Archive for the ‘Sueños’ Category

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Aeropuerto

enero 9, 2014

Me gusta la lluvia que cae sobre Bogotá a esta hora. El cielo gris, la niebla sobre las montañas a lo lejos, al oriente, el asfalto mojado sobre la veintiséis. Reviso el SMS, miro la hora y confirmo en la web del aeropuerto y en el rastreador de vuelos que voy a tiempo.

Parqueo y camino hasta salidas nacionales mordisqueando una chocolatina, apenas para preparar el paladar para los brownies que seguramente vienen en camino. “Salgo para allá en el vuelo xxxx a las xx:xx. ¿Me recogés, porfa?”. Y nada más en el SMS. Reviso la pantalla de llegadas nacionales. Tengo tiempo para ir por un café. Me pongo los audífonos, busco en el celular One Hundred Years de The Cure y hago caso al consejo. It doesn’t matter if we all die. Todosvamosamorir.

Seis minutos, cuarenta segundos, tres sorbos al vaso de papel vino tinto. Apago la música, realmente sigue sin pasar nada nuevo. Regreso a la zona de los vuelos nacionales y en el camino veo el edificio de la vieja terminal; la cantidad de anécdotas asociadas a ese lugar hace bastante peculiar su demolición, seguro que muchos pagarían por bailar sobre sus ruinas. Se siente el peso de las dañadas de veinticuatro que pasaron por sus puertas, como un amigo que dejó a su entonces novia para unas vacaciones y cuando fue a verla se chocó con la noticia de que el tal Marcos que la había recibido en su destino le había hecho el daño. O el amigo de él, que atravesando su zona de migraciones a las 3:45 a.m. recibió un baldado de agua fría: su novia le ponía cuernos con un tal Mateo. O de otro tipo que pasó a sus salas de espera para un viaje de estudios y a su primer regreso encontró a la mujer que amaba embarazada de un metalero llamado Lucas.

Y yo acá, dizque esperando un avión proveniente de la otra cordillera y que carga a la que salió con un chorro de babas y un interés repentino por el otro evangelista…

Bajo a llegadas nacionales. Se acaba el café y van saliendo personas del vuelo que espero. Entonces caigo en cuenta: no entiendo nada. Estoy aquí porque me pidieron el favor y, a quién engaño, está en mi naturaleza ayudar. Pero, ¿tengo un motivo más profundo? Siento que ya ha pasado mucho, no hablo con ella desde julio. Y sí, quiero verla, pero no sé por qué. No-en-tien-do. Igual. Anochece. Igual anochece.

Me abraza como en esa madrugada de abril y no ofrezco resistencia. Noto que no tiene equipaje. Mientras caminamos al auto nos decimos cosas sin importancia. Pienso: El Evangelista está al otro lado del océano, en una romántica capital centroeuropea y el que recibe la visita soy yo. ¿Me irán a dañar el 24 a mí? ¿Vamos a romper el patrón?

Le pregunto dónde va a quedarse. No responde. Luego le pregunto si va a algún lado en particular y me dice que vayamos a donde yo quiera, que siempre hemos hecho sus planes “y a esto nos ha traído”. De nuevo no entiendo pero prefiero no preguntar más. ¿Pero y entonces? Me dice que se regresa mañana en el primer vuelo a su cordillera.

Hago un par de llamadas antes de arrancar y luego enfilo por la Boyacá al norte. Solo hasta el Carulla de Colina me siento a salvo para parar, comer algo y empezar con las preguntas que me han surgido – aparte del constante “¿qué putas?” que se ha repetido como un loop desde que sonó mi celular. Vuelvo a llamar y pregunto qué llevo y si en verdad no hay problema con que vayamos -con que ella vaya después de todo lo que (no) pasó. Problema no hay, pero mala idea no deja de ser, me dicen. Concuerdo. Vino para la dueña de casa, un par de cervezas para sobrellevarla y algo de mecato. A oriente salimos con las provisiones.

Han pasado un par de horas. Aún no pregunto nada, pero nuestros anfitriones la han bombardeado con preguntas que igual no logran rellenar los vacíos de información que tengo: finalmente, las preguntas que ellos le hacen no son las que tengo aunque cada vez me van acercando más a las que realmente quiero (necesito) hacer. Le doy un sorbo largo a la botella de Duvel, la pongo nunto al sofá, miro el reloj bonito de la sala, espero a la próxima pausa de más de cinco segundos, me pongo de pie, yomo su hombro para indicarle que me siga, abro la puerta y salimos al antejardín. Ya fue.

-Bueno, ¿me vas a explicar qué pasa aquí de una buena vez?

Ella mira al piso y hace su ya clásico puchero (marca registrada). Titubea.

-Perdonáme, perdonáme, perdonáme por todo…- Veo que quiere abrazarme y no hago nada. Me besa y no ofrezco resistencia. Variad veces. Si así va a pasar el resto de su visita no me quejo. Calculo que ya ha pasado más de la mitad del tiempo que ella va a pasar aquí y me pregunto si es una estrategia brillante venir por poco tiempo -el menor posible, de hecho- a pedir cacao o si es un plan descabellado y ella es menos calculadora de lo que creí. Pasa u rato largo hasta que ella siente suficiente frío para querer volver bajo techo y no ha parado de besarme. Antes de cruzar el umbral me pide que la lleve a mi casa.

Y con eso me hace sentir por primera vez en esta jornada que no tengo el control de la situación. ¿Me lo sacó a besos? ¿Me irá a embaucar con su tono de voz de “ordenes implacables impartidas con dulzura”? Al entrar de nuevo caigo en cuenta cuánto falta para que ella pase la puerta de Salidas Nacionales y pienso en qué hacer. Le calculo media hora para eliminar la media cerveza que bebí para poder volver a manejar. Veamos.

Unas horas más tarde. Amanece a nuestras espaldas pero no se nota tanto por lo empañados que están los vidrios del auto. Bajo un poco mi ventana y empieza a aparecer abajo la ciudad apenas coloreada con la iluminación tímida del recién salido sol de las seis. Allá al fondo se ve la meta, tendré que atravesar Usaquén, bajar toda la Pepe Sierra, tomar la Boyacá al sur y Dorado al oeste en 20 minutos. Breve. Ella duerme en el asiento del pasajero, cubierta con la cobija que ni en mis más locos sueños presupuesté que iba a usar para esto. La miro por dos minutos y no entiendo las últimas horas. No me la creo. La despierto con un beso en la nariz. Ella se acomoda la ropa y pongo marcha. De La Aguadora a Eldorado.

El camino transcurre en silencio. Siento que ella me mira. Empiezo a preguntarme quién de los dos obtuvo lo que quería. Parqueo. Ella me toma de la mano mientras la acompaño al aparato de Self Check-in. Cuento mentalmente los segundos para evitar hablar. Miro el reloj, miro la pantalla de información de vuelos. Cuando voy en 346 llegamos a la puerta donde habremos de separarnos y aún no me ha soltado. Como en tantos momentos cliché. Y justo en este aeropuerto nuevo y bonito, maldita sea.

This is it.

Llegó la hora.

Ella toma aire.

-Te a…

La interrumpo con un beso.

Y unos minutos más tarde, ya en el auto, sé que no la veré de nuevo.

porque así lo quiero.

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Insomnio.

julio 22, 2012

Es horrible dormir en el lugar de trabajo. No puedo decir exactamente “en el mismo sitio donde se trabaja”, porque he trabajado en casa y eso no me parece complicado. Tal vez… tal vez sea que aún jerarquizo y considero que un lugar (primariamente) de vivienda puede ser tener funciones (secundariamente) laborales, pero no al revés.

A mis compañeros de trabajo (y vivienda, en este momento) no parece afectarles en lo más mínimo, en cambio. Todos venimos de husos horarios distintos y la noche permanente (así como el día artificial constante en el área de trabajo) hace posible que todos mantengamos nuestros relojes biológicos en la hora que es en casa. Así podemos trabajar, descansar y dormir en turnos sin que el trabajo se detenga. Un éxito del gobierno central, dicen.

A diferencia de mis compañeros, no logro dormir, no tan bien como quisiera, no tanto como debería. El médico del lugar insiste en darme somníferos y yo insisto en simular que los tomo: no quiero depender de ellos y sé que afectarían negativamente mi rendimiento.

Entonces doy vueltas en mi camastro mientras mi cabeza da vueltas por todo el sistema solar buscando una explicación a esta incapacidad de dormir. Culpé primero a la noche eterna y el día artificial, a que mi crianza en los trópicos se resiste a aprender que no siempre hay doce horas de sol y doce de penumbra, que esta noche eterna también es natural y posible. Posteriormente, creí firmemente que todo era causado por tener que dormir (y vivir, descansar y comer) en el lugar de trabajo en vez de trabajar en el sitio donde se desarrolla la cotidianidad; puede ser que solo sean ideas mías surgidas de la falta de costumbre, de una educación distinta a la de mis compañeros.

Hasta que, finalmente, lo veo claro.

Los pocos sueños que logro recordar de los momentos en los que finalmente logro dormir lo suficiente para poder soñar (me niego a llamar esos momentos “noches”, no cuando siempre es de noche) me dan la respuesta.

En casa, aunque no siempre, mis sueños mayormente están relacionados con volar, con surcar los aires, dejar la tierra y sus amarras y ser libre más allá de ella. Aquí todo es distinto: hace mucho que no sueño con aviones. Sueño con tirarme al agua y nadar, sueño con correr, andar las aceras de mi barrio a distintas horas del día, sueño con recorrer las carreteras a 60 por hora (o incluso menos) para poder ver el paisaje, sus detalles, todo su esplendor. Sueño, definitivamente, con tener un contacto directo con la tierra, y esa necesidad me la causa todo este tiempo en gravedad cero, de noche eterna, y lejos de ella. La veo a lo lejos, pequeña y frágil, alejándose cada vez más, y la extraño.

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Condiciones favorables para el despegue.

junio 18, 2012

“Siempre recuerda, hijo, que detrás de las creaciones más macabras hay un acto de ingenio tan grande que se puede revertir y aprovechar en favor de la vida, no de la muerte”. Esas palabras que mi padre me había repetido desde que tengo memoria, y que incluso estuvieron cerca de ser las últimas que me dirigió en su lecho de muerte (afortunadamente tuvo tiempo de despedirse de forma menos solemne) han guiado mi vida. Por ejemplo, cuando descubrí el mundo de los modelos a escala siempre huí de los aviones y barcos militares y me concentré en los de pasajeros, consciente que del desarrollo militar había surgido el progreso civil, lo que demostraba las palabras de mi padre.

Y heme aquí, en la viejísima  torre de control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, preparando uno de los vuelos civiles más importantes de las últimas décadas. Pronto abordaría la aeronave junto a un selecto grupo de pasajeros, no sin antes dar el discurso tan propio de los grandes eventos. Había dedicado los últimos años de mi vida a un proyecto para volver a traer el gran lujo y confort asociado a los primeros vuelos aéreos al servicio del público. Tal vez no fuera asequible para todos, pero mi esperanza es que quienes tomaran mi antorcha lo masificaran y lo hicieran aún más barato y efectivo de lo que en este momento era.

Lo que había empezado como un espectáculo y como una prueba de ingenio para vencer las limitaciones impuestas por nuestro torpe y frágil cuerpo humano, que una vez empezó a avanzar el siglo XX se convirtió en una máquina de guerra y por eso mismo se desarrolló aparatosamente, hasta ese momento en el que su progreso se vio truncado por la tragedia, se disponía a volver a la escena mundial por todo lo alto (valga el chiste) como la cima del lujo, el confort, la elegancia, el estilo y todo lo demás que hizo de los pioneros de la aviación civil unos héroes a los ojos del público. Saqué de mi abrigo la vieja carta que me había escrito mi abuelo en 1984 y que le había prometido solo leería hasta diez años después. La letra alargada y elegante del viejo, en tinta morada sobre un papel cada vez más amarillento, me recordó las tardes que pasaba con él en su taller, en los hangares del aeropuerto, en los bancos de pruebas, tardes que moldearon mi amor por la industria aeronáutica y por la historia de nuestra familia. La leí por centésima vez:

“Si algo nos enseñó la tragedia del Hindenburg fue a buscar una alternativa mucho más segura para los combustibles de los dirigibles. El hidrógeno, nos había quedado ya demostrado, era mortalmente volátil e inseguro. Luego, la inevitable segunda guerra, nos detuvo en nuestro propósito de restablecer el prestigio a la compañía de zeppelines: los que habían sobrevivido al inicio de las hostilidades habían sido confiscados por el gobierno estadounidense una vez se firmó la rendición alemana. 

 

Los cuarenta y cinco años anteriores habían sido una desastrosa sucesión de eventos políticos y económicos que habían alcanzado sus picos de horror en las muertes por millones que atravesaban a Europa. La primera gran guerra nos había podrido el alma al enseñarnos que la muerte en batalla había dejado de ser algo honroso, que el combate se había deshumanizado y que la muerte del enemigo en masa era algo más posible, más sencillo y al mismo tiempo más grotesco, cruento, cruel y miserable. Con nuestras podridas almas nos arrastramos por la tercera década del siglo, tan anestesiados que vimos las raíces del horror totalitarista y no hicimos nada.

 

Y la segunda gran guerra, tan inevitable y tan motivada por el revanchismo como la primera, con mentes podridas por esos primeros años del siglo XX en el poder, nos llevó al punto más bajo de nuestra humanidad. La muerte en masa en cuestión de segundos, el horror del exterminio, la demencia de la búsqueda de la aniquilación total del otro, todo de tal forma que hizo parecer como algo digno esas escenas de trincheras de 1917, el gas mostaza, los campos minados que aún hoy persisten…

 

…y la masa culpándonos a nosotros, los inventores, los hombres de ciencia, de todo el horror. Y nuestras conciencias que no nos dejan dormir, pensando que tal vez la gran masa tenga razón, que nuestros cerebros solo trabajan para el mal, que estamos destinados a crear cosas que solo van a destruirnos. Nuestras naciones en ruina, sin capacidad económica para financiar una investigación que pueda generar una creación que repercuta en el progreso de todos y nosotros lamentando que nuestras mentes solo son útiles en tiempos en los que se necesita exterminar pronto y en cantidad a alguien más.

 

Algunos de nosotros decidimos dejar de ser parias. Abandonamos nuestros derrotados y arruinados países y buscamos refugio en cualquier nación que nos abriera sus puertas y perdonara nuestro pecado original de haber nacido en una tierra que trataría de dominar primero a Europa y después al mundo (ambas veces infructuosamente) y nos permitiera acceder a recursos para crear cosas para la vida a cambio de ciertos conocimientos que igual conseguimos cuando el esfuerzo bélico nos obligó a ello.

 

Nunca, nunca lo olvides, hijo. Nuestros antepasados olvidaron todos esos episodios escabrosos de la historia del país y por eso repitieron tantas veces los mismos errores. La vida me dio otra oportunidad de devolver algo a la humanidad y siento que tu padre y tu han sido mi mayor logro en ese respecto: él te enseñó el amor por la ingeniería que yo le inculqué, e hizo una gran labor en criarte. No quiero que creas que tienes que cargar con mi legado como una obligación, sino como un privilegio y como el honor que es llevar a cabo proyectos que benefician a muchos en lugar de a unos pocos.

 

Nunca lo olvides, mi querido nieto.

 

H.S.R”

Mi abuelo y sus colegas, una vez establecidos en este país, lograron recuperar los zeppelines que habían sobrevivido a la guerra y que estaban en poder del gobierno estadounidense, a cambio de algunos secretos científicos que de cualquier manera iban a conseguir prontamente. La labor de su vida, y la de mi padre, fue lograr crear un gas combustible que fuera más ligero que la atmósfera, infinitamente menos peligroso y volátil que el hidrógeno, económico de producir y fácil de almacenar y transportar. Para ello tomaron casi cuarenta años, y los vuelos de prueba, en los viejos zeppelines alemanes restaurados y readecuados una y otra vez, parecían ser exitosos. Pero no eran viables comercialmente aún, y una vez me gradué de la universidad y tomé mi puesto en la empresa familiar disfrazada de empresa estatal dediqué mis esfuerzos en crear una aeronave que pudiera ser producida en masa, a una fracción del costo de los cada vez más modernos, eficientes y efectivos aviones de pasajeros.

El estado nos subsidió conforme pudimos demostrar que el proyecto seguiría siendo viable por años. Finalmente contamos con una flotilla adecuada para iniciar una línea aérea propia, pero decidimos recuperar costos vendiéndolas a las aerolíneas ya existentes. Mi parte favorita de supervisar las aeronaves en proceso de finalización era ver cómo las pintaban. Cuando tuve la oportunidad de visitar la planta de Boeing en el estado de Washington, y la de Airbus en Tolouse, me quedaba bastante tiempo mirando cómo aplicaban las capas de pintura, cómo le iban dando forma a los diseños que tanto me gustaban; recordaba también cómo era mi parte favorita al armar los modelos a escala, convertir los trozos grisáceos de plástico en versiones en miniatura cuidadosamente detalladas de los aviones que tenía el privilegio de ver cuando visitaba los hangares en que trabajaban mi abuelo y mi padre.

Las aerolíneas en un principio nos recibían con bastante escepticismo, y los fabricantes de aeronaves comerciales trataban de minar nuestra credibilidad pensando que un competidor más no sería beneficioso para nadie. Varios países habían afrontado crisis económicas fuertes luego de la guerra del Golfo y de la caída de la Unión Soviética y el negocio aeronáutico parecía hasta ahora resurgir tímidamente. Nuestra salvación fue el precio mínimo de los dirigibles comparados con los aviones, los bajos costes de mantenimiento y combustible, y el porcentaje de ganancias que dejaría el costo proyectado de cada tiquete. Los grandes fabricantes decidieron apoyarnos cuando nos comprometimos a no desarrollar este combustible para otro tipo de aplicaciones y las petroleras dejaron de presionarnos por lo mismo. El costo de adecuación de aeropuertos para recibir estas aeronaves era mínimo (únicamente dos torres suficientemente altas con zonas de amarre y escaleras desplegables que dieran a una sala de espera de alto lujo, que incluso cualquier rascacielos con helipuerto podía reemplazar en caso que las ciudades no quisieran embarcarse en un proyecto de construcción tan sencillo) y por su naturaleza de lujo podría traer bastantes beneficios económicos.

Pero por más que lo intentáramos, nunca pudimos lograr que nuestros zeppelines desarrollaran una velocidad crucero suficiente para competir siquiera con los aviones regionales. Me enfrentaba a un problema bastante serio, hasta que tuve una idea salvadora.

Los zeppelines no tenían por qué ser rápidos, en absoluto. Parte del lujo y del confort radicaría en su lenta velocidad de crucero, que permitiría un mayor aprecio del paisaje, menores turbulencias, más escalas en los viajes largos para poder estirar las piernas, bajar al aeropuerto a tomar algo y volver a abordar. El equipo de marketing se encargó de recalcarlo y de convertirlo en la parte más positiva de la experiencia. Los precios proyectados por las aerolíneas subieron en consecuencia y los zeppelines se convirtieron en algo mucho más de lujo que la clase ejecutiva. Así que las cabinas de pasajeros se reacondicionaron de tal forma que nunca un aparato que surcara los aires cargara con tanta distinción en su decorado, elementos e interiores. Estaba seguro que ni siquiera los trasatlánticos más lujosos de la historia podían competir con mis dirigibles.

Hoy, 17 años después de que mi abuelo me entregara esa carta, nueve de septiembre de 2001, me dispongo a abordar con un selecto grupo de pasajeros el primer vuelo comercial de un zeppelin en más de 60 años. Las aerolíneas ya han recibido los suyos y han aceptado que sus vuelos inaugurales se realicen una vez el nuestro finalice en Manhattan. Porque hemos decidido que el vuelo inaugural llegue al centro financiero del mundo, y que en lugar de las 14 horas habituales que toma un vuelo Ezeiza-JFK, lleguemos a las 36 horas de haber partido, luego de cinco escalas a lo largo de América, la mañana del once. Sé que viene algo que cambiará la historia.

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Sin título (32)

febrero 19, 2011

Hace bastante sol. Trato de encontrar algo para escuchar en mi reproductor, algo que me permita evadir responderme qué carajos hago aquí. Es una tarde tibia en la sabana de Bogotá y sé que faltan pocos minutos para que me empiece a incomodar el cuero que tapiza este asiento.

Pero la pregunta es inevitable. ¿Qué carajos hago aquí? Desisto de encontrar algo para obnubilar mis pensamientos con música y me quito los audífonos. No he abierto la boca desde que me subí a este Chevy Nova verde perlado, convertible. Un auto hermoso, pero que no esperaba ver manejado por alguien que se llenaba la jeta pregonando su amor a las bicicletas y su aversión a los autos.

El cuero se ha hecho insoportable y empiezo a moverme, irritado. El idiota al volante y el idiota en el puesto de copiloto me miran, uno por el espejo, el otro de reojo. El auto se detiene y ella se sube. Se sienta a mi lado, en el asiento trasero. La saludo, tratando de no mostrarme tan incómodo como me siento. Idiota-al-volante intenta dejarme fuera de base haciendo un chiste estúpido, pero en mitad de su frase no aguanto y suelto un tajante “Hable puta, calle coime”. Los tres me miran, incrédulos.

“Bueno, ahora sí dime”, le digo a ella mientras rodamos por la Avenida Pradilla. “¿Sabes? Me ha hecho falta hablar contigo…”, me dice. Se sienta en mis rodillas. Tiene una falda azul. “Y quería verte, hace mucho no te veo…”. Me sorprendo con una mano en su muslo derecho. “Pues mira, preciosa, si quieres verme no hagas estas estupideces de poner de público a tu noviecito y a tus amigos y, sobre todo, no hagas estas cosas tan crueles de sentarte en mis piernas como si intentaras hacerme confesar que siento algo aún por ti”. A lo lejos veo una flota en dirección contraria. “Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer”. La beso en la boca, la pongo suavemente de vuelta en el asiento y tomo el estuche de mi guitarra. “Adiós, par de imbéciles”, digo mientras doy un calvazo al conductor y salto del auto en movimiento.

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Sueño (Apéndice)

diciembre 4, 2010

Una de las razones por las que había elegido este camino para mi vida es que el entrenamiento práctico era parte esencial de la formación y éste implicaba acostumbrarse a muchas situaciones fuera de lo cotidiano. Dormir, por ejemplo, era una de esas cosas a las que tenía que reacostumbrarme, tanto en los horarios como en el lugar. Aún así, no lograba aún conciliar tan fácilmente el sueño en este camastro. No eran todos los ruidos afuera del barracón, no era esta sensación de ingravidez, no era el ambiente completamente antiséptico (antinatural pero necesario, dado el lugar). Luego de unas vueltas en el camastro, aún con mi uniforme, logré dormirme.

“Doctor, doctor, avisan de la estación de Triage que hay paciente para nosotros”. La enfermera me tendió una taza de café, aún caliente, que puse en la mesita junto al camastro después de dos sorbos. Lavé mi cara y apuré el café mientras arreglaba un poco mi ropa, sobre la que puse la bata, y fui al consultorio de oftalmología. Madrugada de domingo en la Reina Sofía. Ordené rápidamente el cubículo y empecé a lavarme las manos, de espaldas a la puerta. “Doctor, la paciente”, dijo la enfermera. Aún de espaldas, mientras me secaba las manos con una toalla de papel, le saludé con mi tono tranquilizante: “Cuénteme, qué sucede”. “Hola”.

La toalla de papel se me resbaló de las manos.

Tomé otra toalla.

“Hola”. Di un espacio para respirar. “¿Qué te pasó?”. No la veía hacía tanto tiempo que pensaba que no podría reconocer su voz. Me acerqué y saqué mi linterna de la bata. Su ojo derecho estaba cubierto. Tuve que afincar mi pulso cuando toqué su rostro. “Pueees…”. Descubrí su ojo y lo revisé mientras ella me contaba: De la nada, su novio había intentado golpearla pero ella logró esquivarlo. Esto le enfureció, al punto que le lanzó un líquido a la cara. Ella no tenía las gafas puestas, y el líquido le impactó el ojo derecho, donde hizo el mayor daño. La córnea parecía quemada. La piel de los párpados y la zona alrededor de la nariz también se habían maltratado, pero no era grave. Le puse una crema para quitarle el ardor y disminuir el dolor.

“Tengo que operarte”. Empezaba a temblarme la voz. “Tendré que reemplazarte la córnea, afortunadamente hay donantes y la lista de espera está vacía”. Ella necesitaba sus ojos. “Y tengo que poner a ese cabrón alopécico tras las rejas”. La abracé y besé su frente. “Vine aquí porque sabía que estabas tu”, dijo. “Siempre, para lo que me necesites”. Las lágrimas me nublaron la vista.

Intenté secarme los ojos. Estaba aún acostado en mi camastro del barracón de la Estación Espacial MIR II. Me erguí y fui flotando hacia el telescopio de la estación, donde le escribí una carta que no sabía si lograría hacer llegar a destino. La releí y añadí en la postdata: “Te extraño. Incluso aquí en gravedad cero tu ausencia pesa bastante”. La guardé en una caja de muestras que había a mano, pensando en cómo enviarla.

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Sueño 8271 (aprox.)

agosto 22, 2010

Для тебя, Эрика Д.

“Sin mirar, sin miraar”.

“Pero sabes que hace rato me perdí”.

“Y guarda el iPhone, ni GPS, ni triangulación, ni nada de eso, no hagas trampa”.

“Son coordenadas, ¿qué haría con ellas?…”

Finalmente cerraste los ojos. “Podrías mirar en un mapa” dije, “aunque me daría un poco cuenta”. Sonreíste. En la siguiente recta suficientemente larga y vacía te miré unos pocos segundos. El naranja del atardecer le daba un color especial a tu piel que hacía que quedara mejor enmarcada en tu vestido azul. Después de cinco horas de manejo (una de ellas en desvíos para despistar) nos acercábamos a nuestro destino.

El tramo final del camino era un poco más difícil para un auto familiar pequeño pero, sorprendentemente, nunca se quedó. Llegamos a un punto en el que todo se podía ver mejor y detuve el auto en la orilla del camino. “¿Quieres ver? Acá estamos en el mejor lugar para eso”. Abriste los ojos, sorprendida por los árboles que nos rodeaban, y te bajaste. “¿Hacia dónde miro?” preguntaste mientras caminabas hacia donde me había parado. Cuando llegaste a mi lado te respondí: “Mira, allí nomasito… ¡Sorpresa!”.

Desde la cima de la colina podíamos ver la casita rodeada de arbustos, los silos, el pequeño granero y el taller. Detrás, conectados por un surco que los juntaba con los que rodeaban la casa, estaban los demás arbustos del cultivo. Sonreí, entre satisfecho y emocionado, mientras te veía recorrer el campo con la vista, entre sorprendida y emocionada. “¿Tuyo?”. “Nuestro”. “¿Mío? ¿Por qué?”. “Porque puedes venir cuando quieras”. La brisa empezó a  traernos los aromas de los arbustos de té que conformaban el cultivo que rodeaba la casa. Nos fundimos en un abrazo.

Desperté más tarde. Me abrazabas en sueños. La luz de luna que se filtraba por la cortina hacía brillar tu pelo negro y le daba una apariencia mágica a tu espalda.

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Sueño I

julio 16, 2010

Al principio, pensé que la hora iba a ser benévola. Usualmente no nos reunimos tan temprano pero para los cumpleaños siempre se hace una excepción.

Llevo un largo rato intranquilo: tengo pegado tu olor. Garabateo en mi libreta, tratando al tiempo de seguir el hilo de la charla. Guardo la libreta cuando ella llega. Nos saludamos efusivamente, casi como en chiste. Pronto, la idea del café es abandonada y terminamos en La Deportiva.

En el camino, ella me abraza cada vez que puede. Bromeo con ella, trato de divertirme, me pongo gratuitamente cariñoso, la abrazo de vuelta mientras ella trata de besarme.

La evado, pero en forma que ella no crea que la estoy rechazando, sino que no me he dado cuenta de sus intenciones. Podría besarla, justificar de mil maneras el hacerlo, enfatizar en que es alguien que me gustó tiempo atrás.

Recibo una llamada: alguien que falta y pregunta dónde estamos. Para contestar me he alejado un poco de la mesa y cuando voy a regresar veo que ella se ha parado y está ahí sonriente. Nuevamente evado su beso, la abrazo, miro el reloj: 18:30.

“Tengo que hacer algo, ya vengo”. Recojo mi maleta y salgo corriendo. Tu olor no ha salido de mi mente y corro a buscarte. Casi chocamos (intenté hacer que chocáramos), las palabras se atropellan, te invito a un café.

Hablamos mientras buscamos el lugar dónde tomarlo. No hay reproches de ninguna clase, digo lo menos posible, te escucho después de reafirmarte que mi postura no ha cambiado en este tiempo. Antes de entrar a una panadería me lo dices: quieres acostarte conmigo. Pero el dilema surge porque no sabes qué consecuencias traiga, cómo pueda cambiar todo. Me callo: si intento razonar, concluiremos que es mala idea. Pides dos jugos de naranja (te miro extrañado: sabes que no podré tomármelo) y un cigarrillo. “No lo sé. Esto va a terminar en llanto”, dices, imitándome cuando imito a Marvin. “No sé qué pase, no sé qué opines”.

Hay un hotel cerca. “¿Te vas a arrepentir?”, pregunto.

Antes de que respondas, despierto.