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Visita, pt. III

junio 1, 2011

V

Bogotá estaba soleada, en contraste con el clima invernal al que estaba acostumbrado en ese mes de mayo en el sur. Como había tenido la precaución de hacer el check-in desde antes, había logrado conseguir asiento en la primera fila, pasillo, de clase turista, así que salí en carrera apenas abrieron la puerta del avión hacia inmigración. un par de minutos antes había aterrizado el vuelo de AEROGAL y los cubículos del DAS estaban bastante vacíos cuando llegué a ellos. Eran las 11:20 a.m. cuando salí a buscar la ruta circular. Unos minutos después caminé desde el hotel Habitel hasta la carrera 100, donde tomé el bus a Chapinero.

Subí a mi viejo apartamento con calma, conecté el computador, organicé mejor las hojas en chino y puse a hervir agua. Mientras la tetera sonaba me di una ducha rápida con agua bien fría, que me despejó. Aún hacía falta algo para terminar de despertarme, que llevaba ya 28 horas en blanco, así que tomé un par de sobres de Irish Breakfast de mi maleta (siempre llevaba varias provisiones de té conmigo) con dos sobres de azúcar del avión que había guardado en un bolsillo y dejé la infusión unos cinco minutos para que quedara bien cargado.

El ruido de la séptima era más fuerte de lo que recordaba, en pocos meses me había desacostumbrado a oír el tráfico. Estuve un rato en la ventana, mirando a la calle, sorbiendo despacio de la taza y maldiciendo no haber tenido la prevención de comprar leche para tomar este té como si, en efecto, estuviera desayunando. Acabé la bebida y me senté en el computador.

“Señorita Yu:

En tres días iré a Zipaquirá. Revisé los papeles después que usted se fue y anoche, en camino. Estará en Colombia un par de meses, mientras le fabrican los papeles con los que lo enviarán a Argentina. Averiguaré dónde estará mientras tanto y le escribo”.

Tenía mucha hambre. Fui en una carrera a comprar Kebabs y paré en el autoservicio de la bomba de gasolina por gaseosa y leche para un chai eventual. Desde el teléfono público de la estación llamé a un viejo conocido.

–Alo, ¿Mauro?

–Si, ¿quién habla?

–Alberto Vargas.

–¡Doctor Albeeeer! Milagrazo ome.

–El trabajo que no da tregua, Mauro… Hablando, ¿se quiere ganar unos buenos pesitos haciendo una pendejada?

–Dígame nomás, mi dóctor.

–Averígüese ahí en las tiendas chinas de Galerías cómo los chinos consiguen trabajo en Bogotá apenas llegan, o a dónde llegan cuando los mandan de Buenaventura a Zipa, lo que sea que consiga le reconoceré.

–Llamó al propio, mi doc, usted sabe que conmigo ese maní le sale brevas.

–Gracias, Mauro. Cualquier datico me lo bota a la casa, y si no estoy deje lo que consiga con Tatiana en los Kebab.

Terminé de almorzar en casa, tomé un vaso de gaseosa y me fui a dormir.

 

VI

Me despertó el citófono.

–¿Quién?– pregunté aún somnoliento.

–Yo, mi dóctor.

Abrí la puerta y alisé un poco mi ropa mientras Mauro subía.

–¿Qué me averiguó, Mauro?

–Bobaditas, doc. Lo usual es que los mandan a meserear o a cocina en restaurantes, y usted sabe cuántos de esos chuzos hay acá en Bogotá.

–Hmm.. veo…

–Y lo otro es que están re avispas porque la policía ya los ha pescado par veces. Los dejan ahí en lo que llaman salida occidental en Zipa, en una casa.

–Bueno, Mauro, gracias. Ahí le dejo una bobadita– dije mientras le daba un billete de 20 dólares–. Cualquier cosa me avisa.

Restaurantes.

–Mauro.

–¿Si?

Le pasé un billete de 50 dólares.

–¿Y esto, doc?

–Le dije que le iba a reconocer lo que me consiguiera. Su ayuda fue enorme.

La parte que menos sentido tenía de la lista era una columna que tenía palabras sueltas, repetidas a lo largo, que había creído que eran los nombres en clave de los envíos de personas.

Emperador.

2007. Agosto. Probablemente, la peor época de mi vida. Los errores que aún me persiguen. Colina Campestre. Restaurante Chino Emperador, sobre la Avenida Las Villas, una cuadra antes del Pan y Ponké (siempre odié ese lugar). Fui por una cerveza a la bomba de gasolina. Al regreso volví a escribirle a la señorita Yu

“Sta. Yu:

Necesito una foto de su hermano. Puedo encontrarlo esta semana”.

Me bebí la cerveza, una Brown Ale holandesa, en dos sorbos. Lancé la botella por la ventana y me acosté.

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Visita, pt. II

mayo 31, 2011

III

Nunca es divertido recibir un puñetazo con nudillos de latón, y menos en el abdomen. Noquear al primer matón por sorpresa fue lo más difícil, pero el sonido del porrazo alertó al otro, quien me golpeó antes de que pudiera esquivarlo. Desde el suelo, simulando más dolor del que sentía (que ya era bastante), le pegué en la rodilla con mi fiel porra. Sólo ellos dos vigilaban el lugar y, para ganar tiempo, le saqué el aire de un puñetazo al sujeto que había tumbado con el golpe en las rodillas. Era más rápido que pensar cómo hacerlo perder la conciencia.

Entré a la única oficina del piso a la antigua: rompiendo el cristal de la puerta, como un vulgar ladrón. Curiosamente, la oficina no tenía caja fuerte: al parecer el dueño del mercado tenía suficiente confianza en sus matones, o no tenía mucho qué ocultar. Los papeles que buscaba estaban sobre el escritorio. Los tomé, junto con una estatuilla que se veía medianamente valiosa. Salí rápidamente de allí, no sin antes golpear nuevamente a los matones.

Me lancé por la misma ventana por la que había entrado, trepé el muro con la caja que me habían conseguido los dos mendigos que me habían ayudado a subir, les entregué la estatuilla y un billete de cincuenta pesos a cada uno. Seguí las vías del tren hasta Mendoza y por allí enfilé hacia la Avenida del Libertador con Monroe, donde esperaría el 107 de vuelta. A las 2:15 de la madrugada estaba en el Tiger Market de Monroe y Balbín comprando un sándwich.

 

IV

Recogí mi maleta, ordené un poco la cocina y en el comedor le dejé una nota a Ana María, mi compañera de apartamento:

“Mona, salí por café y chocoramos. Un besito”.

Si alguien, toco madera, llegara a entrar al apartamento antes que ella a buscarme, leería la nota y no sospecharía inmediatamente que habría salido de la ciudad. Ella, en cambio, entendería de una que había volado a Bogotá: ¿cómo, si no, iba a conseguir chocoramos? Cerré la puerta del apartamento y bajé las escaleras. El chino estaba, efectivamente, cerrado y no se veían luces en las ventanas del apartamento sobre la tienda.

–¿Duerme fuera, señor?– me preguntó Jesús al ver mi maleta.

–Va a ser una noche larga… –respondí mientras me reía por lo bajo.

–Aaaah, entiendo… Buena noche entonces, chau– dijo mientras abría la puerta.

A buen paso caminé hasta Belgrano R. Compré el tiquete, subí a la plataforma y vi el tren a lo lejos. Me puse los audífonos, los escondí bajo las orejeras del gorro de invierno, busqué el segundo álbum de Asobi Seksu en el reproductor y lo eché a andar. El vagón estaba medianamente lleno, iba a ser un tranquilo viaje sentado.

Llegué con suficiente tiempo a Retiro, así que decidí rodear la Torre de los ingleses para ir a la estación del Tienda León. Quemaría todo el tiempo posible y compraría el tiquete justo para subirme al bus. Todo el trayecto hasta Ezeiza puse mi cara más turista y entablé conversación con una pareja panameña que había pasado su luna de miel en la ciudad.

Eran las 12:40 cuando el bus nos dejó en la Terminal A del aeropuerto Ministro Pistarini. Mientras la pareja panameña hacía el check-in, fui a pagar los impuestos de salida del país. Luego de una tediosa fila en emigración –nada puede ser más irritante que un funcionario de migraciones en el turno de medianoche– fui directamente al café al final del Duty Free y compré un té (esta vez, frutos rojos) y facturas de dulce.

A las 3:17 a.m., tal como decía el itinerario, estábamos carreteando hacia la pista 17 en un Boeing 737-800 de Copa, rumbo a Tocumen. Aproveché las 8 horas de vuelo leyendo las anotaciones en español que había hecho mi cliente  sobre los papeles que saqué de la oficina del mercado. Ella había llegado a mi casa después de  las 3 de la mañana, unos 20 minutos después de que la llamara para avisarle que ya tenía su encargo. Tal como ella sospechaba, su hermano iba rumbo a Buenaventura como polizón, y estaría en Zipaquirá cuatro días después.

Antes de las 9 de la mañana el avión se posó sobre la pista 03L de Tocumen. Me despedí de la pareja recién casada y subí a esperar la conexión en el Hub de las Américas. Frente a mí estaba el Embraer 190 que me iba a llevar a Eldorado.

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Visita, pt. I

mayo 30, 2011

I

Pasadas las 11 de la noche tomé el citófono y llamé a portería. No contestó nadie, así que terminé de preparar el café antes de volver a intentarlo. No era una hora sensata para una dosis de cafeína, pero la noche iba a ser larga. Al segundo intento contestó el citófono el encargado.

–¿Diga?

–Jesús, buenas noches. ¿Ya cerraron el chino?

–Eh, y si, recién, señor.

–Vale, gracias.

Terminé el café en tres sorbos más, lavé el pocillo y salí a mi cuarto a terminar de alistar mis cosas. Guardé ropa para tres días, el computador, el disco duro y el cepillo de dientes de viaje. Anoté las cuatro marcas nuevas que había hecho en el mapa en mi libretita de bolsillo, y luego lo guardé en el segundo cajón de la mesa de noche.

El café había sido la única pausa del día. Había comprado los tiquetes esa misma mañana,  seguido de un almuerzo en la rotisería vegetariana de Juramento entre Moldes y Amenábar, donde había aprovechado para hacer más preguntas. Luego, en Plaza Noruega me reuní con mi cliente para ultimar detalles. De ahí fui en subte hasta la casa de la señorita M., pasé la tarde con ella y antes de volver a casa hice check-in en línea e imprimí los pasabordos mientras ella tomaba la siesta. La desperté y le dije la primera mentira desde que estábamos juntos.

–Me mandaron como representante a un lanzamiento en Panamá. Hay una rueda de negocios y puede que consiga un contrato nuevo, aún no sé dónde.

–¿Cuándo vuelves?

–Nueve días. Prometido.

No quería que supiera dónde estaba, en caso que me buscaran y por alguna razón llegaran a ella. Cuando estaba cerca de la estación de Plaza Italia tuve una corazonada y decidí regresar a casa a pie. Subí por la Luís María Campos hasta Zavala, giré hacia Cabildo y seguí por ésta hasta Olazábal. Entré al quiosco en Moldes, compré una botella de cerveza y llamé a mi cliente desde una de las cabinas.

–Mañana tendrá información nueva. Se la envío por correo.

–Gracias, señor Alberto.

II

Este regreso a casa había surgido por un error de cálculo. La carga de la batería del reproductor de audio había durado un par de horas menos de lo presupuestado y estaba sin música mientras hacía las compras en el mercado chino de Barrancas de Belgrano. Ya había oído muchas veces algo que sonaba parecido a “Zipaquirá” cuando iba de compras allí, pero esta vez no cabía duda. Era la única palabra que entendía, en todo caso, pero esta vez la discusión entre el dueño y uno de sus empleados era bastante ruidosa como para no creer que algo iba mal. La cajera dejó caer el dinero que le había dado, se le notaba intranquila. Dejé las compras en casa y regresé a la hora de cierre. Algo no estaba bien, como siempre, pero esta vez estaba mal aquí y en casa y se me metió en la cabeza saber qué era.

–Supongo que no es la primera vez que un cliente te invita a salir –le dije apenas salió–. ¿Te parece si vamos a cenar?

–No, señor. No puedo ir –aún se veía nerviosa. Habían problemas, seguro.

–Sé que algo anda mal –le susurré–. Lo que sea, yo te puedo ayudar a resolverlo. De eso vivo.

Se quedó pensativa. –Bueno. Le contaré…

En Bogotá era casi un mito urbano que una red de tráfico de personas enviaba gente  desde China hasta Buenaventura en barco, después por tierra hasta Zipaquirá, donde pasaban un par de meses antes de ser enviados a otros lugares en el resto de América. La cajera, Tian Yu,  tenía razones para creer que su hermano iba en un barco a Buenaventura aunque no tenía claro si como marino o como polizón. Se había colado a la oficina de su jefe, a quien había oído discutir con los sujetos que le habían recibido en el puerto de Buenos Aires cuando había llegado años atrás, antes de que unos controles más estrictos obligaran a la red a enfocarse en el puerto de Buenaventura como punto de enlace. Había encontrado una lista con nombres en la que había visto el de su hermano, pero seguía con la misma duda, así que después de la cena le prometí recuperar la lista para salir de dudas.

La mañana siguiente fui hasta la estación Belgrano C y tomé el tren hacia Tigre. Volví dos horas después. En ambas ocasiones miré cuidadosamente la parte trasera del supermercado, que daba a las vías del tren. Parecía posible entrar por ahí. Entré por la puerta principal a hacer compras mientras miraba posibilidades para colarme a la oficina del dueño. Luego de un rato de observación mientras simulaba elegir el mejor té posible, decidí que entrar por el frente no iba a ser posible. Había visto varios sujetos sin ánimo de ocultar su trabajo como matones subir al segundo piso y no bajar. Sabiendo esto, era claro. Iba a tener que colarme a la oficina al estilo Rocco Siffredi: por atrás y a lo bestia. Salí de ahí con una cajita de pu-erh. Iba a necesitarla.

Ya en casa, puse la tetera, cargué a la mitad el infusor con el pu-erh que acababa de comprar y revisé en la página de TBA los horarios en que los últimos trenes pasarían por Belgrano C. Según deduje luego mirando el mapa, sería más fácil tomar el 107, caminar desde Blanco Encalada y O’Higgins hasta el cruce del ferrocarril con Monroe y seguir las vías hasta la parte posterior del mercado. A las 11:45 salí a esperar el colectivo.

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Búmeran

mayo 23, 2011

Atto primo

Interior, madrugada. José Joaquín está durmiendo profundamente, mientras afuera cae un aguacero torrencial. En este momento es cuando empezaría a sonar el preludio, dramático y sombrío para acompañar el clima de fuera, pero José Joaquín no tiene una orquesta en su casa. Suena en cambio el repique del timbre de la puerta, insistente y desesperado, hasta que José Joaquín despierta y se arrastra a la puerta principal de su apartamento.

– Julia, Julia, Julia –, canturrea él al verla frente a sí.

Julia lleva el pelo sobre la cara, aplastado por la lluvia al igual que su ropa monocromática y a José Joaquín le toma medio minuto más para darse cuenta que sus ojos parecen competir con las nubes de afuera, de tal manera está llorando. Sigue allí, callada sobre el  tapete del corredor, con la cabeza gacha y estremeciéndose constantemente por el frío y el llanto.

–¡Carajo! Sigue, por favor.

Ella le sigue en silencio hasta la cocina, donde él la abraza y acaricia su pelo. “Dame dos segundos”, le dice, y se dirige a su cuarto, donde rápidamente saca un pantalón de pijama cálido, un saco de sudadera y unas babuchas que él tiene pero nunca usa. Arregla un poco su cama y las pone ahí, toma una toalla y se la lleva a la cocina.

– Sécate un poquito, y ve al cuarto, para que te pongas algo seco. Ahí te dejé sobre la cama. Mientras, te voy a hacer algo caliente.

– Gracias.

José Joaquín llenó dos pocillos de agua, los metió en el microondas y, cuando estuvieron calientes, les puso un sobre de té hindú a cada uno. Dos cucharadas de azúcar y un poquito de leche para el suyo, nada más para el de ella. Colocó los pocillos y un plato con galletas alemanas en una bandeja y se dirigió a su cuarto, calculando que Julia ya habría terminado de cambiarse. Ella estaba sentada en el borde de la cama y sonrió al verle entrar con la bandeja. “Te acordaste de cómo me tomo el té”.

Veinte minutos después ella dormitaba a su derecha. José Joaquín prendió el televisor, bajó el volumen al mínimo audible y sintonizó la carrera de Fórmula 1. Julia le abrazó y puso su cabeza sobre el pecho de José Joaquín. Él acariciaba su cabeza, lentamente. La carrera se puso aburrida. José Joaquín se acomodó y abrazó a Julia. Ella le acercó a su cuello. Así estuvieron, sin cruzar palabra, hasta que ella pidió que almorzaran.

Caía la noche. Él la consentía ocasionalmente mientras veían una película y ella usaba constantemente su Blackberry. Julia se paró de la cama y fue a la cocina. “Mi ropa ya debe estar seca”. Regresó unos minutos después, ya vestida. “¿Me acompañas al bus?”. José Joaquín se vistió tan rápido como pudo y salieron a la calle. El bus que ella tomó le dejaba lejos de su casa.

José Joaquín regresó a su casa y se bañó, visiblemente aburrido. “Domingo de mierda”.

Atto secondo

En su ronda de revisar facebook en la mañana, José Joaquín lee un status de Julia que interpreta como una muestra más de que lo que le llevó esa madrugada de domingo, bañada en lágrimas, a su casa. Es martes, y en su oficina aprovecha el bajo flujo de trabajo para escribirle un correo de ánimo; durante el día también le manda un par de sms con buena onda. No recibe respuesta alguna. En la noche el status de facebook de Julia sigue en la misma tónica de la mañana. Finalmente, la llama y la invita a tomar un café cerca a su oficina el jueves o el viernes en la tarde. “Yo te aviso”.

El aviso llegó hasta un mes después.

Después de un café de tarde convertido en cena rápida cortesía de la lluvia, Julia y José Joaquín están en el cuarto de él, viendo un dvd de episodios de El Auto Fantástico. Luego de tres episodios en silencio, Julia pasa un rato escribiendo en su Blackberry. Cuando lo guarda, se acerca a José Joaquín. “¿Puedo quedarme hoy?”. Él accede. Se abrazan, y luego de un rato de inmovilidad en esa posición, ella acerca su rostro a los labios de él, repetidamente, acercando sus bocas cada vez más pero evitando cuidadosamente un beso más firme. Él se suelta una hora después.

José Joaquín despierta al sentir caricias en su abdomen. Está de espaldas a Julia, quien le abraza y le acaricia. Él gira hacia ella, ella acerca la cabeza de él hacia su cuello y lo abraza, apretándolo contra su piel. José Joaquín duda y se queda inmóvil un segundo, hasta que Julia acaricia sus orejas, entonces empieza a besar su cuello. Julia vuelve a dirigir la cabeza de José Joaquín hacia abajo cada vez que él empieza a subir con sus besos hacia la cara de ella.

Hasta ese momento y desde que se encontraron no han dicho más aparte de los saludos cuando se encontraron, cuando decidieron qué cenar y cuando ella le pidió posada. Suena el aviso de mensajería en el blackberry de Julia y ella suelta a José Joaquín para atender su teléfono. Él la abraza y besa su nuca, pero ella no se inmuta en el resto de la noche, que él pasa en vela.

Ya en la mañana, después de un desayuno pequeño (de nuevo té, esta vez con tostadas con mantequilla), nuevamente ella le pide que le acompañe a tomar el bus y nuevamente toma uno que le deja lejos de casa, el mismo de semanas atrás. Al despedirse, Julia besa la frente de él y le susurra “te quiero” al oído. José Joaquín, nuevamente molesto, empieza a pensar cómo enfrentar el gris sábado que empieza.

Atto terzo

José Joaquín está en una discoteca de la Zona rosa. Es una fiesta de integración, para dar la bienvenida a los nuevos practicantes del área comercial y recursos humanos de su empresa. Es víspera de viernes festivo, por lo que el lugar está inusualmente lleno. No hay más eventos corporativos pero la clientela es nutrida. Son casi las diez de la noche y, después de bailar una tanda de merengue con una de las coordinadoras de su área, José Joaquín sale al balconcito de la discoteca a fumar, acompañado de Luisa, la estudiante de ingeniería industrial que hará la práctica bajo su tutela, y de Enrique, su vecino de cubículo y mejor amigo.

Enrique y José Joaquín pasan el tiempo del cigarrillo contando a Luisa anécdotas sobre la oficina y sus jefes y compañeros de trabajo, debidamente condimentadas y exageradas para entretener y asustar a la practicante, a quien han decidido convertir en su “protegida”, por lo menos este semestre, ya que les ha caído bien y de alguna manera sienten que podría continuar en la empresa después de graduarse. Camino al balcón han pedido unos Jell-o-shots que toman para apuntalar el sabor del tabaco. José Joaquín se siente un poco embotado y decide quedarse un rato más en el balcón para tomar algo de aire y para dar un poco de espacio a Enrique, ya que se ha dado cuenta que su amigo empieza a mostrar más abiertamente una atracción hacia Luisa.

“¡Hola!”. Julia se ha puesto frente a él, sin que lo notara (gracias al efecto del vodka) y ahora le abraza. “¿Qué haces aquí?”, pregunta él, sin lograr aún digerir que ella esté allí, frente a él, como si nada, a sabiendas que ella nunca iría a un sitio así. “De paso”, responde, “de hecho te vi hace un rato pero hasta ahora que te veo solo te puedo saludar”. La conversación sigue en trivialidades y formalismos, y José Joaquín decide que necesita algo más de alcohol para soportar la charada. “Voy por algo de beber. ¿Quieres que te traiga algo?”, pregunta con la cortesía desmesurada que le caracteriza. “Lo mismo que te estés tomando”.

Él decide tomar el camino más largo entre el balcón y la barra. Arrastra los pies, como un condenado, mientras se debate entre pedir dos jell-o-shots más y tratar de hablar con Julia (tarea difícil, en ocho años que la conoce muy pocas veces ha podido pasar del small talk con ella, aún habiendo estado en una relación), dejarla en el balcón y dedicarse a evadirla el resto de la noche o poner pies en polvorosa y huir de ahí. Con los dos tragos en la mano, caminando sin rumbo mientras se decide, se encuentra con Enrique, quien espera a Luisa cerca del baño. “¿Qué pasa, huevón? ¿Qué se hizo? ¿Y esa cara?”. “Julia. Ahí, en el balcón”. Enrique toma una de las copas de la mano de José Joaquín, y le hace señal de que brinden. Chocan las copitas de plástico y tragan las gelatinas alicoradas tan rápido como la densidad del cóctel lo permite.

Enrique le toma de los hombros. “¡Despieeerta, José Joaquín! ¿Que vas a perder el año así nomás?”, le dice, con un acento levemente costeño, mientras le sacude un poco. “Ahí está la pendeja esa, con Martínez, el mechudo de Sistemas. Quién sabe qué le ven a ese huevón, que las trama a punta de palabras dizque bonitas”. Luisa ha salido del baño y se les une. “¿Qué pasó?”, pregunta al ver la cara de consternación de José Joaquín y al sentir la molestia patente de Enrique, quien le apunta con la cabeza hacia el rincón donde Julia y Martínez se besan. “Ese imbécil se coló esta mañana en el baño de mujeres del sexto piso con una cámara”. José Joaquín mira a Luisa. “¿Puedes poner una queja el lunes?”. Luego, dirigiéndose a Enrique, añade “no, no voy a perder el año así nomás”. “¿Qué va a hacer?”, pregunta Enrique. “Pues dudo que el cabrón pueda sostener sus palabras bonitas si lo despiden de una empresa por fisgón, y quién sabe, hasta puede terminar en la cárcel”, responde José Joaquín. Sabe que Julia le odiará por lo que va a pasar, pero se da cuenta que es lo más apropiado. Respira tranquilo, sonríe algo maliciosamente, y abraza a sus amigos. “Bueno, ¿vamos a seguir bailando, o qué? Está tempranísimo y mañana es festivo”.

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Sin título (32)

febrero 19, 2011

Hace bastante sol. Trato de encontrar algo para escuchar en mi reproductor, algo que me permita evadir responderme qué carajos hago aquí. Es una tarde tibia en la sabana de Bogotá y sé que faltan pocos minutos para que me empiece a incomodar el cuero que tapiza este asiento.

Pero la pregunta es inevitable. ¿Qué carajos hago aquí? Desisto de encontrar algo para obnubilar mis pensamientos con música y me quito los audífonos. No he abierto la boca desde que me subí a este Chevy Nova verde perlado, convertible. Un auto hermoso, pero que no esperaba ver manejado por alguien que se llenaba la jeta pregonando su amor a las bicicletas y su aversión a los autos.

El cuero se ha hecho insoportable y empiezo a moverme, irritado. El idiota al volante y el idiota en el puesto de copiloto me miran, uno por el espejo, el otro de reojo. El auto se detiene y ella se sube. Se sienta a mi lado, en el asiento trasero. La saludo, tratando de no mostrarme tan incómodo como me siento. Idiota-al-volante intenta dejarme fuera de base haciendo un chiste estúpido, pero en mitad de su frase no aguanto y suelto un tajante “Hable puta, calle coime”. Los tres me miran, incrédulos.

“Bueno, ahora sí dime”, le digo a ella mientras rodamos por la Avenida Pradilla. “¿Sabes? Me ha hecho falta hablar contigo…”, me dice. Se sienta en mis rodillas. Tiene una falda azul. “Y quería verte, hace mucho no te veo…”. Me sorprendo con una mano en su muslo derecho. “Pues mira, preciosa, si quieres verme no hagas estas estupideces de poner de público a tu noviecito y a tus amigos y, sobre todo, no hagas estas cosas tan crueles de sentarte en mis piernas como si intentaras hacerme confesar que siento algo aún por ti”. A lo lejos veo una flota en dirección contraria. “Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer”. La beso en la boca, la pongo suavemente de vuelta en el asiento y tomo el estuche de mi guitarra. “Adiós, par de imbéciles”, digo mientras doy un calvazo al conductor y salto del auto en movimiento.

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Viernes en la tarde

febrero 15, 2011

Ella extiende un papel sobre la mesa. Él la mira extrañado.  “Fírmalo. Dice que no me harás responsable por nada y que todo esto pasa bajo tu voluntad”. “…Pero…”. “Me gano la vida en esto. Y no te voy a cobrar pero tienes que firmarlo”.

Horas atrás estaban sentados en una cafetería de la universidad, cerca a la vieja facultad de odontología. Ante las incrédulas miradas de las pocas personas que ponían cuidado a su conversación, ella aseguraba que haría todo lo que él, cada vez más y más emocionado, pedía tímidamente. Ella se sentía muy atraída hacia él, quien se portaba como un niño en su presencia. Pero aún conservaba algo de misterioso: no revelaba completamente atracción hacia ella, lo que le hacía desearlo más.

Quince minutos después pasaron al salón de juegos. Él se sentó en un sofá tapizado en terciopelo gastado mientras ella le vendaba los ojos. “No tardo”. Ella pasó detrás de un biombo, donde cambió su atuendo. Él, a tientas, puso su pequeño maletín en el suelo junto al sillón, despacio, sin hacer ruido.

“Párate. Sigue mi voz”. Despacio, se acercó a ella. Se abrazaron y él acercó sus labios a donde creía estaban los de ella, lentamente. Sentía su aliento cada vez más cerca. La textura áspera y fría del cuero en sus labios le detuvo. “Aún no”. Le guió unos pasos más y le desnudó lentamente, sin quitarle la venda de los ojos, y le acostó en una mesa lisa. De nuevo él sentía su aliento acercándose, mientras ella, juguetonamente, ponía lazos alrededor de sus muñecas. Levantó un poco la cabeza en dirección al calor corporal que le empezaba a enloquecer, y en ese instante recibió una bofetada. Ella le retiró la venda de los ojos y volvió a abofetearle.

“¡Dí que me deseas, basura!”. Ligeramente atolondrado por los golpes, le tomó un par de segundos más enfocarla y hallarle sentido a su indumentaria: un corsé, unas botas hasta la rodilla con unos tacones ridículamente altos y delgados y unos guantes de cuero y látex hasta los bíceps. “Te deseo… ¡te deseo!”. Una nueva bofetada. “Demuestra algo de respeto”. “Te deseo, señora…”. Ella se subió a la mesa y posó su pie sobre la boca de él. “Demuéstralo, imbécil”.

Empezaba a sentirse mareado. El traje de látex que ella le había puesto cortaba algo su circulación, y los distintos golpes y bofetones empezaban a pasar factura: empezaba a sentir escozor en los muslos que habían soportado varios correazos y sentía en las costillas los efectos de las pocas patadas que había recibido después de negarse a besar sus pies por tercera vez.

Luego le puso una máscara. Ahora estaba a oscuras, aislado del sonido exterior y sin poder abrir la boca. Sintió cómo le retiraban las amarras de tobillos y muñecas, cómo le ponían en pie y lo guiaban. Fue puesto frente a una pared, donde recibió una serie de golpes, casi como aguijones, en la espalda. Cayó al suelo, pero no podía gritar. Ella le puso en pie bruscamente y gritó una nueva orden, pero la máscara impedía que fuera inteligible. De nuevo colocó amarras en sus muñecas.

Pasaron dos o tres minutos. Ella empezó a quitarle el traje de látex con un cuchillo, lentamente, apoyando ocasionalmente la fría hoja en su piel. La tensión era insoportable pero el placer que él sentía era indescriptible. Siempre había querido saber cómo se sentía ser torturado, ser usado como un juguete, y la excitación que le producía era insuperable. Le extrañaba que esto no fuera la norma. Finalmente ella cortó las amarras de sus muñecas y él cayó pesadamente al suelo, cansado y desnudo. Se quitó la máscara. “Ven aquí, gusano”.

Ella estaba sentada en el sillón. Él se arrastró a sus pies, mientras ella se quitaba los guantes y el corsé. Él se atenazó a sus piernas, cubriendo de besos sus botas. Se puso boca arriba, aún besando sus tacones. Ella notó su erección y le detuvo. “Irrespetuoso. Travieso”. Se agachó junto a sus caderas. “No aprendes”. Separó sus muslos. El la vio acercarse. Un segundo después todo se puso en blanco y el dolor le aturdía: ella había pisado uno de sus testículos con su tacón.

“Descansa, ya hemos terminado”. Él estaba feliz. Le tomó un rato largo recomponerse y tomar las suficientes energías para ponerse en pie. Cuando finalmente lo pudo hacer, ella le abrazó y besó su frente con ternura. Estaban desnudos, de pie uno frente al otro, y él empezó a acariciar sus hombros con ambas manos, subiendo lentamente al cuello, una y otra vez. Ella cerró los ojos. “Ahora es”, pensó él, y apretó su cuello hasta que ella se desmayó. La arrastró a la mesa donde le había amarrado en un principio, amarró sus muñecas y tobillos y fue por su maleta.

Cuando finalmente despertó, él tenía un cincel en la mano izquierda y un martillo en la derecha. “Tu sí sabes hacer doler. Yo también. Hoy me enseñaste cómo se siente. Antes, todas gritaban horrorizadas cuando yo se lo hacía. Espero que tu no lo hagas, porque tu sabes de hacer sufrir a los demás”. Aún así, ella gritó cuando él enterró el cincel en  su clavícula derecha con un martillazo seco.

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Estudio para Violoncello en Mi Bemol mayor

enero 7, 2011

Trato de respirar despacio, intentando calmarme. Siento en los brazos, el pecho y la cabeza cómo me retumba el corazón, totalmente desbocado, e intento disimularlo, detenerlo, suavizar su ritmo un poco para que no lo notes. Iluso de mi.

Me hago pequeño entre tus brazos. Recorro despacio tu espalda con mis dedos, luego paso a tus hombros, tu cuello y tu cara. Aprieto mi cabeza contra tu pecho y siento cómo tu pulso tampoco está normal. Abro los ojos, intentando infructuosamente enfocar la inverosímil palidez de tu piel tan suave.

Beso tu clavícula, tu cuello, bajo lentamente hacia tu escote, besando suavemente. Pongo una de mis manos entre las tuyas, para que la guíes, mientras con la otra tomo un pequeño bucle de tu pelo con el que te consiento. Respiro profundamente de nuevo para calmarme, y me lleno de tu olor, que me deja la mente en blanco. Noto además que tu piel huele a cáscara de mandarina.

Siento que he perdido la partitura y necesito que me ayudes a terminar la pieza.