Archive for the ‘Messenger Chronicles’ Category

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четыре

agosto 1, 2010

“Ese era el momento en el que decías ‘sí’, tonto”, dijo una segunda vez.

Pánico. El momento feliz que acabábamos de compartir se empezaba a ir al carajo por algo que también podía ser un momento feliz. O que, por lo menos, yo lo creía así. Más exactamente, porque aún no había podido empezar a compartirlo con ella. Es difícil cuando dos buenas noticias se superponen, si involucran a dos personas lo más probable es que se cancelen. Como en este caso.

Natalia llegó a casa timbrando frenéticamente. Tenía en sus manos un sobre de Wharton y de inmediato me contagió sus nervios: Era un momento definitivo. Yo, por mi parte, estaba a punto de salir a su casa a darle grandes noticias. Algo grande estaba a punto de suceder pero no quise quitarle este momento y dejé que abriera el sobre; si eran buenas noticias, genial. Si eran malas noticias, mis noticias podían compensar.

Rasgó el sobre y sacó la carta. Empezó a leerla mentalmente, se abrían sus ojos, “¡¡¡And we are pleased to inform you that you have been admitted to our MBA Program, starting next January!!!”. Me abrazó, nos besamos, destapé un vino para festejar, nos reímos un rato, nos abrazábamos celebrando, volaban los besos, minutos después pasamos a mi cuarto.

“Pues yo también tengo grandes noticias”, dije mientras acariciaba su cabeza apoyada en mi pecho, “me salió el contrato con el Ministerio. Sólo tengo que estar acá los primeros seis meses obligatoriamente, y de irme podría venir cada cuatro semanas los siguientes seis, el resto del tiempo si mucho vendría una vez cada dos meses, claro, los segundos seis meses podría verme obligado a quedarme aquí si surgen inconvenientes en la primera fase de la ejecución, pero no creo”. “¿Y entonces?”. “Pues, que los primeros meses estaremos aquí juntos, y en tu primer semestre en Filadelfia podemos vernos a menudo y ver qué pasa, ¿no?”. Se puso mi camisa y fue al comedor por la botella de vino, que procedimos a terminar festivamente mientras caía la noche.

Mientras llegaba su fecha de viaje la ayudé con un itinerario divertido para llegar a Filadelfia: iba a irse via New York/JFK en el vuelo de la tarde de Avianca, pasaría unos días en Manhattan y completaría el viaje en tren. Si el contrato me lo permitía, podría acompañarla unos días o más. Empecé a cumplir mi contrato como asesor externo de varios programas del Ministerio. Se acercaba su fecha de viaje, se acercaba el momento en el que podría saber si podía rendir informes y seguir los proyectos desde lejos.

Hasta ese viernes en que ella se cruzó de nuevo conmigo. Mi trabajo y su trabajo lo habían hecho inevitable. Mi mundo se desequilibró e hice todo mi mayor esfuerzo para ocultárselo a Natalia. Finalmente llegó la pregunta: “Quiero que me acompañes desde el principio. ¿Quieres irte conmigo?”.

“Creo que no voy a poder hacerlo en las primeras fechas”, dije, sabiendo que iba a retrasar mi trabajo porque podía cruzarme con ella, para intentar saber por qué se me había movido todo. Bajó los ojos. “Es el momento en el que decías ‘sí’, tonto”.

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