Archive for the ‘serie b’ Category

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Búmeran

mayo 23, 2011

Atto primo

Interior, madrugada. José Joaquín está durmiendo profundamente, mientras afuera cae un aguacero torrencial. En este momento es cuando empezaría a sonar el preludio, dramático y sombrío para acompañar el clima de fuera, pero José Joaquín no tiene una orquesta en su casa. Suena en cambio el repique del timbre de la puerta, insistente y desesperado, hasta que José Joaquín despierta y se arrastra a la puerta principal de su apartamento.

– Julia, Julia, Julia –, canturrea él al verla frente a sí.

Julia lleva el pelo sobre la cara, aplastado por la lluvia al igual que su ropa monocromática y a José Joaquín le toma medio minuto más para darse cuenta que sus ojos parecen competir con las nubes de afuera, de tal manera está llorando. Sigue allí, callada sobre el  tapete del corredor, con la cabeza gacha y estremeciéndose constantemente por el frío y el llanto.

–¡Carajo! Sigue, por favor.

Ella le sigue en silencio hasta la cocina, donde él la abraza y acaricia su pelo. “Dame dos segundos”, le dice, y se dirige a su cuarto, donde rápidamente saca un pantalón de pijama cálido, un saco de sudadera y unas babuchas que él tiene pero nunca usa. Arregla un poco su cama y las pone ahí, toma una toalla y se la lleva a la cocina.

– Sécate un poquito, y ve al cuarto, para que te pongas algo seco. Ahí te dejé sobre la cama. Mientras, te voy a hacer algo caliente.

– Gracias.

José Joaquín llenó dos pocillos de agua, los metió en el microondas y, cuando estuvieron calientes, les puso un sobre de té hindú a cada uno. Dos cucharadas de azúcar y un poquito de leche para el suyo, nada más para el de ella. Colocó los pocillos y un plato con galletas alemanas en una bandeja y se dirigió a su cuarto, calculando que Julia ya habría terminado de cambiarse. Ella estaba sentada en el borde de la cama y sonrió al verle entrar con la bandeja. “Te acordaste de cómo me tomo el té”.

Veinte minutos después ella dormitaba a su derecha. José Joaquín prendió el televisor, bajó el volumen al mínimo audible y sintonizó la carrera de Fórmula 1. Julia le abrazó y puso su cabeza sobre el pecho de José Joaquín. Él acariciaba su cabeza, lentamente. La carrera se puso aburrida. José Joaquín se acomodó y abrazó a Julia. Ella le acercó a su cuello. Así estuvieron, sin cruzar palabra, hasta que ella pidió que almorzaran.

Caía la noche. Él la consentía ocasionalmente mientras veían una película y ella usaba constantemente su Blackberry. Julia se paró de la cama y fue a la cocina. “Mi ropa ya debe estar seca”. Regresó unos minutos después, ya vestida. “¿Me acompañas al bus?”. José Joaquín se vistió tan rápido como pudo y salieron a la calle. El bus que ella tomó le dejaba lejos de su casa.

José Joaquín regresó a su casa y se bañó, visiblemente aburrido. “Domingo de mierda”.

Atto secondo

En su ronda de revisar facebook en la mañana, José Joaquín lee un status de Julia que interpreta como una muestra más de que lo que le llevó esa madrugada de domingo, bañada en lágrimas, a su casa. Es martes, y en su oficina aprovecha el bajo flujo de trabajo para escribirle un correo de ánimo; durante el día también le manda un par de sms con buena onda. No recibe respuesta alguna. En la noche el status de facebook de Julia sigue en la misma tónica de la mañana. Finalmente, la llama y la invita a tomar un café cerca a su oficina el jueves o el viernes en la tarde. “Yo te aviso”.

El aviso llegó hasta un mes después.

Después de un café de tarde convertido en cena rápida cortesía de la lluvia, Julia y José Joaquín están en el cuarto de él, viendo un dvd de episodios de El Auto Fantástico. Luego de tres episodios en silencio, Julia pasa un rato escribiendo en su Blackberry. Cuando lo guarda, se acerca a José Joaquín. “¿Puedo quedarme hoy?”. Él accede. Se abrazan, y luego de un rato de inmovilidad en esa posición, ella acerca su rostro a los labios de él, repetidamente, acercando sus bocas cada vez más pero evitando cuidadosamente un beso más firme. Él se suelta una hora después.

José Joaquín despierta al sentir caricias en su abdomen. Está de espaldas a Julia, quien le abraza y le acaricia. Él gira hacia ella, ella acerca la cabeza de él hacia su cuello y lo abraza, apretándolo contra su piel. José Joaquín duda y se queda inmóvil un segundo, hasta que Julia acaricia sus orejas, entonces empieza a besar su cuello. Julia vuelve a dirigir la cabeza de José Joaquín hacia abajo cada vez que él empieza a subir con sus besos hacia la cara de ella.

Hasta ese momento y desde que se encontraron no han dicho más aparte de los saludos cuando se encontraron, cuando decidieron qué cenar y cuando ella le pidió posada. Suena el aviso de mensajería en el blackberry de Julia y ella suelta a José Joaquín para atender su teléfono. Él la abraza y besa su nuca, pero ella no se inmuta en el resto de la noche, que él pasa en vela.

Ya en la mañana, después de un desayuno pequeño (de nuevo té, esta vez con tostadas con mantequilla), nuevamente ella le pide que le acompañe a tomar el bus y nuevamente toma uno que le deja lejos de casa, el mismo de semanas atrás. Al despedirse, Julia besa la frente de él y le susurra “te quiero” al oído. José Joaquín, nuevamente molesto, empieza a pensar cómo enfrentar el gris sábado que empieza.

Atto terzo

José Joaquín está en una discoteca de la Zona rosa. Es una fiesta de integración, para dar la bienvenida a los nuevos practicantes del área comercial y recursos humanos de su empresa. Es víspera de viernes festivo, por lo que el lugar está inusualmente lleno. No hay más eventos corporativos pero la clientela es nutrida. Son casi las diez de la noche y, después de bailar una tanda de merengue con una de las coordinadoras de su área, José Joaquín sale al balconcito de la discoteca a fumar, acompañado de Luisa, la estudiante de ingeniería industrial que hará la práctica bajo su tutela, y de Enrique, su vecino de cubículo y mejor amigo.

Enrique y José Joaquín pasan el tiempo del cigarrillo contando a Luisa anécdotas sobre la oficina y sus jefes y compañeros de trabajo, debidamente condimentadas y exageradas para entretener y asustar a la practicante, a quien han decidido convertir en su “protegida”, por lo menos este semestre, ya que les ha caído bien y de alguna manera sienten que podría continuar en la empresa después de graduarse. Camino al balcón han pedido unos Jell-o-shots que toman para apuntalar el sabor del tabaco. José Joaquín se siente un poco embotado y decide quedarse un rato más en el balcón para tomar algo de aire y para dar un poco de espacio a Enrique, ya que se ha dado cuenta que su amigo empieza a mostrar más abiertamente una atracción hacia Luisa.

“¡Hola!”. Julia se ha puesto frente a él, sin que lo notara (gracias al efecto del vodka) y ahora le abraza. “¿Qué haces aquí?”, pregunta él, sin lograr aún digerir que ella esté allí, frente a él, como si nada, a sabiendas que ella nunca iría a un sitio así. “De paso”, responde, “de hecho te vi hace un rato pero hasta ahora que te veo solo te puedo saludar”. La conversación sigue en trivialidades y formalismos, y José Joaquín decide que necesita algo más de alcohol para soportar la charada. “Voy por algo de beber. ¿Quieres que te traiga algo?”, pregunta con la cortesía desmesurada que le caracteriza. “Lo mismo que te estés tomando”.

Él decide tomar el camino más largo entre el balcón y la barra. Arrastra los pies, como un condenado, mientras se debate entre pedir dos jell-o-shots más y tratar de hablar con Julia (tarea difícil, en ocho años que la conoce muy pocas veces ha podido pasar del small talk con ella, aún habiendo estado en una relación), dejarla en el balcón y dedicarse a evadirla el resto de la noche o poner pies en polvorosa y huir de ahí. Con los dos tragos en la mano, caminando sin rumbo mientras se decide, se encuentra con Enrique, quien espera a Luisa cerca del baño. “¿Qué pasa, huevón? ¿Qué se hizo? ¿Y esa cara?”. “Julia. Ahí, en el balcón”. Enrique toma una de las copas de la mano de José Joaquín, y le hace señal de que brinden. Chocan las copitas de plástico y tragan las gelatinas alicoradas tan rápido como la densidad del cóctel lo permite.

Enrique le toma de los hombros. “¡Despieeerta, José Joaquín! ¿Que vas a perder el año así nomás?”, le dice, con un acento levemente costeño, mientras le sacude un poco. “Ahí está la pendeja esa, con Martínez, el mechudo de Sistemas. Quién sabe qué le ven a ese huevón, que las trama a punta de palabras dizque bonitas”. Luisa ha salido del baño y se les une. “¿Qué pasó?”, pregunta al ver la cara de consternación de José Joaquín y al sentir la molestia patente de Enrique, quien le apunta con la cabeza hacia el rincón donde Julia y Martínez se besan. “Ese imbécil se coló esta mañana en el baño de mujeres del sexto piso con una cámara”. José Joaquín mira a Luisa. “¿Puedes poner una queja el lunes?”. Luego, dirigiéndose a Enrique, añade “no, no voy a perder el año así nomás”. “¿Qué va a hacer?”, pregunta Enrique. “Pues dudo que el cabrón pueda sostener sus palabras bonitas si lo despiden de una empresa por fisgón, y quién sabe, hasta puede terminar en la cárcel”, responde José Joaquín. Sabe que Julia le odiará por lo que va a pasar, pero se da cuenta que es lo más apropiado. Respira tranquilo, sonríe algo maliciosamente, y abraza a sus amigos. “Bueno, ¿vamos a seguir bailando, o qué? Está tempranísimo y mañana es festivo”.

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Viernes en la tarde

febrero 15, 2011

Ella extiende un papel sobre la mesa. Él la mira extrañado.  “Fírmalo. Dice que no me harás responsable por nada y que todo esto pasa bajo tu voluntad”. “…Pero…”. “Me gano la vida en esto. Y no te voy a cobrar pero tienes que firmarlo”.

Horas atrás estaban sentados en una cafetería de la universidad, cerca a la vieja facultad de odontología. Ante las incrédulas miradas de las pocas personas que ponían cuidado a su conversación, ella aseguraba que haría todo lo que él, cada vez más y más emocionado, pedía tímidamente. Ella se sentía muy atraída hacia él, quien se portaba como un niño en su presencia. Pero aún conservaba algo de misterioso: no revelaba completamente atracción hacia ella, lo que le hacía desearlo más.

Quince minutos después pasaron al salón de juegos. Él se sentó en un sofá tapizado en terciopelo gastado mientras ella le vendaba los ojos. “No tardo”. Ella pasó detrás de un biombo, donde cambió su atuendo. Él, a tientas, puso su pequeño maletín en el suelo junto al sillón, despacio, sin hacer ruido.

“Párate. Sigue mi voz”. Despacio, se acercó a ella. Se abrazaron y él acercó sus labios a donde creía estaban los de ella, lentamente. Sentía su aliento cada vez más cerca. La textura áspera y fría del cuero en sus labios le detuvo. “Aún no”. Le guió unos pasos más y le desnudó lentamente, sin quitarle la venda de los ojos, y le acostó en una mesa lisa. De nuevo él sentía su aliento acercándose, mientras ella, juguetonamente, ponía lazos alrededor de sus muñecas. Levantó un poco la cabeza en dirección al calor corporal que le empezaba a enloquecer, y en ese instante recibió una bofetada. Ella le retiró la venda de los ojos y volvió a abofetearle.

“¡Dí que me deseas, basura!”. Ligeramente atolondrado por los golpes, le tomó un par de segundos más enfocarla y hallarle sentido a su indumentaria: un corsé, unas botas hasta la rodilla con unos tacones ridículamente altos y delgados y unos guantes de cuero y látex hasta los bíceps. “Te deseo… ¡te deseo!”. Una nueva bofetada. “Demuestra algo de respeto”. “Te deseo, señora…”. Ella se subió a la mesa y posó su pie sobre la boca de él. “Demuéstralo, imbécil”.

Empezaba a sentirse mareado. El traje de látex que ella le había puesto cortaba algo su circulación, y los distintos golpes y bofetones empezaban a pasar factura: empezaba a sentir escozor en los muslos que habían soportado varios correazos y sentía en las costillas los efectos de las pocas patadas que había recibido después de negarse a besar sus pies por tercera vez.

Luego le puso una máscara. Ahora estaba a oscuras, aislado del sonido exterior y sin poder abrir la boca. Sintió cómo le retiraban las amarras de tobillos y muñecas, cómo le ponían en pie y lo guiaban. Fue puesto frente a una pared, donde recibió una serie de golpes, casi como aguijones, en la espalda. Cayó al suelo, pero no podía gritar. Ella le puso en pie bruscamente y gritó una nueva orden, pero la máscara impedía que fuera inteligible. De nuevo colocó amarras en sus muñecas.

Pasaron dos o tres minutos. Ella empezó a quitarle el traje de látex con un cuchillo, lentamente, apoyando ocasionalmente la fría hoja en su piel. La tensión era insoportable pero el placer que él sentía era indescriptible. Siempre había querido saber cómo se sentía ser torturado, ser usado como un juguete, y la excitación que le producía era insuperable. Le extrañaba que esto no fuera la norma. Finalmente ella cortó las amarras de sus muñecas y él cayó pesadamente al suelo, cansado y desnudo. Se quitó la máscara. “Ven aquí, gusano”.

Ella estaba sentada en el sillón. Él se arrastró a sus pies, mientras ella se quitaba los guantes y el corsé. Él se atenazó a sus piernas, cubriendo de besos sus botas. Se puso boca arriba, aún besando sus tacones. Ella notó su erección y le detuvo. “Irrespetuoso. Travieso”. Se agachó junto a sus caderas. “No aprendes”. Separó sus muslos. El la vio acercarse. Un segundo después todo se puso en blanco y el dolor le aturdía: ella había pisado uno de sus testículos con su tacón.

“Descansa, ya hemos terminado”. Él estaba feliz. Le tomó un rato largo recomponerse y tomar las suficientes energías para ponerse en pie. Cuando finalmente lo pudo hacer, ella le abrazó y besó su frente con ternura. Estaban desnudos, de pie uno frente al otro, y él empezó a acariciar sus hombros con ambas manos, subiendo lentamente al cuello, una y otra vez. Ella cerró los ojos. “Ahora es”, pensó él, y apretó su cuello hasta que ella se desmayó. La arrastró a la mesa donde le había amarrado en un principio, amarró sus muñecas y tobillos y fue por su maleta.

Cuando finalmente despertó, él tenía un cincel en la mano izquierda y un martillo en la derecha. “Tu sí sabes hacer doler. Yo también. Hoy me enseñaste cómo se siente. Antes, todas gritaban horrorizadas cuando yo se lo hacía. Espero que tu no lo hagas, porque tu sabes de hacer sufrir a los demás”. Aún así, ella gritó cuando él enterró el cincel en  su clavícula derecha con un martillazo seco.