Archive for the ‘Metaficción’ Category

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Sin título (32)

febrero 19, 2011

Hace bastante sol. Trato de encontrar algo para escuchar en mi reproductor, algo que me permita evadir responderme qué carajos hago aquí. Es una tarde tibia en la sabana de Bogotá y sé que faltan pocos minutos para que me empiece a incomodar el cuero que tapiza este asiento.

Pero la pregunta es inevitable. ¿Qué carajos hago aquí? Desisto de encontrar algo para obnubilar mis pensamientos con música y me quito los audífonos. No he abierto la boca desde que me subí a este Chevy Nova verde perlado, convertible. Un auto hermoso, pero que no esperaba ver manejado por alguien que se llenaba la jeta pregonando su amor a las bicicletas y su aversión a los autos.

El cuero se ha hecho insoportable y empiezo a moverme, irritado. El idiota al volante y el idiota en el puesto de copiloto me miran, uno por el espejo, el otro de reojo. El auto se detiene y ella se sube. Se sienta a mi lado, en el asiento trasero. La saludo, tratando de no mostrarme tan incómodo como me siento. Idiota-al-volante intenta dejarme fuera de base haciendo un chiste estúpido, pero en mitad de su frase no aguanto y suelto un tajante “Hable puta, calle coime”. Los tres me miran, incrédulos.

“Bueno, ahora sí dime”, le digo a ella mientras rodamos por la Avenida Pradilla. “¿Sabes? Me ha hecho falta hablar contigo…”, me dice. Se sienta en mis rodillas. Tiene una falda azul. “Y quería verte, hace mucho no te veo…”. Me sorprendo con una mano en su muslo derecho. “Pues mira, preciosa, si quieres verme no hagas estas estupideces de poner de público a tu noviecito y a tus amigos y, sobre todo, no hagas estas cosas tan crueles de sentarte en mis piernas como si intentaras hacerme confesar que siento algo aún por ti”. A lo lejos veo una flota en dirección contraria. “Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer”. La beso en la boca, la pongo suavemente de vuelta en el asiento y tomo el estuche de mi guitarra. “Adiós, par de imbéciles”, digo mientras doy un calvazo al conductor y salto del auto en movimiento.

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Estudio para Violoncello en Mi Bemol mayor

enero 7, 2011

Trato de respirar despacio, intentando calmarme. Siento en los brazos, el pecho y la cabeza cómo me retumba el corazón, totalmente desbocado, e intento disimularlo, detenerlo, suavizar su ritmo un poco para que no lo notes. Iluso de mi.

Me hago pequeño entre tus brazos. Recorro despacio tu espalda con mis dedos, luego paso a tus hombros, tu cuello y tu cara. Aprieto mi cabeza contra tu pecho y siento cómo tu pulso tampoco está normal. Abro los ojos, intentando infructuosamente enfocar la inverosímil palidez de tu piel tan suave.

Beso tu clavícula, tu cuello, bajo lentamente hacia tu escote, besando suavemente. Pongo una de mis manos entre las tuyas, para que la guíes, mientras con la otra tomo un pequeño bucle de tu pelo con el que te consiento. Respiro profundamente de nuevo para calmarme, y me lleno de tu olor, que me deja la mente en blanco. Noto además que tu piel huele a cáscara de mandarina.

Siento que he perdido la partitura y necesito que me ayudes a terminar la pieza.

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Sueño (Apéndice)

diciembre 4, 2010

Una de las razones por las que había elegido este camino para mi vida es que el entrenamiento práctico era parte esencial de la formación y éste implicaba acostumbrarse a muchas situaciones fuera de lo cotidiano. Dormir, por ejemplo, era una de esas cosas a las que tenía que reacostumbrarme, tanto en los horarios como en el lugar. Aún así, no lograba aún conciliar tan fácilmente el sueño en este camastro. No eran todos los ruidos afuera del barracón, no era esta sensación de ingravidez, no era el ambiente completamente antiséptico (antinatural pero necesario, dado el lugar). Luego de unas vueltas en el camastro, aún con mi uniforme, logré dormirme.

“Doctor, doctor, avisan de la estación de Triage que hay paciente para nosotros”. La enfermera me tendió una taza de café, aún caliente, que puse en la mesita junto al camastro después de dos sorbos. Lavé mi cara y apuré el café mientras arreglaba un poco mi ropa, sobre la que puse la bata, y fui al consultorio de oftalmología. Madrugada de domingo en la Reina Sofía. Ordené rápidamente el cubículo y empecé a lavarme las manos, de espaldas a la puerta. “Doctor, la paciente”, dijo la enfermera. Aún de espaldas, mientras me secaba las manos con una toalla de papel, le saludé con mi tono tranquilizante: “Cuénteme, qué sucede”. “Hola”.

La toalla de papel se me resbaló de las manos.

Tomé otra toalla.

“Hola”. Di un espacio para respirar. “¿Qué te pasó?”. No la veía hacía tanto tiempo que pensaba que no podría reconocer su voz. Me acerqué y saqué mi linterna de la bata. Su ojo derecho estaba cubierto. Tuve que afincar mi pulso cuando toqué su rostro. “Pueees…”. Descubrí su ojo y lo revisé mientras ella me contaba: De la nada, su novio había intentado golpearla pero ella logró esquivarlo. Esto le enfureció, al punto que le lanzó un líquido a la cara. Ella no tenía las gafas puestas, y el líquido le impactó el ojo derecho, donde hizo el mayor daño. La córnea parecía quemada. La piel de los párpados y la zona alrededor de la nariz también se habían maltratado, pero no era grave. Le puse una crema para quitarle el ardor y disminuir el dolor.

“Tengo que operarte”. Empezaba a temblarme la voz. “Tendré que reemplazarte la córnea, afortunadamente hay donantes y la lista de espera está vacía”. Ella necesitaba sus ojos. “Y tengo que poner a ese cabrón alopécico tras las rejas”. La abracé y besé su frente. “Vine aquí porque sabía que estabas tu”, dijo. “Siempre, para lo que me necesites”. Las lágrimas me nublaron la vista.

Intenté secarme los ojos. Estaba aún acostado en mi camastro del barracón de la Estación Espacial MIR II. Me erguí y fui flotando hacia el telescopio de la estación, donde le escribí una carta que no sabía si lograría hacer llegar a destino. La releí y añadí en la postdata: “Te extraño. Incluso aquí en gravedad cero tu ausencia pesa bastante”. La guardé en una caja de muestras que había a mano, pensando en cómo enviarla.

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Grafito

septiembre 19, 2010

I: [Fragmento de una carta no enviada]

[…] Al final, toda la alharaca que hacía respecto a mis principios se fue al demonio. Y por más que quiera (y pueda) justificarme, asumo mi culpa. Sé que no entiendes, y mi versión de los hechos no añadirá mucho a la historia que ya conoces […]

II: Una Introducción

Les conocí en poco tiempo, y aún menos les tomó estar juntos. En ese entonces era el único que no tenía por qué envidiarte. Tiempo después si, pero no por ella, sino por la estabilidad que lograron y que yo nunca tuve, por más que lo intentara.

Estabilidad, claro, si pasamos por alto muchos detalles de la historia, y que son necesarios para que entiendas mejor. O eso creo: los frecuentes altibajos entre ustedes me hicieron conocerlos mejor. Pasé tanto tiempo escuchándolos que llegué a un punto en el que los conocía más de lo necesario. Y ambos me acompañaron tanto en mis propios puntos bajos que se convirtieron en mis mejores amigos.

Pero sigue sin explicarse nada, ¿cierto?

III: Planteamiento

Es un miércoles nublado en la tarde. El asfalto de las pistas está aún mojado por la lluvia de la mañana. En una mesa del café junto a la puerta de muelle internacional hay cinco mesas juntas: un grupo despide a dos de sus miembros, una pareja. Es una despedida, pero todo luce como una reunión habitual de este grupo, como si lo único que hubiera cambiado es el lugar de reunión, y el que a ésta se le haya añadido un motivo.

Finalmente, la pareja pasa a inmigración. El más bajo de los que se quedan los abraza de último, al tiempo.

– Cuídala. Cuídalo.

Un par de horas después ellos dos estaban en vuelo, y el resto del grupo se dirigía al apartamento del último en despedirlos. Ellos regresarían un par de meses después y encontrarían que lo único que cambiaría pronto respecto a lo que dejaron, eran ellos.

IV: Hipótesis

– ¿Qué hago?

– Ay, carajo, sabes que no quiero darte un consejo tan específico.

– Yo sé, yo sé que te quieres mantener neutral.

– De verdad que no te mereces esta situación, es lo único que puedo decir. Pero sé qué sientes, y sé que no puedo decirte más porque dejaría de ser neutral.

[horas más tarde]

– Parce, en serio. Me preocupas, me preocupa ella, y no sé qué decirles sin que pueda hacerle daño al otro.

– ¿Sabes? De todos mis amigos, eres el único que no me preocupa que hable con ella. No le vas a caer.

– Ni en chiste.

– Gracias, loquito, gracias.

Créeme, en ese momento quise decirte “mándalo al carajo. No te merece”. Y quise decirle “No te la mereces. Si la quieres, tienes que recuperarla”. No me atreví. De cualquier manera ya sabía que iban a volver, eventualmente.

Lo que no sabía era cómo iban a cambiar las cosas mientras eso pasaba.

V

Cae una llovizna ridícula, de esas que hacen dar ganas de gritarle al cielo “¡Decídete de una mugre vez!”. El frío me está haciendo mella pero igual sigo ahí, parado junto a la ventana bajo el alero, mirando al valle que se extiende frente a nosotros. Ellos dos están sentados en un abrazo cuatro metros a mi izquierda. Me acerco. Me alejo. Quiero abrazarlos. Quiero sentarme en medio y separarlos. Quiero irme. Quiero reír con ellos. Quiero saber qué demonios me está pasando. Quiero dejar de sentir este zumbido de las preguntas que me hago en mi cabeza.

Grito.

El grito es una mezcla de desesperación (13%), felicidad (41%), miedo (27%), duda (11%) y rabia (8%). Me sobrecoge el paisaje, me sobrecoge la belleza que me rodea, me abruma la situación.

Ellos se paran y me abrazan. Los abrazo de vuelta mientras dos lágrimas se escurren por mis mejillas en silencio.

VI

“¿Puedes subir?”, le puse en un sms. Yo acababa de salir del bar, al que había entrado con el propósito de saludar e irme. Ella estaba ahí, sola, sentada sin saber cómo despedirse, con miedo de que él llegara y hubieran problemas. Mi mensaje le dio una excusa y unos quince minutos después íbamos en un bus rumbo a su casa.

– Me voy en quince días. Conseguí el tiquete baratísimo.

–  ¡Que hermoso! ¡Vas a ver que se pondrá feliz de verte y van a ser felices!

– Ojalá, ojalá… ¿Te conté de lo que escribió?

– No…

– Me dijo que la ciudad la tenía encantada. Que muchas cosas le hacen acordarse de mi. Curioso, ¿no te parece?

– Ah, que bonito… Me parece fabuloso que vayas a verla. En serio.

En el resto del trayecto hablamos bastante, pero nada digno de rescatar. Me hacía muy feliz compartir este tipo de cosas con ella. Parecía mucho más animada, y mucho menos afectada por la situación en la que estaba. No quise preguntarle más.

VII [misma carta, distinto destinatario]

[…] ¿Ves? No tiene sentido que nada de esto haya pasado, a mi me tomó por sorpresa también, y el detonante… […]

VIII

Sigo en el escenario, mientras él ya se ha bajado y la besa. Suspiro. Bajo por el otro lado del escenario, siguiendo la ruta de saludos que inevitablemente me llevará a ellos.

– Chicos, tengo que decirles algo.

IX

Esa mañana te abracé como jamás lo había hecho. No te veía desde esa tarde en que habíamos tomado café en el centro, cuando compré un libro mientras te esperaba. Habíamos hablado en ese tiempo, si, pero verte era distinto. Sobre todo ahora que notaba (confirmaba) que las cosas habían cambiado.

Y aunque sabía que estaba siendo más efusivo que de costumbre, no me contuve, aún sabiendo por qué estabas ahí.

Tuve suerte de ser quien te abriera la puerta. Si no te hubiera saludado antes que nadie, quién sabe cómo me habría tomado verle besarte sin poder hacer nada, sin haberte dado ese abrazo antes… Los demás también se sorprendieron de verte y tu aparición le dio un aire festivo al lugar: nos hacía felices verles de nuevo juntos.

Y de ahí partía mi ambivalencia.

–¿Y mi bufanda?– pregunté, bromeando

– ¡Ay! Se me ha olvidado.

– No te preocupes.

X: Antítesis

Me siento como si mi chaqueta estuviera hecha de C4 y las suelas de mis zapatos, de nitroglicerina. Como si debajo de mi ropa a punto de estallar llevara una cubierta de Kevlar y estuviera bañado en cortafuego. Iba a verlos y a explotar cuando eso sucediera, demoliendo todo.

Por unos zapatos de trabilla rojos.


Miraba sus dibujos para pasar el tiempo, distraídamente, hasta que vi esa franja roja en medio de los grises. Me puse las gafas y observé lenta, minuciosamente ese dibujo de ella. Era impactante. Él es un gran dibujante y no solo hacía justicia a la belleza de ella: también lograba plasmar el amor que le tiene.

Gracias a ese dibujo la vi a través de sus ojos. Y me abrumó lo que vi.

Por eso te abracé de tal manera esa mañana de sábado.

XI

Tengo dos cartas en mi mesa. Ambas dicen lo mismo, pero enfocadas según el destinatario. La tinta termina de secarse sobre el papel añejado.

Miro de nuevo la escena. Cartas escritas a mano, con pluma, sobre papel añejado. ¿Por qué le estoy dando tanto dramatismo, tanta teatralidad al asunto? ¿Pienso acaso que disfrazar todo con un empaque bonito va a cambiar que la situación en la que estoy es una mierda?

Sobres de correo aéreo. Doblo las cartas, pero procedo a romperlas. Mis manos quedan oliendo a té, pero no me molesta y no sé si lavarlas. Finalmente lo hago, para no manchar nada.

Cambio el nudo de la corbata y me dirijo a verles. Después de todo el acto, hablaré.

XII: Tesis

Hay más de cincuenta personas festejando alrededor nuestro pero nos rodea una cúpula de silencio. Tengo la cabeza baja y ellos no saben qué decir.

– Iba a entregarles una carta a cada uno y luego desaparecer. Luego me di cuenta de lo gratuitamente dramático y lo estúpidamente cobarde que era el plan. Pero ya saben qué pasa. Me siento horrible con ambos.

El silencio continúa. Él apura un trago de whiskey que alguien le pasa, ella aprieta sus manos una contra otra y creo notar una lágrima formándose en su ojo izquierdo. Yo doy un primer sorbo a la cerveza que había pedido justo después de bajar del escenario, sin saber cómo hablar. Dos minutos después no había forma de callarme, y hasta que no desahogué todo lo que sentía por ella y cuánto remordimiento me causaba por la hermandad que me unía a él.

Se miran incómodos, y comprendo que no voy a recibir una respuesta a lo que acabo de decirles. Tomo mis cosas y salgo a la lluvia a esperar un taxi.

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Fünf

agosto 2, 2010

“Es extraño”, dijo Natalia, “hace cuatro días no quería irme, en este momento me da igual”. “Lo dices para hacerme sentir culpable. Me mantengo firme: no quiero irme contigo. Adonde vas no tengo cabida, y no quiero que abandones esto por mi. Ya pronto dejaremos de sentirnos mal, y si nos seguimos extrañando nos reuniremos. O no. Aún no te has ido, como para ver qué nos depara”. “Pero, ¿me amas? Entiendo que nunca me lo dijeras por miedo, por eso mismo nunca te lo dije yo a ti”. “No sé, no sé, créeme que quisiera saberlo”.

Nos levantamos de la mesa; yo aún no había terminado mi café y me lo llevé mientras íbamos a la puerta de inmigración. Aún no había empezado el tumulto de los vuelos a Madrid y París. Di un último sorbo largo al café y boté el vaso de papel en la caneca junto a la ventana de la librería. “Quisiera entenderte”, me dijo. “Fácil. Temo confrontar las cosas. Me dejé llevar por lo que dictara la situación. Me atrajiste, dejé que progresara, no podré negar jamás que te quiero. No entiendo, no quiero entender qué sientes por mi, sé que no te conozco suficiente, se que no te dejé conocerme”. “¿Mentiste?”. “Nunca. Omití muchas cosas. No intenté profundizar en conocerte. No hice duelo de lo anterior. No quise, de hecho”. “¿Por qué?”. “Te lo dije: miedo a confrontar las cosas. Desde el principio”.

Ambos empezamos a llorar. La abracé. “No me odies. Créeme que es difícil, me siento culpable de no haberte dado lo que mereces”. “Yo era feliz con las cosas como fueron”.

Todo tuvo más sentido. Ella era lo que había necesitado en ese momento. Yo había sido la persona perfecta para ella en ese momento. Hasta ese día, en el que teníamos que decidir un siguiente paso. Las cosas podían ponerse serias o terminar y lo último me daba menos miedo.

“Me tengo que ir”.

La besé en la frente, la abracé de nuevo. Se soltó. “Adiós”. Cruzó la puerta.

Almorcé cuialquier cosa mientras caminaba hacia el parqueadero. En el trancón de salida de la Avenida Eldorado tuve mucho tiempo para pensar. ¿Era necesario quedarme? Podía haberme ido. Pero haber tenido que trabajar con Ella me había desequilibrado. ¿Pero aún sentía algo por Ella, o tenía un ideal de lo que quería que pasara? ¿O era que, definitivamente, me asustaba darme cuenta de que amaba a Natalia y que por eso acababa de pasar esa escena ante inmigración? ¿Era tan terco como para asegurarme de que no hubiera vuelta atrás con Natalia? Llevaba desde el día en que ella me había preguntado si me iba con ella pensando en esto, y me había dado mil y un respuestas (todas ellas debatibles) para justificar lo que estaba decidiendo. Y sí: estaba evitándola: la amaba.

Enfilé por la Boyacá al norte, con una resolución: lo antes posible iría tras ella, antes de que fuera a Grand Central para tomar el tren a Filadelfia. Sabía que había cometido un error desmesurado pero creía ser capaz de restablecer el equilibrio.

La Boyacá estaba con tráfico fluido, lo cual era una bendición después de haber pasado más de una hora y media en el trancón de la 26. Iba a buen ritmo a casa, tendría tiempo para comprar un tiquete para el vuelo de madrugada a Newark o el de esa misma noche, a las 11, al JFK. Después de pasar la calle 68 pasó sobre mí el Airbus A319 que la llevaba. Sonreí y aceleré la marcha para seguirlo un rato. Pero, dos segundos después, mi sonrisa se esfumó.

Cuando tenía seis años, en el colegio, había visto un avionazo. Un bimotor había fallado en vuelo, minutos después de haber decolado, y se había desplomado ante mis ojos a dos cuadras de donde yo estaba.

Ese sonido característico del motor jet fallando estaba sonando en ese preciso instante y ante mis ojos se precipitó a tierra el avión donde iba Natalia y arrasó un par de edificios en Pontevedra, quince cuadras al norte de donde estaba en este momento. Ya no podía hacer nada para resarcirme con ella.

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Three

julio 31, 2010

“¿Será? ¿Será que sí me sale?”, preguntaba Natalia, esperando respuesta a la admisión en el MBA. ¿Qué demonios hacía yo con alguien que podía aplicar a un MBA?

Finalmente me había dejado llevar por la situación, sin hacer nada, esperando que llegara un punto en el que no podría arrepentirme y supiera que, de todas maneras, la cosa estaba suficientemente bien como para que me molestase no arrepentirme. Si  miraba la situación muy por encima Natalia estaba más que bien como pareja, pero la única  razón por la que todo había durado tanto tiempo era que me había decidido a no involucrarme del todo.

Nuestras madres volvieron de Europa, hechas las mejores amigas, entonces les pareció un buen colofón que sus hijos estuvieran juntos. La mamá de Natalia era ligeramente más joven, y era mucho más reservada que yo, así que de inmediato congraciamos. Sin embargo, salvo muy contadas ocasiones, aún yo prefería pasar la noche con el entrepiso separándonos.

Sentí un golpe en la ventana. Un palo de escoba. Me asomé y ahí estaba ella. “¿Vienes, o qué? ¿O vas a manejar por ahí un rato otra vez?”. Esta vez decidí bajar. Una hora más tarde, mientras nos empezábamos a desvestir despacio, preguntó por esa salida nocturna. “Lo que te respondí al SMS: no bajé a tu cuarto porque me entraron ganas de irme lejos por un rato. Fui hasta Zipaquirá, de ahí a Sopó, di la vuelta por La Calera, después de que amaneció recorrí completamente la Circunvalar, luego fui a la cabecera del aeropuerto a ver despegar aviones. Pasé toda la madrugada manejando, pensando en lo que acababa de pasar, en qué podría venir”. “Estás loco, chico”, dijo, mientras me sacaba la camiseta. “Como todos, como todos”, respondí. No había sido muy brillante pero era lo mejor que había podido medio pensar en ese momento en el que su espalda se descubría ante mi.

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Dois

julio 30, 2010

“…Ya fue”, me dije a mi mismo mientras cerraba los ojos y me acercaba a sus labios.

Las semanas posteriores a mi regreso (en realidad había huido por un fin de semana en el que coincidencialmente había encontrado uno de esos conciertos de shoegaze que hacen de Lima un lugar civilizado) nos veíamos con una frecuencia menor, como si mi falta de explicaciones a mi viaje hubieran creado un leve muro entre nosotros. De momento, para mí estaba bien así, pero sabía que no iba a durar mucho antes de empezar a sentirme culpable, así que fui a visitarla con la idea de cocinar una cena de Lunes.

Así que de nuevo estábamos ahí, sentados en el borde de su cama, acercándonos más y más conforme le iba explicando por qué por más que quisiera no me sentía capaz de dejarme ir y que pasara algo entre los dos. Hablé pausadamente, dije lo más vital con la menor cantidad de palabras posibles y respiré despacio para mantenerme en una pieza: nunca será fácil rememorar la situación compleja que me llevó a ese punto de mi vida. “Pon música. La que quieras”, dijo a mi espalda, y así lo hice. En seguida me recosté sobre su regazo. “En realidad tengo miedo, no es más”, concluí. “¿De qué?”. “De… no sé, de que me pase lo mismo una y otra vez, que el ciclo se repita”. “Pero si temes eso no va a pasar nada con tu vida, ¿preferirías que no te pasara nada?”. “Sería más fácil, con un demonio, creo que me merezco paz y estabilidad de una mugre vez”.

El lunes de mi regreso de Lima, cuando me acompañaba al Jorge Chávez, Pedro me había dado tres calvazos, de esos que preceden uno de sus sermones. “Deja de ser tan pendejo. Ve, embárrala, siéntete miserable si quieres, pero si no lo haces no vas a saber si es un error o no, ya tendrás tiempo de procesar el error después. Maldita sea, ya tienes experiencia en echarte culpas y en hacer duelos, Parrinu“. Y ahora estaba ahí, en silencio, mirándola a los ojos (almendra, desde 2006 no veía ojos almendra), sabiendo que este era, definitivamente, uno de esos incomodísimos instantes previos a cualquier primer beso. “Bueno, menos mal tu guitarra está arriba, no te vas a refugiar en ella esta vez”, dijo sonriente mientras se acercaba. Me incorporé, la abracé y cerré los ojos.

Un par de horas después me asomé a mi ventana. Sólo nos separaba el entrepiso y, por más que no hubiera razón para no quedarnos juntos esa noche, había decidido volver a casa, para que esos primeros besos se asentaran. No supe decir si aún estaba despierta (era imposible ver si salía luz de su ventana, fuera ésta de la lámpara o del televisor), pero vi cuán mal había quedado estacionado el auto en el sótano. Me puse mi abrigo sobre la ajada ropa que no me había querido quitar, bajé al parqueadero después de tomar un monto sensato de dinero para peajes y gasolina y arranqué de ahí. En el auto puse un CD con toda la música que debía haber purgado en Julio y salí rumbo norte. Antes de girar hacia la Boyacá recibí un sms de Natalia.