomadas por el viejo Hubble, podían hacerle justicia al espectáculo que teníamos el privilegio de presenciar en primera fila.

Tanta belleza solo significaba una cosa: Problemas. Catastróficos. Irremediables. Estábamos lo suficientemente lejos del incipiente Pulsar para estar a salvo, pero los exoplanetas que habíamos venido a revisar habían sido consumidos por la explosión de Alpha Centauri. Y ya no teníamos la estrella que íbamos, arriesgadamente, a usar como catapulta para volver a casa. Springer… Ya no podré hablar más con él. Aparentemente estoy solo, donde ningún otro hombre ha ido antes, y no puedo volver. Debería seguir el ejemplo del buen Jacob Springer, los dioses lo guarden. Así que me acuesto en la cabina de animación suspendida y apago las computadoras de soporte vital después de enviar una señal a casa. Para cuando la oigan, la gravedad del sistema nos habrá arrastrado al centro de la explosión.

Así que duermo, sabiendo que haré parte de la muerte de una estrella. Al menos eso.

Despierto.

Estoy en su casa. Ella duerme desnuda a mi lado. En el televisor aún prendido reconozco imágenes de los festejos de campeonato de los Chicago Blackhawks y ante mi está el equipo mismo que ganó esa Stanley Cup en seis juegos contra los Flyers de Philadelphia.

Estoy de vuelta.