Archive for the ‘Uncategorized’ Category

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Encallamiento

julio 23, 2015

A mí la surrealidad me persigue. O tal vez, como teoriza mi esposa, me fijo en ella y la veo más fácil. El episodio de hoy, ocurrido en septiembre del año pasado, sucedió en Duluth, MN. Sí, yo sé, empezamos bien: ¿Qué putas hacíamos en Duluth?

Esa misma jeta de “dafuq?” que algunos de ustedes estarán haciendo la hizo el agente migratorio que nos atendió en O’Hare cuando le explicamos que íbamos a Duluth y que íbamos a un festival de globos aerostáticos. “Duuluuuth? Shouldn’t you be at school?“, preguntó mientras revisaba nuestros pasaportes. “Yup. We’re photographers”, fue mi explicación. El sujeto se encogió de hombros y nos miró con cara de “pobres loquitos” y nos selló el ingreso.

Unos días más tarde, después de haber recorrido la I-94 desde Chicago hasta Minneapolis en un bus con niños gritando durante casi doce horas y luego la I-35 desde Minneapolis hasta Duluth mientras anochecía sobre los diez mil lagos, estábamos ahí. La primera noche nos instalamos en la buhardilla de la casa de nuestros anfitriones, una pareja de afrikaners. El día siguiente fuimos hasta el parque donde iba a realizarse el festival y estuvimos allí todo el día. Solo inflaron un globo y no voló por las condiciones meteorológicas.

A la mañana siguiente regresamos tempranísimo al parque. Recorrimos la zona del parque, encontramos un café hermoso en el sótano de un edificio viejo devenido “centro comercial”, volamos cometas y vimos cómo lanzaban un globo metereológico. Nuevamente inflaron un globo y nuevamente el clima pintaba para que no hubiera lanzamientos. Fuimos entonces a almorzar.

En este momento es pertinente anotar que Duluth, junto a Superior, Michigan, hacen parte de un complejo portuario que, gracias a los canales de los Grandes Lagos, se considera como el puerto marítimo más al oeste del Atlántico. El parque queda frente al lago, cerca al puerto. Esto es importante porque, al volver de almorzar, nos topamos con esto:

Barco

Barco

Por alguna razón que aún no comprendo, el capitán del barco “se pasó” del giro que del puerto va hacia el Aerial Lift Bridge y siguió derecho hasta que las rocas de junto al parque lo detuvieron. Este barco, el Paul R. Tregurtha, es el más grande de la Interlake Shipping Company, supuestamente la mejor y más segura de las empresas de carga marítima de la zona. Tiene capacidad para 71.000 Toneladas de carbón (probablemente llevaba eso encima: Duluth es un pueblo carbonero) y un largo de 1.013,5 pies.

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De frente

El festival no se detuvo -en parte porque realmente nunca comenzó- y los visitantes alternaban entre ver los helicópteros que despegaban, tratar de averiguar si iba a haber vuelos de globo, comer y chismear cómo trataban de desencallar el barco. Fue pasando la tarde y mientras esperábamos a ver qué pasaba nos dedicamos a volar cometas. Para entonces ya nos habíamos hecho a la idea que no iba a haber globos pero, por alguna razón mágica que atribuyo a la tranquilidad que sentimos en Duluth, no nos importó. Estábamos ahí, estábamos felices y no importaba más.

Horas más tarde nos encontramos con nuestros anfitriones. Nuestro plan les había causado curiosidad y habían decidido ir a ver el festival, y se sorprendieron que no nos hubiera importado que no hubiera habido globos. Para “compensar”, nos llevaron a recorrer las montañas al oeste del pueblo, los bosques y un montón de paisajes hermosos, apenas para completar la imagen bucólica que nos habíamos creado del pueblo. En un momento nos detuvimos en un mirador desde el que se veía la majestuosidad del lago Superior, gran parte de Duluth y el Aerial Lift Bridge. Hoy estuve revisando fotos de ese viaje y cuando me fijé en esta, note que aún se veía en Paul R. Tregurtha.

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Duluth y el lago

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Stargazing

mayo 18, 2015

Mayo ha sido un mes horrendamente frío y nublado. Quienes me conocen sabrán que soy de esas personas que vive con la cabeza apuntando hacia arriba, mirando aves, nubes, aviones… estrellas. Sobre todo estrellas. Este mes nublado, estar en clases nocturnas y estar tan “dentro” de la “civilización” (comparado con el lugar en el que vivíamos antes) me han mandado al carajo el hábito de mirar al cielo a perderme entre las luces lejanas, esas luces de otros tiempos.

Nunca tuve un telescopio. Primero, me parecía complicado (luego vine a saber que viviendo en Chapinero era básicamente un desperdicio de plata porque no iba a ver nada) y después, difícil de manejar: Alguna vez en casa de mi tío en Villavicencio tuve una larga noche tratando de ver algo, lo que fuera, pero ni siquiera logré enfocar la Luna. Un fracaso total. De buena gana me iría a un sitio alejado con un telescopio, pero con mi cochina suerte se nublaría hasta el desierto de Atacama. La astrofotografía también queda descartada porque el equipo es bien caro. Algunas veces trato de tomarle fotos a la Luna, y he conseguido unas buenas, pero entre el frío y el exceso de nube de estos últimos meses lo hacen difícil. Solo un día hubo clima adecuado y justo estaba fuera de casa.

Un primo trabaja en un proyecto en el Observatorio Pierre Auger. La última vez que lo vi trató de explicarle a la familia en qué proyecto estaba y lo único que se me quedó grabado fue “rayos cósmicos”. Es algo intrigante eso de estar en medio de la nada mirando al cielo buscando partículas subatómicas. No sé por qué recordé esto. Igual me interesan las estrellas. No solo como puntos brillantes: saber de qué están (estaban) hechas, sus tamaños, la posibilidad de albergar planetas alrededor, sus ciclos de vida, el envideante concepto de que algunas de las que vemos ya no están allí… he tratado de plasmar algunas de las inquietudes que me causa todo el asunto en algunos de los cuentos de ciencia ficción que escribí hace unos años pero creo que todo es tan autista que nunca podría ponerlo en palabras, no tan claras.

Parte de ello trato también de plasmarlo en música. Aunque estamos en una suerte de hiato provocado porque el puerco día no tiene 36 horas (entre otras cosas), cuando iniciamos la Sociedad de Cosmonautas Imaginarios con Jhonny escribimos varios borradores de letras (que deben estar refundidos en un Google Drive) en los que tratábamos de volver canciones la costumbre de levantar la cabeza y mirar hacia arriba hasta que la tortícolis dejara. Una especie de shoegazing espacial, o Stargazing, que se me hacía un conceptazo hasta que me di cuenta que había sido acuñado antes por Michael Freerick de Amusement Parks on Fire para describir a su banda. Sí: todas las ideas buenas ya las tuvo alguien más antes. Por cierto, APOF es una gran banda sonora para vuelos nocturnos o que incluyan amaneceres o anocheceres. También para manejar de noche por carretera. Espero que en algún vuelo próximo pueda tener la suerte de volar de noche y sin nubes.

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Deerhunter y la miseria.

mayo 3, 2015

Esta mañana tuve que ir al Carulla de la 140 a hacer una pequeña compra para el almuerzo y ese trayecto siempre resulta más llevadero en bus; como tenía la tarjeta del SITP en saldo rojo la única opción fue irme en el Trans-Cedritos Express. Se me ha vuelto costumbre cuando tengo que hacer estos desplazamientos en bus solo poner a Deerhunter, bien sea en transmilenio, sitp and destroy o bus de a peso.

El Trans-Cedritos Express

Cuando vivía en Colina y trabajaba en la 140 años ha, el Trans-Cedritos Express era la respuesta a todos los problemas (de transporte) de la vida: pasaba a cualquier hora, si uno venía muy lleno atrás iría otro más vacío, iba rápido (por no decir desmierdado) y no tenía que caminar más de una cuadra en total. El remoquete se lo puse una mañana que iba oyendo el Trans-Europe Express de Kraftwerk y me pareció apropiadísimo para el recorrido (av. Villas, Calle 134, Carrera 19, Calle 140, Carrera Séptima, Calle 134 y Av. Villas de vuelta) y para lo mecánico del trayecto a trabajar de cada mañana. Cuando hay que ir al Cedritos Profundo es la respuesta, sobre todo porque el 270 (que es el del SITP que sube por ahí) pasa aproximadamente cada ciclo lunar.

Deerhunter y la miseria

Conocí a Deerhunter en 2010 cuando Jhonny aún estaba en Buenos Aires, él fue quien me los rotó en una de esas tandas de dropboxing. Empecé por el Microcastle y algo me encajó perfectamente. Meses después se convirtió en una suerte de bálsamo para momentos pésimos: muchas veces la música miserable parece contrarrestar la miseria propia.

Never Stops, del álbum Microcastle/Weird Era Continued de 2009

Ayer, haciendo el recorrido oriental del Trans-Cedritos Express me di cuenta que cuando el desplazamiento en bus (que ya de por si es una experiencia miserable en Bogotá) implica tráfico jarto, aburrimiento, un evento mamón a realizar o que esté acompañado por un mal estado de ánimo y voy solo suelo poner a Deerhunter; recordé también que cuando había que hacer distintas vueltas en Buenos Aires (que ya hacían parte de una situación compleja aunque increíble) la banda me acompañaba cuando tenía que agarrar buses.

¡Y es bastante efectivo para sacarse la mala leche del desplazamiento jarto!

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Silence

marzo 18, 2015

I walk up a flight of stairs slowly. Everybody is waiting for somebody, and while I cross aisles and mezzanines I realize I am not. “Tickets, please”. Tickets? Without a word, I check my pockets and I pass a wrinkled piece of paper with a QR code to the guard. I guess that’s my ticket, but I cannot be sure. “Thank you, sir”, he says and returns the piece of paper to me. I cross the metal detector and pick up my backpack, from which I procure my iPod.

I’m in an elevator and while everybody else looks at its ceiling or make a terrified face due to vertigo I look for a song in my screen. I faintly hear the elevator’s narration in the background until I find something I want to hear and put my headphones on. The song’s electronic drums pound in sync with my agitated breath and when the guitars come in I turn the volume up.

The wind hits my face. I go through a wall of sound while I cross the rooftop terrace. It’s weird: every time I’m in town I come here, always; I have seen the city from higher above, I’ve overflown it at different heights and still I’m overwhelmed by it. Or maybe the song is tearing me inside and I haven’t noticed it.

I see the sun setting slowly. My eyes hurt. I repeat the song a couple times, then I play the album from the beginning. I could walk down the 67 floors, but…

… I wander aimlessly on Fifth Avenue. I take my headphones off but a line from the song is stuck in my brain. I don’t know where it all went wrong. For some reason I cannot understand the sun is still up when I arrive to Washington Square Park, fifty-something blocks later. A two-hour sunset? I don’t have a watch and when I remember I can check the time on my iPod I notice it’s six o’ clock. Still? Again? What the… hmmmm…

I cross under the arch and I sit in a bench. I look at the sky, look at the trees, look for squirrels. I think I see something worth drawing so I reach for my backpack and look for a pencil and a notepad in it, then I remember I don’t know how to draw, so then I look for something to write on. Apparently, keeping a diary has helped me a lot. I find a sketchpad, brushes and watercolors in my bag. Do I know how to draw, then?

I open my little black notebook and I search for the last written page. I read a bit and notice it might have been two weeks since I last spoke to anybody, maybe even more. Also, that I could have been walking down Upper Wacker Drive and Michigan Avenue half an hour ago.

The sun becomes smaller but it is still on the same height. However, everything around me fades to black. The city is disappearing and I feel cold. I wake up and I see that I’m still on my dark and antiseptic barrack and that my blanket has fallen on the floor. Every now and then the window shows a bit of light and then gets dark quickly. I go outside: artificial daylight is on and my watch reads it’s 9 in the morning. I float to the control center.

It’s been four months and I still cannot get myself used to jumping between microgravity and artificial gravity. Nothing in training really prepares you for those changes, not even with all the mods performed on the Training Center of the International Space Station. That discomfort has developed into a mild buzzing in my ears which I try to cover with the iPod I smuggled aboard the spaceship whenever I can.

I sit in my work station. In less than two days from now we will reach the Asteroid Belt and I must calculate the shortest trajectory to cross it: we must consume the least amount of fuel possible in case there is something unexpected. Once we are within 0.1 Astronomical units from the Belt the life-supporting systems will wake the Navigation crew up while I return to cryogenic state until we are in the vicinity of Callisto. That, if I’m lucky: if everything goes wrong I will never know, unconscious in an eternal instant in my frozen bed.

I hated waking up from cryogenics. The morning of our departure we received some messages from home and we had time to reply to them. Aside from a call from my parents, which I answered in auto pilot (“you guys must feel proud, your lineage is projected to the stars” and all those heroic-robotic phrases that anyone could expect from a politician,) I received a hand-written letter, unexpected, cryptic. It wasn’t a farewell, it wasn’t an invitation to return it was… it was a gate to Nothing, to limbo, to silence, to stasis. I don’t know where did it all go to hell and I answered, by hand, with several versions of that line and a promise of coming back and a hope of returning.

And just like that, feeling uneasy, I went to my cryogenic bed, where I was connected to a vital signs monitor while two anaesthesiologists made small talk knowing that in the middle of any meaningless phrase I would black out. When I came back a few seconds later (as far as I could tell),  we had left Mars behind two weeks ago and it was my time to calculate, adjust and correct our trajectory.  My place in the sun, while I was getting away from it with an obscene speed.

Since then, every night I dream that I walk through places filled with people without opening my mouth, in a blink of time that stays still.

I look through the periscope at the asteroids that get closer every moment. I follow the larger ones for a few minutes and send my observations to the ship’s computer: together, we compile behaviour patterns of them and once there is enough data we will determine which particular ones are worth studying deeply. Further missions will come and continue this task. Afterwards, the corrections I made to the trajectory will help us traverse the Kirkwood Gap the quickest. “Next Stop: Callisto” is written on a plaque above the Command Centre.

Fuck it: I don’t want to go back to the cryogenic limbo. I don’t wanna return to being a ghost, a perhaps, a memory that is veering fast towards Jupiter. I left Earth feeling that I was becoming Silence. What for? The task I’m doing right now might be useful later, but… What will I do later, standing in the frozen surface of a satellite of a Gas Giant that, close enough, looks like the stuff nightmares are made of and is enough to make anybody feel deeply how insignificant their life is?

I wake up hours later, again with my blanket on the floor, after dreaming I was going round and round and round in the chain swing of the Navy Pier, at an eternal 8 o’clock of a Tuesday night in October.

Even later, I point the periscope Home. At maximum zoom level I can see the familiar shape of the coasts of South America and Central America in the Caribbean Sea. So I wrote a letter:

I never told you this, but that night I returned home in a bus that was not the usual one, playing that song list we made together over and over. Apart from that bus and some others, I rode planes, trains, a ferry boat and two rockets. Seems like I haven’t finished putting distance between us and I still don’t know where it all went wrong. Soon, I promise, I will return. I’m tired of this self-imposed silence. I know we should have talked a long ago, that I should have listened to you more, but I was expecting the worst. Not anymore. Being frozen, unable of dreaming or thinking, that must be just like death and I don’t want to go through it (yet). Nothing you tell me can be worse than that.

Do you look at the sky? Because I do look at the Earth from here and I know you’re there somewhere.

I’m sorry I went so far away.

I make the song list back from memory and while I listen to it, I load one of the escape capsules with provisions for six months. I will need nothing more from this distance. I check the little nuclear engine from the capsule, I check that it has enough fuel for the voyage, I inspect the life support systems and the solar panels. Everything is working perfectly.

I send the letter. When it reaches her hands I will be on my way. I go back to my barrack for a few things, I get inside my space suit and I wrap myself with my old blanket. I know that it has ended up on the floor the last couple nights but it means too much for me and I don’t want to lose it in the vast emptiness of space. I write a resignation letter and I program new coordinates for the capsule. I’m returning back home.

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Mutismos

febrero 10, 2015

Subo por unas escaleras lentamente. Todos esperan a alguien, y mientras recorro pasillos y entrepisos noto que yo no. “Tickets, please”. ¿Tiquetes? Sin musitar palabra reviso mis bolsillos y paso un papel arrugado con un código QR al guardia. Supongo que ese es, pero no puedo estar seguro. “Thank you, sir”, me dice mientras me lo devuelve. Paso el detector de metales y recojo mi maleta, de la cual saco mi iPod.

Estoy en un ascensor y mientras los demás miran al techo o ponen cara de pavor por el vértigo yo busco una canción en la pantalla. Al fondo oigo la narración del ascensor hasta que encuentro algo que quiero oír y me pongo los audífonos. La percusión electrónica de la canción va al ritmo de mi respiración agitada y cuando entran las guitarras subo el volumen. La puerta se abre y salgo al mirador.

Pega el viento en la cara. Atravieso un muro de sonido mientras cruzo la terraza. Es extraño: siempre vengo aquí arriba cuando visito la ciudad, la he visto desde más y más arriba, la he sobrevolado a distintas alturas y aún me sobrecoge. O puede ser que la canción me está desgarrando y no me he dado cuenta.

Veo caer el sol lentamente. Me duelen los ojos. Repito un par de veces la canción, luego pongo el álbum completo desde el principio. De buena gana bajaría los 67 pisos a pie, pero…

…camino sin rumbo fijo por la Quinta Avenida. Me quito los audífonos pero se me queda pegada una frase. No se dónde salió todo mal. Por alguna razón que no entiendo sigue siendo de día cuando llego a Washington Square Park, cincuentaytantas cuadras después. ¿Un ocaso de dos horas? No tengo reloj y cuando recuerdo que puedo mirar la hora en la pantalla del iPod veo que son las seis. ¿De nuevo? ¿Todavía? Qué dem… hmmm…

Cruzo el arco y me siento en una banca. Miro al cielo, miro los árboles, busco ardillas con la vista. Creo ver algo digno de dibujar, entonces trato de encontrar un lápiz y un cuaderno hasta que recuerdo que no sé dibujar, así que paso a buscar algo para escribir. Llevar un diario me ha sido útil, aparentemente. En mi maleta encuentro una bitácora, pinceles y acuarelas: ¿acaso sé dibujar?

Abro mi cuadernito negro y busco la última página escrita. Releo un poco y noto que probablemente llevo dos semanas sin hablar con nadie, tal vez más. También que podría haber estado caminando por Upper Wacker Drive y Michigan Avenue hace poco.

El sol se hace más pequeño pero sigue a la misma altura. Sin embargo, todo alrededor oscurece. La ciudad se va desvaneciendo y empiezo a sentir frío. Despierto, y veo que estoy aún en mi barraca oscura y antiséptica y que mi manta se ha caído al suelo; mientras tanto, cada cierto tiempo la ventanilla se aclara un poco y vuelve a oscurecerse. Salgo: el día artificial ya está en pleno y mi reloj indica que son las 9. Floto hacia el centro de mando.

Cuatro meses y sigo sin acostumbrarme a saltar entre gravedad artificial y microgravedad. Nada en el entrenamiento prepara para esos cambios, ni siquiera con todas las modificaciones que hicieron al centro de entrenamiento de la Estación Espacial Internacional. La incomodidad se ha convertido en un zumbido leve en el oído, el cual enmascaro cada vez que puedo con el iPod que traje de contrabando a la nave.

Me siento en mi estación de trabajo. En menos de dos días llegaremos al Cinturón de Asteroides y debo calcular la trayectoria más corta para atravesarlo: debemos gastar la menor cantidad de combustible posible en esta fase ante cualquier eventualidad. Una vez estemos a 0.1 Unidades Astronómicas del Cinturón los sistemas de soporte vital de la nave despertarán al equipo de navegación mientras yo regreso a criogenia hasta que estemos cerca a Calisto. Eso es si tengo suerte: si todo sale mal nunca lo sabré, inconsciente en un instante eterno en mi helada cama.

Odié despertar de criogenia. La mañana de nuestra partida recibimos unos mensajes de casa y pudimos responderlos. Además de la llamada de mis padres, a quienes respondí mecánicamente (“deben sentirse orgullosos, su linaje se proyecta a las estrellas”… y demás frases heróico-robóticas que parecen salidas de un político), recibí una carta escrita a mano, inesperada, críptica. No era una despedida, no era una invitación al regreso, era… era una puerta de entrada  a la nada, al limbo, al silencio, a la estaticidad. No sé dónde se fue todo al carajo y a mano respondí con varias versiones de esa frase entrelazadas a medias con una promesa de volver y una esperanza de regresar.

Y así, intranquilo, me fui a mi cámara criogénica, donde me conectaron a varios monitores vitales mientras un par de anestesiólogos me hacían conversación aún a sabiendas que en mitad de alguna frase trivial todo se iría a negro. Cuando recobré la conciencia segundos después (para mí), habríamos dejado atrás a Marte hace dos semanas y era mi momento de calcular, ajustar y corregir la trayectoria. Mi lugar en el Sol, mientras me alejaba de él a velocidad obscena.

Desde entonces sueño cada noche con recorrer lugares repletos de gente sin abrir la boca, en un momento de un día que no avanza.

Miro por el periscopio hacia los asteroides que se avecinan. Sigo por varios minutos los cuerpos más grandes y envío a la computadora de la nave mis observaciones; juntos recopilamos datos de comportamiento de los asteroides, y una vez hayan suficientes datos determinaremos cuales cuerpos vale la pena seguir investigando. Otras misiones posteriores vendrán y seguirán la tarea. Luego, mis correcciones de trayectoria nos ayudarán a pasar lo más rápido posible el Hueco de Kirkwood al que nos dirigimos. “Próxima escala: Calisto”, dice la placa sobre el centro de mando.

Y una mierda: no quiero regresar al limbo de la criogenia. No quiero volver a ser un fantasma, un tal vez, un recuerdo que se aleja hacia Júpiter. Salí de la Tierra sintiendo que empezaba a transformarme en un silencio. ¿Para qué? La labor que cumplo será útil, espero, pero… ¿Qué haré después en la fría superficie de un satélite de un Gigante de gas cuyo aspecto es, de cerca, suficiente para hacer sentir profundamente la pequeñez de la vida?

Despierto horas después, nuevamente con mi manta en el suelo, luego de soñar que daba vueltas una y otra vez en las sillas voladoras del Navy Pier en unas eternas 8 de la noche de un martes de octubre.

Aún más tarde giro el periscopio hacia casa. Con el máximo zoom puedo ver la forma familiar de las costas de Suramérica y Centroamérica sobre el Mar Caribe. Entonces escribí una carta:

“Nunca te lo conté, pero esa noche regresé a casa en un bus distinto al habitual, repitiendo una y otra vez esa lista de canciones que armamos juntos. Además de ese y otros buses, tomé aviones, trenes, un ferry y dos cohetes. Parece que no he terminado de poner distancia y aún no sé dónde se echó todo a perder. Pronto, lo prometo, volveré. Estoy cansado del silencio autoimpuesto. Sé que debimos hablar hace mucho tiempo, que debí escucharte más, pero temí lo peor. Ya no. Estar congelado, incapaz de pensar o soñar, eso debe ser igual a la muerte y no quiero (aún) pasar por ello. Nada que me digas puede ser peor.

¿Miras hacia el cielo? Porque yo a veces miro hacia la tierra y sé que estás por ahí.

Lamento haberme alejado tanto”.

Rehago de memoria la lista de canciones y mientras lo escucho, cargo una de las cápsulas de escape con provisiones para seis meses. No necesitaré más a esta distancia. Reviso el pequeño reactor de la cápsula, verifico que tenga suficiente combustible, compruebo los sistemas de soporte vital y los paneles solares. Todo funciona.

Envío la carta. Cuando llegue a sus manos ya estaré en camino. Regreso a mi barraca por unas cuantas cosas, me enfundo en mi traje espacial y me arropo con mi vieja manta. Sé que los últimos días ha amanecido en el piso pero significa mucho para mí y no quiero que se pierda en el vacío del espacio. Escribo una carta de renuncia y reprogramo las coordenadas de la cápsula. Regreso a casa.

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Visita, pt. III

junio 1, 2011

V

Bogotá estaba soleada, en contraste con el clima invernal al que estaba acostumbrado en ese mes de mayo en el sur. Como había tenido la precaución de hacer el check-in desde antes, había logrado conseguir asiento en la primera fila, pasillo, de clase turista, así que salí en carrera apenas abrieron la puerta del avión hacia inmigración. un par de minutos antes había aterrizado el vuelo de AEROGAL y los cubículos del DAS estaban bastante vacíos cuando llegué a ellos. Eran las 11:20 a.m. cuando salí a buscar la ruta circular. Unos minutos después caminé desde el hotel Habitel hasta la carrera 100, donde tomé el bus a Chapinero.

Subí a mi viejo apartamento con calma, conecté el computador, organicé mejor las hojas en chino y puse a hervir agua. Mientras la tetera sonaba me di una ducha rápida con agua bien fría, que me despejó. Aún hacía falta algo para terminar de despertarme, que llevaba ya 28 horas en blanco, así que tomé un par de sobres de Irish Breakfast de mi maleta (siempre llevaba varias provisiones de té conmigo) con dos sobres de azúcar del avión que había guardado en un bolsillo y dejé la infusión unos cinco minutos para que quedara bien cargado.

El ruido de la séptima era más fuerte de lo que recordaba, en pocos meses me había desacostumbrado a oír el tráfico. Estuve un rato en la ventana, mirando a la calle, sorbiendo despacio de la taza y maldiciendo no haber tenido la prevención de comprar leche para tomar este té como si, en efecto, estuviera desayunando. Acabé la bebida y me senté en el computador.

“Señorita Yu:

En tres días iré a Zipaquirá. Revisé los papeles después que usted se fue y anoche, en camino. Estará en Colombia un par de meses, mientras le fabrican los papeles con los que lo enviarán a Argentina. Averiguaré dónde estará mientras tanto y le escribo”.

Tenía mucha hambre. Fui en una carrera a comprar Kebabs y paré en el autoservicio de la bomba de gasolina por gaseosa y leche para un chai eventual. Desde el teléfono público de la estación llamé a un viejo conocido.

–Alo, ¿Mauro?

–Si, ¿quién habla?

–Alberto Vargas.

–¡Doctor Albeeeer! Milagrazo ome.

–El trabajo que no da tregua, Mauro… Hablando, ¿se quiere ganar unos buenos pesitos haciendo una pendejada?

–Dígame nomás, mi dóctor.

–Averígüese ahí en las tiendas chinas de Galerías cómo los chinos consiguen trabajo en Bogotá apenas llegan, o a dónde llegan cuando los mandan de Buenaventura a Zipa, lo que sea que consiga le reconoceré.

–Llamó al propio, mi doc, usted sabe que conmigo ese maní le sale brevas.

–Gracias, Mauro. Cualquier datico me lo bota a la casa, y si no estoy deje lo que consiga con Tatiana en los Kebab.

Terminé de almorzar en casa, tomé un vaso de gaseosa y me fui a dormir.

 

VI

Me despertó el citófono.

–¿Quién?– pregunté aún somnoliento.

–Yo, mi dóctor.

Abrí la puerta y alisé un poco mi ropa mientras Mauro subía.

–¿Qué me averiguó, Mauro?

–Bobaditas, doc. Lo usual es que los mandan a meserear o a cocina en restaurantes, y usted sabe cuántos de esos chuzos hay acá en Bogotá.

–Hmm.. veo…

–Y lo otro es que están re avispas porque la policía ya los ha pescado par veces. Los dejan ahí en lo que llaman salida occidental en Zipa, en una casa.

–Bueno, Mauro, gracias. Ahí le dejo una bobadita– dije mientras le daba un billete de 20 dólares–. Cualquier cosa me avisa.

Restaurantes.

–Mauro.

–¿Si?

Le pasé un billete de 50 dólares.

–¿Y esto, doc?

–Le dije que le iba a reconocer lo que me consiguiera. Su ayuda fue enorme.

La parte que menos sentido tenía de la lista era una columna que tenía palabras sueltas, repetidas a lo largo, que había creído que eran los nombres en clave de los envíos de personas.

Emperador.

2007. Agosto. Probablemente, la peor época de mi vida. Los errores que aún me persiguen. Colina Campestre. Restaurante Chino Emperador, sobre la Avenida Las Villas, una cuadra antes del Pan y Ponké (siempre odié ese lugar). Fui por una cerveza a la bomba de gasolina. Al regreso volví a escribirle a la señorita Yu

“Sta. Yu:

Necesito una foto de su hermano. Puedo encontrarlo esta semana”.

Me bebí la cerveza, una Brown Ale holandesa, en dos sorbos. Lancé la botella por la ventana y me acosté.