Archive for the ‘series’ Category

h1

анода

abril 18, 2013

El silencio hiere mis oídos. Pocas veces he tenido que enfrentarme a él. Es mi aliado, no mi enemigo. Mi capacidad de estar en silencio -mejor, de hacer el menor ruido posible, de enmascarar mis pasos con los sonidos del ambiente- es esencial en mi negocio y es lo que me ha mantenido con vida. Pero ahora que me encuentro inmerso en él siento una pequeña punzada en los oídos, un escalofrío que me recorre y una sensación de desasosiego. Es como estar en el vacío.

No me muevo. Cada paso que doy en esta bodega vacía retumba como si yo fuera un gigante, aún el más mínimo movimiento lleva consigo una violencia sonora que jamás había percibido. Debe ser porque llevo aquí más de dos días -no tengo sol para tratar de adivinarlo, no tengo reloj para comprobarlo- y el silencio me ha ido engullendo lentamente, sensibilizándome cada vez más al sonido. Solo me queda recorrer el espacio con los ojos y tratar de pensar cómo demonios salir de aquí.

Porque lo que me trajo aquí fue bastante estúpido. Convertí un Bogotá-Ezeiza con escala en Lima común y corriente en un doble trayecto con tiempo extra en Lima solo por seguir una pista medianamente coherente. Mauro llegó  con una carpeta de perfiles de quién podría servir de enlace con los moscovitas y por una coincidencia -el viaje a Cusco con su esposa- insistía en señalar a “Alvarito”. Conocía al desgraciado: más viejo de lo que parecía, más joven de lo que debería; ridículamente calvo, de esa calvicie que por alguna extraña razón denota consumo desmesurado de coca o anfetas; siempre rodeado de extranjeras en busca del lado exótico de la América amazónica; malas amistades, peores conexiones de negocios. Si algo olía mal en los alrededores del Apurímac él estaba metido y probablemente con ambos pies. Un acto que repetía casi mecánicamente: servía de guía a mochileras por la selva, y a un par de días de camino inevitablemente iba a ofrecerles ayahuasca. La que no regresaba a su universidad estatal del midwest con una venérea era un caso de estudio interesante para los médicos. Algunos locales lo llamaban “el terror del yagé” (aunque otros no eran tan diplomáticos y cambiaban “terror” por “violador” o “pichula loca”). Cuando sus víctimas se daban cuenta de lo que había sucedido ya estaban en otro país y quien se atrevía a volver lo único que conseguía era más millas de viajero frecuente. El bastardo tenía protección en altas esferas.

Al salir del Jorge Chavez me crucé con Pedro, quien iba rumbo a Iquitos. No lo veía desde enero. Aun así me ofreció su apartamento en Miraflores; no lo pensé dos veces, desde allí podría organizar un poco mejor la búsqueda de este sujeto ya que el informe de Mauro reducía su campo de acción a los hostales cercanos al malecón Cisneros. Lugar perfecto para cazar mochileras, al parecer. Dormí una siesta corta hasta mediodía (volar antes de las 8 de la mañana para mí siempre significaba no dormir la noche anterior, no tenía sentido dormir a la 1 y despertar a las 2 para estar en el aeropuerto a las 3). Encontré un café cerca a la iglesia de la Asunción y no tuve que esperar mucho para ver al alopécico miserable. El periódico que simulaba leer anunciaba la oleada de turistas de spring break y ahí tenía a quien buscaba, parloteando en un inglés afectado -ese inglés de colegio bilingüe de Bogotá, que por más que hubiera vivido media vida en lugares angloparlantes siempre tenía un acento de “estoy hablando una lengua extranjera”- y enfundado en un saco de lana con motivos incas, aún en este calor. Un ejemplo casi enciclopédico de un brichero, y encima bogotano. Y pensar que tendría que seguir su apestoso rastro para confirmar si tenía algo que ver con los moscovitas.

Apuré el vaso de Inca Kola que tenía en frente. Me aseguré de camuflarme en el café y solo con oírlo me aseguraba de que no se fuera.  Del afectado inglés del zopenco y del acento de Michigan de su acompañante deduje que aún ella iba a permanecer dos o tres días en Lima y que ya tenía planes para esta noche; con suerte podría tomar el vuelo de las 9 a Ezeiza de confirmar que en algo estaba implicado. Una vez salieron les seguí, pero todo el resto del día fue una repetición de la escena del café en la que variaba la mochilera que se sentaba a su mesa. Al día siguiente tampoco hubo mucha suerte y cuando ya me estaba resignando a pasar hasta cinco días lejos de casa por fin cambió la rutina. Recordé cómo mi gato me asustaba maullando en mi oído sin que yo hubiera notado que había llegado a mi lado y caminé de la misma forma sutil. Me convertí en su sombra a tal punto que pude subirme al mismo autobús que él sin que se diera cuenta de que estaba al acecho.

Durante el trayecto pensaba en qué me había traído aquí y cómo este sujeto tenía tanto que ver. Poco después de salir de la policía, en mi época de universitario, había conocido a Emilia del Garzo. Solía verla cada vez que viajaba a Bogotá -y era frecuente dado que había conseguido una forma de ahorrar para ir por tierra por lo menos cada cuatro meses- y me mantenía en contacto a diario con ella por internet. En uno de mis regresos salimos a una porno-rockola del centro un sábado en la noche; ella tenía que regresar a casa en transmilenio y cuando íbamos a salir hacia la estación de Museo del Oro estalló una pelea dentro del lugar. Un sujeto bajito y de gafas (que cuando habíamos llegado discutía con otro cliente del lugar llamándolo “homofóbico” por usar la palabra “maricadas” para refererse a algo baladí) y sus amigos con pinta de estudiantes de humanidades peleaban con unos metaleros mientras una rubia sin gracia y una pelinegra con cara de ser la personificación del mal en la tierra les daban bomba, casi que delatando que eran ellas las causantes de la pelea. Una botella cayó a los pies de Emilia. Algún gracioso puso en la rockola el Penetreitor del Grupo Marrano. Dos metaleros se acercaban al sujeto rutaco con barba, que caminaba hacia mi sin verme. Una vez estuvo al alcance de mi mano, lo empujé diagonalmente y los metaleros se abalanzaron sobre él. Con la otra mano tomé a Emilia y corrí a través del espacio que había quedado libre hacia la salida. Los otros sujetos peleaban en medio de la carrera 4 y bloqueaban el paso hacia la Jiménez, y en la calle al sur del lugar se apostaba una patrulla del CAI cercano. Solo quedaba correr hacia el sur y en la calle 14 logré parar un taxi al que nos subimos.

En el taxi ella me besó varias veces. Durante el resto de mi estadía en la ciudad decidimos tener la relación estable y cerrada, aún a pesar de la distancia. Mis ires y venires entre Bogotá y Buenos Aires se hicieron más frecuentes. En ese entonces empezaba a dudar de la utilidad de mis estudios y luego sobrevino el caos: cuando estaba planeando hacer un semestre de intercambio en Bogotá para preparar una propuesta de matrimonio, descubrí accidentalmente que alguien coqueteaba con ella cuando recibió un sms; su SIM estaba en mi teléfono y cuando llegó lo revisé mecánicamente. Traté de pasarlo por alto y no le dije nada, pero dos semanas después ella me avisaba que la relación terminaba porque veía que tenía futuro con alguien más. En la espiral descendiente que siguió -en la que evité a toda costa volver a beber para evitar una recaída, en la que me refugié con las pocas personas que podía confiar en la ciudad- tomé la decisión de abandonar los estudios y meterme en un trabajo mecánico que me evitara usar el cerebro. Dos meses después de trabajar en un call center se me dio la oportunidad de volver a vincularme con el cuerpo policíaco: el sargento Otálvaro me ofreció un trabajo “no oficial” haciendo pesquisas y seguimientos, rastreos varios. Mi tío Max me cedió el apartamento en Chapinero y allí empecé a montar una serie de contactos a la vez que recuperaba los instintos detectivescos que me habían llevado originalmente a la Policía. En un seguimiento a unos miembros de una ONG que aparentemente tenía a alguien dentro vendiendo información clasificada me crucé con un viejo conocido, Álvaro Arciniegas, “estudiante” de diseño de la llamada cafetería-con-universidad y que había visto en alguna fiesta de los amigos de Emilia; al ver que él abandonaba la reunión con sujetos sospechosos en el auto de Emilia tuve un ataque de pánico. Estos meses evadiendo el pensar en ella me empezaban a pesar. Lo seguí, y cuando terminó llegando al viejo hogar de los del Garzo perdí el aire. No podía creer que el futuro que ella quería tenía que ir de la mano con este imbécil incapaz de tener una opinión propia -cada fiesta en la que nos cruzábamos con él resultaba imitándome cada vez más y cada vez más mediocremente- y adicto a las anfetas.

Y ahora el tarado era sospechoso de estar trabajando con espías. Rusos. No los mismos criminalcetes con los que lo había visto reunirse en esa fatídica noche en que decidí empacar de nuevo y regresar a Buenos Aires, no: gentes con un prontuario más largo que el Gilgamesh, con conexiones escalofriantes y pasados más turbios que el fuselaje de cualquier avión de Aerosucre. Y yo, siguiéndolo  en absoluto silencio, sin siquiera poder usar mi reproductor de audio para hacer más llevadero este viaje en autobús por una ciudad que apenas conocía, sin siquiera saber cuánto más iba a estar camuflado en un autobús que se desocupaba progresivamente. En la Avenida Isabel la Católica, Alvarito se acomodó su apestoso saco de lana, con intención de bajarse. Al llegar al estadio de Alianza Lima timbró y bastante me costó bajarme en la misma parada que él sin que lo notara. Me mantuve a una distancia prudencial para seguirlo por las calles de La Victoria. “La Rica Vicky”, como la había llamado Pedro cuando me había recomendado un huarique frente al estadio. “Un lugar ideal para buscar algo que no huele bien”, me había informado Mauro antes de venir. Y conforme me iba adentrando en el barrio iba entendiendo más a lo que se referían.

Algunas cuadras más adelante el cliché ambulante entró a una cevichería sucia y oscura cuyo letrero bien podría decir “Aquí se reúnen maleantes”. Me quedé unos minutos fuera, esperando a ver si alguien con aspecto eslavo entraba y luego ingresé a buscar al zoquete. Vi cómo le entregaban un sobre de manila a cambio del cual él sacaba un fajo de billetes de su bolsillo. Salí a esperar a que saliera para seguirlo nuevamente (aunque la calle me hacía temer que algún pillastre quisiera robarme y tuviera que darle unos cuantos porrazos, echando el secreto al traste). No mucho después salió y regresó a Isabel la Católica. Nuevamente subí al mismo autobus que él tomaba, con todo el sigilo posible, y unos minutos después estaba dejándolo fuera de combate en una calle vacía. Tomé el sobre de manila, revisé los documentos que tenía y me alejé unas cinco calles antes de tomar un taxi que me llevara de vuelta a Miraflores.

En casa de Pedro, con una lata de cerveza en una mano y el mouse de mi computador en la otra pasé un buen rato escaneando los archivos. Algunas de las ventajas de tener un amigo con trabajo empresarial que te de posada: siempre habrá una cerveza con tu nombre en la nevera y siempre habrá un escáner funcionando; siempre habrá una conexión a internet rápida y estable y siempre tendrás dónde sentarte con toda tranquilidad. Envié  los documentos a Mauro y a Tatiana, a ambos les pedí que se pusieran de acuerdo y le llevaran una copia a Otálvaro a ver qué podía hacer él mientras yo regresaba. Apagué el computador y reí un poco: dejando a Arciniegas fuera de combate también había arruinado su cita de esta noche, y si le había dado lo suficientemente duro, de mañana.

A la mañana siguiente volví al café de siempre y mientras desayunaba decidí tomar el vuelo de la noche a Ezeiza y quedarme a tratar de conocer mejor la ciudad por si tenía que volver, cosa que nunca se debe dar por descartada en este negocio. Como había volado sin equipaje (regresaría por él una vez tuviera más datos, tendría que abusar del computador de la señorita M mientras tanto),  pensé en una forma alternativa de llegar a casa y 20 horas y 1912 millas después estaba tomando un colectivo a la estación de tren de Ezeiza, donde me subí a un tren rumbo a Constitución. Pero qué mala idea. Amanecía y el vagón en el que iba se llenó por completo en Temperley. En Remedios de Escalada me sentí observado. En Gerli cinco sujetos me rodearon y me golpearon; una vez el tren se detuvo me bajaron y me echaron en el maletero de un Toyota Tercel del 94. Media hora después, con el auto andando a alta velocidad, volví a ver la luz del sol por unos pocos segundos antes de que me pusieran un forro de licuadora en la cabeza. Me arrastraron medio minuto, oí un portazo y sentí un dolor increíble en la boca del estómago. Perdí el aire, me desataron las manos sin quitarme el cobertor de la cabeza, oí otro portazo y varios minutos después seguía sin poder moverme en la oscuridad.

Y aquí estoy, tanteando a ciegas en este silencio absoluto en el que me pitan los tímpanos, buscando una forma de salir para evitar pensar en qué parte de la zona sur del Conurbano bonaerense podré estar encerrado. Zanjé el monólogo interno respondiéndome “cualquier lugar entre Avellaneda y La Plata” y seguí en mi búsqueda. No lograba ubicar por dónde me habían entrado. Dí la vuelta al lugar varias veces, calculando las dimensiones del sitio contando los pasos entre esquina y esquina. Finalmente, cansado, con hambre, con los restos de mi paciencia agotándose y sin querer pensar qué me deparaba el destino de seguir allí me senté contra un muro.

El metal frío contra mi espalda me sobresaltó. Por un golpe de suerte había encontrado una portezuela que ni por error habría encontrado tanteando los muros buscando una entrada normal. Como había sido llevado a esa bodega arrastrado tampoco tenía forma de darme cuenta que mi acceso había sido por una pequeña entrada a ras de suelo, a la altura de mis rodillas. Empecé a golpearla con los nudillos, tímidamente, de forma muy queda, a ver si alguien reaccionaba del otro lado. Nada. Fui aumentando el volumen de mis golpes (y mis tímpanos ya cansados de la nada me lo agradecían) hasta que la portezuela cedió sin que nadie reaccionara. Esperé tres minutos más por una reacción de fuera. Finalmente pasé saliva y me arrastré lentamente hacia la libertad.

Sigilosamente asomé la cabezota hacia la parte alta del edificio pero no tenía ninguna ventana. Miré al otro lado de la calle buscando alguna reacción en una ventana cercana. Nada. El Tercel verde en el que me habían traído estaba estacionado cerca, pero vacío. Memoricé la placa (“patente”, en estos lados) y me alejé un par de cuadras antes de buscar el familiar ruido de una avenida transitada. Intenté ubicarme con las estrellas pero era inútil en esta área metropolitana tan luminosa; apenas pude distinguir el movimiento de la Estación Espacial rusa que pasaba sobre nuestras cabezas. Cuando hube encontrado más tránsito humano caí en cuenta que estaba en el Camino General Belgrano, así que corrí hasta que encontré una parada del 33, que tomé hasta Ciudad Universitaria. Me acomodé lo más oculto posible en el bus medio vacío, en la esquina trasera, lejos de las puertas, cubierto por la publicidad de las ventanas, y desde donde podía ver lo que pasara a mi alrededor. En el camino el autobús fue llenándose de estudiantes y a mi derecha  intuía asomarse el sol sobre el río. Cuando el autobús se detuvo me camuflé entre los estudiantes (aún pensaba que me seguían) y busqué un 107 que me llevara a casa. Me bajé en Monroe y Balbín y caminé las tres cuadras que me separaban de casa. Una ducha me esperaba y casi a las 8 am desayuné como si no hubiera visto comida en un par de semanas. Estaba casi intacto. “Calvo hijueputa, voy por ti”, pensé.

Anuncios
h1

Tundra

febrero 19, 2013

I

Abro los ojos para encontrarme una eterna blancura que me hace pensar que me he quedado ciego. Mi cuerpo hormiguea y solo hasta el momento en el que capto un reflejo del visor de mi casco me doy cuenta que aún conservo la vista. El blanco percudido de mi traje contrasta ligeramente con la infinidad alba que me rodea. Estoy sentado.

Hago un esfuerzo para recordar dónde estoy, dónde se supone que debo estar y qué demonios estoy haciendo aquí. Reviso mi traje y un “вечный” cuidadosamente bordado en rojo en el reverso de la manga izquierda pone en movimiento mis recuerdos. Hasta aquí lo que he sacado en limpio:

Mi edad no importa, mi cuerpo y mi mente no han vivido juntas la misma cantidad de tiempo. La criogenia, el tiempo viajando a la velocidad de la luz, el cambio de galaxias hacen que la frase “nací el x de junio de 19xx” sea irrelevante, aquí esa fecha significa menos que nada. Debería (empiezo a verlo claro) estar en una misión exploratoria de este planeta que orbita casi a la misma distancia de su estrella que nuestra Tierra al Sol. Y la estrella tiene mas o menos la misma magnitud y edad que la nuestra. La primera jornada debo pasarla pasando los instrumentos que hay en mi módulo, debo establecer rutas para mi equipo y explorar de la forma más segura la mayor cantidad de terreno posible…

…¿y mi módulo? ¿y mi equipo?

Me paro. No parece que me duela el cuerpo, aunque puede ser que mi cerebro haya decidido darme aviso de dolor más adelante, una vez haya mejorado mi cabezota. Miro alrededor buscando alguna señal de algún otro miembro de mi equipo, de mi módulo, de un accidente (no lo descarto, sobre todo por ese espacio en blanco entre el descenso y este momento)… cuando a lo lejos veo otra figura de percudido blanco, moviéndose de forma tan confusa como creo me muevo yo en este momento. Por el momento podría reportar que la gravedad del lugar y la atmósfera, al menos en densidad y presión, son similares a las de nuestro planeta, ya que el movimiento con el traje se siente similar al movimiento una vez terminados los entrenamientos y presurizadas las cámaras. Camino cada vez mas rápido hacia la figura confusa. Una vez la alcanzo veo que es la comandante G., líder de otra expedición que partió en dirección a otro planeta de manera simultánea a la misión que integro. ¿Cómo es esto posible? Era de suponerse que ella y su equipo estuvieran a por lo menos 12 años luz de distancia, pero aparece frente a mi y aparentemente está pasando por el mismo proceso que yo. Ambos hablamos mientras movemos el dial del comunicador para lograr encontrar la misma frecuencia (ninguno de los dos se atreve a sacarse el traje aún).

Ambos atropelladamente nos preguntamos casi al tiempo por nuestros respectivos equipos y nuestros sitios de aterrizaje. Yo no he tenido tiempo de buscar si hay un sitio en el que pueda encontrar mi cápsula o a los demás miembros, ella parece haber estado alerta desde algo antes que yo y se ha desplazado en un radio de 300 yardas sin hallar rastro de su tripulación ni de su nave. Decidimos seguir la búsqueda juntos.

II

“No hay heroísmo sin algo de estupidez”, me dijo la Comandante G. El que ella se quitara el traje para saber si la atmósfera era tan vivible como parecía y si habría suficiente oxígeno para respirar nos ahorró mucho tiempo y energías al tener que cargar menos cosas encima. luego de caminar unas tres millas hacia lo que yo había deducido (¿o decidido?) era el sureste vi una colina, igualmente nevada pero con algo que prometía refugio en su cima, además de ser un punto en el que parecía menos un despropósito el buscar entre la blanca nieve unos pedazos de metal pintados de blanco y rojo, en caso que hubiéramos chocado en ese planeta.

Pero seguía sin entender por qué habíamos coincidido en el mismo punto si habíamos partido hacia sitios opuestos en la galaxia y la duración de nuestras misiones no sería la misma.

Había sacado las provisiones de reserva de los trajes una vez nos deshicimos de ellos. La ropa térmica que usábamos debajo de ellos estaba funcionando bastante bien, o el clima no era tan cruel como parecía. Luego de rodear el cerro (resultó más alto de lo que había calculado originalmente) para encontrar el camino más fácil para alcanzar la cima, comimos dos paquetes de provisiones para reunir las energías necesarias para el ascenso. Aún así seguía sin sentir ningún dolor, y el cansancio que me había invadido repentinamente desapareció de igual manera.

El punto que la Comandante G. divisó a lo lejos en la cima del cerro en el que pensábamos guarecernos resultó ser una cabaña de madera bastante grande, similar a un refugio de esquiadores. Caía la noche (y al hacerlo comprobaba que mi suposición de los puntos cardinales era correcta) y ya era un despropósito intentar observar desde la cima en busca de más respuestas. La cabaña estaba cerrada pero la Comandante G. encontró la estatua debajo de un gnomo de jardín.

Y ahí debí empezar a fijarme más en todo.

III

El único cuarto abierto tenía dos camarotes y en medio una mesa con una lámpara. Aparte del hogar con leña lista para quemar y esta habitación, todo lo demás parecía vacío, pero no abandonado. Fuera de allá no había mucho para revisar, por lo que la Comandante G. y yo hablamos sobre los planes que podrían sacarnos de allí, al menos a encontrar algún otro sitio poblado antes de que las provisiones se extinguieran. En el cajón de la mesa encontramos un cuaderno en blanco y un esfero y anotamos las direcciones a las que nos dirigiríamos una vez saliera el sol. Un par de horas después cerré los ojos un rato, para descansar de la intensidad del blanco de fuera que había recibido casi todo el día.

Me vi frente a una de las otras habitaciones de la cabaña en medio de la oscuridad. Además del pomo de la puerta podía ver luces pasando, como las luces que se reflejaban en el techo de mi cuarto en Chapinero cuando no podía dormir en las noches. Empezaba a sentir frío pero la puerta emanaba una calidez que no entendía. Sonó un chasquido y tomé la manija de la puerta. Abrió sin problemas y un golpe de aire cálido me llamó al interior del cuarto.

Mi cuarto, el mismo en que viví los últimos meses antes de partir a Moscú con mi amigo J.H. Recorrí el pequeño lugar, revisando que todo estuviera allí, que lo que recordaba de ese año tan lejos en el calendario, tan cerca en mi mente siguiera en su sitio. Salvo los instrumentos musicales y la ropa que llevé conmigo una vez inicié el periplo que me llevara a esa lejana cabaña, todo seguía en su sitio. Intenté salir al corredor de mi viejo apartamento pero me fue imposible, así que tomé algunos sacos del armario y regresé por donde había entrado.

Y al sonar el portazo volví a abrir los ojos y me vi nuevamente en la cama. Ya había amanecido y la comandante G. no estaba en el camarote junto al mío. Salí a buscarla y la vi empujando otra de las puertas y rascándose la cabeza al ver que estaba inamovible. “¿No recuerdas que ayer no abrían?”, pregunté. “Pero si anoche pasé por esta misma puerta a la sala de la casa de mis padres en Belgorod. Me quedé dormida allí, en el sofá, y cuando desperté estaba en el camarote de nuevo. Y ahora la puerta está cerrada”. Señalé la puerta por la que había cruzado y le conté mi historia.

Regresamos a la habitación principal para tomar unas provisiones y al revisar el cuaderno para buscar los planes hechos la noche anterior lo encontramos en blanco. “¿Pero qué putas?”, grité en castellano, mientras la Comandante G. pasaba incrédula las páginas. “Nada”. Tomé el cuaderno y lo revisé desde la primera hoja. La tercera estaba impresa con la palabra “Instrucciones” en varios idiomas, así que pasé más hojas más rápido y ahora todo estaba impreso. “¿Y esto?”, preguntó G. “No lo sé, son unas instrucciones. Pero, ¿no estaba en blanco anoche y hace un rato? ¿Dónde quedaron los apuntes que tomamos?”, dije. “No importa, léelo, préstamelo para leerlo, demonios, necesito saber rápido qué dice”.

Como las instrucciones estaban en varios idiomas, incluyendo ruso y castellano, nos turnamos para leerlo.

IV

Bienvenidos a la zona de reaclimatación planetaria. Si se encuentra en este lugar es porque su especie no tiene la autorización para establecer contacto con otras civilizaciones y ha sido dispuesto que sea devuelto a su planeta de origen. Para la fase inicial de este proceso se encuentra en esta cámara con otro ser de su especie. Con el fin de garantizar un retorno seguro a su hogar le recomendamos tener en cuenta las siguientes instrucciones:

Cuartos

Los cuartos se abrirán ocasionalmente y le llevarán a un sitio que le tranquilice; son solo simulaciones y lo que haya en ellos no podrá salir de ahí. La única forma de salir de estos cuartos es por la puerta que se ingresó; si dura más de 8 horas en él será transportado a su cama automáticamente. No existe un horario fijo para la apertura de esta puerta pero siempre estará frente a ella en el momento adecuado.

Alimentos

Una vez las provisiones que usted y el otro miembro de su especie puedan traer consigo se le darán los alimentos necesarios en la cantidad justa.

Ascensor

El ascensor será la última etapa en el retorno a su hogar. Cada uno deberá entrar por su puerta respectiva. Una vez dentro ingresarán en un vórtice temporal que les llevará al punto en el tiempo que coincida con lo que han transcurrido conscientes mientras hayan abandonado la atmósfera de su planeta. Una vez allí recibirá las últimas instrucciones.

La finalidad de este refugio es crear una mejor comunicación con sus demás coespecímenes. Entre más rápido desarrolle esta habilidad, más pronto podrá regresar a su planeta.

Gracias por su atención y disfrute su estadía.

V

Así que esto era todo: lograr una comunicación con la Comandante G. nos llevaría de vuelta a casa. Fácil en el papel.

Pero siempre fui el más tímido en el programa de exploración interplanetaria. Al ser extranjero siempre tuve un problema de adaptación, de creer que no iba a encajar, a entender completamente la forma de ser común de mis compañeros, y desde que mi gran amigo J.H. se casó con una clarinetista de la orquesta del teatro Mariinsky y abandonó el programa espacial soviético no tuve un compadre entre los cosmonautas; me era bastante difícil crear vínculos con la gente alrededor, en especial por la barrera idiomática que mi mente se encargaba de amplificar. Y encima, mi timidez que se exacerba con alguien que encuentro atractivo.

“¿Te parece complicado?”, me preguntó, “Tengo la impresión que nos quieren retener aquí hasta que sepamos tratar a cualquier persona bien, empezando por quienes están a nuestro alrededor”. “Sí, eso estaba pensando: es una escuela de habilidades sociales para adultos. Increíble”.

Los siguientes dos días tuve acceso al cuarto que simulaba mi habitación bogotana. Entre los objetos que más necesitaba ver estaba una carta de mi madre en la que se despedía de mí y que atesoré durante años hasta que hube superado su muerte, y un diario en el que llevaba anotaciones de sucesos que sabía que nunca podría contar a nadie. Empecé a recorrer sus hojas, reviviendo cada vez más intensamente los recuerdos que allí había dejado. El sopor se apoderaba de mi y sabía que pronto iba a ser regresado a mi habitación.

Entonces me vi parado en la parte baja del puente de la Avenida 68 con Calle 68. Llevaba conmigo una maleta mediana y esperaba el bus hacia el aeropuerto. Pero en lugar de la buseta gris y pequeña de entonces paró un colectivo Italbus como los que rodaban en Buenos Aires. Pude subir con mi maleta sin problemas y encontrar puesto rápido. Revisé mis papeles: iría a Moscú vía París en AirFrance y Aeroflot. Casi 17 horas de vuelo. Suspiré y cerré los ojos.

Luego me vi en una playa de Sochi caminando de la mano con una rubia. Era por lo menos veinte años mayor que yo. Trataba todo el tiempo de acariciarme y besarme y hablaba con acento venezolano. Recordé que se había subido al colectivo en la Avenida ElDorado y me había besado diciendo “tu papá nos va a matar”. Los recuerdos regresaban en flashes, cómo la había conocido en la oficina de mi padre, cómo él había intentado de tener un romance con ella y cómo ella lo había rechazado por mí. Recordaba las dificultades que tuve para mantener una relación con ella, por no herir a mi padre, porque no sabía realmente cómo comportarme, porque muchas veces no teníamos puntos de vista en común. Y ahora estaba allí, despidiéndome de ella en el aeropuerto de Sheremetyevo, luchando por contener las lágrimas y por evitar que ella agarrara mis genitales en público, despidiéndome porque ella regresaría a Venezuela vía La Habana y yo a Bogotá vía Amsterdam y Panamá.

Luego no supe cómo pero desperté con el diario en la mano y subrayando una nota al final del texto que estaba leyendo: “interesante borrador, mejóralo” hecho por mi maestro del taller literario del Centro de la ciudad.

VI

Parte de nuestro atractivo para hacer parte de esta misión era nuestra soledad. Sin familias, sin parejas, sin amigos. Si nos perdíamos en la infinidad del universo nadie iba a lamentarlo, solo seríamos pérdidas de material para la Agencia. Casi desechables. Nuestros grupos de misión eran las personas más cercanas en ese momento en nuestras vidas y aún así no extrañaba -en parte porque no conocía- a ningún miembro de mi tripulación. Rara vez recordaba que alguien más iba conmigo en este viaje.

Pero conforme pasaban los días me preguntaba qué sería de todos y cada uno de quienes partimos esa mañana de abril desde los cosmódromos de Baikonur y Vostochni. Seis lanzamientos casi consecutivos en 3 días desde ambos cosmódromos, seis misiones con 8 tripulantes, 46 personas que no sé dónde puedan estar. ¿Estarán en una cabaña similar a esta? ¿Dónde?

Entre tanto, supe de la Comandante G. cuántas dificultades había pasado para entrar a la Fuerza Aérea y de ahí al Programa Espacial; cómo había perdido su familia en un accidente de navegación en el Seversky Donets; cómo había sobrevivido a la universidad dos años antes de tener un ataque de ansiedad causado por su dificultad para socializar; y cómo el salir al espacio le había generado una confianza en si misma inmediata y profunda. Aún estaba en la Fuerza Aérea cuando J. y yo habíamos hecho el show espacial como primeros cosmonautas civiles; confesó que las canciones le habían gustado y cantó un fragmento que yo ya había olvidado. Años sin recordar mi música.

También comprendí que los cuartos nos estaban llenando de motivos para regresar a casa, al rellenar nuestra mente de recuerdos de personas, situaciones y lugares que extrañábamos, y cuyas ausencias debíamos confrontar y superar o revertir. Empezamos a hablar de las vidas que habíamos dejado atrás, de las ilusiones que igual teníamos. De cómo nuestra soledad no impedía que tuviéramos sueños. Le hablé de los tiempos de la banda, ella de su idea de convertirse en piloto de línea comercial. Las personas que habíamos querido. Los sitios que queríamos ver. La convivencia empezó a hacerse cada día más fácil y la camaradería creció entre nosotros. Tuvimos la oportunidad de entrar juntos a los cuartos de recuerdo del otro y compartimos historias alrededor de nuestros objetos, de nuestras memorias.

Hasta que el ascensor se abrió cuando ya habíamos olvidado que eso sucedería cuando aprendiéramos a comunicarnos.

VII

Instrucciones del ascensor

Los  ascensores espaciotemporales han sido diseñados para llevarle a salvo de vuelta al punto de partida de su viaje, al momento en el tiempo en el que su vida estaría en este instante, tomando en cuenta lo que ha transcurrido desde que inició su viaje. Como usted y su compañero/a de refugio tuvieron trayectorias distintas y recorrieron distancias diferentes el ascensor deberá ajustar los tiempos transcurridos de ambos a un punto común. Para ello cada uno operará los botones de subida y bajada; cuando la puerta de cada uno se abra deberá esperar que transcurra un cierto tiempo de ajuste; éste podrá ir hacia el futuro o hacia el pasado por lo que recomendamos no descender para no acelerar o regresar su edad cronológica y evitar crear una paradoja.  Una vez sus cronologías  sean ajustadas pasarán a través de un agujero de gusano a la  parte más alta de la atmósfera de su planeta; a partir de allí tendrán un suave descenso al lugar  especificado. 

“¿Y tú a dónde quieres ir?”, le pregunté a G. “Melkisarovo. Hay una escuela de Aeroflot. Voy a hacerlo”. “Me alegra”. “¿Y tu?”, preguntó G. luego de un rato, “¿Vas a ir de vuelta a casa? ¿Vas a retomar la música?”.

Mientras pensaba qué responderle la puerta de mi lado se abrió y vi cinco atardeceres en el mar en cuatro minutos mal contados. “Tal vez regrese a Bogotá a resolver el problema con mi padre”. En ese momento la puerta de ella se abrió y ella vio un edificio derrelicto levantarse del suelo a su esplendor en el momento justo antes de ser abandonado. “¿El problema que narras en el cuento? ¿En realidad huiste con esa mujer que a él le gustaba?” “No, por supuesto que no. Pero ella si le rechazó por mi culpa y por eso dejó de hablarme. Por eso terminé en Moscú tratando de vivir de la música, y por ello mismo terminé aquí contigo”.

“¿Y ella? La contactarás?” “Espero. No sé igual cuánto tiempo haya pasado, qué edad tengan, si aún viven”. El silencio se prolongó mientras ambos pensábamos en esa posibilidad y las puertas se abrían con cada vez más frecuencia, mostrando escenas completamente sobrecogedoras, avanzando y retrocediendo en el tiempo, hasta un momento en que parecía un ascensor de edificio de juzgados, parando en cada piso cada 10 segundos y con escenas sucediéndose como en un mal videoclip de electrónica de los lejanos noventas.

“Decidido. Iré a buscarlos. Si tu vas a Melkisarovo yo voy contigo. Veré qué consigo para volver a casa desde Sheremetyevo”. Así que esa fue la instrucción que dimos al ascensor. “De ida y vuelta”, me dijo G. “Por supuesto: una vez haya hablado con ellos regresaré a Moscú y buscaré a J.H., quiero reactivar la banda”. El ascensor se transparentó y las luces blancas fueron estabilizándose, pasando más lentas y volviéndose puntos lejanos. Se abrieron dos compartimentos en los que encontramos ropas nuevas y dinero con una nota: Necesitarán esto para reingresar a la vida civil. Todo está de acuerdo al tiempo al que van a llegar. Afuera, el pequeño globo azul al que nos dirigíamos empezaba a crecer.

h1

Visita, pt. V

junio 3, 2011

IX

“Vuelo ya mismo a Bogotá”

Me extrañó un poco la respuesta de la señorita Yu pero se me hizo lógico que quisiera ver a su hermano. Ella, como ciudadana, tendría más opciones de hacer algún trámite ante su embajada para evitar que deportaran a su hermano, y por la familia hasta yo haría lo que fuera. Claro está, si tuviera más familia que un abuelo que cedió mi educación a extraños para  dedicarse tranquilamente a sus asuntos en Santa Rosa de Viterbo.

A las 2 de la tarde entré al Restaurante Emperador. Directamente fui a la caja y pedí hablar con el administrador. Dos sujetos, con pocas intenciones de ocultar ser guardaespaldas de mafioso, se acercaron por la espalda. Uno de ellos tocó mi hombro

–Sapo sapito sapo, sapo sapito azul, dichosos los ojos. Qué pena no haberle avisado antes de darle el guamazo pero no sabía que no llevaba tote. ¿Qué busca? Acá no hay moscas, sapito.

–Vengo a hablar con el gerente. Me enviaron a encontrar a alguien y sé que está aquí.

–Ay, tan bonita la almita de Dios. Más bien despéguela que acá no se le perdió nada.

Hice un movimiento brusco para que soltara mi hombro y le di un toque con la macana eléctrica. Paré al otro matón de un golpe de palma en el pecho.

–Llame al administrador, por favor.

Éste salió de la oficina junto a la caja.

–¿Qué quiere?

–Vengo por el hermano de Tian Yu.

En la cocina sonó un plato roto.

–Soy yo– dijo el administrador–.  ¿Por qué mi hermana le envía?

El administrador no era el mismo de la foto.

–Su hermana… su hermana me dijo que usted venía como ilegal, me pidió expresamente que lo encontrara, me dijo que el dueño del mercado de Barrancas de Belgrano era parte de la red de tráfico y quería no deberles nada.

–El dueño del mercado es mi padre.

Eso aclaraba muchas cosas. La ausencia de caja fuerte, los papeles incriminatorios tan a la mano, el pago exorbitante recibido, el vuelo inmediato apenas le escribí que ya lo había encontrado…

–Pero, ¿y entonces? ¿Para qué carajos su hermana me da un cojonal de plata para venir a encontrarlo, si fácilmente podía haberlo hecho ella? ¿Y por qué usted no es el sujeto de la foto que ella envió?

–¿Perdón?

–Lo siento. Preguntaba por qué razón su hermana me ha dado tanto dinero para encontrar a alguien que no está perdido.

–Eso lo entendí, señor…

–Vargas.

–Vargas. ¿Qué foto?

–Présteme un computador con Internet y le muestro.

–Pase a mi oficina.

Entré a mi cuenta de correo. Abrí el archivo adjunto.

–Ese… Ese es el novio de mi hermana… por eso el repartidor nuevo me parecía conocido…

–¿Y por qué su hermana me puso en todo este trote?

–Nuestro padre lo odia. Él decidió venirse como polizón. Supongo que ella querrá legalizar su situación acá para poder llevarlo a Buenos Aires.

–Exacto– dijo la señorita Yu, y entró a la oficina. Miré el reloj: 2:45 p.m. El vuelo de Avianca entre Ezeiza y El Dorado llegaba a mediodía.

 

X

Salí del restaurante pocos minutos después, cuando los hermanos Yu empezaron a discutir en su lengua nativa. Di otro toque con la macana eléctrica al gorila que me había noqueado en Zipaquirá y pateé su cabeza, mientras mascullaba un “unas por otras”. Vi que venía el bus que sube por la plaza de toros, entonces atravesé la Avenida Las Villas corriendo y lo cogí, listo para una hora larga de recorrido por la calle 127, las carreras 15 y 11, la Avenida Chile y la Séptima. En casa, tomé los 400 dólares que había dejado a mano, empaqué mi computador y mi disco duro y salí. Bajé a la carrera 13 por la calle 59, para preguntarle a Tatiana si Mauro había recogido el sobre. Compré un par de cascabeles y medio metro de cinta en Botonia y me subí al primer Fontibón-San Pablo que pasó.

Luego de un recorrido rápido que pasó por Galerías, Pablo VI y el parque el Salitre, me bajé en la esquina de la Esperanza con 68 A y caminé hasta los triciclos de Ramo que se hacían ahí cada tarde. Compré dos combos Ramo y luego seguí hasta el centro comercial, donde compré un tiquete para esa misma noche rumbo a Ezeiza. Directo. No me iba a perder la oportunidad de viajar en un Airbus A330 casi nuevo después de este viaje sinsentido.

De ahí salí a la Esperanza, a esperar el bus que me llevaría a El Dorado, aunque se demoró un poco más de la cuenta y decidí entonces caminar por la carrera 69 hacia la calle 26, donde tendría más opciones de transporte. Antes de cruzar el puente peatonal entré a la tienda de té del edificio de oficinas de Davivienda, para gastar los últimos pesos que me habían sobrado en una tetera de acero colado, un elemento que me sería útil en mi hogar.

Ya en el aeropuerto estaba haciendo fila para el check-in, cuando alguien me tocó el hombro. Giré esperando lo peor, pero era Mauro.

–¡Doooooooctor! No me diga que también se va de vacaciones.

–No, Mauro, estas fueron mis vacaciones. Vuelvo a casa, a la rutina. Y usted, ¿a dónde viaja?

–Perú, doc. Mi señora quiere ir a Machu Picchu. Por cierto, doc: Milena, mi esposa. Mile, él es el doctor Alberto Vargas.

–Encantado. Espero que se queden un par de días en Cuzco. Dicen que es maravilloso.

–Eso haremos.

Después de hacer el registro subí a hacer la última compra del día: dos libras de café. Le había dicho a Ana María que iba a comprar café y chocoramos y eso mismo llevaba en mano. Antes de pasar a emigración, entré al Telecom y llamé a casa de la señorita M.

–¡Corazón! Cambio de planes. Estoy en Bogotá. Viajo ya mismo para allá. Llego a las seis y cuarto de la mañana.

h1

Visita, pt. IV

junio 2, 2011

VII

La mañana había empezado bastante bien, aunque tarde. Me desperté casi a mediodía para encontrar un par de correos de la señorita Yu, uno con una foto de su hermano y otro indicando que había hecho un depósito en mi cuenta. Revisé y sonreí al ver que mi saldo había aumentado. Luego miré la foto un largo rato. Es bastante ofensivo ese concepto latinoamericano que dice que todos los orientales son iguales. Repasé la foto a conciencia para saber a quién buscaba. Nunca olvido una cara.

Tomé un bus a Hacienda Santa Bárbara, donde cambié 50 dólares que había tomado de mi escondite en el apartamento. Allí tomé otro bus hasta el Portal Norte, donde me subí a la primera flota a Zipaquirá que encontré. El Darklands y el Automatic de Jesus and Mary Chain me acompañarían en el viaje.

Caminé las tres cuadras que separan la Terminal del parque central de Zipaquirá. Siempre he dicho que todos los pueblos cundinamarqueses son iguales, pero las alcaldías de Zipaquirá y Tenjo sólo cambian en la pintura. Tomé una foto para hacer la comparación de ambas esquinas en casa. Luego subí unas 10 cuadras a la salida occidental del pueblo. Mauro había dejado la dirección del albergue en el buzón en la mañana. Estudié cómo colarme, cómo vigilar el lugar y concluí que iba a tener que pasar la noche fuera.

No tuve que esperar mucho. Apenas anocheció llegó un camión, y del container bajaron unas cincuenta personas. No quería imaginar el hacinamiento en el que estarían en la casa a la que entraban. Estaba demasiado lejos para tratar de reconocer caras, y la oscuridad no ayudaba.

Sentí un golpe en la nuca y todo se fundió a negro.

Desperté con el canto de los pájaros al amanecer. Estaba a la vera del camino y frente a una señal de carretera que indicaba la distancia a Pacho: estaba aún en la salida occidental. En la misma señal, en aerosol estaba garabateado “No se meta, sapo”. Las manos locales estaban bastante metidas en el asunto, por lo visto. Habían logrado dejarme fuera de combate sin que notara que alguien se acercaba, aún teniendo la montaña a mi espalda y estando sobre pasto con hojas y ramas en el suelo.

Caminé en dirección a Pacho esperando que pasara una flota que viniera de Carupa. Una hora después estaba de nuevo camino a Bogotá. Bajé de la flota en Mirandela y caminé hasta Santafé, donde compré un café y llamé a Mauro.

–¿Aló?

–¿Alo, Mauro? Chino, eche mucho ojo al restaurante Emperador, ahí en la Colina, en la 130 con Villas. Y tenga mucho cuidado que esta gente está más avispa de lo que creíamos, anoche me rompieron la cabeza sin que me diera cuenta…

–¿Anoche? Dóctor, pero si usted se fue anteayer… bueno, yo sé cómo moverme, por mi no se preocupe. Voy a decirle a mi señora que se vaya a donde mi suegrita entonces. Lo llamo cualquier cosa.

Así que había durado casi 36 horas inconsciente. Toqué mi nuca y noté que aún  dolía bastante y, bien vistos, mis pantalones estaban hechos un asco en las botas. Los talones de mis zapatos estaban gastadísimos, como si me hubieran arrastrado varios kilómetros. Una red de trata de personas era peligrosa, eso ya lo sabía, pero no me había hecho a la idea de qué tanto. Compré otro café grande y me lo fui tomando en el Germania rumbo a casa.

 

VIII

Un largo baño con agua caliente alivió el dolor bastante, pero aún me retumbaba un poco la cabeza. Tomé de un solo golpe tres ibuprofenos y los rematé con una taza de té, esta vez Moroccan Mint. Mis intestinos me lo reprocharían mañana, pero necesitaba mi cabeza, necesitaba que dejara de retumbar cada vez que sonaba un teléfono…

…el teléfono estaba sonando.

–¿Mauro?

–¿Cómo supo, doc?

–No sea pendejo, Mauro, solo usted sabe que estoy acá y solo usted llama a estas horas.

–Jajajajaja, tan bobo pues. ¿Cómo sigue?

–Mejor, gracias. Pero bueno, a lo que vinimos. ¿Vio algo?

–Me arriesgué a entrar, hice escándalo y me mandaron al administrador. Habla muy poco español, parece recién llegado.

–¿Recién llegado? ¿Y de administrador? No me crea tan aguacate, acá pasa algo.

–Yo no sé, mi doc, el tipo se ve como importantoso.

–Pues tocó dejar la carajada. Yo iré mañana a ver qué pasa, a ver si encuentro al tipo que busco. ¿Vio si llegaron más personas?

–Como cinco más. Dos están mesereando, me imagino que el resto hace entregas o anda en la cocina.

–Ah, listo. Mauro, le dejo un detallito donde Tati mañana, así como para que le de un paseíto a su esposa. Apenas lo reciba, vaya por ella y salgan de acá rápido.

–Bueno pues, señor Vargas.

–¿Señor Vargas? El señor Vargas era mi abuelo, Mauro. Si se va a poner de decente dígame Alberto a secas. Adiós pues.

Escribí nuevamente a mi cliente, diciendo “Lo encontré”. Saqué 2000 dólares del closet de linos del apartamento y los puse en un sobre. Con lo que me había girado la señorita Yu podía darme ese lujo, recuperar el dinero del tiquete de venida y pagar incluso dos más de ida y regreso. Dejé otros 400 a mano y llevé el sobre a donde Tatiana. Pasé por el CAI del parque de los Hippies. Había dejado mi porra en Buenos Aires, necesitaba algo por si las moscas.

–¡Vargas! Milagrazo de tenerlo por acá.

–Sargento, tiempos tiempos.

–¿Y ese milagro? No andará metido en otra pendejada de esas.

–Pues… he de confesar que sí, ando en otra pendejada de estas. Encontrar a una persona. De China. Encargo desde Buenos Aires. La red de Zipaquirá.

–¿Y cómo va a encontrar a un chino si todos esos son iguales?

Pasé saliva. Otálvaro era uno de los pocos policías en que se podía confiar en toda Colombia, no podía darme el lujo de darle una lección sobre prejuicios y racismo. Él siguió inquiriendo.

–Y desde Buenos Aires… me imagino que habrá bastante a su nombre como para que se meta con esa red tan peligrosa y encima encargado desde lejos.

–Pues en teoría yo ya encontré al cliente… tengo que ir mañana a donde puede estar y luego ver qué se hace. Tengo unos papeles que parece que dicen cuándo y en qué barcos van a llegar más personas y cómo las van a enviar a otros países. Le traje una copia, usted sabrá de alguien allá arriba que no esté untado y que pueda recibir esa información y hacer algo.

–Vargas, de verdad, se lo agradezco. Su abuelo Clímaco estaría orgulloso.

–Tal vez, pero yo no lo hago por él, ni por la plata, ni por mi. De hecho ni siquiera sé por qué me meto en estas estupideces. Igual ya sabe, Otálvaro. Si decide poner a andar una investigación con lo que le dejo, el crédito y la gloria son suyos. Mientras me invite a una cerveza cuando sea un héroe me doy por bien servido.

–Hombre, pero claro. Con que me haya traído esto me demuestra que no perdí el tiempo cuidándolo cuando chiquito.

Tomé un bolillo y una macana eléctrica del escritorio de Otálvaro y salí de ahí antes de que la escena se tornara emocional. El dolor de cabeza había desaparecido, así que compré un six pack para dormir temprano.

h1

Visita, pt. II

mayo 31, 2011

III

Nunca es divertido recibir un puñetazo con nudillos de latón, y menos en el abdomen. Noquear al primer matón por sorpresa fue lo más difícil, pero el sonido del porrazo alertó al otro, quien me golpeó antes de que pudiera esquivarlo. Desde el suelo, simulando más dolor del que sentía (que ya era bastante), le pegué en la rodilla con mi fiel porra. Sólo ellos dos vigilaban el lugar y, para ganar tiempo, le saqué el aire de un puñetazo al sujeto que había tumbado con el golpe en las rodillas. Era más rápido que pensar cómo hacerlo perder la conciencia.

Entré a la única oficina del piso a la antigua: rompiendo el cristal de la puerta, como un vulgar ladrón. Curiosamente, la oficina no tenía caja fuerte: al parecer el dueño del mercado tenía suficiente confianza en sus matones, o no tenía mucho qué ocultar. Los papeles que buscaba estaban sobre el escritorio. Los tomé, junto con una estatuilla que se veía medianamente valiosa. Salí rápidamente de allí, no sin antes golpear nuevamente a los matones.

Me lancé por la misma ventana por la que había entrado, trepé el muro con la caja que me habían conseguido los dos mendigos que me habían ayudado a subir, les entregué la estatuilla y un billete de cincuenta pesos a cada uno. Seguí las vías del tren hasta Mendoza y por allí enfilé hacia la Avenida del Libertador con Monroe, donde esperaría el 107 de vuelta. A las 2:15 de la madrugada estaba en el Tiger Market de Monroe y Balbín comprando un sándwich.

 

IV

Recogí mi maleta, ordené un poco la cocina y en el comedor le dejé una nota a Ana María, mi compañera de apartamento:

“Mona, salí por café y chocoramos. Un besito”.

Si alguien, toco madera, llegara a entrar al apartamento antes que ella a buscarme, leería la nota y no sospecharía inmediatamente que habría salido de la ciudad. Ella, en cambio, entendería de una que había volado a Bogotá: ¿cómo, si no, iba a conseguir chocoramos? Cerré la puerta del apartamento y bajé las escaleras. El chino estaba, efectivamente, cerrado y no se veían luces en las ventanas del apartamento sobre la tienda.

–¿Duerme fuera, señor?– me preguntó Jesús al ver mi maleta.

–Va a ser una noche larga… –respondí mientras me reía por lo bajo.

–Aaaah, entiendo… Buena noche entonces, chau– dijo mientras abría la puerta.

A buen paso caminé hasta Belgrano R. Compré el tiquete, subí a la plataforma y vi el tren a lo lejos. Me puse los audífonos, los escondí bajo las orejeras del gorro de invierno, busqué el segundo álbum de Asobi Seksu en el reproductor y lo eché a andar. El vagón estaba medianamente lleno, iba a ser un tranquilo viaje sentado.

Llegué con suficiente tiempo a Retiro, así que decidí rodear la Torre de los ingleses para ir a la estación del Tienda León. Quemaría todo el tiempo posible y compraría el tiquete justo para subirme al bus. Todo el trayecto hasta Ezeiza puse mi cara más turista y entablé conversación con una pareja panameña que había pasado su luna de miel en la ciudad.

Eran las 12:40 cuando el bus nos dejó en la Terminal A del aeropuerto Ministro Pistarini. Mientras la pareja panameña hacía el check-in, fui a pagar los impuestos de salida del país. Luego de una tediosa fila en emigración –nada puede ser más irritante que un funcionario de migraciones en el turno de medianoche– fui directamente al café al final del Duty Free y compré un té (esta vez, frutos rojos) y facturas de dulce.

A las 3:17 a.m., tal como decía el itinerario, estábamos carreteando hacia la pista 17 en un Boeing 737-800 de Copa, rumbo a Tocumen. Aproveché las 8 horas de vuelo leyendo las anotaciones en español que había hecho mi cliente  sobre los papeles que saqué de la oficina del mercado. Ella había llegado a mi casa después de  las 3 de la mañana, unos 20 minutos después de que la llamara para avisarle que ya tenía su encargo. Tal como ella sospechaba, su hermano iba rumbo a Buenaventura como polizón, y estaría en Zipaquirá cuatro días después.

Antes de las 9 de la mañana el avión se posó sobre la pista 03L de Tocumen. Me despedí de la pareja recién casada y subí a esperar la conexión en el Hub de las Américas. Frente a mí estaba el Embraer 190 que me iba a llevar a Eldorado.

h1

Visita, pt. I

mayo 30, 2011

I

Pasadas las 11 de la noche tomé el citófono y llamé a portería. No contestó nadie, así que terminé de preparar el café antes de volver a intentarlo. No era una hora sensata para una dosis de cafeína, pero la noche iba a ser larga. Al segundo intento contestó el citófono el encargado.

–¿Diga?

–Jesús, buenas noches. ¿Ya cerraron el chino?

–Eh, y si, recién, señor.

–Vale, gracias.

Terminé el café en tres sorbos más, lavé el pocillo y salí a mi cuarto a terminar de alistar mis cosas. Guardé ropa para tres días, el computador, el disco duro y el cepillo de dientes de viaje. Anoté las cuatro marcas nuevas que había hecho en el mapa en mi libretita de bolsillo, y luego lo guardé en el segundo cajón de la mesa de noche.

El café había sido la única pausa del día. Había comprado los tiquetes esa misma mañana,  seguido de un almuerzo en la rotisería vegetariana de Juramento entre Moldes y Amenábar, donde había aprovechado para hacer más preguntas. Luego, en Plaza Noruega me reuní con mi cliente para ultimar detalles. De ahí fui en subte hasta la casa de la señorita M., pasé la tarde con ella y antes de volver a casa hice check-in en línea e imprimí los pasabordos mientras ella tomaba la siesta. La desperté y le dije la primera mentira desde que estábamos juntos.

–Me mandaron como representante a un lanzamiento en Panamá. Hay una rueda de negocios y puede que consiga un contrato nuevo, aún no sé dónde.

–¿Cuándo vuelves?

–Nueve días. Prometido.

No quería que supiera dónde estaba, en caso que me buscaran y por alguna razón llegaran a ella. Cuando estaba cerca de la estación de Plaza Italia tuve una corazonada y decidí regresar a casa a pie. Subí por la Luís María Campos hasta Zavala, giré hacia Cabildo y seguí por ésta hasta Olazábal. Entré al quiosco en Moldes, compré una botella de cerveza y llamé a mi cliente desde una de las cabinas.

–Mañana tendrá información nueva. Se la envío por correo.

–Gracias, señor Alberto.

II

Este regreso a casa había surgido por un error de cálculo. La carga de la batería del reproductor de audio había durado un par de horas menos de lo presupuestado y estaba sin música mientras hacía las compras en el mercado chino de Barrancas de Belgrano. Ya había oído muchas veces algo que sonaba parecido a “Zipaquirá” cuando iba de compras allí, pero esta vez no cabía duda. Era la única palabra que entendía, en todo caso, pero esta vez la discusión entre el dueño y uno de sus empleados era bastante ruidosa como para no creer que algo iba mal. La cajera dejó caer el dinero que le había dado, se le notaba intranquila. Dejé las compras en casa y regresé a la hora de cierre. Algo no estaba bien, como siempre, pero esta vez estaba mal aquí y en casa y se me metió en la cabeza saber qué era.

–Supongo que no es la primera vez que un cliente te invita a salir –le dije apenas salió–. ¿Te parece si vamos a cenar?

–No, señor. No puedo ir –aún se veía nerviosa. Habían problemas, seguro.

–Sé que algo anda mal –le susurré–. Lo que sea, yo te puedo ayudar a resolverlo. De eso vivo.

Se quedó pensativa. –Bueno. Le contaré…

En Bogotá era casi un mito urbano que una red de tráfico de personas enviaba gente  desde China hasta Buenaventura en barco, después por tierra hasta Zipaquirá, donde pasaban un par de meses antes de ser enviados a otros lugares en el resto de América. La cajera, Tian Yu,  tenía razones para creer que su hermano iba en un barco a Buenaventura aunque no tenía claro si como marino o como polizón. Se había colado a la oficina de su jefe, a quien había oído discutir con los sujetos que le habían recibido en el puerto de Buenos Aires cuando había llegado años atrás, antes de que unos controles más estrictos obligaran a la red a enfocarse en el puerto de Buenaventura como punto de enlace. Había encontrado una lista con nombres en la que había visto el de su hermano, pero seguía con la misma duda, así que después de la cena le prometí recuperar la lista para salir de dudas.

La mañana siguiente fui hasta la estación Belgrano C y tomé el tren hacia Tigre. Volví dos horas después. En ambas ocasiones miré cuidadosamente la parte trasera del supermercado, que daba a las vías del tren. Parecía posible entrar por ahí. Entré por la puerta principal a hacer compras mientras miraba posibilidades para colarme a la oficina del dueño. Luego de un rato de observación mientras simulaba elegir el mejor té posible, decidí que entrar por el frente no iba a ser posible. Había visto varios sujetos sin ánimo de ocultar su trabajo como matones subir al segundo piso y no bajar. Sabiendo esto, era claro. Iba a tener que colarme a la oficina al estilo Rocco Siffredi: por atrás y a lo bestia. Salí de ahí con una cajita de pu-erh. Iba a necesitarla.

Ya en casa, puse la tetera, cargué a la mitad el infusor con el pu-erh que acababa de comprar y revisé en la página de TBA los horarios en que los últimos trenes pasarían por Belgrano C. Según deduje luego mirando el mapa, sería más fácil tomar el 107, caminar desde Blanco Encalada y O’Higgins hasta el cruce del ferrocarril con Monroe y seguir las vías hasta la parte posterior del mercado. A las 11:45 salí a esperar el colectivo.