Archive for the ‘del shoegazer y otras formas de autismo’ Category

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Blown a wish

agosto 4, 2010

Miro hacia el suroeste, a 250º del norte. Tengo en mis manos un diente de león, cierro los ojos y lo soplo mientras pido un deseo:

Las canciones que te cantaría si estuviera frente a ti en este momento: deseo que pueda cantarlas desde aquí, mirando hacia ese mismo suroeste, y que las escuches. Que te alegren el corazón y que te den el abrazo que quisiera darte.

El beso de “vuelve pronto”: deseo que se convierta en un beso de “feliz regreso”.

Nuevamente abro los ojos. Las últimas cipselas son llevadas por el viento. Sonrío.

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Fünf

agosto 2, 2010

“Es extraño”, dijo Natalia, “hace cuatro días no quería irme, en este momento me da igual”. “Lo dices para hacerme sentir culpable. Me mantengo firme: no quiero irme contigo. Adonde vas no tengo cabida, y no quiero que abandones esto por mi. Ya pronto dejaremos de sentirnos mal, y si nos seguimos extrañando nos reuniremos. O no. Aún no te has ido, como para ver qué nos depara”. “Pero, ¿me amas? Entiendo que nunca me lo dijeras por miedo, por eso mismo nunca te lo dije yo a ti”. “No sé, no sé, créeme que quisiera saberlo”.

Nos levantamos de la mesa; yo aún no había terminado mi café y me lo llevé mientras íbamos a la puerta de inmigración. Aún no había empezado el tumulto de los vuelos a Madrid y París. Di un último sorbo largo al café y boté el vaso de papel en la caneca junto a la ventana de la librería. “Quisiera entenderte”, me dijo. “Fácil. Temo confrontar las cosas. Me dejé llevar por lo que dictara la situación. Me atrajiste, dejé que progresara, no podré negar jamás que te quiero. No entiendo, no quiero entender qué sientes por mi, sé que no te conozco suficiente, se que no te dejé conocerme”. “¿Mentiste?”. “Nunca. Omití muchas cosas. No intenté profundizar en conocerte. No hice duelo de lo anterior. No quise, de hecho”. “¿Por qué?”. “Te lo dije: miedo a confrontar las cosas. Desde el principio”.

Ambos empezamos a llorar. La abracé. “No me odies. Créeme que es difícil, me siento culpable de no haberte dado lo que mereces”. “Yo era feliz con las cosas como fueron”.

Todo tuvo más sentido. Ella era lo que había necesitado en ese momento. Yo había sido la persona perfecta para ella en ese momento. Hasta ese día, en el que teníamos que decidir un siguiente paso. Las cosas podían ponerse serias o terminar y lo último me daba menos miedo.

“Me tengo que ir”.

La besé en la frente, la abracé de nuevo. Se soltó. “Adiós”. Cruzó la puerta.

Almorcé cuialquier cosa mientras caminaba hacia el parqueadero. En el trancón de salida de la Avenida Eldorado tuve mucho tiempo para pensar. ¿Era necesario quedarme? Podía haberme ido. Pero haber tenido que trabajar con Ella me había desequilibrado. ¿Pero aún sentía algo por Ella, o tenía un ideal de lo que quería que pasara? ¿O era que, definitivamente, me asustaba darme cuenta de que amaba a Natalia y que por eso acababa de pasar esa escena ante inmigración? ¿Era tan terco como para asegurarme de que no hubiera vuelta atrás con Natalia? Llevaba desde el día en que ella me había preguntado si me iba con ella pensando en esto, y me había dado mil y un respuestas (todas ellas debatibles) para justificar lo que estaba decidiendo. Y sí: estaba evitándola: la amaba.

Enfilé por la Boyacá al norte, con una resolución: lo antes posible iría tras ella, antes de que fuera a Grand Central para tomar el tren a Filadelfia. Sabía que había cometido un error desmesurado pero creía ser capaz de restablecer el equilibrio.

La Boyacá estaba con tráfico fluido, lo cual era una bendición después de haber pasado más de una hora y media en el trancón de la 26. Iba a buen ritmo a casa, tendría tiempo para comprar un tiquete para el vuelo de madrugada a Newark o el de esa misma noche, a las 11, al JFK. Después de pasar la calle 68 pasó sobre mí el Airbus A319 que la llevaba. Sonreí y aceleré la marcha para seguirlo un rato. Pero, dos segundos después, mi sonrisa se esfumó.

Cuando tenía seis años, en el colegio, había visto un avionazo. Un bimotor había fallado en vuelo, minutos después de haber decolado, y se había desplomado ante mis ojos a dos cuadras de donde yo estaba.

Ese sonido característico del motor jet fallando estaba sonando en ese preciso instante y ante mis ojos se precipitó a tierra el avión donde iba Natalia y arrasó un par de edificios en Pontevedra, quince cuadras al norte de donde estaba en este momento. Ya no podía hacer nada para resarcirme con ella.

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Flashback

julio 21, 2010

(La canción es vital)

No recuerdo si esto pasó el primer día que nos vimos, o uno posterior. Sé que aún empezábamos a conocernos y que aún me producías esos nervios incontrolables (que aún me produces pero que no he sentido desde que no te veo). Caminábamos rumbo a occidente por la 92 o la 94, el sol brillaba y te escuchaba atentamente.

Porque en ese momento me empezabas a contar de una mañana de invierno en la que, sola, habías ido a la playa. No recuerdo las palabras exactas, pero recuerdo haber sentido cierta sensación de querer haber estado allí, en exactamente la misma situación, así entonces no nos conociéramos. Inmediatamente me empezaste a describir la situación en mi mente empezó a sonar The Sea Is A Good Place… de Los Campesinos!, porque lo que me contabas encajaba perfectamente con el ambiente del mal vídeo que habían hecho para la canción.

Pero eso es secundario. Creo que lo importante es que en ese momento pasó algo nuevo, que fue el saber que empezaba a conocer a alguien cuya forma de ser, cuya forma de contar las cosas, podía lograr encadenarse con mis recuerdos, podía crear situaciones nuevas en las que caminar contigo en un día soleado de diciembre podía empatar perfectamente con imaginarte sola frente al Atlántico sur de Julio. Volví a escuchar la canción: un error tocando otra me la trajo de vuelta, y la canción me trajo de vuelta haber vivido ese momento, y ese flashback me hace entender qué tan importante eres para mi. Te extraño.

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Cold Days from the Birdhouse

diciembre 5, 2008

Estoy de pie frente a la ventana de mi cuarto sintiendo el aire helado de la madrugada. Estoy envuelto en esa misma cobija en la cual una vez enmarcaste tu cara de tal forma que sólo pude ver tus ojos y tus pómulos (y aunque la fotografía que capturó ese momento no exista en medios magnéticos aún conservo esa estampa en mi cabeza, perfectamente). Abro más la ventana, ya que la lluvia que ha caído desde el anochecer hace ya varias horas por fin cede. Saco la mano y dejo que las pequeñas gotas la mojen.

Es imposible saber la hora con sólo mirar fuera. El horrible cielo naranja propio de las noches nubladas de Bogotá sólo da a entender que el amanecer aún está lejos, aunque no sé cuánto. Tomo mi teléfono de la mesa de noche para ver la hora: 3:42 a.m.: sólo he dormido poco más de una hora… y aún así en ese poco tiempo lograste colarte en mis sueños. De nuevo.

Todo es confuso cuando despiertas al poco tiempo de dormirte. Como una mala siesta en medio de la madrugada. Camino hasta la cocina, saco un alpinito del congelador, tomo una cuchara del platero y regreso al cuarto comiéndomelo. El último. Empaco mi computador y mi disco duro, y me baño con agua obscenamente caliente durante largo rato para matar tiempo.

El amanecer ya no está lejos, lo sé. Salgo de la ducha tiritando: no he cerrado la ventana. Al hacerlo noto que los pájaros cantan. Me visto rápido, y guardo toda mi ropa en las maletas. Escribo una pequeña nota, la dejo sobre el comedor, tomo el sobre de manila y salgo a la calle. En el ascensor pongo música, atravieso el parqueadero mojado, salgo por la rampa de visitantes y camino hacia la Esperanza.