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Tundra

febrero 19, 2013

I

Abro los ojos para encontrarme una eterna blancura que me hace pensar que me he quedado ciego. Mi cuerpo hormiguea y solo hasta el momento en el que capto un reflejo del visor de mi casco me doy cuenta que aún conservo la vista. El blanco percudido de mi traje contrasta ligeramente con la infinidad alba que me rodea. Estoy sentado.

Hago un esfuerzo para recordar dónde estoy, dónde se supone que debo estar y qué demonios estoy haciendo aquí. Reviso mi traje y un “вечный” cuidadosamente bordado en rojo en el reverso de la manga izquierda pone en movimiento mis recuerdos. Hasta aquí lo que he sacado en limpio:

Mi edad no importa, mi cuerpo y mi mente no han vivido juntas la misma cantidad de tiempo. La criogenia, el tiempo viajando a la velocidad de la luz, el cambio de galaxias hacen que la frase “nací el x de junio de 19xx” sea irrelevante, aquí esa fecha significa menos que nada. Debería (empiezo a verlo claro) estar en una misión exploratoria de este planeta que orbita casi a la misma distancia de su estrella que nuestra Tierra al Sol. Y la estrella tiene mas o menos la misma magnitud y edad que la nuestra. La primera jornada debo pasarla pasando los instrumentos que hay en mi módulo, debo establecer rutas para mi equipo y explorar de la forma más segura la mayor cantidad de terreno posible…

…¿y mi módulo? ¿y mi equipo?

Me paro. No parece que me duela el cuerpo, aunque puede ser que mi cerebro haya decidido darme aviso de dolor más adelante, una vez haya mejorado mi cabezota. Miro alrededor buscando alguna señal de algún otro miembro de mi equipo, de mi módulo, de un accidente (no lo descarto, sobre todo por ese espacio en blanco entre el descenso y este momento)… cuando a lo lejos veo otra figura de percudido blanco, moviéndose de forma tan confusa como creo me muevo yo en este momento. Por el momento podría reportar que la gravedad del lugar y la atmósfera, al menos en densidad y presión, son similares a las de nuestro planeta, ya que el movimiento con el traje se siente similar al movimiento una vez terminados los entrenamientos y presurizadas las cámaras. Camino cada vez mas rápido hacia la figura confusa. Una vez la alcanzo veo que es la comandante G., líder de otra expedición que partió en dirección a otro planeta de manera simultánea a la misión que integro. ¿Cómo es esto posible? Era de suponerse que ella y su equipo estuvieran a por lo menos 12 años luz de distancia, pero aparece frente a mi y aparentemente está pasando por el mismo proceso que yo. Ambos hablamos mientras movemos el dial del comunicador para lograr encontrar la misma frecuencia (ninguno de los dos se atreve a sacarse el traje aún).

Ambos atropelladamente nos preguntamos casi al tiempo por nuestros respectivos equipos y nuestros sitios de aterrizaje. Yo no he tenido tiempo de buscar si hay un sitio en el que pueda encontrar mi cápsula o a los demás miembros, ella parece haber estado alerta desde algo antes que yo y se ha desplazado en un radio de 300 yardas sin hallar rastro de su tripulación ni de su nave. Decidimos seguir la búsqueda juntos.

II

“No hay heroísmo sin algo de estupidez”, me dijo la Comandante G. El que ella se quitara el traje para saber si la atmósfera era tan vivible como parecía y si habría suficiente oxígeno para respirar nos ahorró mucho tiempo y energías al tener que cargar menos cosas encima. luego de caminar unas tres millas hacia lo que yo había deducido (¿o decidido?) era el sureste vi una colina, igualmente nevada pero con algo que prometía refugio en su cima, además de ser un punto en el que parecía menos un despropósito el buscar entre la blanca nieve unos pedazos de metal pintados de blanco y rojo, en caso que hubiéramos chocado en ese planeta.

Pero seguía sin entender por qué habíamos coincidido en el mismo punto si habíamos partido hacia sitios opuestos en la galaxia y la duración de nuestras misiones no sería la misma.

Había sacado las provisiones de reserva de los trajes una vez nos deshicimos de ellos. La ropa térmica que usábamos debajo de ellos estaba funcionando bastante bien, o el clima no era tan cruel como parecía. Luego de rodear el cerro (resultó más alto de lo que había calculado originalmente) para encontrar el camino más fácil para alcanzar la cima, comimos dos paquetes de provisiones para reunir las energías necesarias para el ascenso. Aún así seguía sin sentir ningún dolor, y el cansancio que me había invadido repentinamente desapareció de igual manera.

El punto que la Comandante G. divisó a lo lejos en la cima del cerro en el que pensábamos guarecernos resultó ser una cabaña de madera bastante grande, similar a un refugio de esquiadores. Caía la noche (y al hacerlo comprobaba que mi suposición de los puntos cardinales era correcta) y ya era un despropósito intentar observar desde la cima en busca de más respuestas. La cabaña estaba cerrada pero la Comandante G. encontró la estatua debajo de un gnomo de jardín.

Y ahí debí empezar a fijarme más en todo.

III

El único cuarto abierto tenía dos camarotes y en medio una mesa con una lámpara. Aparte del hogar con leña lista para quemar y esta habitación, todo lo demás parecía vacío, pero no abandonado. Fuera de allá no había mucho para revisar, por lo que la Comandante G. y yo hablamos sobre los planes que podrían sacarnos de allí, al menos a encontrar algún otro sitio poblado antes de que las provisiones se extinguieran. En el cajón de la mesa encontramos un cuaderno en blanco y un esfero y anotamos las direcciones a las que nos dirigiríamos una vez saliera el sol. Un par de horas después cerré los ojos un rato, para descansar de la intensidad del blanco de fuera que había recibido casi todo el día.

Me vi frente a una de las otras habitaciones de la cabaña en medio de la oscuridad. Además del pomo de la puerta podía ver luces pasando, como las luces que se reflejaban en el techo de mi cuarto en Chapinero cuando no podía dormir en las noches. Empezaba a sentir frío pero la puerta emanaba una calidez que no entendía. Sonó un chasquido y tomé la manija de la puerta. Abrió sin problemas y un golpe de aire cálido me llamó al interior del cuarto.

Mi cuarto, el mismo en que viví los últimos meses antes de partir a Moscú con mi amigo J.H. Recorrí el pequeño lugar, revisando que todo estuviera allí, que lo que recordaba de ese año tan lejos en el calendario, tan cerca en mi mente siguiera en su sitio. Salvo los instrumentos musicales y la ropa que llevé conmigo una vez inicié el periplo que me llevara a esa lejana cabaña, todo seguía en su sitio. Intenté salir al corredor de mi viejo apartamento pero me fue imposible, así que tomé algunos sacos del armario y regresé por donde había entrado.

Y al sonar el portazo volví a abrir los ojos y me vi nuevamente en la cama. Ya había amanecido y la comandante G. no estaba en el camarote junto al mío. Salí a buscarla y la vi empujando otra de las puertas y rascándose la cabeza al ver que estaba inamovible. “¿No recuerdas que ayer no abrían?”, pregunté. “Pero si anoche pasé por esta misma puerta a la sala de la casa de mis padres en Belgorod. Me quedé dormida allí, en el sofá, y cuando desperté estaba en el camarote de nuevo. Y ahora la puerta está cerrada”. Señalé la puerta por la que había cruzado y le conté mi historia.

Regresamos a la habitación principal para tomar unas provisiones y al revisar el cuaderno para buscar los planes hechos la noche anterior lo encontramos en blanco. “¿Pero qué putas?”, grité en castellano, mientras la Comandante G. pasaba incrédula las páginas. “Nada”. Tomé el cuaderno y lo revisé desde la primera hoja. La tercera estaba impresa con la palabra “Instrucciones” en varios idiomas, así que pasé más hojas más rápido y ahora todo estaba impreso. “¿Y esto?”, preguntó G. “No lo sé, son unas instrucciones. Pero, ¿no estaba en blanco anoche y hace un rato? ¿Dónde quedaron los apuntes que tomamos?”, dije. “No importa, léelo, préstamelo para leerlo, demonios, necesito saber rápido qué dice”.

Como las instrucciones estaban en varios idiomas, incluyendo ruso y castellano, nos turnamos para leerlo.

IV

Bienvenidos a la zona de reaclimatación planetaria. Si se encuentra en este lugar es porque su especie no tiene la autorización para establecer contacto con otras civilizaciones y ha sido dispuesto que sea devuelto a su planeta de origen. Para la fase inicial de este proceso se encuentra en esta cámara con otro ser de su especie. Con el fin de garantizar un retorno seguro a su hogar le recomendamos tener en cuenta las siguientes instrucciones:

Cuartos

Los cuartos se abrirán ocasionalmente y le llevarán a un sitio que le tranquilice; son solo simulaciones y lo que haya en ellos no podrá salir de ahí. La única forma de salir de estos cuartos es por la puerta que se ingresó; si dura más de 8 horas en él será transportado a su cama automáticamente. No existe un horario fijo para la apertura de esta puerta pero siempre estará frente a ella en el momento adecuado.

Alimentos

Una vez las provisiones que usted y el otro miembro de su especie puedan traer consigo se le darán los alimentos necesarios en la cantidad justa.

Ascensor

El ascensor será la última etapa en el retorno a su hogar. Cada uno deberá entrar por su puerta respectiva. Una vez dentro ingresarán en un vórtice temporal que les llevará al punto en el tiempo que coincida con lo que han transcurrido conscientes mientras hayan abandonado la atmósfera de su planeta. Una vez allí recibirá las últimas instrucciones.

La finalidad de este refugio es crear una mejor comunicación con sus demás coespecímenes. Entre más rápido desarrolle esta habilidad, más pronto podrá regresar a su planeta.

Gracias por su atención y disfrute su estadía.

V

Así que esto era todo: lograr una comunicación con la Comandante G. nos llevaría de vuelta a casa. Fácil en el papel.

Pero siempre fui el más tímido en el programa de exploración interplanetaria. Al ser extranjero siempre tuve un problema de adaptación, de creer que no iba a encajar, a entender completamente la forma de ser común de mis compañeros, y desde que mi gran amigo J.H. se casó con una clarinetista de la orquesta del teatro Mariinsky y abandonó el programa espacial soviético no tuve un compadre entre los cosmonautas; me era bastante difícil crear vínculos con la gente alrededor, en especial por la barrera idiomática que mi mente se encargaba de amplificar. Y encima, mi timidez que se exacerba con alguien que encuentro atractivo.

“¿Te parece complicado?”, me preguntó, “Tengo la impresión que nos quieren retener aquí hasta que sepamos tratar a cualquier persona bien, empezando por quienes están a nuestro alrededor”. “Sí, eso estaba pensando: es una escuela de habilidades sociales para adultos. Increíble”.

Los siguientes dos días tuve acceso al cuarto que simulaba mi habitación bogotana. Entre los objetos que más necesitaba ver estaba una carta de mi madre en la que se despedía de mí y que atesoré durante años hasta que hube superado su muerte, y un diario en el que llevaba anotaciones de sucesos que sabía que nunca podría contar a nadie. Empecé a recorrer sus hojas, reviviendo cada vez más intensamente los recuerdos que allí había dejado. El sopor se apoderaba de mi y sabía que pronto iba a ser regresado a mi habitación.

Entonces me vi parado en la parte baja del puente de la Avenida 68 con Calle 68. Llevaba conmigo una maleta mediana y esperaba el bus hacia el aeropuerto. Pero en lugar de la buseta gris y pequeña de entonces paró un colectivo Italbus como los que rodaban en Buenos Aires. Pude subir con mi maleta sin problemas y encontrar puesto rápido. Revisé mis papeles: iría a Moscú vía París en AirFrance y Aeroflot. Casi 17 horas de vuelo. Suspiré y cerré los ojos.

Luego me vi en una playa de Sochi caminando de la mano con una rubia. Era por lo menos veinte años mayor que yo. Trataba todo el tiempo de acariciarme y besarme y hablaba con acento venezolano. Recordé que se había subido al colectivo en la Avenida ElDorado y me había besado diciendo “tu papá nos va a matar”. Los recuerdos regresaban en flashes, cómo la había conocido en la oficina de mi padre, cómo él había intentado de tener un romance con ella y cómo ella lo había rechazado por mí. Recordaba las dificultades que tuve para mantener una relación con ella, por no herir a mi padre, porque no sabía realmente cómo comportarme, porque muchas veces no teníamos puntos de vista en común. Y ahora estaba allí, despidiéndome de ella en el aeropuerto de Sheremetyevo, luchando por contener las lágrimas y por evitar que ella agarrara mis genitales en público, despidiéndome porque ella regresaría a Venezuela vía La Habana y yo a Bogotá vía Amsterdam y Panamá.

Luego no supe cómo pero desperté con el diario en la mano y subrayando una nota al final del texto que estaba leyendo: “interesante borrador, mejóralo” hecho por mi maestro del taller literario del Centro de la ciudad.

VI

Parte de nuestro atractivo para hacer parte de esta misión era nuestra soledad. Sin familias, sin parejas, sin amigos. Si nos perdíamos en la infinidad del universo nadie iba a lamentarlo, solo seríamos pérdidas de material para la Agencia. Casi desechables. Nuestros grupos de misión eran las personas más cercanas en ese momento en nuestras vidas y aún así no extrañaba -en parte porque no conocía- a ningún miembro de mi tripulación. Rara vez recordaba que alguien más iba conmigo en este viaje.

Pero conforme pasaban los días me preguntaba qué sería de todos y cada uno de quienes partimos esa mañana de abril desde los cosmódromos de Baikonur y Vostochni. Seis lanzamientos casi consecutivos en 3 días desde ambos cosmódromos, seis misiones con 8 tripulantes, 46 personas que no sé dónde puedan estar. ¿Estarán en una cabaña similar a esta? ¿Dónde?

Entre tanto, supe de la Comandante G. cuántas dificultades había pasado para entrar a la Fuerza Aérea y de ahí al Programa Espacial; cómo había perdido su familia en un accidente de navegación en el Seversky Donets; cómo había sobrevivido a la universidad dos años antes de tener un ataque de ansiedad causado por su dificultad para socializar; y cómo el salir al espacio le había generado una confianza en si misma inmediata y profunda. Aún estaba en la Fuerza Aérea cuando J. y yo habíamos hecho el show espacial como primeros cosmonautas civiles; confesó que las canciones le habían gustado y cantó un fragmento que yo ya había olvidado. Años sin recordar mi música.

También comprendí que los cuartos nos estaban llenando de motivos para regresar a casa, al rellenar nuestra mente de recuerdos de personas, situaciones y lugares que extrañábamos, y cuyas ausencias debíamos confrontar y superar o revertir. Empezamos a hablar de las vidas que habíamos dejado atrás, de las ilusiones que igual teníamos. De cómo nuestra soledad no impedía que tuviéramos sueños. Le hablé de los tiempos de la banda, ella de su idea de convertirse en piloto de línea comercial. Las personas que habíamos querido. Los sitios que queríamos ver. La convivencia empezó a hacerse cada día más fácil y la camaradería creció entre nosotros. Tuvimos la oportunidad de entrar juntos a los cuartos de recuerdo del otro y compartimos historias alrededor de nuestros objetos, de nuestras memorias.

Hasta que el ascensor se abrió cuando ya habíamos olvidado que eso sucedería cuando aprendiéramos a comunicarnos.

VII

Instrucciones del ascensor

Los  ascensores espaciotemporales han sido diseñados para llevarle a salvo de vuelta al punto de partida de su viaje, al momento en el tiempo en el que su vida estaría en este instante, tomando en cuenta lo que ha transcurrido desde que inició su viaje. Como usted y su compañero/a de refugio tuvieron trayectorias distintas y recorrieron distancias diferentes el ascensor deberá ajustar los tiempos transcurridos de ambos a un punto común. Para ello cada uno operará los botones de subida y bajada; cuando la puerta de cada uno se abra deberá esperar que transcurra un cierto tiempo de ajuste; éste podrá ir hacia el futuro o hacia el pasado por lo que recomendamos no descender para no acelerar o regresar su edad cronológica y evitar crear una paradoja.  Una vez sus cronologías  sean ajustadas pasarán a través de un agujero de gusano a la  parte más alta de la atmósfera de su planeta; a partir de allí tendrán un suave descenso al lugar  especificado. 

“¿Y tú a dónde quieres ir?”, le pregunté a G. “Melkisarovo. Hay una escuela de Aeroflot. Voy a hacerlo”. “Me alegra”. “¿Y tu?”, preguntó G. luego de un rato, “¿Vas a ir de vuelta a casa? ¿Vas a retomar la música?”.

Mientras pensaba qué responderle la puerta de mi lado se abrió y vi cinco atardeceres en el mar en cuatro minutos mal contados. “Tal vez regrese a Bogotá a resolver el problema con mi padre”. En ese momento la puerta de ella se abrió y ella vio un edificio derrelicto levantarse del suelo a su esplendor en el momento justo antes de ser abandonado. “¿El problema que narras en el cuento? ¿En realidad huiste con esa mujer que a él le gustaba?” “No, por supuesto que no. Pero ella si le rechazó por mi culpa y por eso dejó de hablarme. Por eso terminé en Moscú tratando de vivir de la música, y por ello mismo terminé aquí contigo”.

“¿Y ella? La contactarás?” “Espero. No sé igual cuánto tiempo haya pasado, qué edad tengan, si aún viven”. El silencio se prolongó mientras ambos pensábamos en esa posibilidad y las puertas se abrían con cada vez más frecuencia, mostrando escenas completamente sobrecogedoras, avanzando y retrocediendo en el tiempo, hasta un momento en que parecía un ascensor de edificio de juzgados, parando en cada piso cada 10 segundos y con escenas sucediéndose como en un mal videoclip de electrónica de los lejanos noventas.

“Decidido. Iré a buscarlos. Si tu vas a Melkisarovo yo voy contigo. Veré qué consigo para volver a casa desde Sheremetyevo”. Así que esa fue la instrucción que dimos al ascensor. “De ida y vuelta”, me dijo G. “Por supuesto: una vez haya hablado con ellos regresaré a Moscú y buscaré a J.H., quiero reactivar la banda”. El ascensor se transparentó y las luces blancas fueron estabilizándose, pasando más lentas y volviéndose puntos lejanos. Se abrieron dos compartimentos en los que encontramos ropas nuevas y dinero con una nota: Necesitarán esto para reingresar a la vida civil. Todo está de acuerdo al tiempo al que van a llegar. Afuera, el pequeño globo azul al que nos dirigíamos empezaba a crecer.

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Insomnio.

julio 22, 2012

Es horrible dormir en el lugar de trabajo. No puedo decir exactamente “en el mismo sitio donde se trabaja”, porque he trabajado en casa y eso no me parece complicado. Tal vez… tal vez sea que aún jerarquizo y considero que un lugar (primariamente) de vivienda puede ser tener funciones (secundariamente) laborales, pero no al revés.

A mis compañeros de trabajo (y vivienda, en este momento) no parece afectarles en lo más mínimo, en cambio. Todos venimos de husos horarios distintos y la noche permanente (así como el día artificial constante en el área de trabajo) hace posible que todos mantengamos nuestros relojes biológicos en la hora que es en casa. Así podemos trabajar, descansar y dormir en turnos sin que el trabajo se detenga. Un éxito del gobierno central, dicen.

A diferencia de mis compañeros, no logro dormir, no tan bien como quisiera, no tanto como debería. El médico del lugar insiste en darme somníferos y yo insisto en simular que los tomo: no quiero depender de ellos y sé que afectarían negativamente mi rendimiento.

Entonces doy vueltas en mi camastro mientras mi cabeza da vueltas por todo el sistema solar buscando una explicación a esta incapacidad de dormir. Culpé primero a la noche eterna y el día artificial, a que mi crianza en los trópicos se resiste a aprender que no siempre hay doce horas de sol y doce de penumbra, que esta noche eterna también es natural y posible. Posteriormente, creí firmemente que todo era causado por tener que dormir (y vivir, descansar y comer) en el lugar de trabajo en vez de trabajar en el sitio donde se desarrolla la cotidianidad; puede ser que solo sean ideas mías surgidas de la falta de costumbre, de una educación distinta a la de mis compañeros.

Hasta que, finalmente, lo veo claro.

Los pocos sueños que logro recordar de los momentos en los que finalmente logro dormir lo suficiente para poder soñar (me niego a llamar esos momentos “noches”, no cuando siempre es de noche) me dan la respuesta.

En casa, aunque no siempre, mis sueños mayormente están relacionados con volar, con surcar los aires, dejar la tierra y sus amarras y ser libre más allá de ella. Aquí todo es distinto: hace mucho que no sueño con aviones. Sueño con tirarme al agua y nadar, sueño con correr, andar las aceras de mi barrio a distintas horas del día, sueño con recorrer las carreteras a 60 por hora (o incluso menos) para poder ver el paisaje, sus detalles, todo su esplendor. Sueño, definitivamente, con tener un contacto directo con la tierra, y esa necesidad me la causa todo este tiempo en gravedad cero, de noche eterna, y lejos de ella. La veo a lo lejos, pequeña y frágil, alejándose cada vez más, y la extraño.

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Condiciones favorables para el despegue.

junio 18, 2012

“Siempre recuerda, hijo, que detrás de las creaciones más macabras hay un acto de ingenio tan grande que se puede revertir y aprovechar en favor de la vida, no de la muerte”. Esas palabras que mi padre me había repetido desde que tengo memoria, y que incluso estuvieron cerca de ser las últimas que me dirigió en su lecho de muerte (afortunadamente tuvo tiempo de despedirse de forma menos solemne) han guiado mi vida. Por ejemplo, cuando descubrí el mundo de los modelos a escala siempre huí de los aviones y barcos militares y me concentré en los de pasajeros, consciente que del desarrollo militar había surgido el progreso civil, lo que demostraba las palabras de mi padre.

Y heme aquí, en la viejísima  torre de control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza, preparando uno de los vuelos civiles más importantes de las últimas décadas. Pronto abordaría la aeronave junto a un selecto grupo de pasajeros, no sin antes dar el discurso tan propio de los grandes eventos. Había dedicado los últimos años de mi vida a un proyecto para volver a traer el gran lujo y confort asociado a los primeros vuelos aéreos al servicio del público. Tal vez no fuera asequible para todos, pero mi esperanza es que quienes tomaran mi antorcha lo masificaran y lo hicieran aún más barato y efectivo de lo que en este momento era.

Lo que había empezado como un espectáculo y como una prueba de ingenio para vencer las limitaciones impuestas por nuestro torpe y frágil cuerpo humano, que una vez empezó a avanzar el siglo XX se convirtió en una máquina de guerra y por eso mismo se desarrolló aparatosamente, hasta ese momento en el que su progreso se vio truncado por la tragedia, se disponía a volver a la escena mundial por todo lo alto (valga el chiste) como la cima del lujo, el confort, la elegancia, el estilo y todo lo demás que hizo de los pioneros de la aviación civil unos héroes a los ojos del público. Saqué de mi abrigo la vieja carta que me había escrito mi abuelo en 1984 y que le había prometido solo leería hasta diez años después. La letra alargada y elegante del viejo, en tinta morada sobre un papel cada vez más amarillento, me recordó las tardes que pasaba con él en su taller, en los hangares del aeropuerto, en los bancos de pruebas, tardes que moldearon mi amor por la industria aeronáutica y por la historia de nuestra familia. La leí por centésima vez:

“Si algo nos enseñó la tragedia del Hindenburg fue a buscar una alternativa mucho más segura para los combustibles de los dirigibles. El hidrógeno, nos había quedado ya demostrado, era mortalmente volátil e inseguro. Luego, la inevitable segunda guerra, nos detuvo en nuestro propósito de restablecer el prestigio a la compañía de zeppelines: los que habían sobrevivido al inicio de las hostilidades habían sido confiscados por el gobierno estadounidense una vez se firmó la rendición alemana. 

 

Los cuarenta y cinco años anteriores habían sido una desastrosa sucesión de eventos políticos y económicos que habían alcanzado sus picos de horror en las muertes por millones que atravesaban a Europa. La primera gran guerra nos había podrido el alma al enseñarnos que la muerte en batalla había dejado de ser algo honroso, que el combate se había deshumanizado y que la muerte del enemigo en masa era algo más posible, más sencillo y al mismo tiempo más grotesco, cruento, cruel y miserable. Con nuestras podridas almas nos arrastramos por la tercera década del siglo, tan anestesiados que vimos las raíces del horror totalitarista y no hicimos nada.

 

Y la segunda gran guerra, tan inevitable y tan motivada por el revanchismo como la primera, con mentes podridas por esos primeros años del siglo XX en el poder, nos llevó al punto más bajo de nuestra humanidad. La muerte en masa en cuestión de segundos, el horror del exterminio, la demencia de la búsqueda de la aniquilación total del otro, todo de tal forma que hizo parecer como algo digno esas escenas de trincheras de 1917, el gas mostaza, los campos minados que aún hoy persisten…

 

…y la masa culpándonos a nosotros, los inventores, los hombres de ciencia, de todo el horror. Y nuestras conciencias que no nos dejan dormir, pensando que tal vez la gran masa tenga razón, que nuestros cerebros solo trabajan para el mal, que estamos destinados a crear cosas que solo van a destruirnos. Nuestras naciones en ruina, sin capacidad económica para financiar una investigación que pueda generar una creación que repercuta en el progreso de todos y nosotros lamentando que nuestras mentes solo son útiles en tiempos en los que se necesita exterminar pronto y en cantidad a alguien más.

 

Algunos de nosotros decidimos dejar de ser parias. Abandonamos nuestros derrotados y arruinados países y buscamos refugio en cualquier nación que nos abriera sus puertas y perdonara nuestro pecado original de haber nacido en una tierra que trataría de dominar primero a Europa y después al mundo (ambas veces infructuosamente) y nos permitiera acceder a recursos para crear cosas para la vida a cambio de ciertos conocimientos que igual conseguimos cuando el esfuerzo bélico nos obligó a ello.

 

Nunca, nunca lo olvides, hijo. Nuestros antepasados olvidaron todos esos episodios escabrosos de la historia del país y por eso repitieron tantas veces los mismos errores. La vida me dio otra oportunidad de devolver algo a la humanidad y siento que tu padre y tu han sido mi mayor logro en ese respecto: él te enseñó el amor por la ingeniería que yo le inculqué, e hizo una gran labor en criarte. No quiero que creas que tienes que cargar con mi legado como una obligación, sino como un privilegio y como el honor que es llevar a cabo proyectos que benefician a muchos en lugar de a unos pocos.

 

Nunca lo olvides, mi querido nieto.

 

H.S.R”

Mi abuelo y sus colegas, una vez establecidos en este país, lograron recuperar los zeppelines que habían sobrevivido a la guerra y que estaban en poder del gobierno estadounidense, a cambio de algunos secretos científicos que de cualquier manera iban a conseguir prontamente. La labor de su vida, y la de mi padre, fue lograr crear un gas combustible que fuera más ligero que la atmósfera, infinitamente menos peligroso y volátil que el hidrógeno, económico de producir y fácil de almacenar y transportar. Para ello tomaron casi cuarenta años, y los vuelos de prueba, en los viejos zeppelines alemanes restaurados y readecuados una y otra vez, parecían ser exitosos. Pero no eran viables comercialmente aún, y una vez me gradué de la universidad y tomé mi puesto en la empresa familiar disfrazada de empresa estatal dediqué mis esfuerzos en crear una aeronave que pudiera ser producida en masa, a una fracción del costo de los cada vez más modernos, eficientes y efectivos aviones de pasajeros.

El estado nos subsidió conforme pudimos demostrar que el proyecto seguiría siendo viable por años. Finalmente contamos con una flotilla adecuada para iniciar una línea aérea propia, pero decidimos recuperar costos vendiéndolas a las aerolíneas ya existentes. Mi parte favorita de supervisar las aeronaves en proceso de finalización era ver cómo las pintaban. Cuando tuve la oportunidad de visitar la planta de Boeing en el estado de Washington, y la de Airbus en Tolouse, me quedaba bastante tiempo mirando cómo aplicaban las capas de pintura, cómo le iban dando forma a los diseños que tanto me gustaban; recordaba también cómo era mi parte favorita al armar los modelos a escala, convertir los trozos grisáceos de plástico en versiones en miniatura cuidadosamente detalladas de los aviones que tenía el privilegio de ver cuando visitaba los hangares en que trabajaban mi abuelo y mi padre.

Las aerolíneas en un principio nos recibían con bastante escepticismo, y los fabricantes de aeronaves comerciales trataban de minar nuestra credibilidad pensando que un competidor más no sería beneficioso para nadie. Varios países habían afrontado crisis económicas fuertes luego de la guerra del Golfo y de la caída de la Unión Soviética y el negocio aeronáutico parecía hasta ahora resurgir tímidamente. Nuestra salvación fue el precio mínimo de los dirigibles comparados con los aviones, los bajos costes de mantenimiento y combustible, y el porcentaje de ganancias que dejaría el costo proyectado de cada tiquete. Los grandes fabricantes decidieron apoyarnos cuando nos comprometimos a no desarrollar este combustible para otro tipo de aplicaciones y las petroleras dejaron de presionarnos por lo mismo. El costo de adecuación de aeropuertos para recibir estas aeronaves era mínimo (únicamente dos torres suficientemente altas con zonas de amarre y escaleras desplegables que dieran a una sala de espera de alto lujo, que incluso cualquier rascacielos con helipuerto podía reemplazar en caso que las ciudades no quisieran embarcarse en un proyecto de construcción tan sencillo) y por su naturaleza de lujo podría traer bastantes beneficios económicos.

Pero por más que lo intentáramos, nunca pudimos lograr que nuestros zeppelines desarrollaran una velocidad crucero suficiente para competir siquiera con los aviones regionales. Me enfrentaba a un problema bastante serio, hasta que tuve una idea salvadora.

Los zeppelines no tenían por qué ser rápidos, en absoluto. Parte del lujo y del confort radicaría en su lenta velocidad de crucero, que permitiría un mayor aprecio del paisaje, menores turbulencias, más escalas en los viajes largos para poder estirar las piernas, bajar al aeropuerto a tomar algo y volver a abordar. El equipo de marketing se encargó de recalcarlo y de convertirlo en la parte más positiva de la experiencia. Los precios proyectados por las aerolíneas subieron en consecuencia y los zeppelines se convirtieron en algo mucho más de lujo que la clase ejecutiva. Así que las cabinas de pasajeros se reacondicionaron de tal forma que nunca un aparato que surcara los aires cargara con tanta distinción en su decorado, elementos e interiores. Estaba seguro que ni siquiera los trasatlánticos más lujosos de la historia podían competir con mis dirigibles.

Hoy, 17 años después de que mi abuelo me entregara esa carta, nueve de septiembre de 2001, me dispongo a abordar con un selecto grupo de pasajeros el primer vuelo comercial de un zeppelin en más de 60 años. Las aerolíneas ya han recibido los suyos y han aceptado que sus vuelos inaugurales se realicen una vez el nuestro finalice en Manhattan. Porque hemos decidido que el vuelo inaugural llegue al centro financiero del mundo, y que en lugar de las 14 horas habituales que toma un vuelo Ezeiza-JFK, lleguemos a las 36 horas de haber partido, luego de cinco escalas a lo largo de América, la mañana del once. Sé que viene algo que cambiará la historia.

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Transit, transit

septiembre 12, 2011

Tantas sillas y todas incómodas. Haber pasado tanto tiempo sentado se me ha hecho insoportable; no he parado de viajar en las últimas dieciséis horas y aún así siento que me he estado más quieto de lo que debería, que no he avanzado nada, que no he podido despegarme de los asientos.

Una vez supe que saldría de Zvyozdny Godorov decidí no seguir el proceso habitual para los viajes en licencias. Usualmente me habrían llevado a la base de Chkalovsky y de allí despegaría en el Antonov AN-72 que más estuviera a mano. Después de tantas semanas de entrenamiento duro lo que menos quería era compartir tiempo en el aire con otro miembro del programa espacial o la fuerza aérea, así que logré convencer a mis superiores que me dejaran viajar solo, tal vez de incógnito, en un vuelo civil.

Me bajé del autobús del centro de entrenamiento frente a la base de Chkalovsky y me despedí de los demás miembros del programa, que irían a Sochi a pasar la quincena de descanso en un clima más vivible. Aunque la idea de tener playa y algo más cálido a mitad de noviembre era tentadora no estaba del todo convencido; aún así caminé hasta la estación de trenes de Shchyolkovo, donde tomé el elektrichka a la estación Yaroslavsky en Moscú.

En el lentísimo tren suburbano tuve bastante tiempo para pensar. El último mes y medio había estado a marcha doble gracias a un retraso en el entrenamiento y necesitaba el tiempo lejos de la Ciudadela de las estrellas. ¿Era buena idea ir a compartir más tiempo con mis compañeros de misión cerca al mar? No es que sea muy aficionado a las playas (aunque reconozco que el mar tibio de Sochi me parecía menos grave que el Caribe al que iba en mi infancia) y tal vez no sea lo que mi cuerpo cansado necesita. En Yaroslavsky podría tomar el ramal del Sibiryak a Sochi… pero una vez que llegué a la terminal moscovita ya había descartado seguir sobre rieles.

Mi celebridad como cosmonauta civil estaba casi totalmente desvanecida para entonces y en ningún momento en el recorrido del elektrichka me reconocieron, aún cuando llevaba una ushanka con la insignia de la fuerza aérea soviética y parches de ROSCOSMOS en mi chaqueta. Así de rápido se había ido la poca emoción que tuvo el país por el nuevo programa espacial. El gasto presupuestal en propaganda para poner en órbita estaciones espaciales que servirían de plataforma de lanzamiento de viajes interplanetarios, el efectismo que se buscaba con enviar civiles (y extranjeros, “reclamados” por gobierno, “rescatados” de la “decadencia de occidente”) al espacio exterior… todo había sido un gasto vano, al menos para el ciudadano común.

Caminé desde la estación de Yaroslavsky hasta la de Paveletsky. Podía haberme ido en metro pero necesitaba estirar las piernas, entumecidas por haber pasado tanto tiempo en un tren tan lento y por las últimas jornadas en el tanque de simulación de gravedad cero del centro de entrenamiento Yuri Gagarin. No había vuelto a caminar por Moscú desde los primeros días en el país, cuando recién había llegado junto a J. a recorrer el país, tocando en cuanta ciudad pudiéramos, trabajando en lo que consiguiéramos para poder seguir moviéndonos de un lugar a otro. Poco había cambiado la ciudad desde entonces, salvo unos tímidos recordatorios del estallido de la segunda revolución un par de años atrás.

Para entonces el personal de entrenamiento con el que había pasado tantísimo tiempo recientemente ya debería haber aterrizado en Sochi. Si de Paveletsky tomaba el expreso al aeropuerto de Domodedovo podría alcanzarles en unas cuatro horas. Durante la caminata entre terminales férreas pensé que tal vez el Mar Negro no sería el paisaje que quisiera tener en frente para descansar de haber pasado tantas horas sumergido en la piscina que contenía la cabina de simulación de la estación espacial. Compré un café cerca a Paveletsky y al rebuscar efectivo en los bolsillos de mi chaqueta encontré mi viejo pasaporte y mi reproductor de audio, aunque sin audífonos. Mientras llegaba al aeropuerto armé una lista de reproducción para el vuelo, como solía hacerlo en casa, como hubiera querido poder hacerlo cada vez que dejaba la tierra rumbo a mi trabajo como obrero fuera de órbita. Tenía que comprar audífonos en algún lado.

Con otro café en mano duré una hora más sentado en la zona de carga eléctrica gratis del aeropuerto. Desde allí podía ver los aviones pasar rumbo a las pistas paralelas. Tal como en casa. Revisé mi pasaporte: Aún tenía vigente la visa Schengen con la que había llegado. ¿Cómo podría volver sin que se dieran cuenta? Estaba totalmente descartado partir en un vuelo internacional, no cuando los controles aeroportuarios informarían inmediatamente a mis superiores que abandonaría el país. Si todo seguía estando como antes, podría dejar el país en un ferry o por tren con mi pasaporte viejo. No quería volver al ferrocarril, así que tendría que salir desde algún puerto. En el ataque de nostalgia en el que me encontraba empecé a tararear una vieja canción de mi banda de punk de diez años atrás: Yo nunca salí de Könisberg. Así empecé a trazar mi ruta.

Una vez el reproductor estuvo cargado me proveí de dinero, suficiente para pagar el tiquete a donde fuese en efectivo y para comprar euros para financiar el regreso a casa. Sabía que los movimientos de mi cuenta de ese día iban a despertar sospechas pero dado el lugar del retiro del dinero y el que me encontrara en permiso no les indicaría definitivamente que mi plan incluía no pasar mi quincena de descanso en la Unión. En la oficina de tiquetes de Sibir me reconocieron por primera vez. La vendedora se había hecho fan de la banda una vez nos dimos a conocer con nuestro concierto espacial y mientras verificaba disponibilidad de asientos para uno de los dos vuelos que podría abordar me mostró un artículo de Pravda sobre nosotros autografiado por J. y se ofreció a comprar unos audífonos en el Duty Free de la terminal internacional, a la que tenía acceso, para que yo no tuviera que exponerme a los agentes de migraciones. Como muestra de agradecimiento le regalé mi ushanka (no la necesitaría a donde iba y al regreso podría conseguir otra) y firmé el periódico.

Vi caer la noche a bordo del Boeing 737 verde en el que volé a Kaliningrado. En mis audífonos nuevos sonaba Autolux, después de mucho tiempo. Extraño hacer música. Una vez aterrizamos en Khrabrovo busqué una forma de ir a la salida de ferrys de Baltiysk. No conocería la ciudad, pero podría hacerlo a la vuelta.

Ahora estoy a bordo de un ferry rumbo a Copenhague. Mi viaje aún está empezando, pero mientras atravieso el Báltico siento por primera vez en el día que me estoy moviendo. Aún me esperan por lo menos dos despegues y aterrizajes antes de volver a pisar mi tierra natal. Veo caer una estrella fugaz. He visto el mismo espectáculo cientos de veces, con otra perspectiva, desde la estación espacial, pero aún me maravillo. El vacío del espacio cansa, tanto como para impulsarme a arriesgar la vida que tengo por alejarme de él tanto como me sea posible.

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Última misión

julio 23, 2011

Me están sudando las manos otra vez. De nuevo las seco con la toalla que decidí traer a mi estación de trabajo por la recurrencia del sudor. Termino de teclear las despedidas en el ordenador, las encripto para que cuando central las descifre igual ya hayan sido leídas y programo su envío. Me tiemblan las piernas.

Algunos meses atrás la emoción y la adrenalina del trabajo nuevo eran tan fuertes que dejaba pasar, restándoles importancia, aquellas cosas pequeñas que demostraban que estar allí era más una cuestión de conveniencia y no exactamente para mi. No solo hice lo que se esperaba de mí, también conseguí realizar unas cuantas acciones que no pasaron desapercibidas pero que tampoco se me reprendieron, en las que aproveché mi posición como persona conveniente para salirme con la mía y pasar de artista.

Pero mi conveniencia se esfumaba cada vez más rápidamente e inevitablemente veía cómo se me iba relegando a un papel cada vez más mínimo, cada vez más despreciable, cada vez menos gratificante. Ya me estaban demostrando que yo estaba allí de paseo, que esto no era lo mío. Que nada de lo que había hecho bajo su tutela era lo mío.

Floté torpemente al centro de entretenimiento de la Sala de Mando de la estación. Los cosmonautas que no dormían en las barracas en la otra ala de la estación estaban fuera en labores de acondicionamiento de la rampa de despegue interplanetario. Aproveché el momento de silencio para poner a todo volumen la quinta sinfonía de Dmitri Shostakovich mientras leía cómo esa obra había significado su restablecimiento ante las autoridades soviéticas.

Si tan solo yo pudiera darme ese lujo.

Pero no soy un artista, por más que lo quisiera y lo intentara, y tampoco soy un cosmonauta, por más que me hayan entrenado y me hayan puesto varias veces en órbita. Solo soy un aparato de propaganda y encima mi tiempo ya pasó.

Las lágrimas flotan.

El tercer movimiento de la sinfonía resuena quedamente en la estación espacial MIR II. Es insoportablemente melancólico y no quiero enfrentarme al falso optimismo delAllegro non troppo del cuarto movimiento, ese que el gobierno al que ahora sirvo declaró como un triunfo del realismo socialista en la música del compositor en 1937. Yo tampoco soy un triunfo del socialismo, así esa sea la forma en que me han presentado durante los últimos tres años.

Tengo que terminar con esto.

Antes de que el Largo termine me embuto como puedo en mi traje espacial, ese de las caminatas espaciales televisadas en las que no fui sino un payaso para el cada vez más escaso público. Apago la música una vez termina el movimiento y con mi casco en mano me dirijo a la escotilla de despresurización donde tantas veces repasé los libretos que me daba el gobierno.

No soporto este dolor en el pecho, no soporto estas ganas de gritar.

Conecto a medias el cable guía en el punto de contacto de la cámara de vacío y cierro apenas mi casco. No tengo ningún elemento de comunicación. El silbido del aire siendo reemplazado por el vacío me rodea y luego el silencio que mi garganta no logra romper es completo a mi alrededor. La compuerta se abre.

Nunca, nunca intenten correr en gravedad cero, no si no quieren tropezar en el segundo paso y caer y rodar sin freno hasta que el cable de seguridad llegue a su fin. Pero mi cable está mal conectado y no me detiene, y floto dando vueltas en el espacio, alejándome de la estación espacial, hasta que algún objeto me atrape en su gravedad. Veo en medio de mis giros cómo se enciende, cada vez más lejos, la luz de emergencias en el centro de mando en el que estaba apenas hace unos minutos. Trato de gritar pero mi garganta se empeña en impedirlo, entonces me llevo las manos a la cabeza y zafo mi casco. Mientras pierdo la conciencia grito con todas mis fuerzas, pero en el vacío no hay más que silencio.

Adios.

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Visita, pt. V

junio 3, 2011

IX

“Vuelo ya mismo a Bogotá”

Me extrañó un poco la respuesta de la señorita Yu pero se me hizo lógico que quisiera ver a su hermano. Ella, como ciudadana, tendría más opciones de hacer algún trámite ante su embajada para evitar que deportaran a su hermano, y por la familia hasta yo haría lo que fuera. Claro está, si tuviera más familia que un abuelo que cedió mi educación a extraños para  dedicarse tranquilamente a sus asuntos en Santa Rosa de Viterbo.

A las 2 de la tarde entré al Restaurante Emperador. Directamente fui a la caja y pedí hablar con el administrador. Dos sujetos, con pocas intenciones de ocultar ser guardaespaldas de mafioso, se acercaron por la espalda. Uno de ellos tocó mi hombro

–Sapo sapito sapo, sapo sapito azul, dichosos los ojos. Qué pena no haberle avisado antes de darle el guamazo pero no sabía que no llevaba tote. ¿Qué busca? Acá no hay moscas, sapito.

–Vengo a hablar con el gerente. Me enviaron a encontrar a alguien y sé que está aquí.

–Ay, tan bonita la almita de Dios. Más bien despéguela que acá no se le perdió nada.

Hice un movimiento brusco para que soltara mi hombro y le di un toque con la macana eléctrica. Paré al otro matón de un golpe de palma en el pecho.

–Llame al administrador, por favor.

Éste salió de la oficina junto a la caja.

–¿Qué quiere?

–Vengo por el hermano de Tian Yu.

En la cocina sonó un plato roto.

–Soy yo– dijo el administrador–.  ¿Por qué mi hermana le envía?

El administrador no era el mismo de la foto.

–Su hermana… su hermana me dijo que usted venía como ilegal, me pidió expresamente que lo encontrara, me dijo que el dueño del mercado de Barrancas de Belgrano era parte de la red de tráfico y quería no deberles nada.

–El dueño del mercado es mi padre.

Eso aclaraba muchas cosas. La ausencia de caja fuerte, los papeles incriminatorios tan a la mano, el pago exorbitante recibido, el vuelo inmediato apenas le escribí que ya lo había encontrado…

–Pero, ¿y entonces? ¿Para qué carajos su hermana me da un cojonal de plata para venir a encontrarlo, si fácilmente podía haberlo hecho ella? ¿Y por qué usted no es el sujeto de la foto que ella envió?

–¿Perdón?

–Lo siento. Preguntaba por qué razón su hermana me ha dado tanto dinero para encontrar a alguien que no está perdido.

–Eso lo entendí, señor…

–Vargas.

–Vargas. ¿Qué foto?

–Présteme un computador con Internet y le muestro.

–Pase a mi oficina.

Entré a mi cuenta de correo. Abrí el archivo adjunto.

–Ese… Ese es el novio de mi hermana… por eso el repartidor nuevo me parecía conocido…

–¿Y por qué su hermana me puso en todo este trote?

–Nuestro padre lo odia. Él decidió venirse como polizón. Supongo que ella querrá legalizar su situación acá para poder llevarlo a Buenos Aires.

–Exacto– dijo la señorita Yu, y entró a la oficina. Miré el reloj: 2:45 p.m. El vuelo de Avianca entre Ezeiza y El Dorado llegaba a mediodía.

 

X

Salí del restaurante pocos minutos después, cuando los hermanos Yu empezaron a discutir en su lengua nativa. Di otro toque con la macana eléctrica al gorila que me había noqueado en Zipaquirá y pateé su cabeza, mientras mascullaba un “unas por otras”. Vi que venía el bus que sube por la plaza de toros, entonces atravesé la Avenida Las Villas corriendo y lo cogí, listo para una hora larga de recorrido por la calle 127, las carreras 15 y 11, la Avenida Chile y la Séptima. En casa, tomé los 400 dólares que había dejado a mano, empaqué mi computador y mi disco duro y salí. Bajé a la carrera 13 por la calle 59, para preguntarle a Tatiana si Mauro había recogido el sobre. Compré un par de cascabeles y medio metro de cinta en Botonia y me subí al primer Fontibón-San Pablo que pasó.

Luego de un recorrido rápido que pasó por Galerías, Pablo VI y el parque el Salitre, me bajé en la esquina de la Esperanza con 68 A y caminé hasta los triciclos de Ramo que se hacían ahí cada tarde. Compré dos combos Ramo y luego seguí hasta el centro comercial, donde compré un tiquete para esa misma noche rumbo a Ezeiza. Directo. No me iba a perder la oportunidad de viajar en un Airbus A330 casi nuevo después de este viaje sinsentido.

De ahí salí a la Esperanza, a esperar el bus que me llevaría a El Dorado, aunque se demoró un poco más de la cuenta y decidí entonces caminar por la carrera 69 hacia la calle 26, donde tendría más opciones de transporte. Antes de cruzar el puente peatonal entré a la tienda de té del edificio de oficinas de Davivienda, para gastar los últimos pesos que me habían sobrado en una tetera de acero colado, un elemento que me sería útil en mi hogar.

Ya en el aeropuerto estaba haciendo fila para el check-in, cuando alguien me tocó el hombro. Giré esperando lo peor, pero era Mauro.

–¡Doooooooctor! No me diga que también se va de vacaciones.

–No, Mauro, estas fueron mis vacaciones. Vuelvo a casa, a la rutina. Y usted, ¿a dónde viaja?

–Perú, doc. Mi señora quiere ir a Machu Picchu. Por cierto, doc: Milena, mi esposa. Mile, él es el doctor Alberto Vargas.

–Encantado. Espero que se queden un par de días en Cuzco. Dicen que es maravilloso.

–Eso haremos.

Después de hacer el registro subí a hacer la última compra del día: dos libras de café. Le había dicho a Ana María que iba a comprar café y chocoramos y eso mismo llevaba en mano. Antes de pasar a emigración, entré al Telecom y llamé a casa de la señorita M.

–¡Corazón! Cambio de planes. Estoy en Bogotá. Viajo ya mismo para allá. Llego a las seis y cuarto de la mañana.

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Visita, pt. IV

junio 2, 2011

VII

La mañana había empezado bastante bien, aunque tarde. Me desperté casi a mediodía para encontrar un par de correos de la señorita Yu, uno con una foto de su hermano y otro indicando que había hecho un depósito en mi cuenta. Revisé y sonreí al ver que mi saldo había aumentado. Luego miré la foto un largo rato. Es bastante ofensivo ese concepto latinoamericano que dice que todos los orientales son iguales. Repasé la foto a conciencia para saber a quién buscaba. Nunca olvido una cara.

Tomé un bus a Hacienda Santa Bárbara, donde cambié 50 dólares que había tomado de mi escondite en el apartamento. Allí tomé otro bus hasta el Portal Norte, donde me subí a la primera flota a Zipaquirá que encontré. El Darklands y el Automatic de Jesus and Mary Chain me acompañarían en el viaje.

Caminé las tres cuadras que separan la Terminal del parque central de Zipaquirá. Siempre he dicho que todos los pueblos cundinamarqueses son iguales, pero las alcaldías de Zipaquirá y Tenjo sólo cambian en la pintura. Tomé una foto para hacer la comparación de ambas esquinas en casa. Luego subí unas 10 cuadras a la salida occidental del pueblo. Mauro había dejado la dirección del albergue en el buzón en la mañana. Estudié cómo colarme, cómo vigilar el lugar y concluí que iba a tener que pasar la noche fuera.

No tuve que esperar mucho. Apenas anocheció llegó un camión, y del container bajaron unas cincuenta personas. No quería imaginar el hacinamiento en el que estarían en la casa a la que entraban. Estaba demasiado lejos para tratar de reconocer caras, y la oscuridad no ayudaba.

Sentí un golpe en la nuca y todo se fundió a negro.

Desperté con el canto de los pájaros al amanecer. Estaba a la vera del camino y frente a una señal de carretera que indicaba la distancia a Pacho: estaba aún en la salida occidental. En la misma señal, en aerosol estaba garabateado “No se meta, sapo”. Las manos locales estaban bastante metidas en el asunto, por lo visto. Habían logrado dejarme fuera de combate sin que notara que alguien se acercaba, aún teniendo la montaña a mi espalda y estando sobre pasto con hojas y ramas en el suelo.

Caminé en dirección a Pacho esperando que pasara una flota que viniera de Carupa. Una hora después estaba de nuevo camino a Bogotá. Bajé de la flota en Mirandela y caminé hasta Santafé, donde compré un café y llamé a Mauro.

–¿Aló?

–¿Alo, Mauro? Chino, eche mucho ojo al restaurante Emperador, ahí en la Colina, en la 130 con Villas. Y tenga mucho cuidado que esta gente está más avispa de lo que creíamos, anoche me rompieron la cabeza sin que me diera cuenta…

–¿Anoche? Dóctor, pero si usted se fue anteayer… bueno, yo sé cómo moverme, por mi no se preocupe. Voy a decirle a mi señora que se vaya a donde mi suegrita entonces. Lo llamo cualquier cosa.

Así que había durado casi 36 horas inconsciente. Toqué mi nuca y noté que aún  dolía bastante y, bien vistos, mis pantalones estaban hechos un asco en las botas. Los talones de mis zapatos estaban gastadísimos, como si me hubieran arrastrado varios kilómetros. Una red de trata de personas era peligrosa, eso ya lo sabía, pero no me había hecho a la idea de qué tanto. Compré otro café grande y me lo fui tomando en el Germania rumbo a casa.

 

VIII

Un largo baño con agua caliente alivió el dolor bastante, pero aún me retumbaba un poco la cabeza. Tomé de un solo golpe tres ibuprofenos y los rematé con una taza de té, esta vez Moroccan Mint. Mis intestinos me lo reprocharían mañana, pero necesitaba mi cabeza, necesitaba que dejara de retumbar cada vez que sonaba un teléfono…

…el teléfono estaba sonando.

–¿Mauro?

–¿Cómo supo, doc?

–No sea pendejo, Mauro, solo usted sabe que estoy acá y solo usted llama a estas horas.

–Jajajajaja, tan bobo pues. ¿Cómo sigue?

–Mejor, gracias. Pero bueno, a lo que vinimos. ¿Vio algo?

–Me arriesgué a entrar, hice escándalo y me mandaron al administrador. Habla muy poco español, parece recién llegado.

–¿Recién llegado? ¿Y de administrador? No me crea tan aguacate, acá pasa algo.

–Yo no sé, mi doc, el tipo se ve como importantoso.

–Pues tocó dejar la carajada. Yo iré mañana a ver qué pasa, a ver si encuentro al tipo que busco. ¿Vio si llegaron más personas?

–Como cinco más. Dos están mesereando, me imagino que el resto hace entregas o anda en la cocina.

–Ah, listo. Mauro, le dejo un detallito donde Tati mañana, así como para que le de un paseíto a su esposa. Apenas lo reciba, vaya por ella y salgan de acá rápido.

–Bueno pues, señor Vargas.

–¿Señor Vargas? El señor Vargas era mi abuelo, Mauro. Si se va a poner de decente dígame Alberto a secas. Adiós pues.

Escribí nuevamente a mi cliente, diciendo “Lo encontré”. Saqué 2000 dólares del closet de linos del apartamento y los puse en un sobre. Con lo que me había girado la señorita Yu podía darme ese lujo, recuperar el dinero del tiquete de venida y pagar incluso dos más de ida y regreso. Dejé otros 400 a mano y llevé el sobre a donde Tatiana. Pasé por el CAI del parque de los Hippies. Había dejado mi porra en Buenos Aires, necesitaba algo por si las moscas.

–¡Vargas! Milagrazo de tenerlo por acá.

–Sargento, tiempos tiempos.

–¿Y ese milagro? No andará metido en otra pendejada de esas.

–Pues… he de confesar que sí, ando en otra pendejada de estas. Encontrar a una persona. De China. Encargo desde Buenos Aires. La red de Zipaquirá.

–¿Y cómo va a encontrar a un chino si todos esos son iguales?

Pasé saliva. Otálvaro era uno de los pocos policías en que se podía confiar en toda Colombia, no podía darme el lujo de darle una lección sobre prejuicios y racismo. Él siguió inquiriendo.

–Y desde Buenos Aires… me imagino que habrá bastante a su nombre como para que se meta con esa red tan peligrosa y encima encargado desde lejos.

–Pues en teoría yo ya encontré al cliente… tengo que ir mañana a donde puede estar y luego ver qué se hace. Tengo unos papeles que parece que dicen cuándo y en qué barcos van a llegar más personas y cómo las van a enviar a otros países. Le traje una copia, usted sabrá de alguien allá arriba que no esté untado y que pueda recibir esa información y hacer algo.

–Vargas, de verdad, se lo agradezco. Su abuelo Clímaco estaría orgulloso.

–Tal vez, pero yo no lo hago por él, ni por la plata, ni por mi. De hecho ni siquiera sé por qué me meto en estas estupideces. Igual ya sabe, Otálvaro. Si decide poner a andar una investigación con lo que le dejo, el crédito y la gloria son suyos. Mientras me invite a una cerveza cuando sea un héroe me doy por bien servido.

–Hombre, pero claro. Con que me haya traído esto me demuestra que no perdí el tiempo cuidándolo cuando chiquito.

Tomé un bolillo y una macana eléctrica del escritorio de Otálvaro y salí de ahí antes de que la escena se tornara emocional. El dolor de cabeza había desaparecido, así que compré un six pack para dormir temprano.