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Tundra

febrero 19, 2013

I

Abro los ojos para encontrarme una eterna blancura que me hace pensar que me he quedado ciego. Mi cuerpo hormiguea y solo hasta el momento en el que capto un reflejo del visor de mi casco me doy cuenta que aún conservo la vista. El blanco percudido de mi traje contrasta ligeramente con la infinidad alba que me rodea. Estoy sentado.

Hago un esfuerzo para recordar dónde estoy, dónde se supone que debo estar y qué demonios estoy haciendo aquí. Reviso mi traje y un “вечный” cuidadosamente bordado en rojo en el reverso de la manga izquierda pone en movimiento mis recuerdos. Hasta aquí lo que he sacado en limpio:

Mi edad no importa, mi cuerpo y mi mente no han vivido juntas la misma cantidad de tiempo. La criogenia, el tiempo viajando a la velocidad de la luz, el cambio de galaxias hacen que la frase “nací el x de junio de 19xx” sea irrelevante, aquí esa fecha significa menos que nada. Debería (empiezo a verlo claro) estar en una misión exploratoria de este planeta que orbita casi a la misma distancia de su estrella que nuestra Tierra al Sol. Y la estrella tiene mas o menos la misma magnitud y edad que la nuestra. La primera jornada debo pasarla pasando los instrumentos que hay en mi módulo, debo establecer rutas para mi equipo y explorar de la forma más segura la mayor cantidad de terreno posible…

…¿y mi módulo? ¿y mi equipo?

Me paro. No parece que me duela el cuerpo, aunque puede ser que mi cerebro haya decidido darme aviso de dolor más adelante, una vez haya mejorado mi cabezota. Miro alrededor buscando alguna señal de algún otro miembro de mi equipo, de mi módulo, de un accidente (no lo descarto, sobre todo por ese espacio en blanco entre el descenso y este momento)… cuando a lo lejos veo otra figura de percudido blanco, moviéndose de forma tan confusa como creo me muevo yo en este momento. Por el momento podría reportar que la gravedad del lugar y la atmósfera, al menos en densidad y presión, son similares a las de nuestro planeta, ya que el movimiento con el traje se siente similar al movimiento una vez terminados los entrenamientos y presurizadas las cámaras. Camino cada vez mas rápido hacia la figura confusa. Una vez la alcanzo veo que es la comandante G., líder de otra expedición que partió en dirección a otro planeta de manera simultánea a la misión que integro. ¿Cómo es esto posible? Era de suponerse que ella y su equipo estuvieran a por lo menos 12 años luz de distancia, pero aparece frente a mi y aparentemente está pasando por el mismo proceso que yo. Ambos hablamos mientras movemos el dial del comunicador para lograr encontrar la misma frecuencia (ninguno de los dos se atreve a sacarse el traje aún).

Ambos atropelladamente nos preguntamos casi al tiempo por nuestros respectivos equipos y nuestros sitios de aterrizaje. Yo no he tenido tiempo de buscar si hay un sitio en el que pueda encontrar mi cápsula o a los demás miembros, ella parece haber estado alerta desde algo antes que yo y se ha desplazado en un radio de 300 yardas sin hallar rastro de su tripulación ni de su nave. Decidimos seguir la búsqueda juntos.

II

“No hay heroísmo sin algo de estupidez”, me dijo la Comandante G. El que ella se quitara el traje para saber si la atmósfera era tan vivible como parecía y si habría suficiente oxígeno para respirar nos ahorró mucho tiempo y energías al tener que cargar menos cosas encima. luego de caminar unas tres millas hacia lo que yo había deducido (¿o decidido?) era el sureste vi una colina, igualmente nevada pero con algo que prometía refugio en su cima, además de ser un punto en el que parecía menos un despropósito el buscar entre la blanca nieve unos pedazos de metal pintados de blanco y rojo, en caso que hubiéramos chocado en ese planeta.

Pero seguía sin entender por qué habíamos coincidido en el mismo punto si habíamos partido hacia sitios opuestos en la galaxia y la duración de nuestras misiones no sería la misma.

Había sacado las provisiones de reserva de los trajes una vez nos deshicimos de ellos. La ropa térmica que usábamos debajo de ellos estaba funcionando bastante bien, o el clima no era tan cruel como parecía. Luego de rodear el cerro (resultó más alto de lo que había calculado originalmente) para encontrar el camino más fácil para alcanzar la cima, comimos dos paquetes de provisiones para reunir las energías necesarias para el ascenso. Aún así seguía sin sentir ningún dolor, y el cansancio que me había invadido repentinamente desapareció de igual manera.

El punto que la Comandante G. divisó a lo lejos en la cima del cerro en el que pensábamos guarecernos resultó ser una cabaña de madera bastante grande, similar a un refugio de esquiadores. Caía la noche (y al hacerlo comprobaba que mi suposición de los puntos cardinales era correcta) y ya era un despropósito intentar observar desde la cima en busca de más respuestas. La cabaña estaba cerrada pero la Comandante G. encontró la estatua debajo de un gnomo de jardín.

Y ahí debí empezar a fijarme más en todo.

III

El único cuarto abierto tenía dos camarotes y en medio una mesa con una lámpara. Aparte del hogar con leña lista para quemar y esta habitación, todo lo demás parecía vacío, pero no abandonado. Fuera de allá no había mucho para revisar, por lo que la Comandante G. y yo hablamos sobre los planes que podrían sacarnos de allí, al menos a encontrar algún otro sitio poblado antes de que las provisiones se extinguieran. En el cajón de la mesa encontramos un cuaderno en blanco y un esfero y anotamos las direcciones a las que nos dirigiríamos una vez saliera el sol. Un par de horas después cerré los ojos un rato, para descansar de la intensidad del blanco de fuera que había recibido casi todo el día.

Me vi frente a una de las otras habitaciones de la cabaña en medio de la oscuridad. Además del pomo de la puerta podía ver luces pasando, como las luces que se reflejaban en el techo de mi cuarto en Chapinero cuando no podía dormir en las noches. Empezaba a sentir frío pero la puerta emanaba una calidez que no entendía. Sonó un chasquido y tomé la manija de la puerta. Abrió sin problemas y un golpe de aire cálido me llamó al interior del cuarto.

Mi cuarto, el mismo en que viví los últimos meses antes de partir a Moscú con mi amigo J.H. Recorrí el pequeño lugar, revisando que todo estuviera allí, que lo que recordaba de ese año tan lejos en el calendario, tan cerca en mi mente siguiera en su sitio. Salvo los instrumentos musicales y la ropa que llevé conmigo una vez inicié el periplo que me llevara a esa lejana cabaña, todo seguía en su sitio. Intenté salir al corredor de mi viejo apartamento pero me fue imposible, así que tomé algunos sacos del armario y regresé por donde había entrado.

Y al sonar el portazo volví a abrir los ojos y me vi nuevamente en la cama. Ya había amanecido y la comandante G. no estaba en el camarote junto al mío. Salí a buscarla y la vi empujando otra de las puertas y rascándose la cabeza al ver que estaba inamovible. “¿No recuerdas que ayer no abrían?”, pregunté. “Pero si anoche pasé por esta misma puerta a la sala de la casa de mis padres en Belgorod. Me quedé dormida allí, en el sofá, y cuando desperté estaba en el camarote de nuevo. Y ahora la puerta está cerrada”. Señalé la puerta por la que había cruzado y le conté mi historia.

Regresamos a la habitación principal para tomar unas provisiones y al revisar el cuaderno para buscar los planes hechos la noche anterior lo encontramos en blanco. “¿Pero qué putas?”, grité en castellano, mientras la Comandante G. pasaba incrédula las páginas. “Nada”. Tomé el cuaderno y lo revisé desde la primera hoja. La tercera estaba impresa con la palabra “Instrucciones” en varios idiomas, así que pasé más hojas más rápido y ahora todo estaba impreso. “¿Y esto?”, preguntó G. “No lo sé, son unas instrucciones. Pero, ¿no estaba en blanco anoche y hace un rato? ¿Dónde quedaron los apuntes que tomamos?”, dije. “No importa, léelo, préstamelo para leerlo, demonios, necesito saber rápido qué dice”.

Como las instrucciones estaban en varios idiomas, incluyendo ruso y castellano, nos turnamos para leerlo.

IV

Bienvenidos a la zona de reaclimatación planetaria. Si se encuentra en este lugar es porque su especie no tiene la autorización para establecer contacto con otras civilizaciones y ha sido dispuesto que sea devuelto a su planeta de origen. Para la fase inicial de este proceso se encuentra en esta cámara con otro ser de su especie. Con el fin de garantizar un retorno seguro a su hogar le recomendamos tener en cuenta las siguientes instrucciones:

Cuartos

Los cuartos se abrirán ocasionalmente y le llevarán a un sitio que le tranquilice; son solo simulaciones y lo que haya en ellos no podrá salir de ahí. La única forma de salir de estos cuartos es por la puerta que se ingresó; si dura más de 8 horas en él será transportado a su cama automáticamente. No existe un horario fijo para la apertura de esta puerta pero siempre estará frente a ella en el momento adecuado.

Alimentos

Una vez las provisiones que usted y el otro miembro de su especie puedan traer consigo se le darán los alimentos necesarios en la cantidad justa.

Ascensor

El ascensor será la última etapa en el retorno a su hogar. Cada uno deberá entrar por su puerta respectiva. Una vez dentro ingresarán en un vórtice temporal que les llevará al punto en el tiempo que coincida con lo que han transcurrido conscientes mientras hayan abandonado la atmósfera de su planeta. Una vez allí recibirá las últimas instrucciones.

La finalidad de este refugio es crear una mejor comunicación con sus demás coespecímenes. Entre más rápido desarrolle esta habilidad, más pronto podrá regresar a su planeta.

Gracias por su atención y disfrute su estadía.

V

Así que esto era todo: lograr una comunicación con la Comandante G. nos llevaría de vuelta a casa. Fácil en el papel.

Pero siempre fui el más tímido en el programa de exploración interplanetaria. Al ser extranjero siempre tuve un problema de adaptación, de creer que no iba a encajar, a entender completamente la forma de ser común de mis compañeros, y desde que mi gran amigo J.H. se casó con una clarinetista de la orquesta del teatro Mariinsky y abandonó el programa espacial soviético no tuve un compadre entre los cosmonautas; me era bastante difícil crear vínculos con la gente alrededor, en especial por la barrera idiomática que mi mente se encargaba de amplificar. Y encima, mi timidez que se exacerba con alguien que encuentro atractivo.

“¿Te parece complicado?”, me preguntó, “Tengo la impresión que nos quieren retener aquí hasta que sepamos tratar a cualquier persona bien, empezando por quienes están a nuestro alrededor”. “Sí, eso estaba pensando: es una escuela de habilidades sociales para adultos. Increíble”.

Los siguientes dos días tuve acceso al cuarto que simulaba mi habitación bogotana. Entre los objetos que más necesitaba ver estaba una carta de mi madre en la que se despedía de mí y que atesoré durante años hasta que hube superado su muerte, y un diario en el que llevaba anotaciones de sucesos que sabía que nunca podría contar a nadie. Empecé a recorrer sus hojas, reviviendo cada vez más intensamente los recuerdos que allí había dejado. El sopor se apoderaba de mi y sabía que pronto iba a ser regresado a mi habitación.

Entonces me vi parado en la parte baja del puente de la Avenida 68 con Calle 68. Llevaba conmigo una maleta mediana y esperaba el bus hacia el aeropuerto. Pero en lugar de la buseta gris y pequeña de entonces paró un colectivo Italbus como los que rodaban en Buenos Aires. Pude subir con mi maleta sin problemas y encontrar puesto rápido. Revisé mis papeles: iría a Moscú vía París en AirFrance y Aeroflot. Casi 17 horas de vuelo. Suspiré y cerré los ojos.

Luego me vi en una playa de Sochi caminando de la mano con una rubia. Era por lo menos veinte años mayor que yo. Trataba todo el tiempo de acariciarme y besarme y hablaba con acento venezolano. Recordé que se había subido al colectivo en la Avenida ElDorado y me había besado diciendo “tu papá nos va a matar”. Los recuerdos regresaban en flashes, cómo la había conocido en la oficina de mi padre, cómo él había intentado de tener un romance con ella y cómo ella lo había rechazado por mí. Recordaba las dificultades que tuve para mantener una relación con ella, por no herir a mi padre, porque no sabía realmente cómo comportarme, porque muchas veces no teníamos puntos de vista en común. Y ahora estaba allí, despidiéndome de ella en el aeropuerto de Sheremetyevo, luchando por contener las lágrimas y por evitar que ella agarrara mis genitales en público, despidiéndome porque ella regresaría a Venezuela vía La Habana y yo a Bogotá vía Amsterdam y Panamá.

Luego no supe cómo pero desperté con el diario en la mano y subrayando una nota al final del texto que estaba leyendo: “interesante borrador, mejóralo” hecho por mi maestro del taller literario del Centro de la ciudad.

VI

Parte de nuestro atractivo para hacer parte de esta misión era nuestra soledad. Sin familias, sin parejas, sin amigos. Si nos perdíamos en la infinidad del universo nadie iba a lamentarlo, solo seríamos pérdidas de material para la Agencia. Casi desechables. Nuestros grupos de misión eran las personas más cercanas en ese momento en nuestras vidas y aún así no extrañaba -en parte porque no conocía- a ningún miembro de mi tripulación. Rara vez recordaba que alguien más iba conmigo en este viaje.

Pero conforme pasaban los días me preguntaba qué sería de todos y cada uno de quienes partimos esa mañana de abril desde los cosmódromos de Baikonur y Vostochni. Seis lanzamientos casi consecutivos en 3 días desde ambos cosmódromos, seis misiones con 8 tripulantes, 46 personas que no sé dónde puedan estar. ¿Estarán en una cabaña similar a esta? ¿Dónde?

Entre tanto, supe de la Comandante G. cuántas dificultades había pasado para entrar a la Fuerza Aérea y de ahí al Programa Espacial; cómo había perdido su familia en un accidente de navegación en el Seversky Donets; cómo había sobrevivido a la universidad dos años antes de tener un ataque de ansiedad causado por su dificultad para socializar; y cómo el salir al espacio le había generado una confianza en si misma inmediata y profunda. Aún estaba en la Fuerza Aérea cuando J. y yo habíamos hecho el show espacial como primeros cosmonautas civiles; confesó que las canciones le habían gustado y cantó un fragmento que yo ya había olvidado. Años sin recordar mi música.

También comprendí que los cuartos nos estaban llenando de motivos para regresar a casa, al rellenar nuestra mente de recuerdos de personas, situaciones y lugares que extrañábamos, y cuyas ausencias debíamos confrontar y superar o revertir. Empezamos a hablar de las vidas que habíamos dejado atrás, de las ilusiones que igual teníamos. De cómo nuestra soledad no impedía que tuviéramos sueños. Le hablé de los tiempos de la banda, ella de su idea de convertirse en piloto de línea comercial. Las personas que habíamos querido. Los sitios que queríamos ver. La convivencia empezó a hacerse cada día más fácil y la camaradería creció entre nosotros. Tuvimos la oportunidad de entrar juntos a los cuartos de recuerdo del otro y compartimos historias alrededor de nuestros objetos, de nuestras memorias.

Hasta que el ascensor se abrió cuando ya habíamos olvidado que eso sucedería cuando aprendiéramos a comunicarnos.

VII

Instrucciones del ascensor

Los  ascensores espaciotemporales han sido diseñados para llevarle a salvo de vuelta al punto de partida de su viaje, al momento en el tiempo en el que su vida estaría en este instante, tomando en cuenta lo que ha transcurrido desde que inició su viaje. Como usted y su compañero/a de refugio tuvieron trayectorias distintas y recorrieron distancias diferentes el ascensor deberá ajustar los tiempos transcurridos de ambos a un punto común. Para ello cada uno operará los botones de subida y bajada; cuando la puerta de cada uno se abra deberá esperar que transcurra un cierto tiempo de ajuste; éste podrá ir hacia el futuro o hacia el pasado por lo que recomendamos no descender para no acelerar o regresar su edad cronológica y evitar crear una paradoja.  Una vez sus cronologías  sean ajustadas pasarán a través de un agujero de gusano a la  parte más alta de la atmósfera de su planeta; a partir de allí tendrán un suave descenso al lugar  especificado. 

“¿Y tú a dónde quieres ir?”, le pregunté a G. “Melkisarovo. Hay una escuela de Aeroflot. Voy a hacerlo”. “Me alegra”. “¿Y tu?”, preguntó G. luego de un rato, “¿Vas a ir de vuelta a casa? ¿Vas a retomar la música?”.

Mientras pensaba qué responderle la puerta de mi lado se abrió y vi cinco atardeceres en el mar en cuatro minutos mal contados. “Tal vez regrese a Bogotá a resolver el problema con mi padre”. En ese momento la puerta de ella se abrió y ella vio un edificio derrelicto levantarse del suelo a su esplendor en el momento justo antes de ser abandonado. “¿El problema que narras en el cuento? ¿En realidad huiste con esa mujer que a él le gustaba?” “No, por supuesto que no. Pero ella si le rechazó por mi culpa y por eso dejó de hablarme. Por eso terminé en Moscú tratando de vivir de la música, y por ello mismo terminé aquí contigo”.

“¿Y ella? La contactarás?” “Espero. No sé igual cuánto tiempo haya pasado, qué edad tengan, si aún viven”. El silencio se prolongó mientras ambos pensábamos en esa posibilidad y las puertas se abrían con cada vez más frecuencia, mostrando escenas completamente sobrecogedoras, avanzando y retrocediendo en el tiempo, hasta un momento en que parecía un ascensor de edificio de juzgados, parando en cada piso cada 10 segundos y con escenas sucediéndose como en un mal videoclip de electrónica de los lejanos noventas.

“Decidido. Iré a buscarlos. Si tu vas a Melkisarovo yo voy contigo. Veré qué consigo para volver a casa desde Sheremetyevo”. Así que esa fue la instrucción que dimos al ascensor. “De ida y vuelta”, me dijo G. “Por supuesto: una vez haya hablado con ellos regresaré a Moscú y buscaré a J.H., quiero reactivar la banda”. El ascensor se transparentó y las luces blancas fueron estabilizándose, pasando más lentas y volviéndose puntos lejanos. Se abrieron dos compartimentos en los que encontramos ropas nuevas y dinero con una nota: Necesitarán esto para reingresar a la vida civil. Todo está de acuerdo al tiempo al que van a llegar. Afuera, el pequeño globo azul al que nos dirigíamos empezaba a crecer.

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Insomnio.

julio 22, 2012

Es horrible dormir en el lugar de trabajo. No puedo decir exactamente “en el mismo sitio donde se trabaja”, porque he trabajado en casa y eso no me parece complicado. Tal vez… tal vez sea que aún jerarquizo y considero que un lugar (primariamente) de vivienda puede ser tener funciones (secundariamente) laborales, pero no al revés.

A mis compañeros de trabajo (y vivienda, en este momento) no parece afectarles en lo más mínimo, en cambio. Todos venimos de husos horarios distintos y la noche permanente (así como el día artificial constante en el área de trabajo) hace posible que todos mantengamos nuestros relojes biológicos en la hora que es en casa. Así podemos trabajar, descansar y dormir en turnos sin que el trabajo se detenga. Un éxito del gobierno central, dicen.

A diferencia de mis compañeros, no logro dormir, no tan bien como quisiera, no tanto como debería. El médico del lugar insiste en darme somníferos y yo insisto en simular que los tomo: no quiero depender de ellos y sé que afectarían negativamente mi rendimiento.

Entonces doy vueltas en mi camastro mientras mi cabeza da vueltas por todo el sistema solar buscando una explicación a esta incapacidad de dormir. Culpé primero a la noche eterna y el día artificial, a que mi crianza en los trópicos se resiste a aprender que no siempre hay doce horas de sol y doce de penumbra, que esta noche eterna también es natural y posible. Posteriormente, creí firmemente que todo era causado por tener que dormir (y vivir, descansar y comer) en el lugar de trabajo en vez de trabajar en el sitio donde se desarrolla la cotidianidad; puede ser que solo sean ideas mías surgidas de la falta de costumbre, de una educación distinta a la de mis compañeros.

Hasta que, finalmente, lo veo claro.

Los pocos sueños que logro recordar de los momentos en los que finalmente logro dormir lo suficiente para poder soñar (me niego a llamar esos momentos “noches”, no cuando siempre es de noche) me dan la respuesta.

En casa, aunque no siempre, mis sueños mayormente están relacionados con volar, con surcar los aires, dejar la tierra y sus amarras y ser libre más allá de ella. Aquí todo es distinto: hace mucho que no sueño con aviones. Sueño con tirarme al agua y nadar, sueño con correr, andar las aceras de mi barrio a distintas horas del día, sueño con recorrer las carreteras a 60 por hora (o incluso menos) para poder ver el paisaje, sus detalles, todo su esplendor. Sueño, definitivamente, con tener un contacto directo con la tierra, y esa necesidad me la causa todo este tiempo en gravedad cero, de noche eterna, y lejos de ella. La veo a lo lejos, pequeña y frágil, alejándose cada vez más, y la extraño.

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Condiciones favorables para el despegue.

junio 18, 2012

“Siempre recuerda, hijo, que detrás de las creaciones más macabras hay un acto de ingenio tan grande que se puede revertir y aprovechar en favor de la vida, no de la muerte”. Esas palabras que mi padre me había repetido desde que tengo memoria, y que incluso estuvieron cerca de ser las últimas que me dirigió en su lecho de muerte (afortunadamente tuvo tiempo de despedirse de forma menos solemne) han guiado mi vida. Por ejemplo, cuando descubrí el mundo de los modelos a escala siempre huí de los aviones y barcos militares y me concentré en los de pasajeros, consciente que del desarrollo militar había surgido el progreso civil, lo que demostraba las palabras de mi padre.

Y heme aquí, en la viejísima  torre de control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, preparando uno de los vuelos civiles más importantes de las últimas décadas. Pronto abordaría la aeronave junto a un selecto grupo de pasajeros, no sin antes dar el discurso tan propio de los grandes eventos. Había dedicado los últimos años de mi vida a un proyecto para volver a traer el gran lujo y confort asociado a los primeros vuelos aéreos al servicio del público. Tal vez no fuera asequible para todos, pero mi esperanza es que quienes tomaran mi antorcha lo masificaran y lo hicieran aún más barato y efectivo de lo que en este momento era.

Lo que había empezado como un espectáculo y como una prueba de ingenio para vencer las limitaciones impuestas por nuestro torpe y frágil cuerpo humano, que una vez empezó a avanzar el siglo XX se convirtió en una máquina de guerra y por eso mismo se desarrolló aparatosamente, hasta ese momento en el que su progreso se vio truncado por la tragedia, se disponía a volver a la escena mundial por todo lo alto (valga el chiste) como la cima del lujo, el confort, la elegancia, el estilo y todo lo demás que hizo de los pioneros de la aviación civil unos héroes a los ojos del público. Saqué de mi abrigo la vieja carta que me había escrito mi abuelo en 1984 y que le había prometido solo leería hasta diez años después. La letra alargada y elegante del viejo, en tinta morada sobre un papel cada vez más amarillento, me recordó las tardes que pasaba con él en su taller, en los hangares del aeropuerto, en los bancos de pruebas, tardes que moldearon mi amor por la industria aeronáutica y por la historia de nuestra familia. La leí por centésima vez:

“Si algo nos enseñó la tragedia del Hindenburg fue a buscar una alternativa mucho más segura para los combustibles de los dirigibles. El hidrógeno, nos había quedado ya demostrado, era mortalmente volátil e inseguro. Luego, la inevitable segunda guerra, nos detuvo en nuestro propósito de restablecer el prestigio a la compañía de zeppelines: los que habían sobrevivido al inicio de las hostilidades habían sido confiscados por el gobierno estadounidense una vez se firmó la rendición alemana. 

 

Los cuarenta y cinco años anteriores habían sido una desastrosa sucesión de eventos políticos y económicos que habían alcanzado sus picos de horror en las muertes por millones que atravesaban a Europa. La primera gran guerra nos había podrido el alma al enseñarnos que la muerte en batalla había dejado de ser algo honroso, que el combate se había deshumanizado y que la muerte del enemigo en masa era algo más posible, más sencillo y al mismo tiempo más grotesco, cruento, cruel y miserable. Con nuestras podridas almas nos arrastramos por la tercera década del siglo, tan anestesiados que vimos las raíces del horror totalitarista y no hicimos nada.

 

Y la segunda gran guerra, tan inevitable y tan motivada por el revanchismo como la primera, con mentes podridas por esos primeros años del siglo XX en el poder, nos llevó al punto más bajo de nuestra humanidad. La muerte en masa en cuestión de segundos, el horror del exterminio, la demencia de la búsqueda de la aniquilación total del otro, todo de tal forma que hizo parecer como algo digno esas escenas de trincheras de 1917, el gas mostaza, los campos minados que aún hoy persisten…

 

…y la masa culpándonos a nosotros, los inventores, los hombres de ciencia, de todo el horror. Y nuestras conciencias que no nos dejan dormir, pensando que tal vez la gran masa tenga razón, que nuestros cerebros solo trabajan para el mal, que estamos destinados a crear cosas que solo van a destruirnos. Nuestras naciones en ruina, sin capacidad económica para financiar una investigación que pueda generar una creación que repercuta en el progreso de todos y nosotros lamentando que nuestras mentes solo son útiles en tiempos en los que se necesita exterminar pronto y en cantidad a alguien más.

 

Algunos de nosotros decidimos dejar de ser parias. Abandonamos nuestros derrotados y arruinados países y buscamos refugio en cualquier nación que nos abriera sus puertas y perdonara nuestro pecado original de haber nacido en una tierra que trataría de dominar primero a Europa y después al mundo (ambas veces infructuosamente) y nos permitiera acceder a recursos para crear cosas para la vida a cambio de ciertos conocimientos que igual conseguimos cuando el esfuerzo bélico nos obligó a ello.

 

Nunca, nunca lo olvides, hijo. Nuestros antepasados olvidaron todos esos episodios escabrosos de la historia del país y por eso repitieron tantas veces los mismos errores. La vida me dio otra oportunidad de devolver algo a la humanidad y siento que tu padre y tu han sido mi mayor logro en ese respecto: él te enseñó el amor por la ingeniería que yo le inculqué, e hizo una gran labor en criarte. No quiero que creas que tienes que cargar con mi legado como una obligación, sino como un privilegio y como el honor que es llevar a cabo proyectos que benefician a muchos en lugar de a unos pocos.

 

Nunca lo olvides, mi querido nieto.

 

H.S.R”

Mi abuelo y sus colegas, una vez establecidos en este país, lograron recuperar los zeppelines que habían sobrevivido a la guerra y que estaban en poder del gobierno estadounidense, a cambio de algunos secretos científicos que de cualquier manera iban a conseguir prontamente. La labor de su vida, y la de mi padre, fue lograr crear un gas combustible que fuera más ligero que la atmósfera, infinitamente menos peligroso y volátil que el hidrógeno, económico de producir y fácil de almacenar y transportar. Para ello tomaron casi cuarenta años, y los vuelos de prueba, en los viejos zeppelines alemanes restaurados y readecuados una y otra vez, parecían ser exitosos. Pero no eran viables comercialmente aún, y una vez me gradué de la universidad y tomé mi puesto en la empresa familiar disfrazada de empresa estatal dediqué mis esfuerzos en crear una aeronave que pudiera ser producida en masa, a una fracción del costo de los cada vez más modernos, eficientes y efectivos aviones de pasajeros.

El estado nos subsidió conforme pudimos demostrar que el proyecto seguiría siendo viable por años. Finalmente contamos con una flotilla adecuada para iniciar una línea aérea propia, pero decidimos recuperar costos vendiéndolas a las aerolíneas ya existentes. Mi parte favorita de supervisar las aeronaves en proceso de finalización era ver cómo las pintaban. Cuando tuve la oportunidad de visitar la planta de Boeing en el estado de Washington, y la de Airbus en Tolouse, me quedaba bastante tiempo mirando cómo aplicaban las capas de pintura, cómo le iban dando forma a los diseños que tanto me gustaban; recordaba también cómo era mi parte favorita al armar los modelos a escala, convertir los trozos grisáceos de plástico en versiones en miniatura cuidadosamente detalladas de los aviones que tenía el privilegio de ver cuando visitaba los hangares en que trabajaban mi abuelo y mi padre.

Las aerolíneas en un principio nos recibían con bastante escepticismo, y los fabricantes de aeronaves comerciales trataban de minar nuestra credibilidad pensando que un competidor más no sería beneficioso para nadie. Varios países habían afrontado crisis económicas fuertes luego de la guerra del Golfo y de la caída de la Unión Soviética y el negocio aeronáutico parecía hasta ahora resurgir tímidamente. Nuestra salvación fue el precio mínimo de los dirigibles comparados con los aviones, los bajos costes de mantenimiento y combustible, y el porcentaje de ganancias que dejaría el costo proyectado de cada tiquete. Los grandes fabricantes decidieron apoyarnos cuando nos comprometimos a no desarrollar este combustible para otro tipo de aplicaciones y las petroleras dejaron de presionarnos por lo mismo. El costo de adecuación de aeropuertos para recibir estas aeronaves era mínimo (únicamente dos torres suficientemente altas con zonas de amarre y escaleras desplegables que dieran a una sala de espera de alto lujo, que incluso cualquier rascacielos con helipuerto podía reemplazar en caso que las ciudades no quisieran embarcarse en un proyecto de construcción tan sencillo) y por su naturaleza de lujo podría traer bastantes beneficios económicos.

Pero por más que lo intentáramos, nunca pudimos lograr que nuestros zeppelines desarrollaran una velocidad crucero suficiente para competir siquiera con los aviones regionales. Me enfrentaba a un problema bastante serio, hasta que tuve una idea salvadora.

Los zeppelines no tenían por qué ser rápidos, en absoluto. Parte del lujo y del confort radicaría en su lenta velocidad de crucero, que permitiría un mayor aprecio del paisaje, menores turbulencias, más escalas en los viajes largos para poder estirar las piernas, bajar al aeropuerto a tomar algo y volver a abordar. El equipo de marketing se encargó de recalcarlo y de convertirlo en la parte más positiva de la experiencia. Los precios proyectados por las aerolíneas subieron en consecuencia y los zeppelines se convirtieron en algo mucho más de lujo que la clase ejecutiva. Así que las cabinas de pasajeros se reacondicionaron de tal forma que nunca un aparato que surcara los aires cargara con tanta distinción en su decorado, elementos e interiores. Estaba seguro que ni siquiera los trasatlánticos más lujosos de la historia podían competir con mis dirigibles.

Hoy, 17 años después de que mi abuelo me entregara esa carta, nueve de septiembre de 2001, me dispongo a abordar con un selecto grupo de pasajeros el primer vuelo comercial de un zeppelin en más de 60 años. Las aerolíneas ya han recibido los suyos y han aceptado que sus vuelos inaugurales se realicen una vez el nuestro finalice en Manhattan. Porque hemos decidido que el vuelo inaugural llegue al centro financiero del mundo, y que en lugar de las 14 horas habituales que toma un vuelo Ezeiza-JFK, lleguemos a las 36 horas de haber partido, luego de cinco escalas a lo largo de América, la mañana del once. Sé que viene algo que cambiará la historia.